Google

Avizora - Atajo Google

Nadie tiene derecho de agredir a la autoridad
¿Y quién defiende al policía?
Enrique Hugo Muller Solón - Otros textos del autor

Ir al catálogo de monografías
y textos sobre otros temas

Glosarios - Biografías
Textos históricos

Enlaces recomendados:

- La seguridad ciudadana y una propuesta para Perú
- Perú
- La verdad y las formas jurídicas - M Foucault
-
Tantra, el sexo meditativo
-
Erotismo, obscenidad y lascivia: Cleopatra y M Antonio

 

De diversas formas el pueblo peruano, expresa su respaldo total a las acciones policiales que se llevan a cabo de manera permanente contra el flagelo de las drogas, la delincuencia, la corrupción y demás ilegalidades, y se escucha por doquier la voz del gran juez popular que exige sanciones lo más severas posibles contra los enemigos del futuro de nuestros hijos, de la seguridad del país, la seguridad ciudadana y el orden interno.

En ese ambiente combativo y de confianza en el triunfo final en esta batalla, emerge más fortalecido el prestigio, la autoridad y profesionalidad de los miembros de nuestra Policía Nacional del Perú. Sin embargo, contra el sentir mayoritario del pueblo que defiende sus conquistas más sagradas y un mañana sin violencia, con orden y seguridad, y desafiando las facultades y confianza depositadas por nuestros compatriotas en los agentes del orden público, subsisten actitudes agresivas e irrespetuosas por parte de delincuentes y cómplices que se resisten a la acción de la autoridad y atentan contra sus representantes, agrediéndolos verbalmente, ofendiéndolos en su prestigio y reputación infundadamente, intentando lesionarlos y hasta quitándoles la vida, tal y conforme viene sucediendo reiterativamente en todo el país.

Por lo general, se trata de autores de delitos o encubridores, prófugos de la justicia, reincidentes, reiterantes o elementos antisociales que, con su actitud transgresora, obstruyen el cumplimiento de la ley. Nuestro ordenamiento Penal vigente en su reforma de 1993, decidió proscribir los institutos penales de la reincidencia y la habitualidad que constituían agravantes para aplicar una mayor pena contra el trasgresor de la Ley. Se dijo entonces que la experiencia había demostrado que la drasticidad de las penas impuestas en nombre de la reincidencia y habitualidad, no habían servido para atemorizar, de conformidad con criterios de prevención general. Comprobado el error de esta concepción doctrinaria, mediante Ley Nº 28726 publicada en el Diario Oficial El Peruano el 09 de Mayo del 2006, se vuelve a considerar como agravante de la responsabilidad penal, a la reincidencia y la habitualidad respectivamente.

Respecto al Policía en tanto, se estableció una mayor severidad cuando trasgrede la ley. La nueva legislación, estableció en el Código Penal (Artículo 46º-A, incorporado según el artículo 2º de la Ley Nº 26758 del 13/03/97), que constituye agravante de la responsabilidad penal, si el sujeto activo de la comisión del delito se aprovecha de su condición de miembro de la Policía Nacional, para cometer un hecho punible, otorgándose potestad al Juez para aumentar la pena hasta en un tercio por encima del máximo legal fijado para el delito cometido (inicialmente aumentaba la pena en la mitad).

Para quienes se encuentran al margen de la ley, o simplemente quienes no valoran el trabajo sacrificado del Policía, probablemente sean indiferentes con respecto al respaldo moral y jurídico que es menester otorgar al policía, al funcionario, o al ciudadano honesto que se enfrenta a la delincuencia o coopera con el mantenimiento del orden, como es el caso de los miembros de la comunidad que conformando sus Juntas Vecinales de Seguridad Ciudadana combaten a la delincuencia, codo a codo con la Policía. El Policía al enfrentar a la criminalidad, sabe que quien delinque no vacilará en quitarle la vida si de ello depende consumar su delito, fugar o impedir su detención. Los casos recientes y los hechos vandálicos que se suscitan en todos los confines del país así lo demuestran; son muchos los policías que resultan gravemente lesionados, heridos o muertos al cumplir con el ejercicio de su profesión. Siempre habrá un Policía al que se le apedrea, al que se le jalonea, al que se le pisa y patea al caer, al que no se le quiere reconocer su autoridad, cuando se trata de cautelar el orden, la paz, la tranquilidad, la seguridad. Siempre habrá un Policía que pondrá su pecho decidido y descubierto a las balas de aquellos que intentan afectar a nuestra sociedad, dejando finalmente una esposa sin marido, un hijo sin padre, una Institución enlutada.

Y la historia del martirologio policial vuelve a repetirse. Como cada vez que muere un Policía; se despiden los restos y generalmente se comienza diciendo, “Una vez más nos encontramos aquí reunidos, para despedir... Si, una vez más, pero cuantas veces será, una vez más. Lamentablemente serán muchas. No importa si hay guerra o si estamos en paz; si hay orden interno o desestabilización; si la situación económica imperante es buena, mala o regular; si el índice de desocupación sube o baja; si el grado de corrupción policial es alto o bajo.
Lo cierto es que al concluirse con las honras fúnebres y con la ceremonia, la sociedad se olvidará del héroe muerto, de la esposa, de sus hijos; y se olvidará también de sus camaradas que deben continuar en desventaja enfrentándose a diario con la delincuencia. Probablemente la noticia será recogida por algunos medios de información, pero igual será motivo de olvido al día siguiente de su publicación.

Tanta gloria llevan en sus muertes los Policías, que a pesar de la falta de reconocimiento social por sus entregas, imponen -por encima del deber- seguir incansablemente luchando contra la delincuencia, por la paz social y la seguridad ciudadana, del cual somos beneficiarios y nos nutrimos, aunque algunos consideren que todos aquellos que representan la ley, no son humanos o que pertenecen a una raza inferior o simplemente son diferentes. La noticia, a estos señores, seguramente, les dibujará una sonrisa en sus rostros, por la tirria y mórbida fobia que poseen por el hombre que viste el uniforme o lleva la insignia de la Ley y del Orden. Sin embargo, en esos momentos probablemente, en algún lugar de nuestro país, otro Policía esté ofreciendo su vida en defensa de nuestra Sociedad e ingresando "en las filas de los gloriosos hombres que ennoblecen a las Instituciones Policiales".

A pesar de tantas muertes e irreparables pérdidas, algunas instituciones defensoras de los Derechos Humanos – no todas felizmente -, siguen desconociendo al "individuo policía" como un ser humano, parece que para ellos, el Policía fuera un ser inerte o un robot descartable, y que sus familias fueran revestimientos que no necesitan ni siquiera del pésame compungido y verdadero de aquellos que claman por mayor seguridad pero que no son capaces de solidarizarse con quien lucha y muere en el intento por conseguirla para brindárselas desinteresadamente. Los Policías también son seres humanos y ciudadanos que merecen respeto.

Es fácil responsabilizar a una Institución y a sus hombres, cuando estos se encuentra carentes de los instrumentos legales y de los medios representativos para su defensa. Felizmente y con acertado criterio, se ha dictado normas muy importantes para la Seguridad Ciudadana (Ley Nº 27933) y para sancionar con mayor drasticidad a quienes utilizan la violencia o la intimidación en agravio de funcionarios públicos en su afán de impedir que cumplan con la ejecución de actos propios de sus funciones (Ley Nº 27937).
Para defender a nuestros Policías, el Estado Peruano a través del Ministerio del Interior ha creado además La Defensoría del Policía, (D.S. N° 013-2002-IN del 23OCT2002) que garantiza los Derechos Humanos de todo el personal que presta servicios en el Ministerio del Interior y plantea mecanismos de solución en salvaguarda de sus derechos fundamentales, fomentando una cultura de respeto a los derechos y deberes inherentes al personal del sector.

La Defensoría del Policía funciona en Lima, pero con el propósito de descentralizar sus labores el 28 de noviembre de 2002 se inauguró la primera Sede Regional en la ciudad de Arequipa, posteriormente se instalaron sedes regionales en las ciudades de Trujillo e Iquitos.

De esa manera el Estado peruano viene dando muestras de sensibilidad y solidaridad frente al trabajo policial, otorgando pleno respaldo a la Defensorìa del Policía para que se interesen por los derechos del Policías, por las viudas y por los huérfanos de las “Damas y Caballeros de la Ley”; así se aspira a que muy pronto la ciudadanía, la sociedad en pleno, las organizaciones de Derechos Humanos y todas las Instituciones en general, reconozcan a plenitud el trabajo sacrificado y riesgoso del Policía. Llegará entonces el día en que el Policía, no siga siendo el único ser obligado por Ley a poner en riesgo su vida sin el debido reconocimiento social; el único ser que cuando sale de su casa se despide de su familia rogándole a Dios que le permita regresar vivo a su hogar y no en un cofre de madera, implorándole también al Señor, que sus esposas e hijos vuelvan a recibir de sus propias manos el sustento para vivir con la alegría que le significa su sacrificio y su amor por la sociedad y para y para que no sean ellos quienes reciban con rostros apenados y acongojados, la bandera de la patria ni su kepí policial como recuerdo póstumo que le tributan sus compañeros de armas, por el deber cumplido.
El cielo se está colmando de héroes policiales, por eso, la sangre derramada fortalecerá aun más a la familia policial, pese a que el llanto y el dolor humedezcan con lágrimas nuestros rostros.

Enrique Hugo Muller Solón es Coronel PNP, Abogado y Docente Universitario - Trujillo, Perú.
 


 

 

 

 

AVIZORA.COM
TEL: +54 (3492) 452494
Webmaster: webmaster@avizora.com
Copyright © 2001 m.
Avizora.com