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HABLAR DE DELINCUENCIA ES HABLAR DE SOCIEDAD.
LA FAMILIA NÚCLEO ESENCIAL DE LA SOCIEDAD NO CUMPLE EL ROL QUE
LE CORRESPONDE
Una sociedad que se organiza sin querer para la violencia: en
sus costumbres, en su cultura, en sus prácticas cotidianas, en
su indiferencia, en el abandono de sus espacios públicos, en su
definición de responsabilidades y roles sociales, en sus
valores, en su falta de sensibilización social, no puede luego
esperar que un cuerpo especializado de profesionales: Jueces,
Fiscales y Policías, resuelvan el problema de la inseguridad
ciudadana con una varita mágica. Si la convivencia social está
diseñada para producir violencia, es necesario revertir esta
situación para acondicionar el territorio y sus vecinos, en un
lugar apropiado para generar paz, tranquilidad y seguridad.
Tal como lo experimentan en su vida cotidiana las personas que
viven o trabajan en la ciudad, el problema de la seguridad es
una amalgama de hechos cotidianos de desorden, anomia social,
degradación social, deterioro y abandono de espacios públicos,
falta de acatamiento a las normas de convivencia social, temores
por situaciones amenazantes de índole diversa y delincuencia o
criminalidad cada vez más violenta.
El ciudadano común ve grupos de personas bebiendo licor en los
parques, en la vereda, en la puerta de la tienda o en la esquina
de la acera del frente; se detiene en un grifo y ahí también hay
gente bebiendo; camina del paradero del vehículo que lo trae de
su trabajo a su casa, por calles oscuras; deja su vehículo
estacionado y le roban el equipo de sonido; el acceso a su
cochera está bloqueado porque algún vecino ha estacionado su
vehículo en la puerta de su garaje; la vía pública está
obstruida porque otro vecino ha instalado en plena vía pública
un taller de reparaciones; los trabajadores de este taller
almuerzan, votan los desperdicios y hacen la siesta descamisados
en el único parque del vecindario; a dos cuadras de su casa
funciona un prostíbulo o algún lugar de expendio de licor a
menores de edad; las calles del vecindario son territorio en
disputa de las pandillas juveniles; los vendedores de droga
hacen abiertamente su negocio en la puerta del colegio de sus
hijos; etc. etc.
Esta es la realidad cotidiana tanto en los barrios pobres, como
en los barrios de clase media de la ciudad. Los vecinos
enfrentan todos los días una variedad de situaciones amenazantes
para su seguridad. La sensación subjetiva de inseguridad de la
gente es en si misma un grave problema social y un considerable
factor de deterioro de la calidad de vida, pero, adicionalmente,
el hecho de que las calles y los espacios públicos estén tomados
por borrachos, ladrones, drogadictos o personas que exhiben el
mas total irrespeto a los derechos de los demás se convierte en
caldo de cultivo y en situación propicia para la violencia y la
delincuencia.
El año 2005, el Distrito de la Esperanza y el Centro Poblado
Menor El Milagro – Trujillo - PERU, fueron escenario de graves
actos de violencia protagonizados por bandas criminales, dejando
en evidencia lamentablemente no solamente un triste costo social
de diez personas muertas, sino que todavía existen personas que
quisieran pensar que lo sucedido es solamente un problema de
falta de control policial y quisieran vivir como si delincuencia
y violencia no fueran temas que le interesan a la sociedad en su
conjunto y a sus autoridades; algunos comentarios consideraron
inclusive que estos hechos no solamente le interesan a la
Policía, institución que a su criterio tiene la obligación de
disminuir los niveles de violencia que existen en nuestra
ciudad, sino que además debía comprometer la participación de
las Fuerzas Armadas. Hablar de criminalidad es hablar de
sociedad. Son dos entes que van de la mano indisolublemente. Son
dos figuras estrechamente ligadas que no pueden existir de forma
separada, que se necesitan una a otra.
Las personas que piensan que el problema de la delincuencia
sigue siendo solo un problema policial, creen que el análisis de
los resultados estadísticos que ha hecho público la Policía
Nacional poniendo de manifiesto que “la delincuencia criminal no
se ha incrementado, lo que se viene incrementando en nuestra
sociedad local es la violencia que utilizan los criminales para
cometer sus ilícitos”, es una afirmación falsa. A quienes hacen
estos comentarios pareciera que no les agrada saber que la
Policía le viene ganando la guerra a la delincuencia. Por esta
vía de la negación que ojalà no sea compartida por muchos nos
vamos acostumbrando a la violencia, perdemos la capacidad de
asombro y reacción y siempre tendremos a la mano o en la boca
una razón para evadirla, ocultarla, minimizarla, o simplemente
seguir responsabilizando a la Policía de todo acto criminal
violento que pasa en la ciudad, en tanto que seguiremos dejando
que la ciudad se convierta en semillero de nuevas generaciones
de jóvenes quizás mucho mas violentos que los actuales.
Con un agravante, estos procesos de negación no son sólo de las
personas. Son sociales e institucionales. Es probable que
alguien se escandalice de saberse o sentirse señalado como
responsable de la violencia criminal que se viene incrementando
en su sector de responsabilidad. Y aun en las familias, los
niños y hasta los adultos terminan por no identificar la
violencia, sino a partir de un golpe fuerte o de la sangre
derramada en su propio entorno. La superación de este obstáculo,
equivalente a quitarnos el velo que nos impide ver y aceptar las
propias violencias que nos rodean y asombrarnos con ellas, es
precondición tanto para la comprensión del problema como para su
adecuado enfrentamiento.
Algunas personas también se sienten incomodas cuando escuchan
que alguien se atreve a decir que las conductas delincuenciales
son producto del entorno social o del proceso de socialización
de las personas que tiene como su principal centro de acción el
hogar: La Familia. Pero aquí nos reafirmamos, muchos de los
narcotraficantes y una gran cantidad de delincuentes son
producto del reflejo de la sociedad en que viven. Los niños y
jóvenes que se desarrollan en un ámbito delincuencial, bien
familiar o de amistades y sin querer, caen en ese círculo. Así
se van formando los grandes clanes del narcotráfico; así se
arman las bandas de secuestradores, así se forman los grupos de
saltabancos o de roba carros, y hasta de roba niños. Para
rescatar a los jóvenes de las bandas delictivas y revertir el
consumo de drogas es necesario atacar las causas y realizar
labores de prevención del delito.
El entorno social los va envolviendo. Los va absorbiendo y allí
es donde deben prevalecer los programas de prevención social del
delito articulados por el conjunto de la sociedad, su policía y
sus autoridades para impedir que eso crezca y se multiplique. La
violencia de nuestros días no se reprime con mayor violencia
venga de quien venga. Vivimos una época de violencia estructural
que debe motivarnos a todos los trujillanos en general a adoptar
actitudes concretas, donde el principal agente beneficiario sean
nuestros niños y jóvenes, para evitar se conviertan en víctimas
de mayores niveles de violencia urbana.
Mayor violencia criminal no significa mayor incremento de la
delincuencia, mayor violencia criminal significa que nuestra
sociedad sufre una grave y mayor derrota moral tanto del lado de
las víctimas, como de los victimarios, cuando una parte tan
importante de nuestra población se lesiona física, económica y
psicológicamente o cuando niños, adolescentes y jóvenes se
incorporan a la vida delictiva, unos por problemas de
supervivencia económica y social, y otros, sin más criterios que
no sean los de obtener bienes y dinero de forma rápida y fácil.
El delincuente no nace delincuente. El delincuente no se hace en
un día. En su formación existe una situación familiar
conflictiva, la inadaptación escolar, mentiras, falsificaciones
de notas, pequeños hurtos domésticos o en comercios, fugas de
casa, vagabundeo, pandillas... y así se empieza a vivir al
margen de las normas sociales.
Cuando este joven procedente de este sistema carente de valores
y carente de orientación, decide incorporarse a una “pandilla”,
lo hace de manera espontánea y al igual que los integrantes del
grupo que la conforman, tienen en común el compartir una gran
insatisfacción por el mundo en que viven y por el futuro que la
sociedad pretende imponerles. La “pandilla” se convierte en una
segunda familia. La falta de miedo y de escrúpulos, la crueldad,
la grosería, la brutalidad, la dureza, se consideran hazañas y
quien más destreza muestra en este sentido, sin duda se
convierte en el jefe de la pandilla. Todos los miembros,
procuran infundir miedo, la gente atemorizada les respeta, se
hacen los dueños de las calles viven al límite. El vandalismo de
estos jóvenes esta marcado por la crueldad.
Luego viene el segundo paso, salir de la pandilla para
incorporarse al mundo del delito, generalmente integrando una
“banda de delincuentes”. Esta disminuyendo el promedio de edad
de los delincuentes (promedio 25 años), aumentando la violencia
de los delitos y la presencia femenina en los actos violentos.
La personalidad del delincuente es emocionalmente inmadura. Esta
estructurada en una base de satisfacción rápida de los deseos y
con muy baja tolerancia a las frustraciones (reacciona
violentamente cuando hay resistencia de la víctima). Hay una
gran carga narcisista en el acto delictivo. El culto a la fuerza
o a la hombría se pone en evidencia en la agresión física de las
víctimas.
Por otro lado, no se requiere ser experto para señalar que
existe una asociación positiva y significativa entre el consumo
de alcohol o de drogas y la tasa de violencia criminal, debido a
que una gran proporción de los agresores beben o consumen drogas
antes de participar en un acto violento. Tampoco se requiere ser
perito para darse cuenta que los crímenes violentos no son
cometidos exclusivamente por anormales o esquizofrénicos. Un
delincuente que actúa en bandas y que se atreve a un secuestro o
a un robo a bancos, a robar un vehículo o ingresar a un
domicilio o a un lugar público, o quienes tienen como principal
actividad al tráfico ilícito de drogas, está dispuesto a todo
con tal de conseguir su objetivo, inclusive actuar bajo el
imperio de la venganza o el ajuste de cuentas en contra de otros
delincuentes por razones de delimitación de territorio, mando,
repartición o simplemente por rencillas personales entre
integrantes de las bandas. Esa conducta delincuencial
premeditada es la que mantiene preocupada a la ciudadanía y que
nos mueve a esta reflexión; agréguele a este comportamiento una
excesiva muestra de violencia y crueldad por ingesta de alcohol
o de drogas.
Es cierto que es necesaria una mayor presencia de nuestra
Policía Nacional en las calles; sin embargo, el aumento del
número de policías, no se traducen necesariamente en una mayor
"seguridad ciudadana" o una menor violencia de la criminalidad.
Hoy existen muchos jóvenes que viven con mucha violencia contra
sí mismos y contra los demás. La escalada de violencia juvenil
tiene que ver con que las familias, la escuela y las
instituciones, que fueron las transmisoras de valores, hoy están
ausentes, no cumplen ese rol trascendente. "No es cuestión de
represión o poner más policías, sino que todo pasa por la
prevención y por otorgar espacios a los jóvenes donde puedan
canalizar en forma positiva sus valores, sus habilidades y
condiciones naturales".
Pero el tema de la violencia involucra a otros actores mucho mas
directos con el entorno social del delincuente potencial: La
Familia. Los padres no se comunican con sus hijos para
transmitirles los valores de sus ancestros. "Las madres son las
que tienen que ocuparse de eso", dicen algunos padres. "Su papá
no se sienta a hablar con sus hijos" se quejan algunas madres.
Al final, después que se desencadenan las conductas antisociales
de los jóvenes, la sociedad, responsable de las deformaciones
que sufren nuestros niños, niñas y adolescentes, los quiere
"ejecutar". Se crean los "casos especiales" porque se ha tocado
la epidermis de algún poderoso y entonces se quiere, hasta
modificar la ley para imponer, si es posible, la pena de muerte
para el que le hizo daño "a uno de los míos".
La gran mayoría de los padres ignoran las acciones que deben
tomar para "formar bien a sus hijos". Ya no sé que hacer con ese
muchacho" es la “oveja negra de la familia”. Los niños, niñas y
adolescentes necesitan el afecto de amor para desarrollarse con
sanidad. Un abrazo, un beso, una caricia por parte de los padres
y madres de los niños tienen un valor incalculable en la sana
formación de sus hijos. El amor es el gran secreto para educar
correctamente.
El amor es uno de los elementos fundamentales del sistema
afectivo. El ser humano no nace amando. El amor es producto de
la formación que insertan, en lo más profundo del ser, las
agencias que intervienen en el proceso de socialización del niño
y del adolescente: el hogar, la escuela y los amigos (el
entorno). El que ama comprende al ser amado, le enseña, se
sacrifica. Escudriña hasta las últimas consecuencias, sin
reparar en el tiempo que gasta, ni en riquezas, ni esfuerzos
para resolver un problema, un conflicto o servir y dar
satisfacciones al ser que ama. El amor es un sentimiento que
supone eternidad. Se pierde la noción de tiempo y espacio. Es
poner atención a los pequeños detalles, tan importantes para
elevar la autoestima de los demás, y lograr alegría duradera. Es
introducirse en su "mundo" sin importar mucho el nuestro. Es
entrega. Es sufrir y gozar juntos, el dolor y la alegría. Es
darnos, por completo, con sinceridad. El que ama no es capaz de
descargar sus frustraciones en el ser amado.
El adolescente tiene la desventaja de que ya no
es un niño, tiene más criterios y valores desarrollados; pero no
ha terminado de "formarse" de lograr lo que necesita para asumir
la responsabilidad plena de sus actos. Los propios padres de los
adolescentes en conflicto expresan "El ya no es un niño. Es un
hombre hecho y derecho". Nosotros afirmamos que no es un niño;
pero no es un hombre. Es un adolescente. Es la edad en la que
más fácilmente pueden ser convencidos a modificar sus conductas
para bien o para mal. Generalmente, sienten su estima baja y
quieren sobresalir de los demás a como dé lugar. Por eso se
tatúan, se colocan aretes y crean modas diferentes a las de sus
padres y mayores. Se rebelan; pero en el fondo quieren ser
sometidos a la voluntad de alguien en quien ellos puedan creer
para lograr "seguridad". Quien le dé seguridad puede
manipularlos. El adulto no es manipulable. Es racional. La
familia es, a nuestro juicio, la agencia formativa responsable
de asumir el papel que le corresponde en la formación de
nuestros niños, niñas y adolescentes. Si queremos una sociedad
diferente para el futuro mediato y sin violencia debemos
planificar al corto, mediano y largo plazo para que cada uno de
nuestros niños, niñas y adolescentes, tengan un mejor desarrollo
orgánico – psico-social, alejado totalmente de los vicios e
influencias contaminantes de la drogadicción, el alcoholismo y
la delincuencia. Bienvenida la paz, pero trabajemos unidos
para que esa paz se haga una concreta realidad.
Enrique Hugo Muller Solón es
Coronel PNP, Abogado y Docente
Universitario - Trujillo, Perú.
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