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0806 -
Un horizonte
En algunas décadas más, el desarrollo de la
nanotecnología y otros adelantos científicos, unido a la
explotación racional de los recursos naturales, puede iniciar el fin
de la prehistoria humana.
La madurez de muchos pueblos en las zonas del Tercer Mundo, por
darle un nombre antiguo pero conocido, parece estar gestando una
salida profunda, equilibrada aunque no exenta de controversias, para
el conjunto del planeta.
El rumbo escogido carece de nombre, y ofrece caminos convergentes.
Hay quienes hablan de un nuevo desarrollismo, otros de un
regionalismo popular revolucionario, muchos de un socialismo para el
siglo XXI. Es mejor que así sea: la ausencia de títulos complica el
nacimiento de iglesias, obtura el asentamiento de ortodoxias
aquerenciadas.
Lo cierto es que se está construyendo un puente convulsionado entre
el capitalismo conocido y un esquema dinámico que lo integra para
superarlo. No es casual que convivan, en este nuevo y borroso
proceso, el capitalismo de Estado, el cooperativismo, las empresas
autogestionadas por trabajadores, las redes sociales.
Y no parece extraño, además, que el capitalismo conocido haya
derivado en la anunciada hiperconcentración, con primacía de las
actividades financieras y el comercio --especialmente de sustancias
aparentemente prohibidas--, mientras las labores productivas del
Primer Mundo resulten motorizadas por la fabricación y venta de
armamentos.
En ese marco, es también comprensible que la política oficial del
capitalismo tradicional sea liderada por la violencia extrema,
mientras que la política del nuevo mundo se exprese a través de
elaboraciones abiertas que se manifiestan en movimientos populares
con vastos intereses y miradas diversas.
Esta nueva política --tan borrosa como la economía a futuro que la
sustenta-- gana casi todas las elecciones permitidas en las zonas
humildes, desde América latina hasta el Mundo Árabe, y sólo las
pierde en las regiones donde el capital concentrado ejerce el
control directo.
Los éxitos comiciales de
Hamas,
la creciente popularidad de
Hezbollah,
son ejemplos nítidos. Los rumbos sureños también, a tal punto que en
un país decisivo como
México, el imperio necesitó efectuar un gigantesco fraude para
modificar resultados evidentes, los cuales, a su vez, confluían con
los registrados en el conjunto de la emergente Unión Sudamericana.
En todos los casos, la democracia representativa, vulgar y
silvestre, no logra frenar a la democracia social. La canaliza hasta
sus propios bordes; cuando los horada, los gobiernos electos son
incluidos por los Estados Unidos y sus aliados, es decir, por las
grandes empresas que dominan el planeta, en el "Eje del Mal".
Por eso se hostiga a nuestros mejores líderes latinoamericanos. Por eso se invade Irak. Por eso se presiona a Corea y a Irán. Por eso, qué duda cabe, se invade Palestina y el Líbano. |
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Cada uno de los casos nombrados amerita un estudio detallado. Ninguno es igual al otro. Pero todos aparecen enlazados por un hilo de motivaciones que pueden sintetizarse así: el antiguo régimen, improductivo, depredador y violento, se niega a desaparecer. Con inocencia propia de quienes nada tienen que ocultar, el nuevo mundo sostiene su derecho a proyectar un destino.
El amanecer de este período será más lento de lo
deseado porque el poder que puede caer es el más poderoso de la
historia hasta el presente. Es difícil, aunque no imposible, que
antes de fenecer logre dejar un mundo tan deteriorado que la
vida misma resulte fatigosa. Lo está intentando, a través de sus
excursiones internacionales de "autodefensa".
Es válido suponer, también, que esta gestación
tenga importantes probabilidades de éxito. No sólo porque está
demostrando ser más productiva y rentable --vaya paradoja-- que
el esquema financiero reinante, sino también porque la ausencia
de iglesias auto centradas e infalibles permite un avance
múltiple.
Los esfuerzos por contrarrestar esa guerra de
guerrillas con asentamiento popular a nivel mundial
--técnicamente hablando, si se me permite no sin ironía--
resultan conmovedores. Los
Estados Unidos y sus voceros mediáticos buscan afanosamente
incluir a los pueblos de todo el planeta dentro del fantasmático
"Eje" para hallar un enemigo directo a quien golpear.
Pero los indios bolivianos no pueden ser acusados
de pertenecer a Hamas. Y los luchadores palestinos no son
sostenidos por el petróleo venezolano. El PRD mexicano no tiene
un pito que ver con la resistencia del Hezbollah. Y el
movimiento popular argentino no se reúne, que yo sepa, con los
rebeldes afganos. Cada uno hace lo que le parece mejor.
Y todos contribuyen al deterioro paulatino del
sistema de poder mundial que celebró con anhelos de eternidad el
derrumbe de la Unión Soviética.
Ese limado progresivo de los vencedores de la
Revolución por un rato, es imposible de doblegar. La única forma
de lograrlo sería establecer simultáneamente una dictadura
absoluta y universal con presencia militar extrema en cada lugar
de la Tierra.
Terminan de invadir Irak y aparece, en la otra
punta del mundo, un morocho que dice "somos independientes".
Vienen a por él, y los palestinos votan lo que se les ocurre.
Corren a aplastarlos, y surge en la loma de los kinotos un
partido legal e institucionalizado que nacionaliza recursos
naturales... y así siguiendo.
Nadie sabe bien hacia dónde derivará su propio
accionar. Tampoco hay un "Destino Manifiesto" de los pueblos del
Tercer Mundo. No se trata de un eficaz y programado camino de
"tareas" democráticas destinadas a "evolucionar" hacia el
socialismo. Es un revuelto gramajo
que recupera la incerteza como factor creativo. Sin fechas que
dividan eras, sin puntos de llegada que tiñan el nuevo mundo de
un sólo color.
La realidad económica mundial está hablando a los
gritos. Va a clamar por largo tiempo y nos ensordecerá. Será
complejo, en medio de este camino sin rumbo prefijado, entender
el sentido del tránsito.
Varios elementos de alta política, diseñados con
sabiduría períodos atrás, seguirán damnificando a nuestros
pueblos por muchos años. Aciertos sorprendentes de la vieja
Gran Bretaña
(Malvinas, Israel,
y porqué no América dividida, Yugoslavia fracturada, África
enferma, Asia silenciada) tendrán su influencia en este avance
accidentado.
(Es una pena: como parece no haber un cielo,
los niños libaneses no tendrán recompensa. Nada repara nada.
Los obreros egipcios que murieron en la
construcción de las pirámides no pudieron sentirse
reivindicados por la ulterior victoria de Nasser.
Los africanos arrancados de sus espacios para
ser transfigurados en esclavos no celebraron ninguna
independencia posterior.
Los judíos atormentados por el nazismo no
brindarán por un futuro venturoso.
Los compañeros argentinos torturados por las
dictaduras no estarán para llenar las plazas con bombos y
banderas.
A lo sumo las nuevas generaciones podrán
decir: todos ellos, y muchos más, viven en nuestros corazones.
Pero no jodamos: no estarán vivos. Ni aquí
ni en un presunto allá.
Es decir: todavía está pendiente un debate
filosófico del género humano acerca de si su propio derrotero
vale la pena.
Un debate equívoco, de rasgos idealistas y no
materiales. Casi sin sentido. Pero también inevitable.
Un debate que se pregunte, sin respuestas
románticas apriorísticas, si la existencia del amor, de la
inteligencia y de la creación es razón suficiente para que
millones de personas padezcan sufrimientos y crímenes
espectaculares.
Ni siquiera la más grande victoria podrá
impedir que la humanidad se diga, en el futuro: "Sí, pero de
nuestra propia especie surgió alguien como
Bush", o "hubo una vez en este mundo un gobierno como el de
Israel", o "existieron seres humanos cuya tarea era quemar y
desmembrar a otros seres humanos".)
Pero esto es lo que hay. Es bueno poder pelear
hoy para que los pibes vivan mejor mañana. No son muchos los
períodos de la historia en los cuales se avizora un éxito
relativo en un futuro mediato.
Los bombardeos presentes no alcanzan a revertir
la crisis económica interna de los Estados Unidos. Encarnan un
gesto compulsivo, que puede dibujarse así: un gendarme apuntando
a la humanidad y ordenándole "¡digan que no somos débiles, digan
que no estamos en crisis!".
Toda la presión de los más importantes
conglomerados económicos del mundo no impidió que, pocos días
atrás, en la provincia argentina de Córdoba, América latina
resolviera pasar por encima el bloqueo dispuesto contra Cuba. Y
que
Fidel, abrazado a
Chávez, pudiera indicar con su sola presencia aquí
estoy, después de todo. Y que Chávez siguiera hablando de
Perón, el hombre malo del continente según el
Departamento de Estado.
El fabuloso despliegue comunicacional de esos
conglomerados no logró evitar que la casi totalidad de la
opinión pública mundial pensara, tras observar los
cuerpitos destruidos de los pibes árabes:
esto no tiene nada que ver con la defensa de la
democracia, esto no es más que un crimen.
Si cabe la expresión: disfrutémoslo. ¿Es posible,
con este panorama?
Ustedes disculpen: Creo que sí.
GF/
Director Periodístico Revista Question Latinoamérica / Director La Señal Medios / Co - conductor Frente a Frente por Argentinísima Satelital. El revuelto de Gramajo. En Argentina, durante la presidencia de Julio Argentino Roca 1880-1886, el coronel riojano Artemio Gramajo (a quien casi no recordariamos si no fuera por su espontáneo invento culinario), era socio y concurrente habitual del porteño Club del Progreso. Allí transcurría veladas jugando al billar o a juegos de naipes como el truco; en el interín y para no interrumpir el juego, se hacía servir un plato consistente en fetas de jamón serrano cordobés, saltado o sofrito con arvejas y huevos. Esta comida la consumía "al plato" y, ocasionalmente, entre dos panes (emparedado) El mismo Gramajo y luego otros, hicieron más elaborado el sencillo plato; ya a inicios del siglo XX un revuelto Gramajo típico era hecho con finas rodajas de papas (patatas), jamón (según el gusto, crudo o cocido), cebolla, ajos, arvejas y pechugas de pollo, así como un "adobo" de especias varias. El revuelto gramajo suele condimentarse con salsa golf o chimichurri y resulta ser lo más apropiado acompañarle con vino tinto. |
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