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0906 - Filo contrafilo y
punta para analizar los contrastes nacionales. Hay un raro tironeo en la vida política y periodística nacional: diferentes voces estentóreas pretenden condenas absolutas por un lado, así como respaldos a libro cerrado, por otro. Ante un proceso contradictorio como el argentino, asumir alguna de esas posturas implicaría restringir el análisis y, en última instancia, dejar de pensar.
Algunos logros En el tramo reciente de nuestra historia se han registrado, qué duda cabe, algunos avances notables. Más de tres años de crecimiento del PBI dan cuenta de una gestión económica que –a diferencia de las anteriores— no combate el desarrollo local. Puede resultar enojoso debido a nuestras tradiciones políticas, pero si tuviéramos que buscar un concepto estricto para definir este rubro, optaríamos por considerarlo liberal – nacional. Lo cual, bien visto, no es poco. La inserción profunda de la Argentina en el MERCOSUR y la actitud de nuestro país hacia la presencia en la coalición de naciones que son vituperadas por los Estados constituye otro elemento de singular valor. Esto ha derivado en la tracción por la forja de iniciativas estratégicas de alta densidad: Petrosur, Telesur, Banco del Sur. La articulación de esa tríada permitirá al subcontinente contar con herramientas determinantes a la hora de diseñar un futuro. En el primer caso, porque la amalgama del poderío hidrocarburífero sureño permite la utilización de recursos para el despliegue de las propias economías, aunque también porque la debilidad de la potencia norteña en este flanco abre perspectivas de poder hasta hoy insospechadas. En el segundo, porque la elaboración de información y análisis con calidad superior a los circulantes internacionalmente facilita el autorreconocimiento, destraba el pensamiento latinoamericano habitualmente sojuzgado por modelos externos y de hecho convierte a los eternos receptores en emisores de mensajes hondos y certeros. En el tercero, aunque todavía hay más interrogantes que certezas, cabe esperar que la orientación industrial y social campee por sobre la tendencia rentística del capital financiero. Un mercado interno ampliado necesita el sostenimiento de obras vastas que posibiliten la creación de una infraestructura adecuada a los nuevos tiempos y a las necesidades de los pueblos en la región. Asimismo, la determinación de castigar –abriendo las compuertas judiciales—los crímenes cometidos por la dictadura de 1976 – 1983, y la reivindicación de luchas históricas trascendentes para nuestra gente, habla de una posición que busca evitar la desmemoria y cerrar aquella persistencia que nos obligaba a empezar de cero en cada período histórico. Lo pasado no es pisado, porque habita entre nosotros; y mientras no se encuentre un modo justo de saldarlo, el porvenir seguirá amenazado. Los pasos oficiales en esa dirección, que aprovecharon eficazmente la voluntad y la paciencia encarnadas en los organismos de derechos humanos, han resultado satisfactorios. Enlazada con esa orientación emerge una política de Defensa que, no sin dificultades y controversias, pretende generar condiciones para establecer de una vez un vínculo profundo entre las Fuerzas Armadas y la sociedad, ensamblado en el interés nacional y regional. Ahora bien; no debería quedar fuera del análisis el intento de ligazón estructural del gobierno con organizaciones sociales destinada a ampliar la base militante del proceso en marcha. Se podrá discrepar con la posición de tal o cual vertiente, pero lo cierto es que hasta el presente, los oficialismos veían en la muchedumbre desempleada un adversario a desmontar y reprimir en lugar de un aliado importante a la hora de elaborar política callejera. En ese mismo sentido, e imbricado con los temas económicos, es preciso destacar la narrativa presidencial, de características jauretcheanas, destinada a corroer mitos antinacionales y antipopulares de larga presencia en la cultura dominante con fuerte incidencia sobre las franjas medias. El presidente Néstor Kirchner no pierde ocasión de embestir contra el ideario neoliberal noventista, y de afirmar verdades de carácter nacional productivo que muchos voceros del establishment insisten en catalogar como arcaicos. Aunque a partir de estas líneas nos adentremos en las contradicciones que pueden observarse entre palabras y concreciones, queremos dejar sentada esta aseveración: el clima político cultural argentino se ha visto favorecido por el decir oficial, que capturó necesidades discursivas sociales surgentes desde fines del siglo anterior. Sus contrastes con los productores agropecuarios, con los objetores de la unidad sudamericana, con los grandes medios de comunicación y sus periodistas más prestigiados, han generado una corriente de aire fresco que beneficia la apertura de mentes y corazones.
Algunas dudas Claro que sí, lector: habíamos dicho que nos negábamos a dejar de pensar. Si cerramos el análisis acá nomás, estaríamos contrariando la propia afirmación. Estaríamos macaneando, en suma. Pues. La decisión de no hostigar el crecimiento nacional no implica automáticamente un rumbo productivo e inversor. La Argentina no logra resolver el control que los productores de materias primas, los grandes bancos y las empresas privatizadas sostienen de nuestros resortes intestinos. Esta ausencia de medidas destinadas a impulsar un modelo de Nación industrial sostiene una debilidad estructural que puede constituir un problema a mediano plazo. La acumulación de superávit fiscal, difícil de cuestionar, admite por sí misma la generación de un debate acerca de la orientación de los recursos. Al no plantearse nítidamente una definición hondamente jauretcheana –por así decir—ese debilitamiento recae sobre zonas de la población inerme, y los dineros estatales hallan su destino en el cumplimiento de ilegítimos compromisos externos y en el mantenimiento de un entramado asistencial interno que releva el empleo genuino. La continuidad de la propiedad de recursos naturales importantes en manos de compañías privadas extranjeras marca un borde que limita a la economía nacional y facilita un drenaje inadmisible para un país que anhela canalizar su potencial internamente. El clamor por la renacionalización del petróleo, así como las protestas ante la situación minera en varias zonas, son dos de los muchos planteos que deberían ser escuchados con mayor detenimiento por el gobierno nacional. En materia de derechos humanos, se observa una sutil diferencia entre la correcta vocación por resignificar el pasado en clave popular y cierto desinterés por corroer los flagelos típicos que resultaron de instancias represivas anteriores. Usted sabe: en cárceles y comisarías los procedimientos contra los pibes de humilde condición están en línea con aquellas prácticas oficialmente condenadas. Resultan en verdad numerosos los casos de asesinatos en los cuales las fuerzas de seguridad se encuentran implicadas. La falta de difusión de los mismos no implica que no existan; el esquema judicial argentino presta escasa atención a las demandas de familiares y vecinos, y mantiene una vara diferenciada para evaluar responsabilidades de ricos y pobres, aunque también de violentos precarios ante violentos institucionales, a la hora de disponer fallos que deberían resultar ejemplares. Con respecto a la acción cultural concreta, es preocupante que las atinadas observaciones presidenciales no encuentren correlato efectivo con algunas acciones relacionadas con el sistema comunicacional argentino. No supera el rasgo de descripción decir que se priorizó la relación con las grandes compañías en detrimento de medios alternativos y populares. Este es un asunto de importancia y vale destinar algunas líneas con ánimo reflexivo. Desde un perfil, la ratificación de la prevalencia de esas corporaciones privadas con características burocráticas evidencia un parámetro injusto a la hora de evaluar merecimientos profesionales. El dinamismo de la cultura popular argentina ha hecho surgir innumerables emprendimientos periodísticos, artísticos, educativos, teatrales, musicales, que han dado muestras acabadas de una intensidad comunicativa más profunda y menos costosa que la de los elefantes mediáticos que dominan aires, pantallas, papeles y puestas. Desde otro, más político, lleva a inferir un riesgo: nada ni nadie garantiza que el poderío de esas engordadas empresas no reitere el ciclo conocido en administraciones anteriores. “Cuando llegó, cristal de amor; cuando se fue, voz de rencor” indica la pluma sapiente de Homero Manzi (¡Qué melodía la de Charlo, además!) registrando las variadas instancias emocionales por las cuales atraviesa el ser humano. El respaldo mediático a las primeras instancias de los gobiernos de Alfonsín, Menem, De la Rúa, resultó tan enfático como los cuestionamientos absolutos en sus últimos tramos. ¿Porque el gobierno, si intenta trastrocar la lógica conservadora en beneficio de una mirada nacional, popular, democrática, se autoimpone el papel de rehén de semejantes conglomerados en lugar de establecer una trama potente de medios celosos de cualquier ofensiva de los paladines del ayer? Sólo hay que mirar alrededor: en un par de semanas se muestran capaces de presentar al presidente como “autoritario”, de instalar la demanda represiva entre las capas medias, de vindicar a quienes no abjuran de su rol en el terrorismo de Estado, de bombardear los acuerdos regionales, de condenar a militantes sociales de cualquier orientación y hasta de ¡protestar por la decisión bonaerense de cobrar impuestos a los segmentos de altos ingresos!
Una pregunta La Argentina no dejará de ser un país contradictorio. Lo sabemos. Hemos tenido oscilaciones en verdad sorprendentes a lo largo de la historia. Algunos rasgos pueden detectarse, incluso, en la personalidad de vastas regiones de nuestra comunidad y no sólo en las políticas que orientaron los variados períodos. Estamos lejos de creer que las dirigencias pueden resultar “buenas” o “malas” independientemente de aquellos ciudadanos que, aún condicionadamente, les permiten ocupar lugares ejecutivos. En este tramo de la historia puede percibirse, por vez primera, la posibilidad de saltar por sobre nuestras dualidades para integrarnos a procesos más vastos. La constitución de una Unidad de los países latinos, con epicentro en el Sur, quizás nos permita potenciar aspectos económicos que hasta el presente se vieron acotados fronteras adentro y, por eso, endebles al momento de plasmar una Nación. Para conseguir ese objetivo es pertinente amalgamar las fuerzas que tienden al futuro. Si no todo lo que brilla es oro, también es cierto que no todos los que proponen un debate son desestabilizadores. Tal vez el error más grosero en que podría incurrir la actual administración sea identificar a quienes propugnan la recuperación de Yacimientos Petrolíferos Fiscales con Sobisch o López Murphy. O considerar que los que despliegan una comunicación independiente merecen menos respeto que Daniel Hadad. La pregunta de siempre es: ¿qué acciones benefician y cuáles perjudican al pueblo argentino? Una vez que se adopta ese interrogante como directriz para definir rumbos estratégicos, las opciones se aclaran, los amigos se acercan, y los adversarios descubren sus cartas.
Gabriel Fernández es Director Periodístico de la Revista Question Latinoamérica / Director La Señal Medios Artículo publicado en el número 23 (julio de 2006) de la Revista Question Latinoamérica |
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