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Observaciones sobre el potencial cultural popular. Porqué la cumbia no levanta cabeza
Gabriel Fernández
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1106 - —Marquitos tiene buenas ideas, lo que pasa es que se quiere hacer el artista...

La frase, lanzada al pasar por un productor de bandas cumbieras, no se refería al electricista –lo cual merecería un debate intrincado—sino a uno de los integrantes del grupo musical que le ha prodigado mayores ganancias en los últimos años. La cosa es así: el hombre, como todos los que orientan la carrera de las jóvenes asociaciones de pibes que se insertaron en la ya asentada marea de la cumbia en la Argentina, aplana y descarta materiales que intenten zafar de lo que consideran la trasgresión requerida, consumida y escuchada por los humildes. Varias decenas de chicos que de una muy modesta condición saltaron a manejar algo de dinero, aceptan sin dudar y sin formularse demasiadas preguntas las instrucciones. Unos cuantos, sin embargo, sostienen que "estamos haciendo boludeces, pasa que pagan bien" aunque añaden el elemento convincente: "parece que eso es lo que la gente quiere escuchar". Guardan los pelpas con poesía más delicada –o los queman- y se abocan a danzar mientras entonan referencias groseras al sexo, invitaciones veladas –o no- al consumo de drogas y alcohol y algunas consideraciones más o menos sociales acerca del "choreo". Hay algunas excepciones, minúsculas, que pasan desapercibidas en medio de materiales discográficos apabullantes y reiterativos. ¿Eso es lo que (toda) la gente humilde quiere escuchar?

Bailar, pensar, sentir
La cumbia lleva, más allá de sus lejanos afluentes, casi dos décadas de instalación en el mercado de masas argentino. Para entonces, en sus respectivos períodos, el tango y el rock nacional ya habían despejado los excesos triviales y empezaban a nutrirse de autores que, tan populares como los predecesores, se sentían lo suficientemente seguros y tal vez libres como para levantar cabeza y ofrecer obras profundas, sin perder impacto. Los primeros tangos también fueron coplas chispeantes; los primeros rocks locales no superaban el cover de algún hit inglés. Los comienzos son así. Pero pasada una década, promedio, metieron mano talladores de fuste que le dieron al pueblo una sublimación de sus narraciones callejeras, y abrieron el abanico para que aquellas personas que deseaban seguir en el género (o sumarse a él) pudieran hacerlo mientras disfrutaban elaboraciones más complejas. No hacemos mención del folklore por tratarse de una vertiente múltiple, con referencias históricas de larga data, que impide la evaluación a partir de tiempos breves. Tampoco incluimos al cuarteto cordobés, que sí ha despegado y ofrece, desde hace muchos años, variantes en verdad creativas sin dejar de plantear el baile como columna vertebral.

Quemá esas ideas
Lo cierto es que "Marquitos" quema sus ideas y los empresarios del sector, una franja enriquecida a partir de esquemas muy sencillos, se encargan de mantener el nivel por los suelos. Y cada vez que uno se aviene a considerar que hay de nuevo en el ambiente, se encuentra con más de lo mismo, lo cual deriva en el cansancio: las humoradas directas suenan remanidas, las canciones se parecen tremendamente, la mirada se empequeñece con cada estrofa. Conversando con el amigo Emilio Del Guercio, creador de algunas de las obras más significativas de Almendra y Aquelarre, pude percibir que no se trataba de una inquietud personal. "Esto hay que decirlo, señalaba, porque no es cierto que la cultura popular esté sólo en esa dimensión. Hay que plantearlo para mostrar que hay mierda manipulada comercialmente, y también para ayudar a los músicos a crecer."
Del Guercio avanzaba en el sentido de la observación: "lo que se está intentando es que la gente no abra su cabeza, eso lo provoca la música popular de calidad, con un nivel de elaboración importante". El complemento lo hallé charlando con el maestro Rodolfo Mederos. En una conferencia del Ateneo John William Cooke el hombre explicó que se había empeñado en construir una orquesta típica para que la gente que anhela bailar, pueda hacerlo con música que transmita letras y sensaciones fuertes, sensibles, que se adentren en el cuerpo de los danzarines. Es cierto: se dirigen a generaciones diferentes. Y si ese es un dato para tomar en cuenta, también lo es que del diálogo con los consumidores de cumbia no surge para nada la idea de un vacío descomunal ni se infiere que jamás echarían mano a una producción bailable que mostrara una poética más plena.

Una vieja mirada
Los argumentos de quienes defienden este estado de cosas son huecos, aunque su trasfondo, conocido. Dicen que el sexo, la droga y el robo son parte de la vida de las clases populares, que la mentalidad colectiva se ha devaluado y que los productos de calidad son un fracaso comercial. Estas son razones esgrimidas desde la "derecha" cultural, pero silenciosamente admitidas por otros flancos que no se permitirían señalarlas con energía.
Se les podría retrucar que, de ser así, la música "culta" argentina tendría que abrevar en orgías caras, consumo de cocaína y desfalcos contra el Estado. Pero no vamos a señalar eso aunque ya lo hemos hecho: digamos que no se trata, específicamente, de la agenda temática, sino de la dimensión del abordaje de los asuntos, de la profundidad con la cual se los esboce. Aunque muy especialmente se trata, también, de contar con un periodismo, un empresariado y un esquema cultural estadual que no menosprecien la potencialidad popular con percepciones gorilas de vieja data adecuadas al presente. En las acciones de esos sectores late la convicción íntima sobre una invalidez espiritual colectiva que no guarda relación con nuestra historia, pero tampoco con la actualidad más genuina de las clases populares.

Ni ensayo, ni error, ni acierto
Otro músico, impulsor de la Unión de Músicos Independientes, aporta un flanco distinto: "es necesario que los creadores populares sepan que pueden asociarse para no depender de las compañías discográficas. Hay un caminito que conduce al temita descartable, sin libertad creativa. Hay chicos que están atados a eso y sueñan con fama y dinero que, en la mayor parte de los casos, jamás llegarán". Eso lo ha dicho el rockero Diego Boris. En el mundo de la cumbia todo parece bien controlado. Ningún esbozo de nucleamiento se ha desplegado, ningún atisbo de independencia ha dado a luz. Aún. Es que los intereses en juego parecen bastante importantes y, sin excluirlo, pueden trascender lo económico; de hecho, la música bailable popular es una herramienta valiosa de información y sensibilización. El gesto compulsivo del empresariado del sector para apaciguar las ínfulas de los pibes que "se creen artistas" quizás se encuentre relacionado con la necesidad de evitar que surjan –precisamente- artistas concientes con vasta difusión. ¿Quién puede argumentar, a priori, que las ventas caerían?

Lo que quiere la gente
Para terminar, un diálogo sostenido por este periodista con un asiduo bailantero:

—¿Y cuando conversás con una piba, a qué cosas recurrís?

¿Te acordás de alguna letra de las canciones de moda?

—¡Estás loco! ¿Querés que invite a salir a una mina y la trate de puta? No, ahí le pido a un amigo que me pase algunos libros, con poemas, o con letras de tango, entonces a veces las copio y hago cartas que quedan bárbaras.

¡Imaginate que voy a andar diciendo por ahí las pavadas que eso nabos dicen en el escenario!

Esta es la primera de una serie de notas sobre temas culturales publicadas en la Revista Question Latinoamérica

*Director Periodístico Question Latinoamérica.

Esta es la segunda de una serie de notas sobre temas culturales publicadas en la Revista Question Latinoamérica

Gabriel Fernández es Director Periodístico de la Revista Question Latinoamérica / Director La Señal Medios Artículo publicado en el número 23 (julio de 2006) de la Revista Question Latinoamérica.

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