0506 - Por primera
vez en mucho tiempo, el periodista norteamericano no-argentino
Andrés Oppenheimer acierta. Acierta en el diagnóstico, claro
está, aunque sostiene con lealtad su posicionamiento en favor de los
intereses del Norte.
Vamos a cruzar algunas observaciones para entender la situación. Si bien
los mayores damnificados por la política estadounidense son,
ostensiblemente, los pueblos del Tercer Mundo en general y de América
latina en particular, hay un dato singular de los tiempos que corren:
también se ven afectados los Estados Unidos de América.
¿Porqué? El accionar rentístico y ultraviolento de la gestión Bush, en
tanto representante de intereses que podrían sintetizarse en el tríptico
conglomerado militar - industrial, corporaciones bancarias y
empresas que trafican distintos tipos de drogas, ha generado
una importante distorsión económica interna en esa Nación.
Cada vez es menor el espacio existente en los Estados Unidos para las
labores específicamente productivas; los tres rubros
antes mencionados
hegemonizan la economía. La percepción de ese fenómeno es
compleja porque debido a su antiguo esplendor industrial, a la tracción
de esas franjas dinámicas y al saqueo externo, ese país mantiene un
nivel de recursos en verdad apreciable.
Sin embargo, la ausencia de una política industrial de fondo, tributaria
de
la historia roosveltiana y --aún antes-- del mismo origen de la
república
del Norte, está generando una deuda pública notable y
un debilitamiento del dólar que todavía no ha logrado
desovillarse a pleno.
Asimismo, la dependencia estructural de combustibles
que no posee en cantidad suficiente --el petróleo es el ejemplo más
claro-- y la
persistencia de un andamiaje urbano de alto consumo, están gestando
dificultades de fondo que, por el momento, se vienen resolviendo con
agresiones externas potentes y ajustes internos que reproducen la
exclusión.
En este marco, la consecuencia lógica en el orden político cultural es
el
establecimiento del racismo, la discriminación
y la represión como doctrina oficial. Los Estados
Unidos han dejado de ser tierra de oportunidades y lo hacen saber al
mundo a través de la expulsión de los inmigrantes y del
establecimiento de cercos más estrictos que los que
cuestionaron por largos años al bloque oriental.
De allí que Oppenheimer acierte al señalar que la política de Bush,
destinada a contentar a un fragmento de sus seguidores más
conservadores, puede terminar beneficiando a López Obrador.
Lo cual constituye una sutil advertencia para el gobierno republicano
con respecto al rumbo adoptado; pues como hemos visto el último
aspecto no es sino consecuencia de la política general.
Sucede que, pese a las banderas latinoamericanas y a las imágenes del
Che que se observan en los multitudinarios actos que nuestros hermanos
efectúan por aquellos pagos, del triunfo de esta causa depende,
en parte, el destino de los Estados Unidos. Los inmigrantes le
están tendiendo una mano al país del Norte para que vuelva a ser
integrador, fascinante, abierto. Industrial, en términos posfordistas.
Esta no es una crítica a las exigencias ni a las movilizaciones. Todo lo
contrario. Es lo que deben hacer los ciudadanos norteamericanos,
cualquiera sea su origen, para poner de pie a una economía que se está
derrumbando aceleradamente y sólo atina a canalizar recursos a un puñado
de banqueros, asesinar pueblos propietarios de materias primas y
comerciar narcóticos con la moral de un mercachifle del guetto.
Es probable, como apuntó un compañero recientemente, que la caída
resulte indetenible. Qué más allá de los males que
ocasione en este período letal, esa Nación no tenga salida. Pero también
es posible que los intereses productivos, encabezados combativamente por
los inmigrantes, consigan regenerar una parte del esquema que llevó a
los yanquis a convertirse en un modelo de capitalismo
desarrollado.
Resulta curioso comprobar que las zonas más atrasadas
de nuestros pueblos latinoamericanos, representadas por quienes,
admirando rayas y estrellas resolvieron lanzarse a "hacer la (norte)
América" resultan --aunque más no fuera rememorando historias de luchas
protagonizadas por quienes decidieron quedarse a pelear acá-- más
avanzadas que la destartalada y apisonada conciencia de los
estadounidenses nativos, todavía lacerados por el macartismo.