050308 -
Nuestra unidad, su peor pesadilla. La situación, pese a la
intensa campaña propagandística, es bastante clara: en términos locales,
el gobierno de Colombia
necesita arrinconar a las FARC en la insurgencia para evitar su
presencia política nacional; en el terreno continental, los Estados
Unidos y otros intereses internacionales anhelan desestructurar el
proceso de unidad latinoamericana que protagonizan, entre otros,
Ecuador y
Venezuela.
Cuando los guerrilleros intentaron, más de una década atrás, insertarse
en la vida electoral colombiana, recibieron una respuesta clara del
Estado: las tropas regulares y los paramilitares --origen directo del
actual presidente
Alvaro Uribe-- les asesinaron 3.000 militantes. Así se explica hoy
la elección de
Raúl Reyes como víctima de la condenable invasión a Ecuador: se
trataba de una puerta hacia la entrega de otros rehenes.
Es que lejos de ser un grupo terrorista, las
FARC
controlan más del 50 por ciento del territorio colombiano; esto sería
imposible si carecieran de representatividad entre el campesinado y las
poblaciones del interior. Quien piense que el enlace entre la guerrilla
y esas regiones es apenas a punta de pistola, tiene una lectura simple
de la vida popular. En verdad es Uribe el delegado de una porción
minoritaria de la ciudadanía colombiana, en algunas ciudades
importantes.
Lo ocurrido en
Ecuador el sábado
pasado no es otra cosa que la continuidad de las incursiones ilegales
contra la soberanía de los vecinos que los grupos paramilitares,
impulsados por Uribe con asistencia norteamericana, vienen desplegando
desde hace varios meses a esta parte. Ahora, los resultados han sido más
espectaculares, pero los ataques contra el campesinado venezolano son
habituales y las víctimas carecen de renombre internacional.
De hecho, la movilización militar hacia la frontera dispuesta por el
presidente
Hugo Chávez se produce recién esta semana debido a la
política bolivariana de no aceptar provocaciones por parte del gobierno
colombiano. Sin embargo, el gobierno revolucionario podría haber hecho
uso de esa legítima determinación el año pasado, sin que nadie tuviera
derecho a alzar la voz en su contra. A decir verdad, el último
interesado en el diálogo y la paz, a pesar de la intensa declamación, es
el gobierno de Colombia.
En tanto, los Estados Unidos
perciben la necesidad de relevar su escuálido desarrollo industrial con
acciones armadas cada vez más audaces. Si por un lado necesitan de la
producción de armamentos, también desean sostener otro de sus
principales negocios, el narcotráfico, en el cual el país que dirige
Uribe cumple funciones sumamente específicas. Pero fundamentalmente,
saben que la coalición dispar entre Ecuador, Venezuela, Bolivia,
Argentina, Brasil, posee un potencial extraordinario y que la gestación
del Banco del Sur es una amenaza para las alicaídas finanzas centrales.
Dato más, dato menos, esos países han tenido en las décadas
anteriores relaciones bilaterales estrictas con el Norte, que
consistieron --básicamente-- en entregar dinero, empresas y riquezas
naturales. Con todas las dificultades y desajustes presentes, el último
lustro les ha mostrado que el nexo multilateral les permite
capitalizarse sin quedar atados a los vaivenes críticos de la papelería
norteamericana, acceder a recursos naturales no renovables sin
demasiadas exigencias y comerciar en términos normales con la vecindad.
Como resultado general aunque parcial de este proceso, se pueden señalar
dos conclusiones que no por obvias resultan menos trascendentes: las
economías latinoamericanas han crecido bastante más que la
norteamericana. Pelearse con el grandote del barrio ha sido siempre un
riesgo, a menos que sus músculos devengan fláccidos y sus manoplas
--pesadas, de todos modos-- carezcan de la agilidad que brindan brazos
firmes y bien entrenados.
Todo el mundo, excepción hecha de los numerosos zonzos que hacen caso a
la Sociedad Interamericana de Prensa, sabe que las cosas son así. Si
Dios existiera perdonaría este exceso en la aseveración rotunda. Todo el
mundo, menos los seguidores de los medios que participan de la algarada,
sabe que hay intereses locales e internacionales que trabajan arduamente
para evitar la paz en la región.
Una paz que consistiría, elementalmente, en admitir la soberanía popular
en cada país, permitiendo que los gobiernos elegidos por sus pueblos
desarrollen las políticas que deseen.
Los argentinos y no pocos latinoamericanos ya sabemos que la paradoja se
recrea continuamente: quienes devalúan las decisiones colectivas e
impulsan acciones militares destinadas a obturarlas, hablan de
democracia. Algunos payasos perversos, de esos que estuvieron ligados a
la dictadura regenteada por Videla y Martínez de Hoz, se permitieron
--con afán crítico "presente"-- comparar a
Hugo Chávez, elegido nueve veces a través del voto libre, secreto y
universal, con aquél régimen.
Si el actual camino de unidad subcontinental se deteriora, las primeras
víctimas serán los pueblos del Sur. Todo lo demás es cháchara promovida
por los militantes de nuestra pobreza. Nítidos herederos de aquellos que
desde estas mismas tierras combatieron a
Simón Bolívar y
José de San Martín.
Nuestro crecimiento es su derrota. Nuestra unidad, su peor pesadilla.
Gabriel Fernández es Director Revista
Question Latinoamérica / Director La Señal Medios