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080308 - Versión completa del
estudio parcialmente publicado en el Suplemento Rural del diario
Río Negro (10 de junio de 2006, pp. 1-3,
http://www.rionegro.com.ar/diario/rural
/2006/06/09/834.php) y en el libro Las tecnologías en
Argentina: breve historia social (Editorial Capital Intelectual,
Buenos Aires, 2006, pp. 79-94).
ÍNDICE
Introducción
La expansión del cultivo de la soja
Aspectos agrícolas
La fertilidad del suelo
El control de las malezas
La siembra directa
Cambios agrícolas generados por el cultivo de la soja
Aspectos tecnológicos
Aspectos económicos
Aspectos ambientales
Problemas de los ecosistemas vegetales
Problemas sanitarios y de los ecosistemas animales
Aspectos sociales
Conclusiones
Introducción
Los
trabajos previos esbozaron los que a mi juicio fueron los rasgos más
importantes de casi cuatro siglos y medio del uso de tecnologías en
Argentina, desde la primera entrada de conquistadores castellanos al
territorio hasta la caída de la con-vertibilidad a comienzos de 2002. El
inevitable alto grado de abstracción a que obliga tan apretada síntesis
hace conveniente la discusión detallada de un caso concreto donde se
pongan claramente en evidencia tanto aspectos técnicos (en especial la
eficiencia), sociales y ambientales, como los fuertes condicionamientos
que las finalidades (el ¿para qué?) imponen a las elecciones de
tecnologías. Un ejemplo óptimo para tal discusión es la revolución que
fue la implantación masiva del cultivo de soja transgénica —pasó de
marginal a predominante en menos de 10 años— con sus fuertes, variadas y
complejas facetas tecnológicas, económicas, ambientales y sociales.
La
expansión del cultivo de la soja
La soja es una leguminosa, familia que incluye, entre muchas otras, al
trébol, la alfalfa, las arvejas, el maní y el algarrobo. Su semilla con
forma de poroto tiene un alto contenido de proteína y aceite. Por su
buen balance de aminoácidos esenciales (los "ladrillos" para la
fabricación de las proteínas animales), es cada vez más usada en la
alimentación humana de modo directo (por ejemplo, las milanesas de soja)
e indirecto como alimento del ganado. En 1975 el cultivo de soja en
Argentina era marginal, menos del 1% de la producción de granos, y
estaba concentrado en la provincia de Misiones. Su cultivo se generalizó
(a pesar de su inicial rechazo como alimento humano, por factores
culturales) porque podía comenzar después de la cosecha de trigo (cuya
siembra se hace en invierno), aumentando de modo apreciable la
productividad agrícola, la cantidad de producto por unidad de área
cultivada. Su uso racional en un pro-ceso de rotación de cultivos,
imprescindible para la conservación de la fertilidad del suelo1, permite
un promedio de 3 cosechas en 2 años, con un significativo aumento de
rentabilidad agrícola (ganancia neta relativa a la inversión hecha).
Esta rentabilidad es aún mayor de lo que estos datos indican por el
aporte adicional de los cambios en las técnicas de labranza y siembra y
de erradicación de malezas, así como el menor requerimiento de abonos.
| Figura 1. Poroto de
soja. |
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El cultivo
de la soja no es exclusivo de la región pampeana (provincias de Buenos
Aires, La Pampa, Santa Fe y Entre Ríos, y el Sudeste de Córdoba), se ha
extendido con sorprendente rapidez hasta los bosques de los pies de la
cordillera de los Andes en el Noroeste argentino (el pedemonte). Entre
1990 y 2001, cuando la producción combinada de trigo, maíz y girasol
aumentó 50%, la de soja aumentó 250%. Entre 1990 y 2005 su tonelaje se
multiplicó por 5, creciendo de 7 a 35 millones de toneladas. En el mismo
lapso, el área sembrada con soja se multiplicó por 3 —no por 5 como la
producción, indicando un significativo aumento de productividad—
pasan-do de las iniciales 5 millones de hectáreas a cubrir más de la
mitad de la superficie total bajo cultivo del país. En 2003 se convirtió
en el principal producto agrícola argentino y el generador del 45% de
las exportaciones del rubro.2 Este crecimiento equivale una sorprendente
velocidad media de expansión de 275.000 hectáreas por año. Su cultivo no
compitió con el del trigo, con el cual se alterna, pero disminuyó
significativamente el de maíz y drásticamente los de sorgo y centeno,
aumentando sin pausa durante los últimos 10 años, y el 2006 no fue la
excepción.
Aspectos agrícolas
| Figura 2.
Ciclo del nitrógeno simplificado3. |
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La
fertilidad del suelo
Para su
buen desarrollo las plantas necesitan obtener suficientes nutrientes del
suelo, donde los más escasos (los limitantes del crecimiento) son el
nitrógeno y el fósforo. Aunque el 76% del aire seco es nitrógeno
gaseoso, las plantas no pueden usarlo como alimento y deben sacarlo de
la tierra, a través de sus raíces, como sales disueltas en agua. La
cantidad de nitrógeno del ambiente se mantiene aproximadamente
constante en los procesos naturales porque el extraído por las plantas
durante su crecimiento es devuelto cuando mueren y son descompuestas por
las bacterias (capacidad de descomposición que los cultivos no tienen).
La cosecha da a las personas y el ganado el nitrógeno que necesitan y no
pueden obtener por otro medio, pero impide la reposición natural de esta
sustancia. El suelo fértil es un recurso renovable sólo si se le reponen
el nitrógeno y el fósforo extraído por los cultivos; si esto no se hace,
la consecuencia es la disminución de la producción alimentaria esencial,
la agropecuaria.
La reposición de fertilidad se hace tradicionalmente de tres maneras
diferentes. La primera es dejar el suelo sin cultivar un año de cada dos
o tres (el barbecho), alternativa sólo viable cuando hay exceso de
tierras fértiles y de sus productos, lo que no sucede hoy en día. El
segundo método, muy usado por los terratenientes pampea-nos de las
primeras décadas del siglo XX, es alternar los cultivos con la siembra
de alfalfa y su pastura por ganado vacuno o caballar, cuya bosta sirve
de abono. La tercera, todavía usada en el Norte argentino para mantener
la fertilidad de los terrenos usados en el cultivo del tabaco, es
sembrar leguminosas (por ejemplo, arvejas) al final de la cosecha y
enterrar las plantas con el arado después que fructificaron. Los dos
últimos métodos tienen la misma base — aunque sus primeros practicantes
seguramente no lo sabían, y muchos de los actuales tampoco— que el
agregado de trébol al césped de los jardines. Como se señaló antes, la
alfalfa, las arvejas, el trébol y la soja son leguminosas, y en las
raíces de esta familia de plantas se multiplican natural-mente bacterias
del género Rhizobium. Éstas son uno de los escasos tipos de
microorganismos capaces de transformar directamente el nitrógeno del
aire en nitratos, fertilizando así el suelo. Cuando se hacen cultivos
intensivos, la conservación de la fertilidad exige el uso de abonos
artificiales. Antiguamente se usaban para ello los depósitos naturales
de guano que eran algunas islas de la costa peruana y chilena, hoy
agotadas; los chinos todavía usan masivamente para este propósito las
excretas humanas (la urea de la orina tiene una alta proporción de
nitrógeno). Hoy en día se usan abonos sintéticos fabricados a partir del
gas natural.
Mientras el 85% del área cultivada con maíz y trigo requiere
fertilizantes, el uso es menor del 30% para la cultivada con soja, tal
vez por ser una leguminosa.5 Se estima que sólo el 50% del fósforo
extraído por los cultivos es repuesto y hay también en este aspecto una
creciente pérdida de fertilidad. La cantidad de fertilizantes usados en
Argentina es muy inferior a la EE.UU. y los países europeos (que es,
por hectárea, unas 40 veces mayor). Aunque en los últimos 15 años el uso
de fertilizantes agrícolas se multiplicó por 8, algunos científicos
estiman que durante el año 2003 los cultivos de soja extrajeron del
suelo argentino aproximadamente 1.000.000 de toneladas de nitrógeno y
unas 200.000 toneladas de fósforo. Si hubiera que reponerlos usando
fertilizantes sintéticos, el costo sería de unos 900 millones de
dólares, una importante fracción del valor de la cosecha de ese año.
Aunque la extracción hubiera sido mayor si no se hubiera tratado de una
leguminosa, esta pérdida de fertilidad no puede continuar
indefinidamente y en algún momento la cosecha se hará inviable. Por otra
parte, el problema no es exclusivo de la soja sino común a todos los
cultivos; cuando no se toman medidas correctivas, el resultado de
cualquier producción agrícola no debidamente compensada es la pérdida de
fertilidad del suelo.
Los propietarios de tierras cultivables saben esto y son los primeros
interesados en preservar su fuente de ingresos (aunque no necesariamente
las de los demás). Por ello, es posible que el bajo uso de fertilizantes
no sea producto de un mal manejo de suelos y hay indicios de que algunas
condiciones naturales, como las inundaciones periódicas de la pampa
deprimida y la composición y estructural de los suelos, pueden favorecer
la reposición natural de la fertilidad. El tema es de gran importancia
económica y requiere muchos más estudios que los escasos hechos hasta
hoy.
El control de malezas
Cuando se hacen cultivos intensivos con más de una cosecha anual es
crítico eliminar las malezas para que no saquen los nutrientes del
suelo, lo que puede hacerse de tres modos diferentes. Previamente a la
siembra de los cultivos, se puede pasar el arado enterrando las malezas,
que sirven entonces de nutriente; método relativa-mente rápido pero
agresivo para el suelo. Durante el crecimiento de los cultivos, las
malezas deben ser eliminadas a mano, una por una y diferenciándolas bien
de los brotes de cultivos, método de alto costo en mano de obra. El
tercer método de eliminar malezas, el más barato, es con herbicidas; el
problema es que éstos usualmente matan también a los cultivos y sus
residuos son tóxicos para las personas y el gana-do.
La empresa de semillas y agroquímicos Monsanto desarrolló en la década
de 1970 una familia de herbicidas basados en sustancias químicas
genéricamente denominadas glifosatos, que comercializó bajo la marca
Roundup®, con buenas características desde varios puntos de vista.
Además de ser letales para la mayoría de las malezas en dosis
comparativamente bajas, los glifosatos eran menos tóxicos para las
personas y los animales que otros herbicidas entonces en uso (como la
atrazina). Los estudios mostraron también que tenían menor efecto
residual por no ser absorbidos por los cultivos y descomponerse
naturalmente en el suelo en corto tiempo (la resistencia a la
descomposición fue una de las principales razones de la prohibición del
hoy casi desaparecido insecticida DDT).
Desde tiempos prehistóricos el desarrollo de la agricultura y la
ganadería se basó en la selección deliberada de rasgos deseados mediante
el control de la reproducción de los organismos y la separación de sus
crías. Se logró así pasar de los originales cereales de grano pequeño y
cáscara dura a los actuales de grano grande y cáscara fina y de las
carnes magras de los vacunos salvajes a las suculentas de los ganados de
hoy. Como los rasgos deseados no se podían generar a voluntad, había que
esperar a su aparición natural, proceso de selección artificial que
insumió unos 10.000 años. La reciente dilucidación científica de los
procesos de la herencia (en particular, la identificación de las
funciones de los genes) hizo posible la selección de rasgos genéticos en
tiempos muy cortos. El desarrollo de las tecnologías para ello (la
Ingeniería Genética) fue el origen de la Revolución Verde de la década
de 1960, que aumentó significativamente el rendimiento de las cosechas
de cereales y oleaginosas. La Ingeniería Genética desarrolló luego
exitosamente las técnicas para la implantación en organismos de genes
—es decir, de características que naturalmente no tenía— mediante la
acción de algunas bacterias entre las que se incluyen las del género
Rhizobium. Esto dio origen a organismos con genes “prestados” de otros
que les dan características que favorecen su aprovechamiento humano.
Estos organismos transgénicos (también denominados organismos
genéticamente modificados) son cada vez más numerosos, y se usan, entre
muchas otras aplicaciones, para la producción de medicamentos como la
insulina. Así, el 52% del maíz que se siembra hoy en Argentina pertenece
a la variedad transgénica Bt que tiene el importante rasgo de ser resistente
a sus principales enemigos naturales, los insectos barrenadores del
tallo.
A poco de
comenzar el uso de herbicidas se descubrió que unas pocas plantas eran
naturalmente resistentes a ellos. Las investigaciones hechas por
Monsanto permitieron identificar el gen que brindaba resistencia a los
herbicidas basados en glifosatos. En 1991 la empresa patentó las
primeras variedades de soja transgénica que tenían implantado ese gen,
al que denominaron RR por la sigla de su denominación en inglés Roundup
Ready (resistente al herbicida Roundup®). Con este desarrollo Monsanto
logró vincular por vía de las actividades productivas los que hasta
entonces eran dos aspectos completamente independientes del cultivo de
soja: la producción de semillas y la eliminación de malezas. En 2005
estaban registradas en el Instituto Nacional de Semillas de Argentina
unas 200 variedades vegetales que tenían incorporado el gen RR, de las
cuales 30 lo fueron por Monsanto.
Argentina
fue, en 1996, uno de los primeros países en comenzar a usar la soja
transgénica, junto con EE. UU. y Canadá. Brasil, en cambio, no permitió
su cultivo durante varios años. En 1997 la soja ya cubría en Argentina
el 20% del área cultivada y a fines del 2005 el 95% era transgénica y
cubría unos 11 millones de hectáreas. El país fue así el escenario de
uno de los mayores y más negligentes experimentos hechos en el planeta
con organismos genéticamente modificados. Su magnitud e importancia
(los cultivos transgénicos están prohibidos en varios países hasta que
se tengan garantías suficientes de su inocuidad) y la rapidez de los
cambios generados en la estructura productiva hubiera requerido (lo que
es un repetido reclamo de algunos productores) una promoción de las
investigaciones científicas y tecnológicas sobre el tema, especialmente
por falta de experiencias comparables en otros países. EE.UU. produce el
46% de la soja mundial y el 30% de los trabajos de investigación sobre
el tema; Brasil el 24% de la soja y el 10% de las investigaciones;
Argentina el 16% de los productos y un escaso 2% de los estudios.
Monsanto invierte anualmente en investigaciones 6 veces el monto de
todas las investigaciones agropecuarias financiadas por el gobierno
argentino, pero sus investigaciones no siempre se hacen públicas, como
sucede con casi todos los saberes de valor comercial. Los productores argentinos
carecen así del apoyo científico necesario para tomar conciencia y
encarar soluciones de los problemas. No hay tampoco límites a la
extensión de los cultivos ni control (o siquiera detección) de las
consecuencias negativas que algunos expertos predicen.
La siembra directa
Unos dos o tres meses antes de cualquier siembra hay que hacer la
labranza, la preparación del suelo para recibirla. La labranza
tradicional se hace con arado de reja (que corta la tierra) y vertedera
(que levanta e invierte su capa superior). El entierro de las malezas y
los residuos vegetales de la última cosecha produce su descomposición y
facilita su asimilación, al tiempo que despeja la superficie para la
siembra. Luego de pasado el arado se fragmentan los terrones con las
rastras de discos y de dientes, lo que afloja, airea y homogeneiza la
tierra, favoreciendo así su pareja humectación (importante tanto para la
descomposición de las malezas enterradas como para la buena dispersión
de abonos y herbicidas).
| Rastra de
discos. (Ciencia Hoy vol. 15, No 87, p. 53.) |
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La
desventaja de este tipo de labranza es que favorece la erosión: el
arrastre de suelo y el lavado, por infiltración, de los nutrientes
necesarios para los cultivos. Por esta razón, y por el costo que agrega
a la producción, la labranza con arado ha sido hoy mayoritariamente
abandonada y reemplazada por métodos menos agresivos de preparación del
terreno. En el método de siembra directa o labranza cero no se rompe el
suelo, los restos de la cosecha anterior quedan en la superficie
(formando el rastrojo) y las malezas se matan con herbicidas. La semilla
se entierra entonces con máquinas (no sería rentable hacerlo
manualmente) que perforan el suelo y la depositan a unos pocos
centímetros de profundidad.
Al disminuir el tiempo invertido en las tareas previas de labranza, la
siembra directa hace posible la doble cosecha, la que equivale al
aumento virtual del área cultivada en unas 4 millones de hectáreas. La
siembra directa también disminuye los costos y la erosión, pero no
asegura la reposición del carbono extraído con los cultivos y favorece
la propagación de malezas leñosas como la acacia negra. Para evitar
efectos perjudiciales su uso requiere medidas complementarias que
algunos productores desconocen. El gran aumento de rentabilidad hizo que
las escasas 5.000 hectáreas que se cultivaban por siembra directa en
1975; crecieran a unas 10 millones de hectáreas en 2005 (el 55% de la
superficie de los cultivos anuales y el 60% de la de granos).
Cambios agrícolas generados por el cultivo de la soja.
La soja no es un monocultivo —ya que uno de los factores cruciales de su
rentabilidad es que no compite con cultivos de invierno como el trigo—
sino un cultivo dominante. Su expansión ha desplazado a otros cultivos
tradicionales y a la ganadería. El resultado ha sido una significativa
disminución en la variedad de modos de aprovechamiento de los suelos,
cuya principal razón es la rentabilidad de corto plazo. Argentina tiene
una amplia gama de tipos de suelo y climas que permiten muchos más
variedades de cultivos que los existentes, algunos tanto o más rentables
que los de soja. La rotación de cultivos entre sí y con la ganadería
favorece la conservación de la fertilidad del suelo, consideración que
debería ser determinante si se tiene una visión de largo plazo.
La disminución de la variedad de cultivos acarrea también un alto riesgo
económico en caso que varíe el clima hoy predominante. El cultivo de
soja fue estimulado por el importante aumento de las precipitaciones
medias de la última década. La duración de este aumento es impredecible,
ya que una de las características de la etapa climática de efecto
invernadero que vive el planeta es el aumento de las oscilaciones
extremas del clima: el pasaje abrupto e imprevisible de períodos de
grandes sequías a otros de grandes inundaciones. Sería prudente,
entonces, aplicar el conocido el dicho no pongas todos los huevos en la
misma canasta.
Aspectos tecnológicos
La incorporación y actualización de tecnologías —que durante los últimos
40 años produjo un aumento del 90% en la productividad agrícola— fue el
factor crucial en el éxito de los cultivos de soja. Esta incorporación
acarreó, voluntaria o involuntariamente, importantes cambios de la
actividad agropecuaria en general.
La actualización de tecnologías requiere inversiones en equipamiento,
insumos, nuevos modos de gestión, capacitación de mano de obra y
asesoramiento especializa-do. La amortización de grandes inversiones
(una cosechadora de granos de última generación cuesta unos 300.000
dólares) sólo es viable para grandes producciones. Si bien estas
inversiones son muy rentables a mediano y largo plazo, están
frecuente-mente fuera del alcance de los pequeños productores a menos
que cuenten con sistemas de apoyo mutuo (por ejemplo, cooperativas que
tengan una escala imposible para los productores individuales) y
créditos a tasas y plazos apropiados.9 Una de las características del
período inaugurado en 1975 fue el alto costo financiero interior (las
grandes empresas multinacionales tomaban créditos baratos en el
exterior), lo que favoreció la concentración productiva y la
proliferación de rincones considera-dos no viables por razones de
escala. Esta supuesta inviabilidad es en parte la secuela de problemas
organizativos, financieros y de expectativas de alta rentabilidad a
corto plazo.
En la
década de 1970 algunos pequeños y medianos productores aprovecharon la
apertura de las importaciones para adquirir maquinarias en exceso de sus
necesidades y comenzaron a usarlas para prestar servicios a otros
productores. Esto les permitió amortizar adecuadamente una inversión no
rentable para su uso exclusivo, beneficiando simultáneamente a pequeños
productores con un importante aumento de productividad. Estos tanteros
(llamados así porque usualmente trabajan por un porcentaje de la
cosecha), que en 2005 sumaban unos 10.000 en todo el país, genera-ron un
aumento de eficiencia de la producción agraria en base a los importantes
principios tecnológicos de división del trabajo y de economía de escala.
El fenómeno, sin embargo, no se ha difundido de manera uniforme en todo
el país, ya que mientras en la región pampeana el 47% de los productores
trabaja con maquinaria contratada, en el resto del país sólo lo hace el
21%, causando una significativa diferencia regional en productividad.
Los tanteros son una de las puntas de lanza de la introducción en el
mundo ru-ral de variadas tecnologías de uso no excluyentemente agrario.
Se desplazan en verdaderas caravanas integradas por máquinas, vehículos
tanques de combustible, ca-miones taller para las reparaciones en medio
del campo, casas rodantes para el personal (4 a 5 personas por cada
máquina). Las máquinas, con aire acondicionado en la cabina y detector
de posición GPS, están equipadas con dispositivos computarizados que
controlan la nivelación del terreno, la profundidad de la siembra, la
humedad del grano (que no debe ser menor de cierto valor para poder
trillar), la altura del corte y toda otra información que asegure una
tarea eficiente. Los operarios usan teléfonos celulares y las casas
rodantes cuentan con TV satelital y acceso a Internet. Trabajan seis
meses por año, de día y de noche, y en la región pampeana hacen el 75%
de la cosecha de todos los granos (soja, trigo, maíz, arroz, sorgo,
girasol), debiendo trillar al menos 1500 hectáreas anuales para que su
inversión sea rentable.
Los avances tecnológicos, a pesar de lo que muchos creen, tienen un
interesante margen de mejoras que fácilmente pueden hacerse en el país.
Para dar un ejemplo, se estima que la recolección mecánica de la soja
deja en el suelo unos 160 kg de porotos por hectárea, que ac-tualmente
sólo sirven de fertilizante. Para la superficie cultivada en 2005 (unas
15 millones de hectáreas) esto significa que se pierden anualmente
alrededor de un millón de toneladas de soja cuyo valor comercial supera
los 100 millones de dólares.
En los últimos años hubo importantes cambios en el gerenciamiento y la
división del trabajo no sólo de la producción sojera, sino también de la
agrícola en general, indicando una creciente conciencia del valor
económico de las tecnologías. Mejoró también el grado de procesamiento
del producto primario, aumentando la cantidad de harinas y aceites con
mayor valor agregado. Se han multiplicado los encadenamientos
nacionales, los más visibles de los cuales son los productores de
semilla, los fabricantes de maquinarias agrícolas y los talleres para su
mantenimiento. Como dato ilustrativo del valor multiplicativo de las
producciones agroindustriales, se estima que en el valor de una caja de
copos de maíz sólo el 4% corresponde a la producción agrícola y el 96%
restante a otros rubros.
En el corto lapso de 1997 a 2003 —cuando la desocupación del resto del
país crecía a pasos agigantados— se crearon en el campo unos 270.000
nuevos puestos de trabajo. Entre 1985 y 2005 se duplicó la producción de
cereales y oleaginosas y la cantidad de puestos de trabajo
agroindustriales aumentó más del 30%, puestos que en 2003 sumaban
1.100.000 personas. Buena parte de estos nuevos trabajos —y éste es un
importante desafío— sólo pueden ser cubiertos por personal más
capacitado que un peón o bracero. Los datos estadísticos muestran que
hay gran demanda insatisfecha de personal en todas las áreas donde hay
manejo de máquinas complejas.11
La disponibilidad de infraestructura tecnológica eficiente, en
particular la del transporte (que es la determinante del valor de los
fletes), tendría un fuerte impacto general sobre todas las actividades
productivas del interior del país. Por ejemplo, para poder venderse a
los mercados asiáticos (en particular, el gigantesco mercado que es
China) la producción de la mayoría de las regiones andinas debe
embarcarse en Buenos Aires en vez de salir directamente al Pacífico vía
Chile. Si se habilitaran vías directas, la reducción resultante en el
valor de los fletes haría competitivos productos diferentes de la soja y
tanto o más rentables que ella.
Aspectos económicos
En 2004 la soja constituyó el 20% del valor de las exportaciones
argentinas y las retenciones que se le aplicó sumaron varios miles de
millones de dólares. A pesar de ello la actividad resultó altamente
rentable por factores que es necesario analizar. El más obvio es el
comparativamente alto precio internacional de la soja como con-secuencia
de la epidemia europea de la vaca loca (encefalopatía espongiforme
bovina). El microorganismo que la provoca (que no es una bacteria o un
virus sino un prión) puede afectar también a las personas y transmitirse
a ellas por cualquier producto animal, por lo que se tomaron recaudos
especiales para minimizar los riesgos de contagio. Una de las medidas
tomadas en tal sentido por los estados europeos fue la prohibición del
uso de alimentos para animales (como cerdos y pollos) basados en la
molienda de restos vacunos. Estos alimentos fueron entonces reemplazados
por tortas de soja en razón de sus buenas características proteicas. El
resultante gran aumento de demanda (en 2005 vendimos a Europa soja por
valor de 2.600 millones de dólares) causó la suba del precio
internacional.
Hay un alto riesgo de que estos precios bajen, sea por aumento de
producción (todos los países productores los han tenido) o por otros
factores (como la introducción de alimentos para animales de mejores
características o precios). Argentina no tiene control sobre los precios
internacionales de ninguno de sus productos agrícolas, incluida la soja.
Este último podría llegar a serlo por la acción conjunta de Brasil y
Argentina, ya que entre ambos producen el 40% de la soja mundial, uno de
los muchos argumentos (no realidades) a favor del Mercosur. Además, las
producciones agrícolas de los países industrializados están subsidiadas,
a pesar de la libertad de oferta y demanda que reclaman para sus propios
productos industriales. En la jerga económica, Argentina es tomadora, no
formadora de precios y su única manera de competir en el mercado
internacional es bajando costos. La manera inescrupulosa de bajar costos
es disminuir los salarios de la mano de obra, como se hizo en el período
1975-2002; la manera racional es usar tecnologías más eficientes.
En todas las actividades con fines de lucro la minimización de las
inversiones y la maximización de su rentabilidad es la consideración
primaria para la actualización tecnológica. En este sentido, los precios
de los insumos tecnológicos son determinantes. Hubo un gran aumento del
uso de herbicidas a base de glifosato cuando su precio bajó al caducar
la patente. La semilla de soja transgénica es barata en Argentina
por-que Monsanto no patentó allí el transgen RR, de modo que cualquier
empresa semi-llera puede venderla y los productores usar la propia sin
pagar derechos12 (la llamada bolsa blanca, sin marca comercial).
Actualmente y a corto plazo la actualización tec-nológica es mucho más
rentable en el cultivo de soja que en otros cultivos agrícolas y la
ganadería. Como dato ilustrativo, la soja fue el único cultivo que entre
1992 y 2005 dio ganancias, sin excepción, en todas las cosechas y en
este último año los ren-dimientos por hectárea casi duplicaron a los de
1975.
En Argentina el transgen RR es de dominio público (es decir, puede ser
libre-mente usado sin pagar ningún derecho) porque Monsanto no hizo en
tiempo y forma el patentamiento al que tenía derecho y que nadie le
impidió. A diferencia del dere-cho de autor, el de patentamiento debe
ejercerse en cada país, no es automático ni obligatorio y tiene plazos
iniciales y finales para su ejercicio. Monsanto patentó el transgen RR
en Europa, EE. UU. y otros países. Simultáneamente, vendió el glifosato
en Argentina a 1/3 del valor en EEUU, lo que generó el indignado reclamo
de los agricultores estadounidenses contra el subsidio hecho a sus
competidores argentinos. En la misma época organizaciones ecologistas,
como Greenpeace, iniciaron un generalizado reclamo de toma de recaudos
especiales con los productos transgénicos que gozó de gran cobertura
mundial. Todo esto hace sospechar que Monsanto deliberada-mente usó a
Argentina como sede de un masivo experimento genético, como el que
algunas multinacionales farmacéuticas hacen con medicamentos en países
del Tercer Mundo donde los controles sanitarios son inexistentes o no
tienen la rigurosidad de los de sus países de origen.
Cada gen operativo (no todos lo son) codifica alguna función biológica,
pero frecuentemente no funcionan de modo independiente de los demás, hay
interacciones todavía no bien comprendidas cuya complejidad genera gran
incertidumbre. El riesgo de los experimentos genéticos es que puede
haber efectos negativos no previstos sobre la salud humana, los
animales, las plantas y el medio ambiente en general. El Protocolo de
Cartagena del 11/9/2003 (auspiciado por las Naciones Unidas y ya rati-ficado
por 132 países), regula la experimentación en, manejo y transferencia de
bio-tecnologías, donde unas de las propuestas en discusión es la
identificación obligatoria de origen de sus productos. Argentina se
opuso en ese momento al establecimientos de controles y todavía no ha
adherido al Protocolo.
El éxito
productivo argentino generó una gigantesca publicidad internacional para
la soja transgénica y el glifosato. A pesar de no haber registrado la
semilla en Argentina, Monsanto se beneficia igual del auge sojero porque
para evitar futuros conflictos algunas grandes empresas semilleras
acordaron pagarle derechos por su producción. Monsanto pide actualmente
que todos los agricultores del planeta le pa-guen 15 dólares por
tonelada de soja transgénica producida, cualquiera sea el origen de la
semilla. Ya solicitó el embargo de los embarques que arriban a puertos
de paí-ses donde tiene registrada la patente, como la mayoría de los
europeos. En algunos de esos países ya hay resoluciones judiciales que
obligan a tomar muestras del producto, verificar la presencia del
transgen RR y, en caso afirmativo, efectuar depósitos que garanticen el
pago en caso de sentencia favorable a la empresa. Aunque es difícil que
gane los juicios (parece absurdo cobrar por los frutos, no por las
semillas) Mon-santo usa el riesgo y la incertidumbre así generada para
favorecer acuerdos extrajudiciales como los ya obtenidos de las
semilleras argentinas.
Como el
trigo y la soja son plantas que se autofecundan (autógamas), sus nuevas
semillas conservan los rasgos genéticos de la semilla original. Como el
maíz y el girasol, necesitan fecundación externa (son alógamas), las
nuevas semillas pierden los rasgos. En algunos países hay que pagar
derechos por las semillas autógenas, no así en Argentina donde la
legislación no es clara (hay reclamos judiciales pendientes) y se vende
libremente la semilla blanca. Un principio básico de las leyes de
patenta-miento es que no se pueden proteger ideas, sino sus
realizaciones prácticas: es decir, no se puede patentar la ley de la
palanca, sólo objetos que son palancas fabricadas de un modo especial.
Tampoco se pueden patentar objetos que han sido fabricados por otros, lo
que sería un robo. Puede parecer entonces absurdo patentar genes, pues
se trata del descubrimiento de algo preexistente, no de una invención.
pero en algunos países como EEUU ya se ha hecho, incluso con los de
personas. La justificación es patentar el uso práctico de la función del
gen. Los continuos avances de la Ingeniería Genética seguramente darán
mucho que hilar sobre este tema de enorme impacto económico, productivo,
médico y ético.
Aspectos ambientales
Problemas
de los ecosistemas vegetales
El negocio de la soja estimuló el avance de las fronteras productivas
sobre regiones hasta entonces relativamente vírgenes de la provincia de
Córdoba y el Noroeste argentino. En la porción chaqueña del norte de
Córdoba, entre 1969 y 1999 la superficie de bosques se redujo 85%.14 En
la provincia de Tucumán fue afectada la casi totalidad de la selva
pedemontana en tierras planas y un 80% del bosque chaqueño de llanura.
En la provincia de Salta, que ya tenía la tasa de deforestación más alta
del país —en los últimos 30 años se talaron para uso agrícola 600.000
hectáreas de bosques nativos de quebracho, palo santo, duraznillos y
otras especies nativas— la bonanza sojera aceleró marcadamente el
proceso. Se transformaron en cultivos (pre-dominantemente soja, citrus y
caña de azúcar) cerca de la mitad de las áreas del Cha-co salteño con
precipitaciones suficientes y el 60% de las selvas pedemontanas planas.
Si se mantiene la actual tasa de deforestación, a fines del siglo XXI no
quedarán más selvas pedemontanas planas en toda la región. 15 La
deforestación irracional (actualmente no hay límites claros ni recaudos
técnicos obligatorios) modifica la natura-leza del suelo (fertilidad y
humedad), el régimen de las aguas (erosión y cuencas hí-dricas) y el
clima (temperatura y precipitaciones), con consecuencias imprevisibles
(no hay suficiente seguimiento para hacer previsiones mínimas) que
pueden (no lo sabemos con certeza) ser catastróficas para las personas y
los cultivos.
Podría argüirse que si se desea conservar el bosque deben crearse
reservas na-turales apropiadas. Lamentablemente esto no es impedimento
suficiente: el gobierno salteño, probablemente movilizado por intereses
económicos, desafectó una reserva natural para su siembra con soja. Es
necesario reconocer, y obrar en consecuencia, que el avance agrícola del
noroeste no surge sólo del afán de lucro.
| Topadora arrasando el bosque santiagueño. (Revista Viva.) |
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La
región casi no tiene industrias y su principal fuente de riqueza son los
cultivos agrícolas de las planicies y el pedemonte. Por el momento no
parecen estar amenazadas las selvas en pendiente, que son las de mayor
biodiversidad. Hay también indicios que el desplazamiento de la ga-nadería
de monte hecho por la soja ha favorecido la recuperación del bosque
tropical de las Yungas, pero en algunos valles secos superiores de las
montañas los desmontes negligentes causaron fuerte aumento de erosión y
destrucción de vida silvestre.
Problemas sanitarios y de los ecosistemas animales
Los principales problemas ambientales humanos y animales provienen del
uso en cultivos de productos químicos, cuya cantidad casi se cuadruplicó
entre 1990 y 2003. Disminuyó el de insecticidas y fungicidas, pero
aumentó considerablemente el de fertilizantes y herbicidas, en
particular glifosato.
Todos estos productos pueden contaminar las napas de agua afectando a
las poblaciones y la ganadería de la zona. Si bien el cultivo de soja
transgénica es el principal responsable del consumo de herbicidas,
disminuye (como todas las leguminosas) el uso de fertilizantes. En el
caso de la pampa deprimida, que ocupa casi la mitad de la superficie de
la provincia de Buenos Aires, las periódicas inundaciones (que tantos
problemas causan a los habitantes rurales) parecen favorecer el
desarrollo natural de especies vegetales más aptas para forraje de la
ganadería (actividad actualmente en disminución), casi duplicándolo en
experiencias con terrenos testigos protegidos (no se conoce con certeza
el origen del fenómeno, pues las investigaciones científicas son
escasas).16 El incremento de la superficie cultivada por siembra directa
disminuyó el uso de maquinaria agrícola y por lo tanto la contaminación
atmosférica con dióxido de carbono y el consecuente efecto invernadero.
El uso creciente de fertilizantes y herbicidas afecta la salud de los
trabajadores y pobladores rurales. Aunque el glifosato es menos tóxico
que otros herbicidas, no es totalmente inocuo. La agencia oficial
estadounidense de protección del medio ambiente (Enviromental Protection
Agency) previene que su contacto directo con la piel es peligroso (ya
hubo problemas graves con trabajadores que caminaban descalzos en los
cultivos) y que su ingestión en concentraciones altas daña los riñones y
disminuye la capacidad reproductiva. El problema es soluble, pero la
mayoría de los potenciales afectados ignora los riesgos y la manera de
evitarlos, y los emplea-dores no siempre toman medidas apropiadas de
protección de sus trabajadores. Esto requiere activa intervención, que
parece no haberse hecho hasta el momento, de los organismos
gubernamentales de control sanitarios a favor de los débiles
trabajadores y habitantes rurales.
Con el grado de divulgación que tienen, ya no es válido aducir que hay
poca conciencia de los problemas ambientales; lo que con frecuencia
sucede es que priman consideraciones económicas de corto plazo. El
análisis de estos temas por las organizaciones ecologistas
frecuentemente ha pecado de simplismo, ignorando las grandes
incertidumbres, la complejidad y las diferencias regionales de los
problemas, lo que lamentablemente disminuye su credibilidad. Los
gobiernos (únicos con los re-cursos necesarios asegurar la continuidad)
no han hecho los controles indispensables para el buen cumplimiento de
las normas existentes de impacto ambiental ni los seguimientos mínimos
necesarios para tener buenos cuadros de situación actual y de evolución
futura. Se requiere un balance razonable entre el catastrofismo que ante
la menor duda exige parar todas las acciones (lo que es válido en casos
de riesgo grave) y la negligencia criminal de los que sólo actúan ante
catástrofes consumadas.
Aspectos sociales
El creciente despoblamiento de las zonas rurales17 es un fenómeno
planetario no exclusivo de Argentina, y aunque sus razones son
múltiples, unas pocas son las determinantes. La mejora de las
tecnologías agropecuarias ha disminuido drástica-mente la demanda de
mano de obra rural. Las zonas rurales tienen graves déficit en servicios
como medios de transporte, teléfonos, electricidad, agua potable (cuyo
costo es directamente proporcional a las longitudes de tendido e
inversamente proporcional a la densidad de población), salud, y
educación. Las relaciones sociales, con sus gregarios placeres del ocio
(diversiones), son escasas. La consecuencia es que la población rural
migra a las grandes ciudades en busca de mejores trabajos, servicios y
diversiones.
Un factor
central en la conformación social del agro argentino ha sido la
estructura de propiedad de la tierra, que ha variado mucho a lo largo
del tiempo y según las regiones. Durante la época colonial el dominio de
las praderas bonaerenses y pampeanas alternaba entre el nómada control
indígena y la propiedad del latifundista blanco. En la región de la
originaria Gobernación del Tucumán la propiedad efectiva estuvo
determinada por las mercedes reales de tierras y encomiendas, donde las
segundas (violando las Leyes de Indias) mayoritariamente devinieron
(primero de hecho, luego de derecho) en propiedades privadas de los
encomenderos. El proceso fue más complejo en la región del Litoral
(provincias de Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes y Misiones) —donde no
habían tantos indígenas hostiles ni tantas encomiendas como en las dos
regiones anteriores— y todavía no ha sido bien estudiado. La Ley de
Enfiteusis y su arbitraria aplicación (o desvirtuación) sectaria por
Rosas, así como las concesiones de tierras luego de la Campaña del
Desierto, fomentaron la creación de latifundios en las praderas
bonaerenses y pampeanas y en las mesetas patagónicas. En la primera
mitad del siglo XX hubo una marcada subdivisión de propiedades en la
región pampeana, fenómeno que no parece haber sido detectado en las
restantes del país.
A partir
de 1950, las ventajas lucrativas de las economías de escala (a mayor
tamaño de explotación menor costo de amortización de las inversiones) ha
estimula-do el arriendo de grandes extensiones de tierras pampeanas por
empresas que las cultivan con uso intensivo de máquinas y tecnologías.
En 1988 Argentina tenía unos 400.000 productores agrícolas que en 2002
se habían reducido a 300.000 (disminución de un 25%). La proporción de
parcelas rurales pequeñas (menores de 200 hectáreas) ha disminuido del
13% al 9% entre 1998 y 2002, y en 2005 sólo el 6% de los cultivadores de
soja tenían parcelas de entre 100 y 200 hectáreas. Se está pasando de la
gestión familiar a la profesional, aunque hay grandes diferencias
regionales ya que en Santiago del Estero las parcelas pequeñas son menos
del 2% del total, mientras que en Santa Fe son el 23%. Las
consideraciones lucrativas parecen haber predominado en la región
pampeana donde el 70% de la superficie cultivada es arrendada, contra el
18% en el interior del país —donde, aunque no hay cifras precisas, es
mucho más elevado el porcentaje de propietarios que habitan en sus
tierras—. Este fenómeno tiene profundas consecuencias sociales ya que el
incremento del arriendo (el uso de la tierra como mercadería) favorece
el despoblamiento del campo y su marginalidad en todos los aspectos. Los
grandes propietarios —sea de una gran parcela o de muchas pequeñas
parcelas— usualmente no residen en ellas. Los que viven en el campo son
los trabajadores rurales y si, por ejemplo, las tierras se inundan con
el consecuente aumento de fertilidad o no hay servicios humanos
esenciales pero sí buen transporte de los productos, no hay problema. El
arriendo desalienta las inversiones fijas al suelo (van a quedar para el
dueño) y aunque la visión cortoplacista de algunos propietarios no
quiera reconocerlo, fomenta el riesgo de su pérdida de fertilidad al
tiempo que ejerce presión sobre todas las áreas urbanas, adyacentes o
no.
En Tucumán
y Salta la extensión de los cultivos al pedemonte generó conflictos
entre pequeños propietarios rurales (mayoritariamente indígenas y
mestizos) y grandes propietarios. Estos conflictos provienen de que no
se han formalizado con los debidos títulos los derechos de propiedad que
la Constitución Nacional y muchas provinciales reconocen de modo
puramente teórico a los indígenas y sus descendientes.
Conclusiones
Es imposible desglosar los aspectos tecnológicos de los ambientales y
sociales ya que el fenómeno tecnológico los engloba a todos. Como
acabadamente ilustra el caso de la soja, la elección de tecnologías, que
en todas las actividades productivas está prioritariamente determinada
por la rentabilidad, puede tener drásticos y extendidos efectos
ambientales y sociales. La comprensión del fenómeno, la dilucidación de
causas y efectos, el seguimiento de las variables críticas en los casos
en que la comprensión es incompleta o incierta, la formulación de
límites y la aplicación de controles de su cumplimiento, el fomento de
alternativas beneficiosas y el desaliento de las negativas, son acciones
fuera de las posibilidades de personas individuales y deben ser
realizadas y estimuladas por la organización social como un todo (es
decir por los gobiernos nacional y provinciales) en defensa (presente y
futura) de las personas (en especial las más débiles) y del medio
ambiente.
1 Emilio
H. Satorre, Cambios tecnológicos en la agricultura argentina actual,
revista Ciencia Hoy, vol. 15, No 87, junio-julio 2005, pp. 30-31.
2 José M.
Paruelo, Juan P. Guerschman y Santiago R. Verón, Expansión agrícola y
cam-bios en el uso del suelo, revista Ciencia Hoy, vol. 15, No 87,
junio-julio 2005, pp. 14, 15, 18 y 20-23.
3 Tomado de C. E. Solivérez, Ciencia, técnica y sociedad. Separata del
docente, Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, Buenos Aires
(Argentina), 1992, p..
4 El tema se discute detalladamente en Curso básico de ciencias.
Unidades 33 y 34: Ciencia y Sociedad, The Open University, McGraw-Hill,
Colón (Panamá), 1974, pp. 66-68.
5 Algunos estudios indican que el glifosato disminuye la población de
las bacterias nitrifican-tes del género Rhizobium, tema que requiere
profundización.
6 M. Alejandra Martínez-Ghersa y Claudio M. Ghersa, Consecuencias de los
recientes cambios agrícolas, revista Ciencia Hoy, vol. 15, No 87,
junio-julio 2005, pp. 37-45.
7 Esteban Hopp, Cultivos obtenidos por Ingeniería Genética, revista
Ciencia Hoy, vol. 15, No 87, junio-julio 2005, pp. 26-27.
8 Carina R. Álvarez, Métodos de labranza, revista Ciencia Hoy, vol. 15,
No 87, junio-julio 2005, p. 19.
9 Martín Piñeiro y Federico Villarreal, Modernización agrícola y nuevos
actores sociales, revista Ciencia Hoy, vol. 15, No 87, junio-julio 2005,
pp. 32-36.
10 Marina Aizen, Nómades de las pampas, revista Viva, abril-mayo 2006,
pp. 24-27.
11 Encuesta sobre demanda laboral insatisfecha del INDEC, 2005. Citada
por Paula Nahirñak en La importancia de usar tecnologia, diario Clarín,
9/4/2006, p. 36.
12 En la mayoría de los países donde Monsanto tiene registrado el
transgen RR, ¡el uso de la semilla propia es ilegal!
13 Artículos de Carlos M. Correa, Monsanto vs. Argentina y de Pierre-Ludovic
Viollat, El caballo de Troya transgénico, en el Dipló (mensuario de Le
Monde Diplomatique), abril 2006, pp. 4-7.
14 Marcelo R. Zak y Marcelo Cabido, Deforestación y avance de la
frontera agropecuaria en el norte de Córdoba, revista Ciencia Hoy, vol.
15, No 87, junio-julio 2005, p. 20.
15 Ricardo Grau, Ignacio Gasparri y T. Mitchell Aide, Cambios
ambientales y responsabilidad de los científicos: el caso del noroeste
argentino, revista Ciencia Hoy, vol. 15, No 87, junio-julio 2005, pp.
16-17.
16 Enrique J. Chaneton, Las inundaciones en pastizales pampeanos,
revista Ciencia Hoy, vol. 16, No 92, abril-mayo 2006, pp. 18-32.
17 Véase el Capítulo Seis de mi libro Las tecnologías en Argentina:
breve historia social.
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