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Todos desean que sea la
plaza Tahrir de Estados Unidos, que
sea la Puerta del Sol, o Atenas, o Santiago, y todos –autoridades,
medios masivos, izquierdistas– suponen que algo podría o debería
estallar en este país ante las crisis, la avaricia empresarial, la
severa desigualdad y el desempleo. Tal vez por esto ocurrió algo curioso
en el camino para ocupar
Wall Street esta última semana.
A través de las redes sociales de Internet, activistas independientes
convocaron a 20.000 personas a ocupar
Wall Street el 17 de septiembre y denunciar la desigualdad
económica, la avaricia empresarial y la corrupción política provocadas
por los dueños del dinero y proclamaron su objetivo de crear una
plaza Tahrir en el centro financiero de Nueva
York. Afirmaron que estaban inspirados tanto por los movimientos árabes
como por los indignados de España y el movimiento estudiantil en
Chile,
entre otros.
El 17 de septiembre se presentaron entre 400 y 500.
Durante la última semana no han logrado su objetivo de ocupar
Wall Street, aunque algunos medios progresistas reportaron, y repiten, que
llegaron miles y que tenían cercado
Wall Street.
Tenían cierta razón, pero al revés. Quien ocupó
Wall Street el 17 de
septiembre fue la policía. Selló toda la zona alrededor de la Bolsa de
Valores de Nueva York y hasta a los turistas les fue negado el acceso
durante todo el día (aunque a los manifestantes les permitieron entrar
un ratito para expresarse).
Esa imagen de Wall Street vacío y custodiado por policías, junto a la
escena de la famosa estatua del toro en Broadway (símbolo de un Wall
Street viril), acorralado por vallas de metal y agentes de policía, fue
casi teatral: el Estado protegiendo al capital.
Al final de ese primer día los manifestantes, en su gran mayoría jóvenes
blancos y con estudios universitarios, decidieron permanecer en una
pequeña plaza a tres cuadras de Wall Street, que fue bautizada Plaza
Libertad, y unos 200 activistas han estado ahí toda la semana. El sábado
más de 80 fueron arrestados cuando marchaban por la zona de Union Square,
algo que la policía llevó a cabo con fuerza excesiva (lo cual, como
siempre, elevó el perfil de las protestas al ser nota en los medios,
cuando hubieran pasado casi inadvertidas).
Dicen que no se moverán hasta que… bueno, eso lo siguen discutiendo en
sus asambleas generales diarias, en las cuales afirman que practican la
democracia en las calles ante un sistema político corrompido que excluye
los intereses de 99% de este pueblo.
Esta gente de Wall Street juega con nuestro futuro, comentó un
participante. Otros dan decenas de variaciones sobre el mismo tema, de
cómo Wall Street ha secuestrado la democracia y dejado en su lugar
desempleo, deudas y desastre para las grandes mayorías.
Muchos tienen lo que se considera una buena educación, pero enfrentan un
futuro cada vez más oscuro y por ahora, sin empleo. Nuevas cifras de la
oficina del censo revelan que los adultos jóvenes ahora padecen el nivel
de empleo más bajo desde la
Segunda Guerra Mundial (sólo el 55,3% tiene
empleo); algunos analistas ya hablan de ésta como la generación perdida.
Muchos expresan desilusión con el sistema político. Uno comentó: yo
trabajé por la elección de Obama durante meses, pero no lo haría de
nuevo. Muy parecidos a sus contrapartes en la Puerta de Sol o El Cairo
en ese sentido.
No hay contingentes que representen organizaciones. Hay poco contacto
con otros sectores sociales, como sindicatos, organizaciones civiles,
inmigrantes o de estudiantes. Muchos se sorprendieron de que no hubiera
más gente, ya que en Internet y las redes sociales miles habían
expresado apoyo y se habían comprometido a participar. Nadie explica
cómo toda esa participación cibernética de los últimos meses (el primer
llamado, por la revista canadiense Adbusters, fue emitido en junio, y el
mes pasado se sumó Anonymous, la comunidad de hacktivistas) no se
tradujo en una presencia física más amplia en las calles.
Pero tal vez lo más notable de todo no es la dimensión ni las acciones
de estas protestas, sino la reacción que provocan.
Esta concentración tan pequeña ha logrado obtener sorprendente espacio
en los medios, casi todo positivo, y figuras como Michael Moore, la
comediante Roseanne Barr y el satírico Stephen Colbert la han visitado
y/o apoyado.
Por otro lado, un gran éxito de este esfuerzo de protesta fue mostrar
qué tan amplio es el temor de las autoridades ante la posibilidad de un
estallido de ira popular contra el capital financiero. De hecho, el
alcalde Michael Bloomberg, el hombre más rico de esta ciudad, al
preguntarle su opinión sobre las protestas en un programa de radio, la
semana pasada, comentó que hay muchos jóvenes egresados de la
universidad que no pueden encontrar empleo. Eso es lo que ocurrió en El
Cairo. Eso ocurrió en Madrid. Uno no desea tener ese tipo de alborotos
aquí.
Tanto medios masivos como progresistas enviaron reporteros y cubrieron
el acto con inusitada generosidad (en el pasado ha habido marchas de
decenas de miles que casi nunca reportan los principales medios del
país). Fue como si los medios también desearan, junto con los
activistas, que algo grande sucediera, que aquí estallara una versión de
la plaza Tahrir.
“Los ricos inteligentes saben que sólo pueden construir las rejas hasta
cierta altura… la historia comprueba que la gente, cuando se harta, ya
no acepta las cosas…”, comentó Michael Moore sobre esta protesta en una
entrevista reciente en un programa de televisión. Llamó a que
comunidades de todo Estados Unidos hagan sus propias versiones de ocupar
Wall Street. Afirmó que “hay mucha rebelión burbujeando bajo la
superficie de este país… y va a crecer. Esta gente (Wall Street) nos
está robando nuestro futuro”.
Pero persiste la gran pregunta: cómo es posible que aún no haya ocurrido
aquí algo parecido a lo que se percibe en países árabes, en Madrid y
Barcelona, en Santiago de Chile, y más en medio de la peor crisis desde
la gran depresión y con una cúpula política reprobada por la gran
mayoría de los ciudadanos.
Por ahora no se ha logrado la ocupación de Wall Street. Algunos dicen
que esta acción es un primer llamado a lo que podría convertirse en algo
más grande.
Muchos están a la espera, tanto los poderosos como los que podrían
hacerlos temblar.