Según ha dicho el
compañero Gabriel Mariotto, hay una determinación firme para
avanzar en la nueva Ley de Radiodifusión, más ecuánime y
democrática.
Ella permitiría el
acceso al aire de gremios, universidades, cooperativas,
organizaciones sociales y populares en general.
Como si esto fuera
poco, parece que habrá modificaciones en la televisión por
cable. Y se habla de un nuevo canal de aire, destinado a
morigerar la influencia de la torpeza presente.
Aunque también se
habla del triple play; sea cual fuere la resolución en ese
plano, cualquier apertura damnificaría la monopolización.
Eso no es todo.
Cuentan los amigos que habrá un rediseño en la política estatal
hacia Papel Prensa. Y que varios empresarios meterían mano en
las acciones de Clarín, especialmente en las que posee Goldman
Sachs.
Un verdadero e
interesante batifondo, propio de tiempos dinámicos atravesados
por intereses diversos. Propio, también, de los remezones que
provoca un pueblo en las calles, aunque (casi) nadie lo enfoque.
Si usted, lector,
llegó hasta aquí, es porque le interesa el asunto. Ya debe haber
leído las declaraciones de los funcionarios, el pataleo de los
colegas de la claringrilla, y los pareceres de tipos como
Fontevecchia, Lanata y Grondona.
Es probable también
que conozca los reclamos de las radios comunitarias, los
planteos de las agencias de Internet y los pronunciamientos de
algunas vertientes políticas populares.
¿Qué le parece si
vamos hacia otro perfil del mismo asunto? Lea tranquilo, prepare
el mate. Afloje la espalda.
Antes, una
aclaración: es muy -pero muy- probable que más tarde
o más temprano, el despliegue de la tecnología, pese al control
y todas las mañas empresariales, derive en una nueva
democratización parcial de la
comunicación.
A decir verdad, no
hay con qué darle. Hoy las radios entran en una caja, las
televisoras en una habitación, las computadoras más o menos
potentes permiten emitir textos, audios, imágenes.
En breve, la
tendencia se acentuará. Y si bien habrá una brecha entre ellos y
nosotros, el asunto se complejizará para quienes anhelan tener
la manija sobre todo lo que se escribe, se dice y se muestra.
Claro: de cumplirse
las mejores previsiones antes planteadas, los cambios llegarán
más temprano y no más tarde. En cualquier caso, nadie dejará
nada sin pelear, nadie conseguirá algo sin dar batalla.
Pero la
preocupación que queremos plantear es más o menos así.
Resulta que el medio no es el mensaje. Resulta que el mensaje se
adecua y se transfigura según el medio; pero el medio no es el
mensaje.
Sabrá disculpar esta
obviedad que sin embargo resulta escandalosa para muchos
teóricos de la comunicación: el mensaje es el mensaje.
Si el zapping es
imponente, la transmisión cobrará espectacularidad; si la
lectura disminuye, la síntesis resultará determinante; si la
capacidad de atención es menor, la musicalización y los cortes
pondrán los límites.
Y será -porque es-
cierto todo: que no se puede ir a fondo en un análisis breve,
que una toma de pocos segundos implica un sesgo, que si la idea
no se explaya, se olvida. Todo un problema conceptual y técnico.
Pero el mensaje es
el mensaje. Porque en una elaboración, corta o extensa, rasgada
o sesuda, llamativa o densa, hay un contenido.
Los medios de
comunicación en la Argentina -de izquierda a derecha, de arriba
abajo, grandes y chicos- tienen una endeblez
en su trasfondo que debería preocupar al Estado, a los centros
de estudios, a los directivos y a los periodistas.
El público también
debería preocuparse.
La vergüenza que
implica para una sociedad el sentido canalizado por el
periodismo en los tiempos recientes es el emergente de una
realidad generalizada. Los movileros racistas, los comentaristas
antidemocráticos, los conductores antipopulares, los analistas
económicos antinacionales, configuran un cuadro certero del
drama cultural.
En los centros de
estudios -estatales y privados- a los cuales concurren los
jóvenes estudiantes de la comunicación, se desconoce la
verdadera historia del periodismo argentino.
Pero también, como
no podía ser de otra manera, se ignoran obras centrales del
pensamiento nacional. Autoridades, docentes, directivos de
medios, periodistas, consideran que la aproximación a los textos
de Arturo Jauretche y
Raul Scalabrini Ortiz, por mencionar
apenas dos emblemas, no guarda relación con la cobertura de las
informaciones de actualidad.
Hay quienes ni
siquiera han oído hablar de ellos. Hay quienes piensan que son
antiguos. Hay quienes suponen que no resisten el zapping, la
síntesis y los cortes. Hay quienes infieren que es pura
charlatanería.
Se forman con nada,
en muchos casos, que es lo mismo que hacerlo con las ideas
circulantes emitidas por las usinas culturales. Con textos
conservadores y liberales, en otros, preferentemente surgidos de
la teoría estadounidense. Con materiales progresistas y hasta
populares, varios, de origen europeo y con real valía para su
propio entorno.
Así surgen cosas muy
interesantes. El asedio vulgar del locutor
rápido contra un reclamo social. La exigencia de libertad para
los dueños de los medios por parte de un empleaducho. El clamor
antiestatal del que cree en el equilibrio de las fuerzas del
mercado.
Pero también: el
descreimiento en las elecciones del analista rebelde; el llanto
naturalista del periodista ecólogo; el no me caso con nadie del
comentarista independiente; el son todos ladrones del
denunciante enfático y libertario.
De todo, menos el
análisis de fondo -con todos los recursos técnicos para la
captación de lectores y audiencia que se deseen o se precisen-
de quien informa y analiza la realidad desde el pueblo y desde
el sur. Es decir, como Rodolfo Walsh, posicionado
social y geográficamente.
Eso no es todo.
Nuestros funcionarios, docentes, directivos de medios y
periodistas, se privan de la comprensión que generan la
observación y el conocimiento. Veamos algunos ejemplos.
Jauretche
permite a quien lo lee con detenimiento quebrar el circuito de
ideas razonables, admitidas y prestigiadas. Una vez que el
lector se zambulle en su universo, percibe que los esquemas que
ha recibido durante años se desmoronan y siente la saludable
sensación de un mirar sin vidrios opacos.
Ni siquiera
importa que el tigre del moñito haga referencia a hechos
pasados, a personajes muertos, a situaciones ya inexistentes. De
lo que se trata es de aprehender el desenfado para palpar la
realidad, vivirla, sentirla y razonarla, desde un mirador
popular regional que hace estallar las otras perspectivas,
asentadas en intereses y zonas lejanas.
Por vueltas que le
demos, el conflicto agropecuario ha sido difundido y comentado
desde el interés de la Sociedad Rural Argentina y desde la
cultura antipopulista del Norte del continente. Es decir, muy
pocos medios y periodistas lo encararon desde el interés del
poblador común argentino y desde la experiencia histórica del
sur continental.
Y así siguiendo, con
los demás temas.
Hemos visto, con
satisfacción, que numerosos agrupamientos juveniles adoptan los
nombres de personajes de la cultura nacional
para identificarse. También, que bandas musicales suelen
reivindicarlos en sus canciones. Se trata de pasos trascendentes
para la divulgación de obras capitales.
Pero también
comprobamos que rara vez semejantes homenajes nominales se
convierten en acciones claras destinadas al sencillo hecho de
lograr el conocimiento concreto y profundo de esos trabajos. Que
los mismos militantes desconocen las figuras que hacen flamear.
Y que no hay iniciativas enérgicas para insertar los textos en
la formación diaria.
A ver si nos
entendemos: en pocas zonas del continente ha surgido un
pensamiento, y por tanto un periodismo, tan original y certero
como en nuestro país, pero el mismo está censurado -eso sí es
censura, no el rechazo de un articulito- en los espacios de
investigación y estudio, y por supuesto en los medios.
Así, los periodistas
actuales más perspicaces, deben lanzarse sin herramientas a
desbrozar toda una trama económica, política y cultural
arrancando de cero. Como si no existieran sólidos, variados y
útiles antecedentes que pudieran permitirles orientarse con
celeridad ante realidades cambiantes, pero con rastro
detectable.
Ahora se viene una
lidia en verdad profunda. Y se potencian,
entonces, nuestras responsabilidades. Muy bien por los hombres y
mujeres de Estado que, al fin -al fin- observaron que entregar
la comunicación de un país a un puñado de empresas constituye un
hecho antidemocrático.
Ya los sindicatos
salieron a exigir medios. Bien por ellos. Y los alternativos,
comunitarios o como se los quiera llamar, plantearon sus
derechos. Y las cooperativas, con toda justicia, clamaron un
lugar. Y habrá más, porque la sociedad argentina es rica en
elaboración, en creatividad.
Nos sumamos a esas
demandas y consideramos valioso que las franjas populares las
hagan propias, pues de allí nacen, allí se alimentan y allí han
de desplegarse las mejores experiencias comunicacionales de este
trozo del mundo.
Sin embargo, con la
satisfacción de ver plasmadas tantas exigencias formuladas por
reducidos núcleos de trabajadores de prensa y pensadores
nacionales en cien años de (relativa) soledad, nos permitimos
interpelar a los voceros de ese clamor acerca de los contenidos
que piensan insertar en los medios que, más tarde o más
temprano, surgirán o crecerán en los tiempos venideros.
Porque el medio no
es el mensaje. A decir verdad, el lugar del
mirador es el mensaje.
Quien no quiebre la
cultura y la información hegemónicas, ¿para qué quiere un medio?
¿Para imitar a Lanata (o peor, a Grondona), desde un espacio más
cálido, más trasgresor o más humilde?
Sabemos que en los
lugares alternos que se han expresado con altavoz en los tiempos
recientes, late la garra jauretcheana para dar la pelea
conceptual que brinda "volumen de juego" a las luchas
callejeras. Es preciso, ahora mismo, empezar a tirar de la punta
correcta de la razón para desgarrar en mil pedazos el oscuro
manto que ha aprisionado las voces de la vida misma, por
décadas, en esta hermosa provincia de la Patria Grande llamada
Argentina.