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181207 -
Esta sensación despareja con respecto al tiempo es lo que llena
de malestar al “nuevo” gobierno de Cristina, apenas a una semana
de haber asumido.
Si no fuera porque “el cambio recién comenzó” hace siete días,
podríamos, considerar que nos encontramos frente a un gobierno
en un franco estado de debilitamiento.
Al decir de los analistas políticos del establishment: “al
gobierno de los Kirchner (en sus dos versiones) lo ha
caracterizado y lo caracteriza un elevado pragmatismo”. Este, se
expresa sencillamente, en que el kirchnerismo fue capaz de
establecer las más amplias alianzas para sostenerse en el poder;
fruto de una abultada billetera “superavitaria” y de la
desesperanza que recorrió la vida de los partidos políticos a
partir de la crisis de 2001/02.
La herencia del argentinazo
El kirchnerismo, con una estructura de movimiento provincial
casi feudal, puso en práctica, ni bien llegado al poder, un
conjunto de mecanismos reconocibles en el funcionamiento de las
instituciones manejadas por los Barones del azúcar en Tucumán,
los yerbateros del litoral o los tabaqueros del NOA. Un régimen
de premios y castigos; de cooptación de elementos pequeños
burgueses desesperados por la crisis, y la irrupción de los
sectores populares en la arena política; de una dilatada
corrupción (“borocotización”) de la oposición, que no encontraba
un norte frente a la desaparición de las estructuras partidarias
que le daban cobijo, etc.
Contó a su favor: con una situación económica excepcional y con
la virtual desaparición de los partidos políticos tradicionales
en el plano nacional.
El kirchnerismo fue el resultado de una crisis que, a diferencia
de lo que consideran los apologistas del régimen, no democratizó
las estructuras sociales, al contrario, estableció un contrato
social de características similares a su actuación provincial.
El kirchnerismo es producto de una crisis institucional y
política cuya orientación fue la de “feudalizar” las relaciones
sociales bajo la cobertura de un “nacionalismo o un
latinoamericanismo” de corto vuelo.
La suma del poder público le fue cedida graciosamente, por el
espanto que provocaron en las diversas fracciones de la
burguesía las memorables jornadas de diciembre y enero de
2001/02. No fue una conquista democrática de un movimiento con
identidad propia o con objetivos particulares que sirvieran para
orientar al país en una dirección diferente a la que ya estaba
establecida por gobiernos anteriores. El kirchnerismo, de esta
manera no es el heredero del Argentinazo, ni de sus postulados
democráticos. Fue y sigue siendo, una estrategia de la burguesía
para enfrentar a las masas movilizadas en función de un reclamo
no suficientemente desarrollado, en su momento, por los actores
sociales intervinientes.
El 2007/08 muestra un cuadro diferente. La participación del
movimiento obrero se estructura con fuerza, justo en el momento
menos indicado para la aplicación de la política central del
gobierno de “continuidad y cambio”: el Pacto social.
La más amplia alianza... paralizada
Como tenía que ser, “la más amplia alianza lograda por el
kirchnerismo” se ha transformado en la más amplia parálisis.
Cristina Kirchner asume la presidencia en un cuadro de crisis
nacional e internacional. Los acuerdos con la patota
cívico-militar, que le permitió sumar voluntades
(fraudulentamente) en las últimas elecciones no alcanzan para
poner en pie su única estrategia política con vistas a un
proceso de gobierno de por lo menos 4 años; el Pacto social.
Los intereses que rodean a este pacto son los de convocar a una
“pacificación social” entre las filas del movimiento obrero, lo
que permitiría dar garantías jurídicas a los empresarios para
que puedan tomar inversiones en el exterior, sin que se vean
afectadas por una “guerra de clases”. Estos acuerdos, se
completan con la vuelta de la Argentina al sistema financiero
internacional, una vez cumplidos los compromisos de pago con los
organismos internacionales de créditos (FMI mediante) que de
prosperar, producirían una baja en los índices del riesgo país
y, como consecuencia de esto, una baja en las tasas de interés
de los futuros prestamos hoy por hoy inaccesibles a los sectores
económicos interesados.
El kirchnerismo “debe” limpiar varios frentes para que esto
suceda; en principio poner un corsé a los reclamos populares,
para lo cual le resulta imperioso que las burocracias sindicales
se disciplinen al contenido de su política. Cosa, que por lo
menos hasta el próximo congreso de la CGT, en el mes de julio
2008, aparece como poco viable.
En el seno de la burocracia sindical se hace más que evidente
una fenomenal crisis y enfrentamientos, que rememoran la
posibilidad de un San Vicente de dimensiones más cruentas que el
de octubre del 2006. De hecho ya se han empezado a contar
muertos y baleados, en supuestos intentos de robos comunes.
La disputa interburocrática ha llevado a que se procese un
movimiento en las bases de los diferentes gremios “duros”, donde
los trabajadores intervienen con reclamos salariales que ponen
en jaque (con posibilidad de mate) todo el andamiaje del futuro
pacto social.
A la conquista de un pago que va de 1000 a 3000 pesos
adicionales, por el gremio de los mecánicos; se le suma el
conflicto abierto entre los metalúrgicos, del cristinista Caló,
que reclaman tres pagos de 500 pesos para compensar la perdida
por inflación y que para conseguirlo llamarían a un paro
nacional el próximo 27 de diciembre. Lo mismo, salieron a
reclamar los obreros del Subte y los chóferes de colectivos.
Los trabajadores parecen haberle encontrado la vuelta al
problema del Indec y, a diferencia de los “consumidores”, no
salen a boicotear hortalizas; hacen sus cálculos en forma
correcta y reclaman una compensación adecuada al costo de vida.
Hasta ahora el “pacto social” se vuelve una posibilidad
únicamente entre los gremios que conforman la CTA. Esta central,
que agrupa a los trabajadores peores pagos del país, ha decidido
hundirse en el barro oficialista hasta los tuétanos.
Su principal vocero y representante Hugo Yasky ha declarado que
el acuerdo con el pacto es total si, por supuesto, hace lugar a
la discusión “sobre la distribución de la riqueza”. Yasky ha
renunciado a la lucha por la personería jurídica considerándola
en segundo lugar entre las prioridades que hoy por hoy tiene la
CTA. En realidad, la única prioridad de esta central está en
sostener al gobierno kirchnerista, en contra de los reclamos de
docentes, judiciales y empleados del estado que surcan el país
del sur al norte.
Del FMI al FBI
Al decir de los analistas políticos del establishment “al
gobierno de los Kirchner (en sus dos versiones) lo caracteriza
un elevado pragmatismo”, que se expresa sencillamente en ser
capaz de establecer las más amplias alianzas entre sectores con
opiniones y prácticas políticas y económicas diferentes.
El kirchnerismo ha hecho de sus practicas de derecha, con un
discurso que compense la alianza a sectores progresistas, todo
un ritual que innegablemente le ha dado enormes resultados. Lo
que no ha podido evitar es la lucha sin cuartel de las
camarillas que lo integran y que lo corroe por todos sus poros.
El pragmatismo político, que en definitiva no fue más que puro
oportunismo, tiene una expresión económica conflictiva.
Cristina Kirchner, abraza la idea de una vuelta a las relaciones
carnales con los organismos internacionales de créditos. Antes
de que algún “patriota” salga a refutar que en esta oportunidad
las relaciones no serán “carnales” sino dignas y entre naciones;
debemos recordar que con estos organismos no se queda, al final
de la negociación, “un poquito embarazada”. Las relaciones con
el Fondo, con o sin monitoreo, significan una fuerte
subordinación de los intereses nacionales al imperialismo.
La valija no representa más que eso. Del lado del imperialismo,
el aprovechamiento oportuno de un hecho que le permite meter
mecha en la negociación con el gobierno. Del lado del gobierno
nacional el griterío antiimperialista, que le permita conformar
a los sectores que consideran la causa nacional, una causa de
discursiva y de billeteras abultadas.
Tratar de transformar la causa de la valija en una causa
antiimperialista es una forma excesiva de hacer uso de la
semántica; pero, de ninguna manera, una realidad de la “lucha
por la liberación nacional”.
Detrás de la valija hay olor a petróleo, es cierto. Olor al
empresario Enrique Eskenazi como accionista de YPF, que pretende
la 'argentinización' de la petrolera española respondiendo a una
estrategia que tiene que ver con la prórroga de los contratos de
concesión, al estilo santacruceño y chubutense, de las
concesiones a la Pan American Energy .
El imperialismo americano, que guerrea por petróleo en Irak y
está a punto de iniciar una guerra por los mismos propósitos en
Irán, no cree que deba perderse un negocio tan lucrativo como la
transferencia de acciones de la principal petrolera del país,
por una avivada de gallegos y pingüinos.
El FBI presiona a cuenta del FMI, en contra de las retenciones
al campo y por una jugada más efectiva por parte del gobierno
para disciplinar a los que quieran pasarse “a la vereda de
enfrente”.
El pragmatismo de los avivados, puede que conforme a los progres
con la declamación de la “valija antiimperialista”, mientras
vota leyes de emergencia al mejor estilo menemista o
antiterrorista a pedido de Bush. De paso, cabe aclarar, que la
Ley de emergencia económica votada por ambas cámaras la semana
anterior, recoge antecedentes en el duhaldismo, pero fue Menem
quien debuta con estas leyes para privatizar las empresas
nacionales desde el ´95.
Las circunstancias que rodean al recientemente asumido gobierno
de Cristina Kirchner, nos hacen pensar seriamente en cuanta
razón tenia la candidata en la campaña electoral al gritar, con
el puño crispado, “que el cambio recién comienza”.
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