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—Marquitos tiene
buenas ideas, lo que pasa es que se quiere hacer el artista...
La frase, lanzada al
pasar por un productor de bandas cumbieras, no se refería al
electricista –lo cual merecería un debate intrincado—sino a uno de los
integrantes del grupo musical que le ha prodigado mayores ganancias en
los últimos años. La cosa es así: el hombre, como todos los que orientan
la carrera de las jóvenes asociaciones de pibes que se insertaron en la
ya asentada marea de la cumbia en la Argentina, aplana y descarta
materiales que intenten zafar de lo que consideran la trasgresión
requerida, consumida y escuchada por los humildes. Varias decenas de
chicos que de una muy modesta condición saltaron a manejar algo de
dinero, aceptan sin dudar y sin formularse demasiadas preguntas las
instrucciones. Unos cuantos, sin embargo, sostienen que "estamos
haciendo boludeces, pasa que pagan bien" aunque añaden el elemento
convincente: "parece que eso es lo que la gente quiere escuchar".
Guardan los pelpas con poesía más delicada –o los queman- y se abocan a
danzar mientras entonan referencias groseras al sexo, invitaciones
veladas –o no- al consumo de drogas y alcohol y algunas consideraciones
más o menos sociales acerca del "choreo". Hay algunas excepciones,
minúsculas, que pasan desapercibidas en medio de materiales
discográficos apabullantes y reiterativos. ¿Eso es lo que (toda) la
gente humilde quiere escuchar?
Bailar, pensar,
sentir
La cumbia
lleva, más allá de sus lejanos afluentes, casi dos décadas de
instalación en el mercado de masas argentino. Para entonces, en sus
respectivos períodos, el tango y el rock nacional ya habían despejado
los excesos triviales y empezaban a nutrirse de autores que, tan
populares como los predecesores, se sentían lo suficientemente seguros y
tal vez libres como para levantar cabeza y ofrecer obras profundas, sin
perder impacto. Los primeros tangos también fueron coplas chispeantes;
los primeros rocks locales no superaban el cover de algún hit inglés.
Los comienzos son así. Pero pasada una década, promedio, metieron mano
talladores de fuste que le dieron al pueblo una sublimación de sus
narraciones callejeras, y abrieron el abanico para que aquellas personas
que deseaban seguir en el género (o sumarse a él) pudieran hacerlo
mientras disfrutaban elaboraciones más complejas. No hacemos mención del
folklore por tratarse de una vertiente múltiple, con referencias
históricas de larga data, que impide la evaluación a partir de tiempos
breves. Tampoco incluimos al cuarteto cordobés, que sí ha despegado y
ofrece, desde hace muchos años, variantes en verdad creativas sin dejar
de plantear el baile como columna vertebral.
Quemá esas ideas
Lo cierto
es que "Marquitos" quema sus ideas y los empresarios del sector, una
franja enriquecida a partir de esquemas muy sencillos, se encargan de
mantener el nivel por los suelos. Y cada vez que uno se aviene a
considerar que hay de nuevo en el ambiente, se encuentra con más de lo
mismo, lo cual deriva en el cansancio: las humoradas directas suenan
remanidas, las canciones se parecen tremendamente, la mirada se
empequeñece con cada estrofa. Conversando con el amigo Emilio Del
Guercio, creador de algunas de las obras más significativas de Almendra
y Aquelarre, pude percibir que no se trataba de una inquietud personal.
"Esto hay que decirlo, señalaba, porque no es cierto que la cultura
popular esté sólo en esa dimensión. Hay que plantearlo para mostrar que
hay mierda manipulada comercialmente, y también para ayudar a los
músicos a crecer."
Del Guercio avanzaba en el sentido de la observación: "lo que se está
intentando es que la gente no abra su cabeza, eso lo provoca la música
popular de calidad, con un nivel de elaboración importante". El
complemento lo hallé charlando con el maestro Rodolfo Mederos. En una
conferencia del Ateneo John William Cooke el hombre explicó que se había
empeñado en construir una orquesta típica para que la gente que anhela
bailar, pueda hacerlo con música que transmita letras y sensaciones
fuertes, sensibles, que se adentren en el cuerpo de los danzarines. Es
cierto: se dirigen a generaciones diferentes. Y si ese es un dato para
tomar en cuenta, también lo es que del diálogo con los consumidores de
cumbia no surge para nada la idea de un vacío descomunal ni se infiere
que jamás echarían mano a una producción bailable que mostrara una
poética más plena.
Una vieja mirada
Los
argumentos de quienes defienden este estado de cosas son huecos, aunque
su trasfondo, conocido. Dicen que el sexo, la droga y el robo son parte
de la vida de las clases populares, que la mentalidad colectiva se ha
devaluado y que los productos de calidad son un fracaso comercial. Estas
son razones esgrimidas desde la "derecha" cultural, pero silenciosamente
admitidas por otros flancos que no se permitirían señalarlas con
energía.
Se les podría retrucar que, de ser así, la música "culta" argentina
tendría que abrevar en orgías caras, consumo de cocaína y desfalcos
contra el Estado. Pero no vamos a señalar eso aunque ya lo hemos hecho:
digamos que no se trata, específicamente, de la agenda temática, sino de
la dimensión del abordaje de los asuntos, de la profundidad con la cual
se los esboce. Aunque muy especialmente se trata, también, de contar con
un periodismo, un empresariado y un esquema cultural estadual que no
menosprecien la potencialidad popular con percepciones gorilas de vieja
data adecuadas al presente. En las acciones de esos sectores late la
convicción íntima sobre una invalidez espiritual colectiva que no guarda
relación con nuestra historia, pero tampoco con la actualidad más
genuina de las clases populares.
Ni ensayo, ni error,
ni acierto
Otro
músico, impulsor de la Unión de Músicos Independientes, aporta un flanco
distinto: "es necesario que los creadores populares sepan que pueden
asociarse para no depender de las compañías discográficas. Hay un
caminito que conduce al temita descartable, sin libertad creativa. Hay
chicos que están atados a eso y sueñan con fama y dinero que, en la
mayor parte de los casos, jamás llegarán". Eso lo ha dicho el rockero
Diego Boris. En el mundo de la cumbia todo parece bien controlado.
Ningún esbozo de nucleamiento se ha desplegado, ningún atisbo de
independencia ha dado a luz. Aún. Es que los intereses en juego parecen
bastante importantes y, sin excluirlo, pueden trascender lo económico;
de hecho, la música bailable popular es una herramienta valiosa de
información y sensibilización. El gesto compulsivo del empresariado del
sector para apaciguar las ínfulas de los pibes que "se creen artistas"
quizás se encuentre relacionado con la necesidad de evitar que surjan
–precisamente- artistas concientes con vasta difusión. ¿Quién puede
argumentar, a priori, que las ventas caerían?
Lo que quiere la
gente
Para
terminar, un diálogo sostenido por este periodista con un asiduo
bailantero:
—¿Y cuando conversás
con una piba, a qué cosas recurrís?
¿Te acordás de alguna
letra de las canciones de moda?
—¡Estás loco! ¿Querés
que invite a salir a una mina y la trate de puta? No, ahí le pido a un
amigo que me pase algunos libros, con poemas, o con letras de tango,
entonces a veces las copio y hago cartas que quedan bárbaras.
¡Imaginate que voy a
andar diciendo por ahí las pavadas que eso nabos dicen en el escenario!
Esta es la primera
de una serie de notas sobre temas culturales publicadas en la Revista
Question Latinoamérica
*Director
Periodístico Question Latinoamérica.
Esta es
la segunda de una serie de notas sobre temas culturales publicadas en la
Revista Question Latinoamérica
Gabriel Fernández es Director Periodístico de la Revista
Question Latinoamérica / Director La Señal Medios Artículo publicado
en el número 23 (julio de 2006) de la Revista Question Latinoamérica.