Hay ofertas que vale la pena aprovechar: precio y calidad.
Pero hay otras de las cuales mejor escapar, pues intentan
vendernos barato algo que no queremos.
Es bastante habitual encontrar pibas repartiendo volantes en los
cuales se nos ofrece gratis una hamburguesa que no deseamos, si
adquirimos previamente una hamburguesa que no nos gusta.
Sin embargo, el lector perspicaz entenderá que existen otras
ofertas mucho más preocupantes. Se trata de las que nos proponen
adquirir productos caros, que no necesitamos. O nos perjudican.
El año naciente estará cargado de ofrecimientos de esa
naturaleza.
Las variantes imperiales propondrán a pueblo y gobierno
alternativas vinculadas con sus intereses, revestidas de colores
agradables a la vista y promocionadas como senderos pletóricos
de atractivos.
Nos invitarán a despegarnos de amigos cercanos, a meter las
narices en problemas lejanos, a beneficiar adversarios harto
conocidos.
Nos dirán que si lo hacemos, seremos mejor considerados en “el
mundo”, lo cual nos habilitará para obtener beneficios que
permitirán zanjar las dificultades.
Habrá una propuesta para cada caso puntual, y los grandes medios
anunciarán los posibles avances con bombos y platillos.
Entonces, tendremos que analizar qué nos conviene.
Hace tres décadas, por caso, que sostenemos relaciones estrechas
–con algunos altibajos— con los poderes centrales del mundo
capitalista.
Esos vínculos han consistido, básicamente y sintetizando, en
entregarles dinero y recursos. No se recuerdan beneficios de
importancia.
Se les ha pagado una deuda externa que no necesitábamos contraer
y que fue asumida por un gobierno inconstitucional.
Se les ha permitido arrebatar los ahorros argentinos y llevarlos
al exterior.
Se les ha entregado las empresas públicas y las ganancias son
remitidas regularmente a las sedes internacionales de los
adquirentes.
Se les ha brindado facilidades para la explotación de nuestros
recursos naturales con el drenaje consecuente.
Como contracara, en poco tiempo, los escuetos contactos con
países latinoamericanos permitieron establecer un intercambio
más razonable.
Cada vez que una nación sureña se acerca a nuestro país promueve
inversiones, compra productos industriales, pone en marcha
plantas abandonadas.
A diferencia de las relaciones marcadas en el segmento anterior,
esas inversiones no incluyen exigencias políticas sobre el
funcionamiento de nuestras instituciones.
Y, como dirían Echagüe y D´Arienzo, contienen mucha “Paciencia”
hacia el errático proceder internacional argentino.
El que invita una copa es un parroquiano amable, deseoso de
compartir un momento y un sabor con las cercanías.
Pero el que dice “tomo y obligo”, promoviendo la ingestión de un
líquido que no nos agrada, es un cargoso con aires de mandón.
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* *
Sin embargo el asunto no termina ahí. Más bien, empieza por otro
lado.
Porque la definición de una política internacional adecuada a
nuestros intereses está ligada al establecimiento de una
estrategia interna bien diseñada.
En los tres años recientes, la Argentina asentó su bonanza en
una carga impositiva muy dura para los sectores populares y
exportaciones primarias de nulo valor agregado.
Por algún motivo se evitó canalizar esos recursos hacia un
proyecto productivo que favorezca una ampliación del mercado
interno y una mejoría en el nivel de vida de las franjas
sociales más postergadas.
En el comienzo de la actual gestión muchos argumentaron que no
existía poder político suficiente para reorientar la vida
nacional en esa dirección.
Después de las elecciones que fortalecieron al gobierno,
especialmente a través de una contundente victoria en la
provincia de Buenos Aires, el planteo perdió vigor.
El pueblo argentino percibe que la presente gestión tiene un
firme control de los poderes institucionales en un sentido
integral. Y que lo bueno y lo malo que sucede guarda relación
con las decisiones adoptadas desde el Poder Ejecutivo.
¿Exagera la opinión pública la capacidad de maniobra del
gobierno? Es posible; pero es cierto que hay una infinidad de
pequeñas acciones genuinamente progresivas que son descartadas
de plano.
Mientras el clima general continúa cubierto por una fresca brisa
progresista, cuando la vista se focaliza sobre cada rubro de la
acción gubernamental, el ambiente se espesa.
La sensación corriente es que en los niveles activos, cuando la
administración deriva en concreciones, se escoge la opción
conservadora en detrimento de la perspectiva productiva y
distribucionista.
A quienes formulan estas objeciones se les indica que resulta
preciso vestirse despacio, si es que uno se encuentra en verdad
apurado.
Con razones, los críticos replican que esperar a Godot es un
ejercicio vano. Que si en la cancha se ven los pingos, hace tres
años que largaron.
O, más claro: la desocupación sigue siendo importante, los
salarios promedio son bajos, el número de excluidos es
formidable, la industria argentina no florece.
Los méritos de este gobierno han sido explicados,
detalladamente, en números anteriores de nuestra publicación.
Las diferencias con gestiones previas, también.
Las luchas populares argentinas forzaron cambios importantes, y
esas transformaciones se han palpado. No se trata de comparar
esta administración con la de los 90 ni, mucho menos, con algún
período dictatorial.
Pero las soluciones a esos dilemas centrales deberían llegar más
temprano que tarde.
Por un lado, porque el futuro de la Nación lo necesita. Porque
es justo, posible y necesario.
Por otro, porque al posicionarse en la centroizquierda, en lo
popular, si este gobierno no resuelve los asuntos profundos de
nuestra gente, otros esbozarán promesas afincadas en viejas
recetas.
La habilidad oficial para salir airoso,
comunicacionalmente, de algunos entredichos es loable. Mas no
todos los problemas pueden zanjarse con manejos dúctiles.
Cerramos este artículo narrando una historia real, ocurrida
pocos días atrás. Puede que sea una excepción, puede que no.
Andando por el Sur bonaerense, hallamos un compañero de extensa
y digna trayectoria militante y un buen historial laboral
fabriquero.
--Y ¿cómo ves la cosa?, preguntamos más al tanteo que con
precisión.
--¡Hay muchos compañeros en el gobierno! Eso me gusta. Y el
Flaco le chanta las cuarenta, cada vez que puede, a los milicos.
Eso de poner una mina en Defensa, es una jugada bárbara. Y
parece que el tipo apuesta al Mercosur nomás, está bien…
--¿Vos que hacés?