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De diversas formas el pueblo peruano, expresa
su respaldo total a las acciones policiales que se llevan a cabo
de manera permanente contra el flagelo de las drogas, la
delincuencia, la corrupción y demás ilegalidades, y se escucha
por doquier la voz del gran juez popular que exige sanciones lo
más severas posibles contra los enemigos del futuro de nuestros
hijos, de la seguridad del país, la seguridad ciudadana y el
orden interno.
En ese ambiente combativo y de confianza en el triunfo final en
esta batalla, emerge más fortalecido el prestigio, la autoridad
y profesionalidad de los miembros de nuestra Policía Nacional
del Perú. Sin embargo, contra el sentir mayoritario del pueblo
que defiende sus conquistas más sagradas y un mañana sin
violencia, con orden y seguridad, y desafiando las facultades y
confianza depositadas por nuestros compatriotas en los agentes
del orden público, subsisten actitudes agresivas e irrespetuosas
por parte de delincuentes y cómplices que se resisten a la
acción de la autoridad y atentan contra sus representantes,
agrediéndolos verbalmente, ofendiéndolos en su prestigio y
reputación infundadamente, intentando lesionarlos y hasta
quitándoles la vida, tal y conforme viene sucediendo
reiterativamente en todo el país.
Por lo general, se trata de autores de delitos o encubridores,
prófugos de la justicia, reincidentes, reiterantes o elementos
antisociales que, con su actitud transgresora, obstruyen el
cumplimiento de la ley. Nuestro ordenamiento Penal vigente en su
reforma de 1993, decidió proscribir los institutos penales de la
reincidencia y la habitualidad que constituían agravantes para
aplicar una mayor pena contra el trasgresor de la Ley. Se dijo
entonces que la experiencia había demostrado que la drasticidad
de las penas impuestas en nombre de la reincidencia y
habitualidad, no habían servido para atemorizar, de conformidad
con criterios de prevención general. Comprobado el error de esta
concepción doctrinaria, mediante Ley Nº 28726 publicada en el
Diario Oficial El Peruano el 09 de Mayo del 2006, se vuelve a
considerar como agravante de la responsabilidad penal, a la
reincidencia y la habitualidad respectivamente.
Respecto al Policía en tanto, se estableció una mayor severidad
cuando trasgrede la ley. La nueva legislación, estableció en el
Código Penal (Artículo 46º-A, incorporado según el artículo 2º
de la Ley Nº 26758 del 13/03/97), que constituye agravante de la
responsabilidad penal, si el sujeto activo de la comisión del
delito se aprovecha de su condición de miembro de la Policía
Nacional, para cometer un hecho punible, otorgándose potestad al
Juez para aumentar la pena hasta en un tercio por encima del
máximo legal fijado para el delito cometido (inicialmente
aumentaba la pena en la mitad).
Para quienes se encuentran al margen de la ley, o simplemente
quienes no valoran el trabajo sacrificado del Policía,
probablemente sean indiferentes con respecto al respaldo moral y
jurídico que es menester otorgar al policía, al funcionario, o
al ciudadano honesto que se enfrenta a la delincuencia o coopera
con el mantenimiento del orden, como es el caso de los miembros
de la comunidad que conformando sus Juntas Vecinales de
Seguridad Ciudadana combaten a la delincuencia, codo a codo con
la Policía. El Policía al enfrentar a la criminalidad, sabe que
quien delinque no vacilará en quitarle la vida si de ello
depende consumar su delito, fugar o impedir su detención. Los
casos recientes y los hechos vandálicos que se suscitan en todos
los confines del país así lo demuestran; son muchos los policías
que resultan gravemente lesionados, heridos o muertos al cumplir
con el ejercicio de su profesión. Siempre habrá un Policía al
que se le apedrea, al que se le jalonea, al que se le pisa y
patea al caer, al que no se le quiere reconocer su autoridad,
cuando se trata de cautelar el orden, la paz, la tranquilidad,
la seguridad. Siempre habrá un Policía que pondrá su pecho
decidido y descubierto a las balas de aquellos que intentan
afectar a nuestra sociedad, dejando finalmente una esposa sin
marido, un hijo sin padre, una Institución enlutada.
Y la historia del martirologio policial vuelve a repetirse. Como
cada vez que muere un Policía; se despiden los restos y
generalmente se comienza diciendo, “Una vez más nos encontramos
aquí reunidos, para despedir... Si, una vez más, pero cuantas
veces será, una vez más. Lamentablemente serán muchas. No
importa si hay guerra o si estamos en paz; si hay orden interno
o desestabilización; si la situación económica imperante es
buena, mala o regular; si el índice de desocupación sube o baja;
si el grado de corrupción policial es alto o bajo.
Lo cierto es que al concluirse con las honras fúnebres y con la
ceremonia, la sociedad se olvidará del héroe muerto, de la
esposa, de sus hijos; y se olvidará también de sus camaradas que
deben continuar en desventaja enfrentándose a diario con la
delincuencia. Probablemente la noticia será recogida por algunos
medios de información, pero igual será motivo de olvido al día
siguiente de su publicación.
Tanta gloria llevan en sus muertes los Policías, que a pesar de
la falta de reconocimiento social por sus entregas, imponen -por
encima del deber- seguir incansablemente luchando contra la
delincuencia, por la paz social y la seguridad ciudadana, del
cual somos beneficiarios y nos nutrimos, aunque algunos
consideren que todos aquellos que representan la ley, no son
humanos o que pertenecen a una raza inferior o simplemente son
diferentes. La noticia, a estos señores, seguramente, les
dibujará una sonrisa en sus rostros, por la tirria y mórbida
fobia que poseen por el hombre que viste el uniforme o lleva la
insignia de la Ley y del Orden. Sin embargo, en esos momentos
probablemente, en algún lugar de nuestro país, otro Policía esté
ofreciendo su vida en defensa de nuestra Sociedad e ingresando
"en las filas de los gloriosos hombres que ennoblecen a las
Instituciones Policiales".
A pesar de tantas muertes e irreparables pérdidas, algunas
instituciones defensoras de los Derechos Humanos – no todas
felizmente -, siguen desconociendo al "individuo policía" como
un ser humano, parece que para ellos, el Policía fuera un ser
inerte o un robot descartable, y que sus familias fueran
revestimientos que no necesitan ni siquiera del pésame
compungido y verdadero de aquellos que claman por mayor
seguridad pero que no son capaces de solidarizarse con quien
lucha y muere en el intento por conseguirla para brindárselas
desinteresadamente. Los Policías también son seres humanos y
ciudadanos que merecen respeto.
Es fácil responsabilizar a una Institución y a sus hombres,
cuando estos se encuentra carentes de los instrumentos legales y
de los medios representativos para su defensa. Felizmente y con
acertado criterio, se ha dictado normas muy importantes para la
Seguridad Ciudadana (Ley Nº 27933) y para sancionar con mayor
drasticidad a quienes utilizan la violencia o la intimidación en
agravio de funcionarios públicos en su afán de impedir que
cumplan con la ejecución de actos propios de sus funciones (Ley
Nº 27937).
Para defender a nuestros Policías, el Estado Peruano a través
del Ministerio del Interior ha creado además La Defensoría del
Policía, (D.S. N° 013-2002-IN del 23OCT2002) que garantiza los
Derechos Humanos de todo el personal que presta servicios en el
Ministerio del Interior y plantea mecanismos de solución en
salvaguarda de sus derechos fundamentales, fomentando una
cultura de respeto a los derechos y deberes inherentes al
personal del sector.
La Defensoría del Policía funciona en Lima, pero con el
propósito de descentralizar sus labores el 28 de noviembre de
2002 se inauguró la primera Sede Regional en la ciudad de
Arequipa, posteriormente se instalaron sedes regionales en las
ciudades de Trujillo e Iquitos.
De esa manera el Estado peruano viene dando muestras de
sensibilidad y solidaridad frente al trabajo policial, otorgando
pleno respaldo a la Defensorìa del Policía para que se interesen
por los derechos del Policías, por las viudas y por los
huérfanos de las “Damas y Caballeros de la Ley”; así se aspira a
que muy pronto la ciudadanía, la sociedad en pleno, las
organizaciones de Derechos Humanos y todas las Instituciones en
general, reconozcan a plenitud el trabajo sacrificado y riesgoso
del Policía. Llegará entonces el día en que el Policía, no siga
siendo el único ser obligado por Ley a poner en riesgo su vida
sin el debido reconocimiento social; el único ser que cuando
sale de su casa se despide de su familia rogándole a Dios que le
permita regresar vivo a su hogar y no en un cofre de madera,
implorándole también al Señor, que sus esposas e hijos vuelvan a
recibir de sus propias manos el sustento para vivir con la
alegría que le significa su sacrificio y su amor por la sociedad
y para y para que no sean ellos quienes reciban con rostros
apenados y acongojados, la bandera de la patria ni su kepí
policial como recuerdo póstumo que le tributan sus compañeros de
armas, por el deber cumplido.
El cielo se está colmando de héroes policiales, por eso, la
sangre derramada fortalecerá aun más a la familia policial, pese
a que el llanto y el dolor humedezcan con lágrimas nuestros
rostros.
Enrique Hugo Muller Solón es
Coronel PNP, Abogado y Docente
Universitario - Trujillo, Perú.
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