Los dos temas centrales del programa eran
la miseria en los Estados Unidos y los
familiares de caídos en la invasión a Irak. El primer
punto era ilustrado con filmaciones en las cuales aparecían
larguísimas colas de norteamericanos blancos esperando que,
desde un camión de la seguridad social, les arrojaran comida.
De los numerosos testimonios surgidos entre los
mismos protagonistas de la situación, surgía un hilván
revelador: no se trataba de homeless o
callejeros de variado origen. Eran familias comunes de raíz
anglosajona, sin trabajo o con sueldos magros, cuyos ingresos
promedio alcanzaban para el alimento durante la primer semana
del mes.
El dramatismo del relato advenía más hondo cuando
los empleados oficiales tiraban los paquetes y las personas se
arremolinaban para tomarlos.
Al ojo del espectador, las escenas podían
resultar más intensas que un combate, e inclusive que las
persecuciones suscitadas durante el
Katrina. Como en un buen
filme, el costado insoportable para la ciudadanía media del
Norte resultaba la familiaridad de los protagonistas, gente como
uno --como ellos-- que configuraban una masa degradada en el
hueco del sueño americano.
El otro tema era un mar de lágrimas y bronca condensada. Madres,
padres, abuelos, hermanos de soldados caídos en Irak narraban
los disparates que escucharon decir a los reclutadores cuando
sus hijos "resolvieron" alistarse.
A diferencia del segmento anterior, casi todos
los casos resultaban protagonizados por latinos de variado
origen. Insistían en que las levas sucedían continuamente en sus
barrios, que los muchachos en cuestión habían sido tentados con
"un empleo en el Estado", que siempre se les planteaba de un
modo u otro que así quedarían integrados al gran país.
Señalaban también que recién cuando estaba muy
avanzada la admisión, con "papeles firmados" y todo, los jóvenes
se enteraban que el empleo en el Estado tenía
características militares. Y que muy luego terminaban
por saber que resultarían enviados a ¡Irak!
Varios testimonios brindaban un dato perspicaz: como el vínculo
estaba concretado, si los jóvenes se negaban a "cumplirlo" eran
considerados desertores y traidores a los
Estados Unidos de América.
Bueno, todo eso no pudo verse en los
Estados Unidos de América. Tampoco tienen pantalla hoy
las investigaciones de
Michael Moore, ni
los análisis, tan habituales en el resto del planeta aún en
lugares poco proclives a la crítica, de estudiosos respetados
como
Noam Chomsky y James Petras, por
sólo mencionar algunos ejemplos. Y ni hablar de
intelectuales latinoamericanos o europeos que
cuestionan el accionar oficial estadounidense. Imaginen el lugar
asignado a los pensadores más genuinos de la vida política en
los países árabes.
Pocos días después consulté a algunos colegas que
transitaron durante un tiempo adecuado las tierras de aquél
lejano país. Y me informaron que hasta los noticieros
son sometidos a censura previa. El "vivo" al
que estamos acostumbrados en casi todos los lugares, incluido el
preocupante y concentrado panorama comunicacional argentino,
está ausente, salvo casos muy previsibles.
Esto se nota en la CNN. Recién
con el caso
RCTV pudo sacar un par de cámaras a algunas
calles, conociendo de antemano el decir de las minorías
movilizadas en Caracas. Lo cierto es que la cadena internacional
del Norte ya no aborda las voces públicas porque en cualquier
lugar del planeta, donde hay una manifestación, hay insultos
contra
George W. Bush; se trate o no de alguna ingerencia directa
de su gobierno.
La prestigiosa CNN lo resuelve
con una linda pibita acompañada por una pizarra más o menos
elegante y con imagen tecnológica, un puñado de conexiones con
tal o cual corresponsal, y una seriada de paneos callejeros
editados en los cuales --con algunas excepciones-- se licuan los
contenidos de fondo sistemáticamente. Sólo la tilinguería
militante de algunos especialistas permite que en la
actualidad se siga elogiando la labor periodística de ese canal.
En este marco real los grandes medios han
desplegado una tarea profunda para mostrar
el caso RCTV, canal que fuera propiedad
hasta la decisión del presidente
Hugo Chávez, de una familia vinculada al
narcotráfico y partícipe de las jornadas golpistas que
pretendían anular el resultado de ocho elecciones democráticas
previas, como un ataque a la libertad de prensa, de expresión, o
peor, como una clara mostración del autoritarismo que arrasa
América latina.
El problema para estas empresas es que en este
continente, y en este país, la Argentina, somos unos cuantos
pero nos conocemos bastante. Es razonable que se curen en salud,
pues suelen recibir permisos indefinidos para renovar sus
licencias así como abultadas pautas publicitarias: el ejemplo
venezolano rasca donde pica, y abre las compuertas para que
miles de personas se pregunten ¿porqué no?
La Sociedad Interamericana de Prensa,
ese grupo de hampones al decir de don Arturo
Jauretche, ha motorizado sus mejores hombres, es decir,
los periodistas más corrompidos del planeta, para atacar un
proceso independentista, justiciero, soberano, y endilgarle
rasgos que bien podrían ser aplicados, como hemos visto, a la
realidad comunicacional norteamericana.
Eso sí: uno guarda en el corazón cierta
sensibilidad, y no puede dejar de conmoverse al
observar el afán y la entrega de esas elegantes jóvenes
venezolanas que, cual Catherine Fullop de cabotaje, derraman su
angustia ante las cámaras. Debe ser duro para ellas y sus dulces
familias vivir sin la
RCTV. ¿Cómo superarán este trance? ¿Cómo
llenarán el hueco cultural que les deja la barbarie?
Los populistas, que a veces también somos seres
humanos, debemos condolernos de ese destino y comprender que la
espiritualidad de esa gente merece tanto respeto como la de
otras personas. Podemos sugerirles intentar la
radicación en los Estados Unidos, por ejemplo, donde lograrán
ver televisión día y noche, televisión de calidad, sin censura,
con la información objetiva de último momento. Quizás
no puedan sintonizar 60 Minutos, pero ¡algún
precio hay que pagar por la libertad!.
Gabriel
Fernández es Director La Señal Medios / Director
Periodístico Revista Question Latinoamérica
Nota de Atajo:
Homeless: Así llamados en Estados Unidos
a los que no tienen vivienda y deben refugiarse y abrigarse donde
pueden. El término también se extiende a los que viven en albergues
temporales. Y en general a los que vagan por las calles sin
ocupación y residencia fija.
60 Minutos (60
Minutes en inglés). Se trata de un
famoso programa de televisión
norteamericano creado por el productor Don Hewitt y producido por el
Canal de televisión norteamericano CBS. Está armado en base a
información más análisis periodístico.
Salió al aire por primera vez el 24 de septiembre de 1968, día que
se emitió su primera edición con Harry Reasoner y el también mítico
Mike Wallace como presentadores. 60 minutos es uno de los programas
más populares dentro de los EEUU y genera enormes ganancias para la
CBS.