Argentina Al día
Cuando el silencio beneficia
a Oppenheimer
Gabriel Fernández (*)
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170404
- Cuba, Irak, el café, el otoño y la conciencia

En la mesa de café, varios periodistas polemizábamos -irregularmente-
sobre la situación internacional. Complejos panoramas y variadas
perspectivas surgían de los comensales y se imbricaban con acotaciones triviales, comentarios cargados de cinismo, objeciones plenas de indignación. De todo un poco.

La mayoría de los allí presentes solemos escribir sobre cuestiones
políticas. Algunos desde el flanco nacional, otros desde la perspectiva
mundial. Había un colega destacado por su análisis cultural, y otro -el más silencioso- habituado a trajinar estadios, a entrevistar jugadores y a comunicar sorpresivos o previsibles resultados de primera división.

El entorno ciudadano brindaba un clima adecuado. Un otoño tardío dejaba entrever las garras del invierno. Hasta que la acusación cruzó el lugar sin tomar en cuenta amabilidades ni jerarquías. "Acá hay un montón de información, muchísimas reflexiones, pero yo no veo que las escriban ni las publiquen" apuntó el colega especializado en Deportes.

Y añadió: "De todas las barbaridades que están contando, los desafío a que escriban por lo menos una parte, y difundan los artículos. En sus medios o donde puedan meterlos". La reacción fue tenue. Que la línea editorial del diario donde trabajo no lo permite, que la orientación no puede salirse del promedio aceptado, que no podemos arriesgar el laburo. Y la contrarréplica, terminante: "Entonces, ustedes dicen verdades en el café y macanean en público. Dicen lo que (Andrés) Oppenheimer quiere que digan".

Y aunque hace rato que uno viene atrapado por los asuntos políticos locales, había que levantar el guante. Algunos intentamos hacerlo; otros, se fueron diciendo: "¿Ves? ¡Con los de Deportes no se puede ni hablar!". Por supuesto que jamás trascenderán, si de este periodista depende, los nombres de los asistentes a la tertulia.

Acá va el módico y balbuceante resultado de aquel fuerte cruce en tres
cuartos de cancha.

Pocos días atrás, la Comisión de Derechos Humanos de la Organización de Naciones Unidas condenó a Cuba por violar los Derechos Humanos. La propuesta fue presentada por un placebo, el gobierno hondureño, e inspirada en los intereses de los Estados Unidos y sus aliados. Digámoslo así: la resolución fue elaborada por algunos de los más conspicuos integrantes de la Alianza que invadió Irak. La Alianza que invadió Irak está controlada por núcleos económicos internacionales que operan sobre el mundo según sus necesidades estratégicas.

Las naciones que provocaron uno de los períodos más sangrientos de la
historia, asentado en una invasión que corroe el derecho internacional y en la agresión a quienes en todo el planeta reclaman justicia, se atribuyen el derecho de sancionar jurídicamente a las víctimas, sin dejar de usufructuar el botín del saqueo.

¿Curioso?: el argumento es la defensa de la institucionalidad. La lucha es por la democracia. Contra los crímenes. Para detener la ejecución de
prisioneros. Para humanizar la vida de los opositores.

Pero las naciones que votaron contra Cuba en la ONU son, indudablemente, las que transgreden las instituciones de otros países, las que asesinan pueblos, las que ejecutan prisioneros, las que torturan opositores.

No se trata de una polémica ideológica, aunque también es una discusión de ideas. Se trata de datos fácilmente corroborables por la información abierta. Es, podríamos decirlo sin ambages de no cargar con la cultura mediática tradicional, una verdad "objetiva".

Ellos avasallan; y además, sancionan a los avasallados. Bloquean; y
sancionan a los bloqueados. Matan; y danzan sobre los cuerpos de sus
víctimas, mientras les llaman "asesinos".

Alguien dirá: la historia es así. E insistirá: siempre ha sido así. Es una
verdad resignada; una certeza de poca monta.

Pues ignora que por décadas, los esfuerzos de las gentes humildes de este planeta tensionaron con energía el sistema jurídico internacional, logrando la admisión de ciertos derechos suscriptos de "común acuerdo" con los poderosos.

No hay nación invasora que no haya firmado algún pacto que prohíbe las invasiones. La ruptura de la propia palabra, que certifica el aserto popular ("quien tiene plata hace lo que quiere"), no alcanza para anular la historia de luchas y conciencias que derivó en la enunciación de esos derechos.

La única victoria definitiva que pueden lograr los comisarios del globo es
convencer a los pueblos de la inutilidad de aquellas búsquedas, de aquellos tanteos, de tantos forcejeos. Por eso intentan borrar la Data acumulada en el subsuelo de las patrias oprimidas. Apagar la llama que condensa pasiones e ideas. Quebrar la Historia y con - vencer.

Han matado mucho, pero no han obtenido semejante triunfo.

(Volvamos al comienzo, de refilón: no es un tema menor la tarea periodística destinada a recordar y analizar los contenidos de esa conciencia forjada en pelea franca. Sin desdeñar el estudio hondo de los académicos, todos percibimos que la instalación de noticias, interpretaciones y formatos desde los espacios comunicacionales, tiene una incidencia destacable.

Es probable, y así lo cree quien esto escribe, que millones de hombres y
mujeres utilicen otros vasos comunicantes. Quizás las concepciones talladas a golpe de resistencias se desplacen solapadamente por las zonas ocultas de nuestras sociedades. Pero también es cierto que el desafío del periodista incluye el sentirse parte de esas regiones y ayudar para que la circulación de experiencias y visiones resulte más fluida, más certera, más profunda.)

Si de información hablamos, hay que indicar, por ejemplo: que Estados Unidos arrasó un país soberano con el pretexto de hallar armas de destrucción masiva que no existen, según admitió el gobierno de los Estados Unidos. Que esa potencia es la principal propietaria de armamentos con tales características y que los comercializa cuando lo evalúa conveniente.

Que la Alianza de las naciones poderosas que cargó sobre Irak no respeta ninguno de los tratados internacionales sobre derechos del hombre. Que una de las prácticas esenciales de ese conglomerado invasor -equiparable al tan mentado terrorismo- es el asesinato de familias, incluyendo niños, para amedrentar a la población civil. Que sus bombardeos no distinguen entre zonas urbanas y militares.

Que la presión sobre Cuba tiene objetivos políticos y geoeconómicos que contrastan con la defensa de los derechos humanos que se utiliza como ariete. Que la intención es sumir a la isla en una situación semejante a la de Haití, para controlar su territorio y apagar la luz independiente que irradia sobre otros pueblos latinoamericanos.

Que los intereses que hostigan a la Revolución Cubana están relacionados con la producción y venta de armas y con la producción y venta de drogas, las dos actividades más despreciables y menos identificadas con los derechos humanos que puedan conocerse sobre el planeta. Que la desestabilización en la isla tiene directa ligazón con el golpismo venezolano y con otras
provocaciones registradas contra procesos democráticos del continente.

Bien. La conciencia de Historia y Presente imbricados es el capital que
puede reformular el Futuro. Los pueblos son golpeados. Más allá de cualquier norma. Pero, pese a las campañas de las corporaciones mediáticas, "saben" quién los golpea. Y "saben" porqué. Y "saben" que es incorrecto. Aunque a veces balbuceen sus respuestas; aunque en ocasiones prefieran el aturdimiento; aunque no lo parezca.

La instauración de relaciones internacionales más justas es un camino
demasiado arduo. La creación de un mundo más justo es un sendero que se construye al desmalezar. En cada lugar.

Está costando mucha vida recorrerlo.

Dan ganas de salirse, de quedarse al costado.

Pero no hay costado. No hay banquina.

Y hay algo, dentro Nuestro, que sugiere: vale la pena seguir.

Pero ¿porqué?. A esa Conciencia, a esa Historia, a ese Saber, se le ocurren tres motivos:

Porque es posible. (Varios pueblos lo demuestran hoy, sobreponiéndose a la ofensiva, resistiendo de mil modos, desplegando su potencial)

Porque no queda otra. (La aceptación del vasallaje no implica mejores
condiciones de existencia, sino la expansión de frustraciones y miserias)

Y porque es placentero no dar el brazo a torcer.

(Gracias por leer estas líneas y gracias al colega que las impulsó con
descaro.)

Gabriel Fernández nació en La Plata, Argentina, en 1960.
Estudió en la Escuela de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP. Fue jefe de política nacional en el diario La Voz de Capital Federal, periodista de la Agencia Latinoamericana Prensa Latina, jefe de politica internacional del diario Sur, director periodístico de la diario de las Madres, realizador de programas radiales (Ficciones, La Señal, La Fragua, entre otros). Comodocente brindó varios cursos de periodismo, fue coordinador de la Cátedra Che Guevara de de la UBA y titular de la Cátedra Rodolfo Walsh de la UBA.
Actualmente es director periodístico de La Señal Medios (radio, periódico e Internet) e integrante del equipo de prensa de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación



 



 



 


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