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150308 - Durante el siglo pasado
la Argentina, un país de tradición agropecuaria, vivió un
proceso de creciente industrialización y concentración de su
población en ciudades. Pero los problemas asociados con el
crecimiento de estas urbes en varios miles de habitantes, no
suele tenerse en cuenta. Nuestras ciudades han funcionado como
aspiradoras de materia y energía: Al principio agotaron los
ecosistemas cercanos y más tarde, se lanzaron a extraer los
recursos de los más alejados. Este proceso sin control ha dejado
más de una región ecológica a punto de extinguirse.
Es indudable que los principales problemas ambientales-urbanos
que afectan a la población argentina, como a la mayoría de la
población urbana mundial, son: la falta de sistemas de agua
potable que abastezcan con un volumen suficiente y una calidad
aceptable a toda la población; la inadecuada provisión de
cloacas y sistemas de evacuación de excretas; la dificultad para
resolver la recolección y disposición de los residuos sólidos
domiciliarios y los efluentes industriales; la contaminación del
atmosférica; la contaminación sonora; la contaminación de los
cursos de agua que atraviesan las ciudades y la consiguiente
contaminación e inutilización de los acuíferos subterráneos; la
escasez de espacios verdes; la escasa accesibilidad, producto de
la congestión en los centros urbanos y las bajas densidades en
la periferia de los mismos, y de la organización del sistema de
transporte; el alto grado de hacinamiento y precariedad
habitacional.
La pregunta del millón es saber si son compatibles un ambiente
finito con unas necesidades humanas que se plantean como
ilimitadas. La conclusión nos llevaría a aceptar que es posible
definir que el mundo y todo lo que en él existe, es finito, no
así las necesidades humanas, ya que sobre el umbral de
satisfacción de las necesidades básicas se pasa a hablar de
deseos, los que sí son infinitos.
Cuando tratamos temas ambientales, muchas veces se comete el
error de verlos de manera fraccionada o hasta secundaria. Se
insiste con la imagen de los ambientalistas como críticos de
toda tecnología que llevarán a todos a la pobreza. Pero en
realidad, los ambientalistas examinan las consecuencias de las
tecnologías, y apuesta a aquellas que mejoran la calidad del
ambiente y la salud.
Es común escuchar opiniones contrarias a la acción de los
ambientalistas, a los cuales se califica de soñadores en contra
del progreso, antitecnológicos e insensibles a las demandas
sociales. En algunos lugares se muestra una disconformidad
frente a las advertencias de los ambientalistas. Ese tipo de
generalizaciones pone a todos los profesionales que se dedican
al tema ambiental en una misma bolsa y se nutre de un imaginario
en el cual se presenta a las personas interesadas en los temas
ambientales como seres irracionales que se opone a todo y no se
da cuenta de las urgencias sociales que existen en el planeta
tierra. Muchas personas podrían terminar cediendo o aceptando
que los ambientalistas son retrógrados e inútiles, y que el
mundo estaría mejor sin ellos.
Sin embargo, habría que preguntarse si las advertencias
ambientales han empeorado o mejorado las condiciones de vida. En
realidad, si se observa con detenimiento los cambios provocados
por los ambientalistas en los últimos años, es evidente que esos
actores sociales están lejos de combatir todas las tecnologías o
de ser insensible a las realidades sociales.
Se postula como ejemplo sus advertencias a los transgénicos y la
energía nuclear. Sin embargo, muchas de los reclamos ambientales
se centran en mejorar la tecnología para con ese fin asegurar la
calidad ambiental y la salud humana. Un ejemplo rotuno de esa
actitud es la lucha por lograr que se elimine el plomo de los
combustibles, un aditivo con probados efectos negativos en la
salud humana.
La presión de los ambientalistas logró el apoyo de profesionales
de la medicina, y con el paso de los años desembocó en eliminar
ese aditivo de los combustibles para automóviles. Esa
eliminación no desembocó en el colapso de ninguna industria, ni
miles de personas perdieron sus puestos de trabajo. La única
caída fue justamente de los niveles de plomo en la sangre de los
niños.
Otro de los temas es el de los refrigeradores que los
ambientalistas se basan en las campañas que promueven el cambio
de los gases de enfriamiento. Es sabido que los gases usados en
los modelos convencionales tienen un efecto muy negativo en la
capa de ozono, la que protege de la radiación ultravioleta. Las
demandas por abandonar los viejos gases refrigerantes tuvieron
la oposición de los defensores del progreso convencional, de la
industria de los electrodomésticos y hasta de sindicatos. Pero
finalmente triunfó una nueva tecnología que aprovecha gases que
no dañan la capa de ozono. Esa reconversión está en marcha en
muchos países, y es evidente que no se han dejado de fabricar
refrigeradores.
Otro de los argumentos contra los ambientalistas es que solo se
preocupan por el ambiente, y no les importa las fuentes de
ingreso que la gente necesita. En ese terreno también hay
ejemplos donde un manejo correcto del ambiente en realidad
genera más ingresos a las comunidades locales.
Por último, es importante resaltar que la protección del
ambiente por la que luchan los ambientalistas redunda en
protección de la sociedad en su conjunto. Tenidas en cuentas
todas estas acciones queda claro que los ambientalistas no tiene
un dogmatismo antitecnológico. En realidad, los ambientalistas
evalúan los efectos de las tecnologías, y no se dejan engañar
por la propaganda o el dogmatismo. Algunas apuestas tecnológicas
sirven para mejorar la calidad de vida, pero otras no, y eso es
justamente lo que se debe analizar. Por lo tanto nadie puede
afirmar que en esta visión del mundo se postula un regreso a la
edad de piedra, como se escucha en más de un ámbito.
Este nicho donde habitan los ecologistas y ambientalistas tiene
su razón de ser en el ser humano mismo y sus particulares formas
de ver la vida, el desarrollo y el futuro. Porque el que alguien
se vuelva ambientalista está en función al grado de conocimiento
que va adquiriendo sobre las interacciones entre el hombre y la
naturaleza. Esa relación es la clave. Por ello muchos defensores
del maltrato al ambiente se empeñan en seguir manteniendo en la
ignorancia a la población, para que no piense y no razone, para
que no llegue a conclusiones que lo harán defensor de la vida.
Lamentablemente existe un contradictorio sistema de valores
entre muchos seres humanos que se dicen ambientalistas para las
ideas y opiniones, pero productivistas para las acciones
prácticas, sin que exista ese compromiso real a favor de la
conservación de los ecosistemas. Más bien terminan aceptando que
es inevitable la destrucción ecológica para lograr el
desarrollo. Es decir, se desea la preservación del ambiente,
pero sin un compromiso ni responsabilidad con su comportamiento
cotidiano conservacionista y reparador. Es como decir …Sí, pero
no… o pecar y rezar para empatar.
Hoy y en el futuro tenemos la obligación de compatibilizar ese
dilema generando una nueva cultura que supere la desconexión
radical entre el afán destructor y devorador que tenemos
principalmente en las ciudades, con las crisis socio-ecológicas
que hoy contaminan no sólo el aire, agua y suelos, sino que
también constituyen una amenaza creciente a la vida y bienestar
de todos nosotros, los seres humanos.
Los ambientalistas han cumplido y debe seguir cumpliendo un
papel clave en la sociedad. Sus acciones han mejorado la calidad
de vida de mucha gente en todo el mundo, y una de sus
contribuciones más importantes ha sido promover, y en muchos
casos obligar, a buscar nuevas tecnologías que sirvan a las
personas y al ambiente. No sólo para satisfacer las necesidades
de las generaciones presentes sino para asegurar las necesidades
de las futuras generaciones
Cristian Frers – Técnico Superior en Gestión Ambiental y
Técnico Superior en Comunicación Social – E-mail:
cristianfrers@hotmail.com
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