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170404 - Cuba, Irak, el café, el
otoño y la conciencia
En la mesa de café, varios periodistas polemizábamos -irregularmente-
sobre la situación internacional. Complejos panoramas y variadas
perspectivas surgían de los comensales y se imbricaban con acotaciones
triviales, comentarios cargados de cinismo, objeciones plenas de
indignación. De todo un poco.
La mayoría de los allí presentes solemos escribir sobre cuestiones
políticas. Algunos desde el flanco nacional, otros desde la perspectiva
mundial. Había un colega destacado por su análisis cultural, y otro -el más
silencioso- habituado a trajinar estadios, a entrevistar jugadores y a
comunicar sorpresivos o previsibles resultados de primera división.
El entorno ciudadano brindaba un clima adecuado. Un otoño tardío dejaba
entrever las garras del invierno. Hasta que la acusación cruzó el lugar sin
tomar en cuenta amabilidades ni jerarquías. "Acá hay un montón de
información, muchísimas reflexiones, pero yo no veo que las escriban ni las
publiquen" apuntó el colega especializado en Deportes.
Y añadió: "De todas las barbaridades que están contando, los desafío a que
escriban por lo menos una parte, y difundan los artículos. En sus medios o
donde puedan meterlos". La reacción fue tenue. Que la línea editorial del
diario donde trabajo no lo permite, que la orientación no puede salirse del
promedio aceptado, que no podemos arriesgar el laburo. Y la contrarréplica,
terminante: "Entonces, ustedes dicen verdades en el café y macanean en
público. Dicen lo que (Andrés) Oppenheimer quiere que digan".
Y aunque hace rato que uno viene atrapado por los asuntos políticos locales,
había que levantar el guante. Algunos intentamos hacerlo; otros, se fueron
diciendo: "¿Ves? ¡Con los de Deportes no se puede ni hablar!". Por supuesto
que jamás trascenderán, si de este periodista depende, los nombres de los
asistentes a la tertulia.
Acá va el módico y balbuceante resultado de aquel fuerte cruce en tres
cuartos de cancha.
Pocos días atrás, la Comisión de Derechos Humanos de la Organización de
Naciones Unidas condenó a Cuba por violar los Derechos Humanos. La propuesta
fue presentada por un placebo, el gobierno hondureño, e inspirada en los
intereses de los Estados Unidos y sus aliados. Digámoslo así: la resolución
fue elaborada por algunos de los más conspicuos integrantes de la Alianza
que invadió Irak. La Alianza que invadió Irak está controlada por núcleos
económicos internacionales que operan sobre el mundo según sus necesidades
estratégicas.
Las naciones que provocaron uno de los períodos más sangrientos de la
historia, asentado en una invasión que corroe el derecho internacional y en
la agresión a quienes en todo el planeta reclaman justicia, se atribuyen el
derecho de sancionar jurídicamente a las víctimas, sin dejar de usufructuar
el botín del saqueo.
¿Curioso?: el argumento es la defensa de la institucionalidad. La lucha es
por la democracia. Contra los crímenes. Para detener la ejecución de
prisioneros. Para humanizar la vida de los opositores.
Pero las naciones que votaron contra Cuba en la ONU son, indudablemente, las
que transgreden las instituciones de otros países, las que asesinan pueblos,
las que ejecutan prisioneros, las que torturan opositores.
No se trata de una polémica ideológica, aunque también es una discusión de
ideas. Se trata de datos fácilmente corroborables por la información
abierta. Es, podríamos decirlo sin ambages de no cargar con la cultura
mediática tradicional, una verdad "objetiva".
Ellos avasallan; y además, sancionan a los avasallados. Bloquean; y
sancionan a los bloqueados. Matan; y danzan sobre los cuerpos de sus
víctimas, mientras les llaman "asesinos".
Alguien dirá: la historia es así. E insistirá: siempre ha sido así. Es una
verdad resignada; una certeza de poca monta.
Pues ignora que por décadas, los esfuerzos de las gentes humildes de este
planeta tensionaron con energía el sistema jurídico internacional, logrando
la admisión de ciertos derechos suscriptos de "común acuerdo" con los
poderosos.
No hay nación invasora que no haya firmado algún pacto que prohíbe las invasiones. La ruptura de la propia palabra, que certifica el aserto popular
("quien tiene plata hace lo que quiere"), no alcanza para anular la historia
de luchas y conciencias que derivó en la enunciación de esos derechos.
La única victoria definitiva que pueden lograr los comisarios del globo es
convencer a los pueblos de la inutilidad de aquellas búsquedas, de aquellos
tanteos, de tantos forcejeos. Por eso intentan borrar la Data acumulada en
el subsuelo de las patrias oprimidas. Apagar la llama que condensa pasiones
e ideas. Quebrar la Historia y con - vencer.
Han matado mucho, pero no han obtenido semejante triunfo.
(Volvamos al comienzo, de refilón: no es un tema menor la tarea periodística
destinada a recordar y analizar los contenidos de esa conciencia forjada en
pelea franca. Sin desdeñar el estudio hondo de los académicos, todos
percibimos que la instalación de noticias, interpretaciones y formatos desde
los espacios comunicacionales, tiene una incidencia destacable.
Es probable, y así lo cree quien esto escribe, que millones de hombres y
mujeres utilicen otros vasos comunicantes. Quizás las concepciones talladas
a golpe de resistencias se desplacen solapadamente por las zonas ocultas de
nuestras sociedades. Pero también es cierto que el desafío del periodista
incluye el sentirse parte de esas regiones y ayudar para que la circulación
de experiencias y visiones resulte más fluida, más certera, más profunda.)
Si de información hablamos, hay que indicar, por ejemplo: que Estados Unidos
arrasó un país soberano con el pretexto de hallar armas de destrucción
masiva que no existen, según admitió el gobierno de los Estados Unidos. Que
esa potencia es la principal propietaria de armamentos con tales
características y que los comercializa cuando lo evalúa conveniente.
Que la Alianza de las naciones poderosas que cargó sobre Irak no respeta
ninguno de los tratados internacionales sobre derechos del hombre. Que una
de las prácticas esenciales de ese conglomerado invasor -equiparable al tan
mentado terrorismo- es el asesinato de familias, incluyendo niños, para
amedrentar a la población civil. Que sus bombardeos no distinguen entre
zonas urbanas y militares.
Que la presión sobre Cuba tiene objetivos políticos y geoeconómicos que
contrastan con la defensa de los derechos humanos que se utiliza como
ariete. Que la intención es sumir a la isla en una situación semejante a la
de Haití, para controlar su territorio y apagar la luz independiente que
irradia sobre otros pueblos latinoamericanos.
Que los intereses que hostigan a la Revolución Cubana están relacionados con
la producción y venta de armas y con la producción y venta de drogas, las
dos actividades más despreciables y menos identificadas con los derechos
humanos que puedan conocerse sobre el planeta. Que la desestabilización en
la isla tiene directa ligazón con el golpismo venezolano y con otras
provocaciones registradas contra procesos democráticos del continente.
Bien. La conciencia de Historia y Presente imbricados es el capital que
puede reformular el Futuro. Los pueblos son golpeados. Más allá de cualquier
norma. Pero, pese a las campañas de las corporaciones mediáticas, "saben"
quién los golpea. Y "saben" porqué. Y "saben" que es incorrecto. Aunque a
veces balbuceen sus respuestas; aunque en ocasiones prefieran el
aturdimiento; aunque no lo parezca.
La instauración de relaciones internacionales más justas es un camino
demasiado arduo. La creación de un mundo más justo es un sendero que se
construye al desmalezar. En cada lugar.
Está costando mucha vida recorrerlo.
Dan ganas de salirse, de quedarse al costado.
Pero no hay costado. No hay banquina.
Y hay algo, dentro Nuestro, que sugiere: vale la pena seguir.
Pero ¿porqué?. A esa Conciencia, a esa Historia, a ese Saber, se le ocurren
tres motivos:
Porque es posible. (Varios pueblos lo demuestran hoy, sobreponiéndose a la
ofensiva, resistiendo de mil modos, desplegando su potencial)
Porque no queda otra. (La aceptación del vasallaje no implica mejores
condiciones de existencia, sino la expansión de frustraciones y miserias)
Y porque es placentero no dar el brazo a torcer.
(Gracias por leer estas líneas y gracias al colega que las impulsó con
descaro.)
Gabriel
Fernández nació en La Plata, Argentina, en
1960.
Estudió en la Escuela de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP. Fue
jefe de política nacional en el diario La Voz de Capital Federal, periodista
de la Agencia Latinoamericana Prensa Latina, jefe de politica internacional
del diario Sur, director periodístico de la diario de las Madres, realizador
de programas radiales (Ficciones, La Señal, La Fragua, entre otros). Comodocente brindó varios cursos de periodismo, fue coordinador de la Cátedra
Che Guevara de de la UBA y titular de la Cátedra Rodolfo Walsh de la UBA.
Actualmente es director periodístico de La Señal Medios (radio, periódico e
Internet) e integrante del equipo de prensa de la Secretaría de Derechos
Humanos de la Nación
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