280310 -
Barack Obama es un fanático creyente del sistema capitalista
imperialista impuesto por
Estados Unidos al mundo. "Dios bendiga
a Estados Unidos", concluye sus discursos.
Algunos de sus hechos hirieron la sensibilidad de la opinión
mundial, que vio con simpatías la victoria del ciudadano
afro americano frente al candidato de la extrema derecha de ese
país. Apoyándose en una de las más profundas crisis económicas
que ha conocido el mundo, y en el dolor causado por los jóvenes
norteamericanos que perdieron la vida o fueron heridos o
mutilados en las guerras genocidas de conquista de su
predecesor, obtuvo los votos de la mayoría del 50% de los
norteamericanos que se dignan acudir a las urnas en ese
democrático país.
Por elemental sentido ético, Obama debió abstenerse de aceptar
el
Premio Nobel de la Paz, cuando ya había decidido el envío de
cuarenta mil soldados a una guerra absurda en el corazón de
Asia.
La política militarista, el saqueo de los recursos naturales, el
intercambio desigual de la actual administración con los países
pobres del
Tercer Mundo, en nada se diferencia de la de sus
antecesores, casi todos de extrema derecha, con algunas
excepciones, a lo largo del pasado siglo.
El documento antidemocrático impuesto en la
Cumbre de Copenhague
a la comunidad internacional —que había dado crédito a su
promesa de cooperar en la lucha contra el cambio climático— fue
otro de los hechos que desilusionaron a muchas personas en el
mundo.
Estados Unidos, el mayor emisor de gases de efecto
invernadero, no estaba dispuesto a realizar los sacrificios
necesarios a pesar de las palabras zalameras previas de su
Presidente.
Sería interminable la lista de contradicciones entre las ideas
que la nación cubana ha defendido con grandes sacrificios
durante medio siglo y la política egoísta de ese colosal
imperio.
A pesar de eso, no albergamos ninguna animadversión contra Obama,
y mucho menos contra el pueblo de Estados Unidos. Consideramos
que la
Reforma de Salud ha constituido una importante batalla y
un éxito de su gobierno. Parece sin embargo algo realmente
insólito que 234 años después de la Declaración de
Independencia, en Filadelfia en el año 1776, inspirada en las
ideas de los enciclopedistas franceses, el gobierno de ese país
haya aprobado la atención médica para la inmensa mayoría de sus
ciudadanos, algo que Cuba alcanzó para toda su población hace
medio siglo a pesar del cruel e inhumano bloqueo impuesto y
todavía vigente por parte del país más poderoso que existió
jamás. Antes, después de casi un siglo de independencia y tras
sangrienta guerra,
Abraham Lincoln pudo lograr la libertad legal
de los esclavos.
No puedo, por otro lado, dejar de pensar en un mundo donde más
de un tercio de la población carece de atención médica y de
medicamentos esenciales para garantizar la salud, situación que
se agravará en la medida en que el cambio climático, la escasez
de agua y de alimentos sean cada vez mayores, en un mundo
globalizado donde la población crece, los bosques desaparecen,
la tierra agrícola disminuye, el aire se hace irrespirable, y la
especie humana que lo habita —que emergió hace menos de 200 mil
años, es decir 3 500 millones de años después que surgieron las
primeras formas de vida en el planeta— corre el riesgo real de
desaparecer como especie.
Admitiendo que la reforma sanitaria significa un éxito para el
gobierno de
Barack Obama, el actual Presidente de
Estados Unidos no
puede ignorar que el cambio climático significa una amenaza para
la salud y, peor todavía, para la propia existencia de todas las
naciones del mundo, cuando el aumento de la temperatura —más
allá de límites críticos que están a la vista— diluya las aguas
congeladas de los glaciares, y las decenas de millones de
kilómetros cúbicos almacenados en las enormes capas de hielo
acumuladas en la Antártida, Groenlandia y Siberia se derritan en
unas pocas decenas de años, dejando bajo las aguas todas las
instalaciones portuarias del mundo y las tierras donde hoy vive,
se alimenta y labora una gran parte de la población mundial.
Barack Obama, los líderes de los países ricos y sus aliados, sus
científicos y sus centros sofisticados de investigación conocen
esto; es imposible que lo ignoren.
Comprendo la satisfacción con que se expresa y reconoce, en el
discurso presidencial, el aporte de los miembros del Congreso y
la administración que hicieron posible el milagro de la reforma
sanitaria, lo cual fortalece la posición del gobierno frente a
lobbistas y mercenarios de la política que limitan las
facultades de la administración. Sería peor si los que
protagonizaron las torturas, los asesinatos por contrato y el
genocidio ocuparan nuevamente el gobierno de Estados Unidos.
Como persona incuestionablemente inteligente y suficientemente
bien informada, Obama conoce que no hay exageración en mis
palabras. Espero que las tonterías que a veces expresa sobre
Cuba no obnubilen su inteligencia.
Tras el éxito en esta batalla por el derecho a la salud de todos
los norteamericanos, 12 millones de inmigrantes, en su inmensa
mayoría latinoamericanos, haitianos y de otros países del Caribe
reclaman la legalización de su presencia en Estados Unidos,
donde realizan los trabajos más duros y de los cuales no puede
prescindir la sociedad norteamericana, en la que son arrestados,
separados de sus familiares y remitidos a sus países.
La inmensa mayoría emigraron a Norteamérica como consecuencia de
las tiranías impuestas por Estados Unidos a los países del área
y la brutal pobreza a que han sido sometidos como consecuencia
del saqueo de sus recursos y el intercambio desigual. Sus
remesas familiares constituyen un elevado porcentaje del PIB de
sus economías. Esperan ahora un acto de elemental justicia. Si
al pueblo cubano se le impuso una Ley de Ajuste, que promueve el
robo de cerebros y el despojo de sus jóvenes instruidos, ¿por
qué se emplean métodos tan brutales con los emigrantes ilegales
de los países latinoamericanos y caribeños?
El devastador terremoto que azotó a
Haití —el país más pobre de
América Latina, que acaba de sufrir una catástrofe natural sin
precedentes que implicó la muerte de más de 200 mil personas— y
el terrible daño económico que otro fenómeno similar ocasionó a
Chile, son pruebas elocuentes de los peligros que amenazan a la
llamada civilización y la necesidad de drásticas medidas que
otorguen a la especie humana la esperanza de sobrevivir.
La
Guerra Fría no trajo ningún beneficio para la población
mundial. El inmenso poder económico, tecnológico y científico de
Estados Unidos no podría sobrevivir a la tragedia que se cierne
sobre el planeta. El presidente Obama debe buscar en su
computadora los datos pertinentes y conversar con sus
científicos más eminentes; verá cuán lejos está su país de ser
el modelo que preconiza para la humanidad.
Por su condición de afroamericano, allí sufrió las afrentas de
la discriminación, según narra en su libro "Los sueños de mi
padre"; allí conoció la pobreza en que viven decenas de millones
de norteamericanos; allí se educó, pero allí también disfrutó
como profesional exitoso los privilegios de la clase media rica,
y terminó idealizando el sistema social donde la crisis
económica, las vidas de norteamericanos inútilmente sacrificadas
y su indiscutible talento político le dieron la victoria
electoral.
A pesar de eso, para la derecha más recalcitrante Obama es un
extremista al que amenazan con seguir dando la batalla en el
Senado para neutralizar los efectos de la reforma sanitaria y
sabotearla abiertamente en varios Estados de la Unión,
declarando inconstitucional la Ley aprobada.
Los problemas de nuestra época son todavía mucho más graves.
El
Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otros
organismos internacionales de créditos, bajo control estricto de
Estados Unidos, permiten que los grandes bancos norteamericanos
—creadores de los paraísos fiscales y responsables del caos
financiero en el planeta— sean sacados a flote por los gobiernos
de ese país en cada una de las frecuentes y crecientes crisis
del sistema.
La
Reserva Federal de Estados Unidos emite a su antojo las
divisas convertibles que costean las guerras de conquista, las
ganancias del Complejo Militar Industrial, las bases militares
distribuidas por el mundo y las grandes inversiones con las que
las transnacionales controlan la economía en muchos países del
mundo.
Nixon suspendió unilateralmente la conversión del dólar
en oro, mientras en las bóvedas de los bancos de Nueva York se
guardan siete mil toneladas de oro, algo más del 25% de las
reservas mundiales de ese metal, cifra que al final de la
Segunda Guerra Mundial superaba el 80%. Se argumenta que la
deuda pública sobrepasa los 10 millones de millones de dólares,
lo cual supera el 70% de su PIB, como una carga que se
transfiere a las nuevas generaciones. Eso se afirma cuando en
realidad es la economía mundial la que costea esa deuda con los
enormes gastos en bienes y servicios que aporta para adquirir
dólares norteamericanos, con los cuales las grandes
transnacionales de ese país se han apoderado de una parte
considerable de las riquezas del mundo, y sostienen la sociedad
de consumo de esa nación.
Cualquiera comprende que tal sistema es insostenible, y por qué
los sectores más ricos en
Estados Unidos y sus aliados en el
mundo defienden un sistema solo sustentable con la ignorancia,
las mentiras y los reflejos condicionados sembrados en la
opinión mundial a través del monopolio de los medios de
comunicación masiva, incluidas las redes principales de
Internet.
Hoy el andamiaje se derrumba ante el avance acelerado del cambio
climático y sus funestas consecuencias, que ponen a la humanidad
ante un dilema excepcional.
Las guerras entre las potencias no parecen ser ya la solución
posible a las grandes contradicciones, como lo fueron hasta la
segunda mitad del siglo XX; pero, a su vez, han incidido de tal
forma sobre los factores que hacen posible la supervivencia
humana, que pueden poner fin prematuramente a la existencia de
la actual especie inteligente que habita nuestro planeta.
Hace unos días expresé mi convicción de que, a la luz de los
conocimientos científicos que hoy se dominan, el ser humano
deberá resolver sus problemas en el planeta Tierra, ya que jamás
podrá recorrer la distancia que separa el Sol de la estrella más
próxima, ubicada a cuatro años luz, velocidad que equivale a 300
mil kilómetros por segundo —como conocen nuestros alumnos de
secundaria básica—, si alrededor de ese sol existiera un planeta
parecido a nuestra bella Tierra.
Estados Unidos invierte fabulosas sumas para comprobar si en el
planeta Marte hay agua, y si existió o existe alguna forma
elemental de vida. Nadie sabe para qué, como no sea por pura
curiosidad científica. Millones de especies van desapareciendo a
ritmo creciente en nuestro planeta y sus fabulosas cantidades de
agua constantemente se están envenenando.
Las nuevas leyes de la ciencia —a partir de las fórmulas de
Einstein sobre la energía y la materia, y la teoría de la gran
explosión como origen de los millones de constelaciones e
infinitas estrellas u otras hipótesis— han dado lugar a
profundos cambios en conceptos fundamentales como el espacio y
el tiempo, que ocupan la atención y los análisis de los
teólogos. Uno de ellos, nuestro amigo brasileño
Frei Betto,
aborda el tema en su libro "La obra del artista: Una visión
holística del Universo", presentado en la última Feria
Internacional del Libro de La Habana.
Los avances de la ciencia en los últimos cien años han impactado
los enfoques tradicionales que prevalecieron a lo largo de miles
de años en las ciencias sociales e incluso en la
Filosofía y la
Teología.
No es poco el interés que los más honestos pensadores prestan a
los nuevos conocimientos, pero no sabemos absolutamente nada de
lo que piensa el presidente
Barack Obama sobre la compatibilidad de las
sociedades de consumo y la ciencia.
Mientras tanto, vale la pena dedicarse de vez en cuando a
meditar sobre esos temas. Con seguridad no dejará por ello de
soñar el ser humano y tomar las cosas con la debida serenidad y
acerados nervios. Es el deber, al menos, de aquellos que
escogieron el oficio de políticos y el noble e irrenunciable
propósito de una sociedad humana solidaria y justa.