Google

Avizora - Atajo Google

Sociedad, violencia y delincuencia
Enrique Hugo Muller Solón - Otros textos del autor

Ir al catálogo de monografías
y textos sobre otros temas

Glosarios - Biografías
Textos históricos

Enlaces recomendados:

- Perú
-
La violencia y la televisión
- La verdad y las formas jurídicas - M Foucault
-
Violencia y pobreza
-
Erotismo, obscenidad y lascivia: Cleopatra y M Antonio

 

HABLAR DE DELINCUENCIA ES HABLAR DE SOCIEDAD. LA FAMILIA NÚCLEO ESENCIAL DE LA SOCIEDAD NO CUMPLE EL ROL QUE LE CORRESPONDE

Una sociedad que se organiza sin querer para la violencia: en sus costumbres, en su cultura, en sus prácticas cotidianas, en su indiferencia, en el abandono de sus espacios públicos, en su definición de responsabilidades y roles sociales, en sus valores, en su falta de sensibilización social, no puede luego esperar que un cuerpo especializado de profesionales: Jueces, Fiscales y Policías, resuelvan el problema de la inseguridad ciudadana con una varita mágica. Si la convivencia social está diseñada para producir violencia, es necesario revertir esta situación para acondicionar el territorio y sus vecinos, en un lugar apropiado para generar paz, tranquilidad y seguridad.

Tal como lo experimentan en su vida cotidiana las personas que viven o trabajan en la ciudad, el problema de la seguridad es una amalgama de hechos cotidianos de desorden, anomia social, degradación social, deterioro y abandono de espacios públicos, falta de acatamiento a las normas de convivencia social, temores por situaciones amenazantes de índole diversa y delincuencia o criminalidad cada vez más violenta.

El ciudadano común ve grupos de personas bebiendo licor en los parques, en la vereda, en la puerta de la tienda o en la esquina de la acera del frente; se detiene en un grifo y ahí también hay gente bebiendo; camina del paradero del vehículo que lo trae de su trabajo a su casa, por calles oscuras; deja su vehículo estacionado y le roban el equipo de sonido; el acceso a su cochera está bloqueado porque algún vecino ha estacionado su vehículo en la puerta de su garaje; la vía pública está obstruida porque otro vecino ha instalado en plena vía pública un taller de reparaciones; los trabajadores de este taller almuerzan, votan los desperdicios y hacen la siesta descamisados en el único parque del vecindario; a dos cuadras de su casa funciona un prostíbulo o algún lugar de expendio de licor a menores de edad; las calles del vecindario son territorio en disputa de las pandillas juveniles; los vendedores de droga hacen abiertamente su negocio en la puerta del colegio de sus hijos; etc. etc.

Esta es la realidad cotidiana tanto en los barrios pobres, como en los barrios de clase media de la ciudad. Los vecinos enfrentan todos los días una variedad de situaciones amenazantes para su seguridad. La sensación subjetiva de inseguridad de la gente es en si misma un grave problema social y un considerable factor de deterioro de la calidad de vida, pero, adicionalmente, el hecho de que las calles y los espacios públicos estén tomados por borrachos, ladrones, drogadictos o personas que exhiben el mas total irrespeto a los derechos de los demás se convierte en caldo de cultivo y en situación propicia para la violencia y la delincuencia.
El año 2005, el Distrito de la Esperanza y el Centro Poblado Menor El Milagro – Trujillo - PERU, fueron escenario de graves actos de violencia protagonizados por bandas criminales, dejando en evidencia lamentablemente no solamente un triste costo social de diez personas muertas, sino que todavía existen personas que quisieran pensar que lo sucedido es solamente un problema de falta de control policial y quisieran vivir como si delincuencia y violencia no fueran temas que le interesan a la sociedad en su conjunto y a sus autoridades; algunos comentarios consideraron inclusive que estos hechos no solamente le interesan a la Policía, institución que a su criterio tiene la obligación de disminuir los niveles de violencia que existen en nuestra ciudad, sino que además debía comprometer la participación de las Fuerzas Armadas. Hablar de criminalidad es hablar de sociedad. Son dos entes que van de la mano indisolublemente. Son dos figuras estrechamente ligadas que no pueden existir de forma separada, que se necesitan una a otra.

Las personas que piensan que el problema de la delincuencia sigue siendo solo un problema policial, creen que el análisis de los resultados estadísticos que ha hecho público la Policía Nacional poniendo de manifiesto que “la delincuencia criminal no se ha incrementado, lo que se viene incrementando en nuestra sociedad local es la violencia que utilizan los criminales para cometer sus ilícitos”, es una afirmación falsa. A quienes hacen estos comentarios pareciera que no les agrada saber que la Policía le viene ganando la guerra a la delincuencia. Por esta vía de la negación que ojalà no sea compartida por muchos nos vamos acostumbrando a la violencia, perdemos la capacidad de asombro y reacción y siempre tendremos a la mano o en la boca una razón para evadirla, ocultarla, minimizarla, o simplemente seguir responsabilizando a la Policía de todo acto criminal violento que pasa en la ciudad, en tanto que seguiremos dejando que la ciudad se convierta en semillero de nuevas generaciones de jóvenes quizás mucho mas violentos que los actuales.
Con un agravante, estos procesos de negación no son sólo de las personas. Son sociales e institucionales. Es probable que alguien se escandalice de saberse o sentirse señalado como responsable de la violencia criminal que se viene incrementando en su sector de responsabilidad. Y aun en las familias, los niños y hasta los adultos terminan por no identificar la violencia, sino a partir de un golpe fuerte o de la sangre derramada en su propio entorno. La superación de este obstáculo, equivalente a quitarnos el velo que nos impide ver y aceptar las propias violencias que nos rodean y asombrarnos con ellas, es precondición tanto para la comprensión del problema como para su adecuado enfrentamiento.
Algunas personas también se sienten incomodas cuando escuchan que alguien se atreve a decir que las conductas delincuenciales son producto del entorno social o del proceso de socialización de las personas que tiene como su principal centro de acción el hogar: La Familia. Pero aquí nos reafirmamos, muchos de los narcotraficantes y una gran cantidad de delincuentes son producto del reflejo de la sociedad en que viven. Los niños y jóvenes que se desarrollan en un ámbito delincuencial, bien familiar o de amistades y sin querer, caen en ese círculo. Así se van formando los grandes clanes del narcotráfico; así se arman las bandas de secuestradores, así se forman los grupos de saltabancos o de roba carros, y hasta de roba niños. Para rescatar a los jóvenes de las bandas delictivas y revertir el consumo de drogas es necesario atacar las causas y realizar labores de prevención del delito.

El entorno social los va envolviendo. Los va absorbiendo y allí es donde deben prevalecer los programas de prevención social del delito articulados por el conjunto de la sociedad, su policía y sus autoridades para impedir que eso crezca y se multiplique. La violencia de nuestros días no se reprime con mayor violencia venga de quien venga. Vivimos una época de violencia estructural que debe motivarnos a todos los trujillanos en general a adoptar actitudes concretas, donde el principal agente beneficiario sean nuestros niños y jóvenes, para evitar se conviertan en víctimas de mayores niveles de violencia urbana.
Mayor violencia criminal no significa mayor incremento de la delincuencia, mayor violencia criminal significa que nuestra sociedad sufre una grave y mayor derrota moral tanto del lado de las víctimas, como de los victimarios, cuando una parte tan importante de nuestra población se lesiona física, económica y psicológicamente o cuando niños, adolescentes y jóvenes se incorporan a la vida delictiva, unos por problemas de supervivencia económica y social, y otros, sin más criterios que no sean los de obtener bienes y dinero de forma rápida y fácil. El delincuente no nace delincuente. El delincuente no se hace en un día. En su formación existe una situación familiar conflictiva, la inadaptación escolar, mentiras, falsificaciones de notas, pequeños hurtos domésticos o en comercios, fugas de casa, vagabundeo, pandillas... y así se empieza a vivir al margen de las normas sociales.
Cuando este joven procedente de este sistema carente de valores y carente de orientación, decide incorporarse a una “pandilla”, lo hace de manera espontánea y al igual que los integrantes del grupo que la conforman, tienen en común el compartir una gran insatisfacción por el mundo en que viven y por el futuro que la sociedad pretende imponerles. La “pandilla” se convierte en una segunda familia. La falta de miedo y de escrúpulos, la crueldad, la grosería, la brutalidad, la dureza, se consideran hazañas y quien más destreza muestra en este sentido, sin duda se convierte en el jefe de la pandilla. Todos los miembros, procuran infundir miedo, la gente atemorizada les respeta, se hacen los dueños de las calles viven al límite. El vandalismo de estos jóvenes esta marcado por la crueldad.

Luego viene el segundo paso, salir de la pandilla para incorporarse al mundo del delito, generalmente integrando una “banda de delincuentes”. Esta disminuyendo el promedio de edad de los delincuentes (promedio 25 años), aumentando la violencia de los delitos y la presencia femenina en los actos violentos. La personalidad del delincuente es emocionalmente inmadura. Esta estructurada en una base de satisfacción rápida de los deseos y con muy baja tolerancia a las frustraciones (reacciona violentamente cuando hay resistencia de la víctima). Hay una gran carga narcisista en el acto delictivo. El culto a la fuerza o a la hombría se pone en evidencia en la agresión física de las víctimas.
Por otro lado, no se requiere ser experto para señalar que existe una asociación positiva y significativa entre el consumo de alcohol o de drogas y la tasa de violencia criminal, debido a que una gran proporción de los agresores beben o consumen drogas antes de participar en un acto violento. Tampoco se requiere ser perito para darse cuenta que los crímenes violentos no son cometidos exclusivamente por anormales o esquizofrénicos. Un delincuente que actúa en bandas y que se atreve a un secuestro o a un robo a bancos, a robar un vehículo o ingresar a un domicilio o a un lugar público, o quienes tienen como principal actividad al tráfico ilícito de drogas, está dispuesto a todo con tal de conseguir su objetivo, inclusive actuar bajo el imperio de la venganza o el ajuste de cuentas en contra de otros delincuentes por razones de delimitación de territorio, mando, repartición o simplemente por rencillas personales entre integrantes de las bandas. Esa conducta delincuencial premeditada es la que mantiene preocupada a la ciudadanía y que nos mueve a esta reflexión; agréguele a este comportamiento una excesiva muestra de violencia y crueldad por ingesta de alcohol o de drogas.
Es cierto que es necesaria una mayor presencia de nuestra Policía Nacional en las calles; sin embargo, el aumento del número de policías, no se traducen necesariamente en una mayor "seguridad ciudadana" o una menor violencia de la criminalidad. Hoy existen muchos jóvenes que viven con mucha violencia contra sí mismos y contra los demás. La escalada de violencia juvenil tiene que ver con que las familias, la escuela y las instituciones, que fueron las transmisoras de valores, hoy están ausentes, no cumplen ese rol trascendente. "No es cuestión de represión o poner más policías, sino que todo pasa por la prevención y por otorgar espacios a los jóvenes donde puedan canalizar en forma positiva sus valores, sus habilidades y condiciones naturales".
Pero el tema de la violencia involucra a otros actores mucho mas directos con el entorno social del delincuente potencial: La Familia. Los padres no se comunican con sus hijos para transmitirles los valores de sus ancestros. "Las madres son las que tienen que ocuparse de eso", dicen algunos padres. "Su papá no se sienta a hablar con sus hijos" se quejan algunas madres. Al final, después que se desencadenan las conductas antisociales de los jóvenes, la sociedad, responsable de las deformaciones que sufren nuestros niños, niñas y adolescentes, los quiere "ejecutar". Se crean los "casos especiales" porque se ha tocado la epidermis de algún poderoso y entonces se quiere, hasta modificar la ley para imponer, si es posible, la pena de muerte para el que le hizo daño "a uno de los míos".

La gran mayoría de los padres ignoran las acciones que deben tomar para "formar bien a sus hijos". Ya no sé que hacer con ese muchacho" es la “oveja negra de la familia”. Los niños, niñas y adolescentes necesitan el afecto de amor para desarrollarse con sanidad. Un abrazo, un beso, una caricia por parte de los padres y madres de los niños tienen un valor incalculable en la sana formación de sus hijos. El amor es el gran secreto para educar correctamente.

El amor es uno de los elementos fundamentales del sistema afectivo. El ser humano no nace amando. El amor es producto de la formación que insertan, en lo más profundo del ser, las agencias que intervienen en el proceso de socialización del niño y del adolescente: el hogar, la escuela y los amigos (el entorno). El que ama comprende al ser amado, le enseña, se sacrifica. Escudriña hasta las últimas consecuencias, sin reparar en el tiempo que gasta, ni en riquezas, ni esfuerzos para resolver un problema, un conflicto o servir y dar satisfacciones al ser que ama. El amor es un sentimiento que supone eternidad. Se pierde la noción de tiempo y espacio. Es poner atención a los pequeños detalles, tan importantes para elevar la autoestima de los demás, y lograr alegría duradera. Es introducirse en su "mundo" sin importar mucho el nuestro. Es entrega. Es sufrir y gozar juntos, el dolor y la alegría. Es darnos, por completo, con sinceridad. El que ama no es capaz de descargar sus frustraciones en el ser amado.
 

El adolescente tiene la desventaja de que ya no es un niño, tiene más criterios y valores desarrollados; pero no ha terminado de "formarse" de lograr lo que necesita para asumir la responsabilidad plena de sus actos. Los propios padres de los adolescentes en conflicto expresan "El ya no es un niño. Es un hombre hecho y derecho". Nosotros afirmamos que no es un niño; pero no es un hombre. Es un adolescente. Es la edad en la que más fácilmente pueden ser convencidos a modificar sus conductas para bien o para mal. Generalmente, sienten su estima baja y quieren sobresalir de los demás a como dé lugar. Por eso se tatúan, se colocan aretes y crean modas diferentes a las de sus padres y mayores. Se rebelan; pero en el fondo quieren ser sometidos a la voluntad de alguien en quien ellos puedan creer para lograr "seguridad". Quien le dé seguridad puede manipularlos. El adulto no es manipulable. Es racional. La familia es, a nuestro juicio, la agencia formativa responsable de asumir el papel que le corresponde en la formación de nuestros niños, niñas y adolescentes. Si queremos una sociedad diferente para el futuro mediato y sin violencia debemos planificar al corto, mediano y largo plazo para que cada uno de nuestros niños, niñas y adolescentes, tengan un mejor desarrollo orgánico – psico-social, alejado totalmente de los vicios e influencias contaminantes de la drogadicción, el alcoholismo y la delincuencia. Bienvenida la paz, pero trabajemos unidos para que esa paz se haga una concreta realidad.

Enrique Hugo Muller Solón es Coronel PNP, Abogado y Docente Universitario - Trujillo, Perú.
 


 

 

 

 

AVIZORA.COM
TEL: +54 (3492) 452494
Webmaster: webmaster@avizora.com
Copyright © 2001 m.
Avizora.com