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El siguiente texto es
una versión periodística especial extraída del estudio La
Revolución de la Soja:
. Versión completa del
estudio "La revolución de la Soja"
080308 - El avance de la soja traerá
En la Argentina los campos sojeros se utilizan con poca
racionalidad. El boom de precios provocó la deforestación de
vastas zonas. Complicaciones a futuro.
La implantación masiva del cultivo de soja en
Argentina fue una verdadera revolución, ya que en menos de 10 años pasó
de cultivo marginal (menos del 1% de la producción de granos en 1975) a
predominante (el principal producto agrícola argentino en 2003).
Sus fuertes, variadas y complejas facetas
tecnológicas, económicas, ambientales y sociales hacen particularmente
ilustrativa su discusión. Su cultivo se extiende desde la región
pampeana hasta el pie de la Cordillera de los Andes, puede comenzar
inmediatamente después de la cosecha de trigo y permite (en un proceso
racional de rotación de cultivos) un promedio de 3 cosechas en 2 años,
aumentando significativamente la rentabilidad agrícola. Entre 1990 y
2005 su producción se multiplicó por 5 creciendo de 7 a 35 millones de
toneladas. En el mismo lapso el área sembrada con soja se multiplicó por
3 (no por 5, como la producción, indicando un significativo aumento de
productividad agrícola) pasando de las iniciales 5 millones de hectáreas
a más de la mitad de la superficie total bajo cultivo del país,
generando el 45% de las exportaciones agrícolas.
La producción de soja disminuyó significativamente la
de maíz y drásticamente la de sorgo y centeno, y ha crecido sin pausa en
los últimos 10 años.
Requiere fertilizantes el 85% del área cultivada con
maíz y trigo, pero menos del 30% de la cultivada con soja. Una razón es
que esta leguminosa contiene en sus raíces bacterias capaces de
transformar el oxígeno del aire en nitratos asimilables por las plantas,
la misma razón por la que se agrega trébol (también una leguminosa) al
césped de los jardines.
A pesar de esto, algunos científicos estiman que
durante el 2003 los cultivos de soja extrajeron del suelo argentino y
exportaron al exterior aproximadamente 1.000.000 de toneladas de
nitrógeno y unas 200.000 toneladas de fósforo. Si hubiera que reponerlos
usando fertilizantes sintéticos, el costo sería de unos 900 millones de
dólares, una fracción apreciable del valor de la cosecha de ese año.
Esta pérdida de fertilidad no puede continuar
indefinidamente y en algún momento la cosecha se hará inviable: el suelo
es un recurso renovable sólo cuando se lo usa racionalmente.
En cultivos intensivos como el de soja es crítico
eliminar las malezas para que no compitan por los nutrientes del suelo.
El método tradicional de pasar el arado antes de la siembra, enterrando
las malezas para que sirvan de abono, y desmalezar a mano durante el
crecimiento de los cultivos, es lento y costoso en mano de obra. El modo
más barato es usar herbicidas, el problema es que usualmente matan
también a los cultivos y sus residuos son tóxicos para las personas y el
ganado.
NUEVA FAMILIA
En la década de 1970 la empresa de semillas y
agroquímicos Monsanto desarrolló una familia de herbicidas a base de
glifosatos que comercializó con la marca Roundup. Letales para las
malezas críticas en dosis comparativamente bajas, los glifosatos eran
menos tóxicos para las personas y los animales que los herbicidas
preexistentes y tenían menor efecto residual por no ser absorbidos por
los cultivos y descomponerse naturalmente en el suelo en corto tiempo.
Monsanto logró luego identificar un gen ajeno a la
soja que brindaba inmunidad a los glifosatos (denominado por eso RR,
Resistente al Roundup) e implantarlo en la semilla de soja, producto que
patentó y puso en venta en 1991.
Argentina fue en 1996 -junto con EE. UU. y Canadá- uno
de los primeros países en usar la soja transgénica. Brasil y varios
países europeos, en cambio, prohibieron su cultivo durante varios años.
Por su vertiginosa e incontrolada expansión, Argentina fue escenario de
uno de los mayores experimentos negligentes hechos en el planeta con
organismos genéticamente modificados.
EE. UU. produce el 46% de la soja mundial y el 30% de
los trabajos de investigación sobre el tema; Brasil el 24% de la soja y
el 10% de las investigaciones; Argentina el 16% de los productos y un
escaso 2% de los estudios; Monsanto invierte anualmente en el tema 6
veces el monto de todas las investigaciones agropecuarias argentinas,
pero sus resultados no son del dominio público, como sucede con casi
todos los saberes de valor comercial.
El Protocolo de Cartagena del 11/9/2003 (auspiciado
por las Naciones Unidas) que regula la seguridad en el uso de
biotecnologías (manejos, usos, movimientos a través de fronteras e
indicación de origen) ya fue ratificado por 132 países, pero Argentina
se opuso y todavía no ha adherido a él.
Los productores argentinos carecen así del apoyo
científico necesario para comprender bien los problemas y sus soluciones
y no hay recaudos legales para la protección de la población. La gran
complejidad de los fenómenos genéticos impide asegurar que no habrán
efectos negativos imprevistos sobre la salud humana, los animales, las
plantas y el medio ambiente en general (aunque tampoco se puede asegurar
que sí los habrán).
El éxito productivo argentino generó una gigantesca
publicidad internacional para la soja transgénica y el glifosato. A
pesar de no haber registrado la semilla en Argentina, Monsanto se
beneficia también de su auge sojero porque, para evitar futuros
conflictos, algunas empresas semilleras hicieron acuerdos de pago de
derechos por su producción.
Por si eso fuera poco, Monsanto pide ahora que todos
los agricultores del planeta le paguen 15 dólares por tonelada de soja
transgénica producida, cualquiera sea el origen de la semilla. Ya
solicitó el embargo de los embarques que arriban a puertos de países
donde tiene registrada la patente, como la mayoría de los europeos.
En algunos de esos países ya hay resoluciones
judiciales que obligan a tomar muestras del producto, verificar la
presencia del transgen RR y, en caso afirmativo, efectuar depósitos que
garanticen el pago en caso de fallo judicial favorable a la empresa.
Aunque parece difícil que gane los juicios (lo lógico es cobrar por las
semillas, no por sus frutos) Monsanto usa el riesgo y la incertidumbre
para favorecer acuerdos extrajudiciales como los ya hechos con
semilleras argentinas.
La mejora de las tecnologías agropecuarias, que
produjo un aumento de productividad del 90% en los últimos 40 años, fue
el factor crucial en el éxito de la soja. Esta mejora requiere grandes
inversiones en equipamiento, insumos, nuevos modos de gestión,
capacitación de mano de obra y asesoramiento especializado, cuya
amortización sólo es viable para grandes producciones.
El problema de siembra y cosecha mecanizada fue
resuelto por los "tanteros" (llamados así porque cobran un porcentaje de
la cosecha), contratistas dueños de su propia maquinaria que aumentaron
la productividad agraria en base al principio de división social del
trabajo. En la región pampeana el 47% de los productores trabaja con
maquinaria contratada, mientras en el resto del país sólo lo hace el
21%, dando una significativa diferencia geográfica en productividad. Ha
aumentando la cantidad de harinas y aceites de soja con mayor valor
agregado, con efectos multiplicadores sobre la fabricación de
maquinarias agroindustriales y sus talleres de mantenimiento. Como
ejemplo, se estima que del valor de una caja de copos de maíz
aproximadamente el 4% corresponde a la agricultura y el 96% restante a
otros rubros.
El gran negocio sojero impulsó el avance de las
fronteras productivas sobre regiones vírgenes de Córdoba y el Noroeste
argentino. En Tucumán fue talada casi toda la selva plana del pie de las
montañas y un 80% del
bosque chaqueño de llanura. En Salta, que ya tenía la
tasa de deforestación más alta del país -en los últimos 30 años se
talaron para uso agrícola 600.000 hectáreas de bosques nativos- la
bonanza sojera aceleró marcadamente el proceso.
Se transformaron en cultivos casi la mitad del Chaco
salteño húmedo y el 60% de las selvas planas. Si se mantiene esta tasa
de deforestación, a fines del siglo XXI no quedarán más selvas planas en
todo el Noroeste. Actualmente no hay límites claros ni recaudos técnicos
obligatorios para la tala de bosques, lo que modifica la fertilidad y
humedad del suelo, genera erosión, afecta las fuentes de agua y puede
modificar el clima con consecuencias imprevisibles para las personas y
los cultivos. No es que haya poca conciencia de los problemas
ambientales, se prioriza la rentabilidad a corto plazo.
Por otro parte, el análisis del tema ambiental que
hacen las organizaciones ecologistas frecuentemente peca de simplismo,
ignorando las grandes incertidumbres, la complejidad y las diferencias
regionales de los problemas, lo que lamentablemente disminuye su
credibilidad. Falta un equilibrio razonable entre el catastrofismo que
ante la menor duda detiene todas las acciones (válido sólo en casos de
riesgo grave) y la negligencia criminal de actuar sólo ante catástrofes
consumadas.
El cultivo intensivo en tecnología de la soja ha
favorecido, por razones de escala, la concentración de la propiedad
rural. Entre 1998 y 2002 el número de productores agrícolas de Argentina
se redujo de 400.000 a 300.000 y la proporción de parcelas rurales
pequeñas (menores de 200 hectáreas) del 13% al 9%. En 2005 sólo el 6% de
los cultivadores de soja tenían parcelas pequeñas. Hay, sin embargo,
grandes diferencias regionales ya que en Santiago del Estero las
parcelas pequeñas son menos del 2% del total, mientras que en Santa Fe
son el 23%. En la región pampeana el 70% de la superficie se cultiva por
arriendo, contra el 18% en el interior del país, donde es mucho mayor el
porcentaje de propietarios que habitan en sus tierras.
El fenómeno tiene grandes consecuencias sociales ya
que el incremento del uso de la tierra como mercadería promueve el
despoblamiento y marginalidad del campo. Viven allí mayoritariamente los
trabajadores rurales, no los propietarios; si, por ejemplo, las tierras
se inundan con el consecuente aumento de fertilidad o no hay servicios
humanos esenciales pero sí buen transporte de los productos, "no hay
problema".
El arriendo desalienta las inversiones fijas al suelo,
fomenta el riesgo de su pérdida de fertilidad -aunque la visión
cortoplacista de algunos propietarios no quiera reconocerlo- y ejerce
presión sobre las áreas urbanas adyacentes.
Todo esto ilustra que es imposible separar los
aspectos tecnológicos de los económicos, ambientales y sociales, ya que
el fenómeno tecnológico los engloba a todos. Como acabadamente ilustra
el caso de la soja, la elección de tecnologías, que como en todas las
actividades productivas está prioritariamente determinada por la
rentabilidad, puede tener drásticos y extendidos efectos ambientales y
sociales.
La detección de los fenómenos, la dilucidación de
causas y efectos, el seguimiento de las variables críticas en los casos
en que la comprensión es incompleta o incierta, la formulación de
límites y la aplicación de controles de su cumplimiento, el fomento de
alternativas beneficiosas y el desaliento de las negativas, son acciones
fuera del alcance de los individuos y deben ser realizadas y estimuladas
por la organización social como un todo (es decir por los gobiernos
nacional y provinciales) en defensa (presente y futura) de las personas
(en especial las más débiles) y del medio ambiente.
(*) Dr. en
Física y Diplomado en Ciencias Sociales.
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