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El conductor televisivo Mario Pergolini constituye, desde hace varios
años, un tema importante para la comunicación en nuestro país. Ha sido
considerado como el gran renovador mediático de los años 80, un opositor irónico del menemismo en los 90, y un observador mordaz en la
actualidad.
Es claro que, frente a
esas repercusiones, cabe admitir una cuota interesante de talento para
llevar adelante sus emisiones televisivas y radiales y para congregar en
su derredor a un buen número de admiradores.
No es poco para un
(eterno) joven que irrumpió en los medios después de la caída de la
dictadura militar que ensombreció al país y, por supuesto, al periodismo
argentino.
Empero, vamos a golpear
sobre esta figura emblemática con el único afán de proponer reflexiones
y transmitir inquietudes; en modo alguno suponemos que su imagen
resultará limada por estos renglones, ni pretendemos modificar criterios
que, en sus seguidores, parecen cristalizados.
Fingiendo darle una
mano
A nuestro entender,
Pergolini encarna la transgresión del niño rico y de quienes desean
asimilarse a su modelo. Es el chico divertido y pícaro que hostiga en
los countries a las zonas donde vive la servidumbre –uno de los
problemas centrales de la convivencia en esos guettos, en la
actualidad–. Y el que no duda en señalar a quienes lo cuestionan por
tales acciones –paradójicamente— como vigilante. Pues una de las más
significativas herencias de aquél régimen conservador es la inversión de
los términos: quien propone normas de convivencia adaptadas a las
necesidades sociales, puede ser evaluado cual "botón" desde la
transgresión antipopular.
¿Antipopular? ¡Si tiene
un gran ráting!
Veamos. El muchacho
canoso que lo acompaña es uno de los creadores del nuevo racismo
iconoclasta en la Argentina o, en todo caso, de un reciclado del viejo
racismo. Desde el comienzo resultó así. Ese tipo se especializaba en
entrevistar grones, preferentemente albañiles y gente muy muy humilde en
Congreso y en las estaciones de trenes. Hacía con el estudio un
jueguito: desde el canal le preguntaban por auricular al reporteado si
conocía grupos de rock. Fingiendo darle una mano, el canoso le susurraba
al oído alguna banda inglesa de difícil pronunciación –todo ante cámara–
y el laburante repetía su nombre. Como la expresión salía retorcida,
todos reían. Todos se reían del grone que hacía el ridículo por no saber
pronunciar, bajo inducción, el nombre de una banda de moda.
Así se divertían los
Pergolini boys en los comienzos, por Canal Nueve. Luego "evolucionaron", sobre
los 90, cubriendo, en un sentido similar, encuentros sindicales y
reuniones peronistas varias. Allí, con el mismo esquema, efectuaban
preguntas presuntamente complejas a dirigentes populares —si tal o cual era bueno
o malo para la gente es otro cantar y otra discusión—; todos reían,
especialmente desde los estudios, cuando los entrevistados intentaban
dar una respuesta "a la altura" de la pregunta.
Gallito de Lata
Ahora bien: ¿Fue
Pergolini un adalid del antimenemismo? Hay quienes parecen muy
convencidos de ello. Tendemos a creer, como bien apuntó el crítico
Facundo Cano en un artículo distribuido por Reconquista Popular, que "Criticaba de Menem
las contradicciones en las que circunstancialmente caía, pero no cuando
hacía maldades sin diluir. ¿Alguien vio que Pergolini se opusiera a UNA
privatización? ¿O al envío de tropas al Golfo en 1991? Todo lo
contrario: cuando, en marzo del 2003, Estados Unidos se aprestaba a
conquistar Irak, Pergolini se rió de los que viajaron para ser "escudos
humanos": "¿Qué, acaso van a parar un misil con el pecho? ¡Qué
ridículos!"
En la actualidad, Caiga
Quien Caiga tiene un horizonte variado. Pero mantiene algunas constantes. El
hostigamiento cultural es una de ellas, así como la especial
consideración para con auspiciantes oficiales y empresariales del
programa. Quien esto escribe tuvo la posibilidad de debatir abiertamente
al respecto con uno de sus compinches, durante una mesa efectuada en
Filosofía y Letras. El
cuestionamiento fue el siguiente: ustedes jamás acusan a un empresario
por haber entregado la Nación, nunca apremian a los responsables de la
miseria en la Argentina, se la pasan ganando batallas sencillas, porque
hay políticos que están muy expuestos y porque hay hombres y mujeres de nuestro pueblo que
desconocen los códigos de las capas distinguidas de la sociedad.
El muchacho, se enojó.
En qué consiste
Sucede que la influencia
pergoliniana es, también, una zona de prestigio dentro de vastos
sectores juveniles cuya impronta se asienta en burlarse del otro. El
otro es, siempre, el que está más abajo. La influencia de este perfil
sobre el argentino medio no es menor y se desplaza en innúmeras
direcciones, sobre todo, como bien marca Cano, a través de Greenpeace y
otros símbolos progresistas, lo cual le permite una llegada abarcativa y
le ahorra las acusaciones por discriminación que merecería recibir
continuamente.
Es desolador participar
en el exterior de algunos espectáculos musicales en los que se integran bandas
latinoamericanas. Mientras los grupos de distintos puntos del continente
hacen lo suyo, con mayor o menor sentido del humor según la temática,
siempre hay algún joven transgresor argentino que se burla de rengos,
gordos, flacos, petisos, altos, pelados, peludos, negros o putos.
Después, la fama de "bananas" deben pagarla todos los nacidos por estos
pagos. El medio pelo joven argentino es mitrista sin leer a Mitre. Está
muy lejos de ser "toda" nuestra juventud, pues han surgido innumerables
grupos musicales de rasgos nítidamente nacionales, así como generaciones
de militantes jóvenes que luchan socialmente con otros criterios. Pero
los hijos de Pergolini son los más promocionados, los que ocupan las
pantallas y los que obtienen mayor difusión. Son los zonzos
contemporáneos. Los que hablan en voz (muy) alta.
Esta reflexión también
apunta a aquellos compañeros que, un poco acomplejados por su edad,
suelen decir "esos son los códigos de los pibes, no nos gustarán pero
hay que actualizarse". A no confundir las sabias reflexiones de Arturo
Jauretche sobre las nuevas generaciones peronistas de los 70 con la
reivindicación de estos energúmenos.
Uno puede leer a Enrique
Pinti, observar los collagges de Nik, o escuchar a Pergolini..y a partir
de allí recordar aquellas palabras de Alejandro Dolina: el humor
político en la Argentina consiste en reírse de los peronistas (de los
negros, del pueblo, del laburante, del pobre o como se quiera llamar a
ese conglomerado humano que la cultura anglosajona encuadraría dentro
del concepto de "losers" ).
Por eso cae bien el rubio
conductor entre las juventudes de las capas medias altas, pero también
entre los hijos de muchos profesionales y comerciantes. Exige poco
talento, apenas necesita que trastabille el que no cuadra dentro del
esquema. Es tan fácil: no hay nada más sencillo que reírse de aquél al
cual las cosas le van mal, no le salen como desea, todo le cuesta un
huevo, no posee los códigos televisivos adecuados, no da el target para
la pantalla.
Todo pasa y todo queda
Hay un
consuelo: la botella de Leopoldo Marechal y la memoria popular allí
acumulada. A decir verdad, nada se pierde. Ni las luchas, ni las
elaboraciones nacionales y populares, ni los crímenes, ni las
pequeñas mezquindades de un grupo de mequetrefes que se han lanzado,
micrófono y cámara en mano, a despreciar nuestra gente. "Cuando ven
al gaucho pobre, alzan la cola, y se van." (Pero antes, se burlan)
Finalmente: hay quien sostiene que las empresas que controlan el
narcotráfico y los policías que operan como cuadros medios de las
mismas, jamás podrían haber avanzado tanto entre nuestros pibes, sin
una propaganda tan audaz y penetrante como la desplegada por
Pergolini y la Rock and Pop. Y, podría añadirse, sin la expansión de
la educación privada y de los barrios cerrados, ámbitos en los
cuales miles de chicos argentinos son criados en base al miedo a lo
externo, el desprecio a lo desconocido, la ausencia de desafíos
genuinos, la pedantería sin logros, la ignorancia del país real.
Los
ochenta, en ese sentido, contenían un caldo de cultivo sutil que
impregnó la cultura de los noventa, la cual hoy nos atraviesa a
pesar de los cambios surgentes. Le damos duro, y con razón, al
declinante Bernardo Neustadt y al reiterativo Mariano Grondona; pero
Mario Pergolini y los suyos han sido el puente necesario para
relanzar aquellos conceptos con el formato adecuado a los nuevos
tiempos.
Esta es la segunda de una serie de notas sobre temas culturales
publicadas en la Revista Question Latinoamérica
Gabriel Fernández es Director Periodístico de la Revista
Question Latinoamérica / Director La Señal Medios Artículo publicado
en el número 23 (julio de 2006) de la Revista Question Latinoamérica.
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