200707 - El primer ministro israelí,
junto al presidente estadounidense, mantiene su guerra contra los
palestinos, especialmente contra
Hamas. Y la cúpula de la AMIA
en Buenos Aires quiere condicionar la política exterior del país.
La división de las fuerzas palestinas en dos, con el consiguiente baño
de sangre en
Gaza
y en menor medida en
Cisjordania, ha servido magníficamente
al plan de
Israel
Este no es muy imaginativo pues aplica el clásico “divide y reinarás”.
Acompaña esa política con una alta dosis de plomo y metralla, que ahora
pega fundamentalmente en la militancia islámica de Hamas en Gaza.
Desde que a mediados de junio esa organización venció militarmente a
Al Fatah
del presidente
Mahmoud Abbas
y pasó a controlar Gaza, Israel se ha sentido a sus anchas. Es que el
frente palestino está dividido entre esas dos corrientes. Y la aparición
de Hamas al frente del gobierno real en la Franja le permite demonizarla
ante una parte de la opinión mundial. Para Israel, que estaba acorralado
en ese ámbito, es un logro.
Ahora el primer ministro
Ehud Olmert
zafa temporalmente de ciertos reproches de los gobiernos europeos,
Estados Unidos, Rusia y las Naciones Unidas, el llamado “cuarteto” (uno
de los pocos lugares que le van quedando a
George Bush).
Agitando el espectro de Hamas, Olmert se muestra relativamente flexible
con la contraparte, con Abbas, con quien ha compartido una cumbre en el
balneario egipcio de Sharm el sheik junto a los líderes de
Egipto y Jordania, Hosni
Mubarak y el rey Abdala II respectivamente.
Los gestos hacia el presidente de la Autoridad Nacional Palestina
continuaron el lunes de esta semana en Jerusalén. En una reunión
bilateral el anfitrión prometió a su visitante que liberaría a 250
presos pertenecientes a su organización. A los otros, los de Hamas, y a
muchos de la misma Al Fatah, no les alcanzará el beneficio. Y son la
mayoría, pues en las prisiones israelitas hay 8.000 presos palestinos de
distintas organizaciones y grupos etáreos. Ahora serán liberados once
menores y algunos ancianos. Los demás tendrán que seguir esperando en un
lugar inseguro: la Corte Suprema israelí es la única en su tipo en el
mundo que legalizó la tortura.
Mientras coquetea con Abbas y le promete remover puestos militares
israelitas de control en las ciudades cisjordanas de Ramallah, Jenin,
Tulkarem y Belén, el ocupante de territorios palestinos sigue mostrando
su peor rostro para con Gaza. En este último mes ha vuelto a bombardear
desde aviones y a meter sus tanques para cañonear los objetivos fijados
por Olmert y el nuevo ministro de Defensa, el laborista Ehud Barak.
Esas incursiones y operativos dejaron un doloroso saldo de muertos y
heridos entre la población civil. Los comunicados israelitas, copiándose
de los de Bush respecto a Irak, enfatizan que los muertos son
“terroristas”. Y si se prueba lo contrario, que eran civiles, son
endosados a la cuenta de los “daños colaterales”.
No le dan paz
Olmert y los suyos no les dan paz a los palestinos. Ahora buscan
maquillar sus acciones de guerra en Gaza como una respuesta a la
“violencia” de Hamas tras su mini guerra civil con Al Fatah. Pero no es
así.
Las dos organizaciones se enfrentaron en junio, con un saldo
estimado de 135 muertos. Pero Israel viene atacando la población de la
Franja y partes de Cisjordania desde enero de 2006, cuando Hamas ganó
legítimamente las elecciones palestinas. En junio de ese año Olmert
ordenó allí una carnicería, antes de enfilar sus tanques y aviones hacia
el sur del Líbano, donde
sus tropas recibieron su merecido a manos de
Hezbollah.
Desde la mencionada victoria electoral de los islámicos, Israel bloqueó
todos los pasos fronterizos de Gaza, incautó los fondos pertenecientes
al gobierno de Ismail Haniyeh, etc. De resultas la vida de los
palestinos es un martirio cotidiano. En Gaza quedaban alimentos para
pocas semanas según Arnold Vercken, director de operaciones del Programa
de Alimentación (WFP) de la ONU en los territorios palestinos. El
funcionario declaró: “se está desencadenando una crisis humanitaria
seria en Gaza como resultado de los recientes disturbios y el cierre de
fronteras”.
No vaya a creerse que la actitud de Israel hacia los palestinos de
Cisjordania es mejor. Solamente que por el momento trata de golpear
centralmente en Gaza. Pero no hay que olvidar que de allí los israelitas
se retiraron en septiembre de 2005 mientras que en Cisjordania, la presa
mayor, aún están con sus colonias ilegales y sus tropas. Además siguen
levantando allí avanzó el “muro del apartheid”, pese a las objeciones de
la ONU y la Corte Internacional de La Haya.
El titular de la ANP, Abbas, parece decidido a avanzar contra Hamas, del
brazo de Olmert y los socios extranjeros del “Cuarteto”. De allí que
dialogue a menudo con el premier judío y tenga cortado el teléfono con
Haniyeh, el dirigente de Hamas desconocido como primer ministro. En su
lugar Abbas tomó juramento a Salam Fayad, economista formado en Estados
Unidos y la Universidad Americana de Beirut que trabajó para el Banco
Mundial y el FMI.
Olmert busca negociar con Abbas, Fayad y otros moderados, aunque
estirando los plazos de modo de no llegar nunca al punto clave: la
devolución de los territorios según las fronteras de 1967, incluida
Jerusalén oriental.
Mientras el juego se limite a declaraciones a favor del diálogo en
abstracto, sin llegar a ese momento de definiciones, todo andará más o
menos bien entre Olmert y Abbas. Incluso a fin de año serían parte,
junto a gobernantes árabes, de una Conferencia Internacional sobre Medio
Oriente que ha convocado el decadente Bush.
Pero los palestinos no necesitan hojas de ruta ni palabras que se lleva
el viento. Más allá de matices, quieren un Estado independiente con Gaza
y Cisjordania, con capital en Jerusalén este; con gobierno y fuerzas
armadas propias. Y eso es lo que Israel no está dispuesto a conceder. Ni
el gobernante Kadima de Olmert y el flamante presidente Shimon Peres, ni
los laboristas de Ehud Barak ni el Likud de
Benjamín Netanyahu harían algo así, sin
importar si del otro lado están Abbas, Haniyeh u otro.
Tiran contra Irán
En líneas generales, desde que el Estado de Israel surgió en mayo de
1948 rapiñando tierras palestinas que no estaban dentro de la zona
adjudicada por las Naciones Unidas, en adelante, esta es la parte que
más obstruyó a una solución pacífica en Medio Oriente.
Se precia de ser la única democracia en la zona pero ya se observó que
su máximo tribunal de justicia tiene legalizada la tortura de los
prisioneros, preferentemente palestinos. El premier Yitzhak Rabin fue
muerto por sus propios neonazis.
Dice ser el pueblo elegido y tener derechos bíblicos pero actúa como
dependiente del mandato de la Casa Blanca y es un portaaviones
estadounidense en la región.
Olmert habla de paz pero mantiene una ocupación militar sobre
territorios ajenos. Pretende que el mundo crea su versión de que Hamas
es la encarnación de la violencia. Pero las estadísticas informan que en
2006 ese Estado exportó por 3.400 millones de dólares en armas,
“ubicándose como el cuarto traficante de armas más grande del mundo,
superior incluso a Gran Bretaña” (Naomí Klein, 20/6).
Los especialistas coinciden en que Israel dispone entre 200 y 300 armas
nucleares, algo imposible de testear porque no es parte del Tratado de
No Proliferación y los inspectores de la ONU no llegan al lugar por la
protección de Washington. No obstante, Olmert secunda a Bush en su
campaña contra Irán, amenazando a este país con un ataque militar si
avanza en su programa nuclear pacífico.
En la campaña contra Irán se produce la convergencia entre Israel y su
embajada en Argentina y las asociaciones israelitas como Daia y AMIA. En
los actos recordatorios de 2006 de los atentados terroristas en Buenos
Aires, la cúpula israelita dio la palabra al embajador de Israel, que
justificó la barbarie en El Líbano. En ese acto y en el de ayer, los
dirigentes de la AMIA reclamaron al gobierno argentino la ruptura de
relaciones con Irán.
Además de improcedente, el tono del reclamo agrega un nuevo elemento a
quienes dicen que los dirigentes israelitas de cualquier nacionalidad se
creen elegidos. “Irán no colabora con la investigación y, sin embargo,
el intercambio comercial sigue su curso. ¿Acaso el atentado no fue un
ataque a la Argentina toda, a su soberanía? ¿Acaso su soberanía depende
de su balanza comercial?”, le espetó Luis Grynwald al presidente
argentino.
¿Quién votó a la AMIA para que digite la política exterior argentina?