210807
- La Excepción -
El gobierno de
José Luis Rodríguez Zapatero ha implantado en el sistema educativo
español la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía (EpC). Esta
medida ha suscitado reacciones muy diversas, entre las que destaca el
radical rechazo de la jerarquía de la Iglesia Católica Romana (ICR) y de
las organizaciones civiles que la apoyan. Argumentan que la asignatura
es una herramienta de adoctrinamiento con la que el gobierno pretende
inculcar en los niños y jóvenes españoles los “antivalores” de su
programa social, que consideran anticristiano y totalitario.
Los contenidos de la materia se han
concretado en los dos Decretos de Enseñanzas Mínimas de la EpC: el
de Primaria (
RD 1513/2006, de 7 de diciembre , BOE de 8.12.06, págs.
43080-43082) y el de Educación Secundaria Obligatoria (
RD 1631/2006, de 29 de diciembre , BOE de 5.1.07, págs.
715-721). Cualquier análisis y opinión sobre la asignatura debe
basarse sobre la lectura cuidadosa de estos documentos.
Hace años que se enseña educación para la ciudadanía
Quienes conocen el sistema educativo
de las últimas décadas, al leer los decretos comprobarán que la
nueva asignatura no supone una innovación. Hace años que se está
impartiendo educación para la ciudadanía en España, si bien no con
ese nombre. Los contenidos que se le han asignado se corresponden en
gran medida con los de la Ética de 4º de Educación Secundaria
Obligatoria (ver una
comparación entre la programación de la nueva EpC y la de Ética en
julio de 2003 , aprobada por el gobierno del Partido Popular).
La única diferencia es que en EpC se pretende primar la dimensión
práctica de los valores, que se presentaban de forma más teórica en
Ética. Pero es una diferencia poco significativa, pues la propia
legislación anterior viene instando permanentemente a dotar a las
áreas de un sentido práctico, y muchos profesores, siguiendo los
imperativos de una educación significativa, ya vienen aplicando una
metodología como la que propone EpC tanto en Ética como en otras
áreas. Hay que destacar también que una parte importante de los
contenidos de EpC figuraban ya en el área de Ciencias Sociales,
Geografía e Historia.
Además, desde la LOGSE (1990), este
tipo de contenidos están presentes en los temas transversales
(TT) que el currículo obliga a integrar explícitamente en las
programaciones de todas las áreas (los TT son: Educación para la
Salud, Educación Medioambiental, Educación para la Convivencia y la
Paz, Educación para el Consumo, Educación para la Igualdad de los
Sexos, Educación Vial y Educación Multicultural). Asimismo, en las
tutorías lectivas de la ESO los profesores trabajamos
constantemente contenidos, procedimientos y, sobre todo, actitudes
como las que recoge el programa de la nueva asignatura. En todos
estos ámbitos hace muchos años que los alumnos participan en
actividades sobre derechos humanos, responsabilidad ciudadana,
valores universales, etcétera, muy similares a lo que ahora la EpC
sistematiza en una asignatura más definida.
¿Por qué entonces el gobierno ha
introducido la nueva materia? ¿Acaso por la pretensión de adoctrinar
a los jóvenes en ideologías siniestras y de someter sus conciencias?
Frente a la idea de que esta asignatura es una iniciativa caprichosa
de Zapatero, hay que aclarar que la medida responde a directrices
del Consejo de Ministros del Consejo de Europa, que designó 2005
como
Año
Europeo de la Ciudadanía a través de la Educación , instando a
los gobiernos a «desarrollar las recomendaciones mediante el
desarrollo de políticas de Educación para la Ciudadanía Democrática
y su puesta en práctica en sus programas educativos». «Cada país
desarrollará su propio programa dependiendo de sus intereses y
necesidades específicas», añade el documento. No hay más que leer
los Decretos de Enseñanzas Mínimas de la EpC para comprobar que
reproducen con fidelidad la
Recomendación del Consejo de Ministros de la Unión Europea [Rec
(2002) 12], sobre Educación para la Ciudadanía en los países
miembros.
EpC no es por tanto ninguna
innovación educativa, sino una condensación de áreas, contenidos y
objetivos curriculares dispersos pero notablemente presentes desde
hace muchos años, reunidos ahora en una asignatura con nombre
propio, según las directrices comunitarias.
Como profesor de Ciencias Sociales en
Enseñanza Secundaria, que eventualmente podría llegar a impartir la
asignatura, me cuestiono si una materia como EpC era necesaria.
En la medida en que la recomendación comunitaria no es imperativa, y
dado que todo cambio en el sistema educativo es complejo, caro y
burocráticamente engorroso, creo que el gobierno podría haber
considerado ya implantada la EpC en el currículo, limitándose a
potenciar su desarrollo en los ámbitos educativos que he expuesto
anteriormente.
Ahora bien, una vez puesta en marcha,
sería contraproducente echarla abajo, como pretenden la ICR y
el PP. En caso de que este último ganara las elecciones generales de
marzo, sus dirigentes han prometido suprimirla, de modo que nos
veríamos inmersos en otro inútil proceso de cambios en educación; y
la creciente crispación partidista aleja del horizonte la
posibilidad del necesario pacto educativo entre los partidos
políticos y los principales agentes sociales y educativos. Aun
cuando el próximo gobierno la mantuviera, EpC ha nacido
prácticamente muerta, como señala el filósofo José Antonio Marina,
uno de sus promotores (Periodista Digital, 10.7.07), por
culpa de quienes la han manipulado hasta extremos insólitos.
Si ya se enseñaba, ¿a qué
viene este revuelo?
El cardenal Rouco Varela, líder
principal de los opositores a EpC, considera que «apenas se podría
imaginar un intérprete metodológicamente riguroso del derecho que
quisiera recurrir a la argucia hermenéutica de negar a los padres el
derecho a “la formación ética” e “ideológica” de sus hijos, y
atribuírselo al Estado» (conferencia ante la Academia de Ciencias
Morales y Políticas de España, 29.5.07). Lo curioso es que la
asignatura de Ética, con contenidos similares a los de EpC, y que
con la LOGSE dejó de ser alternativa a la Religión Católica, hace
muchos años viene siendo obligatoria para todos los alumnos en 4º de
ESO en la mayoría de las comunidades autónomas (incluidas las del
Partido Popular). Pero jamás hubo una movilización social como la
que ahora encabezan la jerarquía romanista y el PP. En su artículo
¿Donde estaban los promotores de la objeción cuando…? , Julián
Moreno (profesor católico que, aun siendo contrario a la
implantación de EpC, denuncia valientemente las manipulaciones de
sus obispos) compara el temario de una asignatura aprobada como
optativa por la LOCE (del PP), e impuesta como obligatoria en la
Comunidad de Madrid, con los contenidos del libro de EpC de José
Antonio Marina; y observa: «Fíjense que la nueva asignatura es
una versión más moderada y con menor contenido ético que la
asignatura de ética. ¿Por qué nadie protestó entonces cuando el
PP convirtió en obligatoria la asignatura de Ética en la Comunidad
de Madrid? ¿Por qué tampoco se dijo entonces que la asignatura de
ética era una injerencia del estado para dominar las conciencias de
los jóvenes que la cursaran?» (añadimos destacados en todo el
artículo).
Como indica en una entrevista Manuel
de Castro, sacerdote salesiano y secretario general de la Federación
Española de Religiosos de la Enseñanza-Centros Católicos
(FERE-CECA): «Lo que sorprende es que los grupos que ahora se oponen
a la asignatura con tanta contundencia, no dijeron nada cuando, en
el mandato del PP, se aprobó la LOCE y en la asignatura obligatoria
de Ética aparecieron temas ahora criticados y retirados de Educación
para la Ciudadanía» (ABC, 9.7.07; ver también
Educar para una
ciudadanía activa , por Adela Cortina). De Castro tiene razón,
pero es ingenuo: la reacción episcopal sorprendería si esperáramos
coherencia en estos colectivos; pero no sorprende si entendemos que
esta lucha no es una cuestión de principios, sino de poder,
como ocurrió con
la polémica sobre el matrimonio homosexual . De hecho, algunos
representantes del catolicismo conservador (teólogos como González
de Cardenal, centros educativos, medios de comunicación) han
expresado su opinión sobre la EpC, que en algunos casos es contraria
a la misma, desde una posición de crítica constructiva, pero sin
llamar a la rebelión contra la legalidad, mostrando la vía que
los obispos podrían haber seguido de haber sido su objetivo sólo
la oposición a la asignatura. Pero la campaña de éstos va
mucho más allá, como veremos.
La propia Comisión General de
Justicia y Paz, institución dependiente de la Conferencia Episcopal
Española, comunica en una carta del 16.7.07 al presidente de la CEE
que son conscientes de que «en algún caso pueden existir otros
contenidos o algunas formas de impartir la asignatura aceptados por
una parte de los ciudadanos españoles y no por otra», y señalan, con
acierto: «Esto mismo ocurre en otras muchas materias que se
imparten en nuestra escuela. Es por ello, que también es a
los padres a los que les corresponde el velar por que los contenidos
de esta asignatura y de otras no sean convertidos en un
adoctrinamiento al servicio de una ideología concreta». Son
conscientes de que los posibles inconvenientes de la nueva
asignatura no suponen para los padres católicos una novedad en la
educación española, de ahí la incoherencia de la posición actual de
los obispos. Y concluyen: «La Iglesia debe dar orientación que ayude
a la toma de postura de sus fieles, pero debe admitir también que
los católicos pueden y deben disentir en aquellos aspectos que no
afectando al dogma violenten su conciencia».
En realidad los obispos romanistas
no han argumentado con fundamento en qué consiste su rechazo a los
contenidos mínimos de la asignatura establecidos por el
Ministerio de Educación. Se limitan a una descalificación general de
los mismos indicando que responden a «una antropología que sólo
algunos comparten», y afirman que «sus contenidos son perjudiciales
para el desarrollo integral de la persona» (documento de la
Conferencia Episcopal de 28 de febrero de 2007 –que citaremos como
CEE 28.2.07–, nº 12), y manifiestan un insistente miedo a todo lo
relacionado con la homosexualidad, hasta el punto de que rechazan
«el nuevo concepto de “homofobia”», bajo el cual, según ellos, «se
esconde una visión de la constitución de la persona más ligada a las
llamadas “orientaciones sexuales” que al sexo». No han sido capaces
de enumerar más contenidos dignos de rechazo o sospecha.
Por ello han de recurrir a
deformaciones de los textos legales. Repiten incansablemente la idea
de que se pretende adoctrinar en la perversa “ideología de
género”, ¡sólo porque aparece esa palabra en disposiciones
tan irreprochables como ésta!: «reconocer y rechazar situaciones de
discriminación, marginación e injusticia e identificar los factores
sociales, económicos, de origen, de género o de cualquier otro tipo
que las provocan» (RD para Primaria, BOE 8.12.06, Anexo 2). Rouco se
escandaliza porque «en los temas del Bloque 2 de “la Educación para
la Ciudadanía y los derechos humanos”, dedicado a las “relaciones
interpersonales y participación”, se incluye, entre otros temas a
primera vista doctrinalmente menos problemáticos, el de los “afectos
y emociones” y el de “la valoración crítica de la división social y
sexual del trabajo y de los prejuicios sociales racistas, xenófobos,
antisemitas, sexistas y homófobos”; y, entre “los criterios de
evaluación”, se propone como primero: “identificar y rechazar, a
partir del análisis de hechos reales o figurados, las situaciones de
discriminación hacia personas de diferente origen, género,
ideología, religión, orientación afectivo-sexual y otras, respetando
las diferencias personales y mostrando autonomía de criterio”»
(29.5.07).
Siendo estos contenidos aceptables
para cualquier ética ética o religión compatibles con/defensoras de
los derechos humanos e irreprochables desde el punto de vista
democrático, su único argumento en contra es la sospecha de
que tras ellos pueda agazaparse una ideología diferente a la que
expresan. ¡Como si esta sospecha (que está en su mente y no en el
texto) tuviera la virtualidad de concretarse en acciones educativas!
Analicemos el texto citado por Rouco. ¿Somos conscientes de a qué
se están oponiendo los obispos católicos?
Estos líderes de opinión están
haciendo creer a muchos padres que si sus hijos cursan la
asignatura, estarán expuestos desde el primer al último día a un
adoctrinamiento sobre materias sexuales. Consideran que, cuando
menos, sufrirán un lavado de cerebro para acabar glorificando el
matrimonio homosexual; o que, en el peor de los casos, se
convertirán en apologistas o practicantes de las opciones sexuales
más variadas.
En primer lugar habría que decir
que los asuntos sexuales apenas aparecen sugeridos en los
decretos; y en ellos no figuran en unos términos que vayan más
allá de los que, disgustado (¿?), cita Rouco (es decir,
rechazo de la discriminación por orientación sexual). Es más, el
objetivo 6 de EpC para Secundaria habla de «valorar la diferencia de
sexos y la igualdad de derechos entre ellos», formulación que no se
ajusta a la imagen que transmiten los obispos de la “ideología de
género” concebida como herramienta para diluir las identidades
sexuales. No hay ninguna otra referencia a la sexualidad (sí las
hay, en cambio, en normas muy anteriores sobre educación sexual, que
se vienen impartiendo en el sistema educativo desde hace años sin
que presenciáramos movilizaciones como las actuales). Muchos
españoles se sorprenderán al comprobar que el matrimonio
homosexual y los diferentes modelos de familia no aparecen ni
explícita ni implícitamente en los textos, pues éste es uno de
los motivos esgrimidos por los obispos para oponerse a la
asignatura. La familia se estudia en la ESO sólo «en el marco de la
Constitución Española» (bloque 2 de los cursos 1º a 3º).
En segundo lugar, atendamos a las
palabras de Beatriz Gimeno, ex presidenta de Lesbianas, Gays y
Transexuales: «Me hubiera gustado que la asignatura de Educación
para la Ciudadanía reconociera más ampliamente o protegiera mejor la
diversidad tanto de los modelos de familia como sexuales. Eso estaba
en los primeros borradores, pero luego nuestra presencia se fue
cayendo. Me hubiera gustado que hubiera quedado más claro que la
homofobia, como el sexismo o el racismo, son actitudes que se deben
erradicar. Es algo que pudo ser y no fue» (El País, 8.5.07).
Notemos por un lado que lo que ella deseaba respecto a la homofobia
es algo que se supone que cualquier ciudadano, obispos incluidos,
desea.
¿Y por qué «pudo ser y no fue»?
Porque el Ministerio de Educación no elaboró los decretos sentado en
una mesa a solas con los representantes gays, sino que contó con la
colaboración de un amplio abanico de organizaciones, entre las que
estaban, entre otras, la propia Cáritas (dependiente de los obispos)
y la organización católica FERE-CECA. Como explica su secretario
general, Manuel de Castro, en la citada entrevista, los
representantes de los centros católicos lograron «que el
Ministerio de Educación retirara de los programas de Educación para
la Ciudadanía los contenidos que más invadían ámbitos reservados a
la familia y a la moral personal, por ejemplo las menciones a
tipos de familia o a la educación sexual. Conseguido esto, y como
sabíamos de nuestra capacidad legal para adaptar la asignatura al
ideario propio de nuestros centros, convicción que fue ratificada
por sentencias del Tribunal Constitucional y por el propio
Ministerio, seguimos adelante. […] Como centros católicos teníamos
que agotar el diálogo con la Administración antes de llegar a las
posiciones de beligerancia y de confrontación y debíamos proceder
con independencia política. Los primeros borradores eran para
nosotros inaceptables de todo punto porque no respetaban la libertad
de enseñanza y, como no fueron modificados, apoyamos y acudimos a la
manifestación del 12-N. […] Pasada la manifestación, el presidente
del Gobierno nos ofreció una posibilidad de diálogo y acudimos.
Dijimos que no era nuestra ley, pero que llegamos a unos mínimos que
la hacían medianamente aceptable».
Pero los obispos no quieren
negociar ni dialogar, y al igual que
aspiran a imponer a los legisladores los límites morales de todas
las leyes, exigen su programa máximo en educación, a pesar de que el
gobierno actual no sólo ha mantenido la oferta obligatoria de la
asignatura de religión, sino que ha ido más allá que otros gobiernos
anteriores al equiparar salarialmente la condición de estos
profesores, y a pesar de que ha sido bajo su legislatura cuando el
Tribunal Constitucional ha apoyado a la Conferencia Episcopal en su
deseo de controlar la vida privada de estos docentes para determinar
si son dignos de impartir la asignatura (ver nuestra
apostilla a “Profesores de Religión denuncian que el TC les confunde
'con sacerdotes o monjas'” ). Por no hablar de la generosa
modificación en el sistema de financiación de la ICR a través del
IRPF.
Leyendo una y otra vez los decretos
de Enseñanzas Mínimas de la EpC citados anteriormente, no se pueden
hallar ninguno de los fantasmas y monstruos morales contra los que
los obispos y sus seguidores están alertando. Seguramente la gran
mayoría de los padres que están presentando la objeción de
conciencia contra la asignatura no han leído esos decretos; de
ahí que al menos se pueda confiar en que, quizá
bienintencionadamente (pero manipulados), pretendan librar a sus
hijos de una educación perniciosa. Pero los jerarcas eclesiásticos y
los juristas y profesionales que los apoyan conocen las
disposiciones, y saben que de ningún modo se corresponden con la
distorsión de los mismos que están transmitiendo a la sociedad.
¿Una asignatura
“anticristiana”?
Las mentiras y manipulaciones de los
obispos católicos son incontables. El cardenal Cañizares denuncia:
«Si esta debería ser la materia del bien común, ¿cómo se puede
educar en la ciudadanía sin una sola mención al bien común?»
(Veritas, 17.11.07). La ICR no sólo pretende trasplantar su
ideario al sistema educativo público, sino que además exige que se
haga ateniéndose a su propia terminología teológica. El “bien
común” está claramente presente en la legislación. El Decreto de
Enseñanzas Mínimas de EpC para la ESO afirma que «esta nueva materia
se propone que la juventud aprenda a convivir en una sociedad» que
«incluya como referente la universalidad de los derechos humanos» y
habla de la «adquisición de actitudes y virtudes cívicas» (frente a
las mentiras de quienes dicen que la virtud es un concepto
desterrado de esta asignatura). Los decretos insisten una y otra vez
en la necesidad de concienciar a los alumnos no sólo sobre sus
derechos, sino especialmente sobre la asunción de las propias
«responsabilidades y deberes individuales» y la «necesidad de
dotarnos de normas para convivir». Y el criterio de evaluación 4 en
4º de ESO establece explícitamente la necesidad de «reconocer los
Derechos Humanos como principal referencia ética de la conducta
humana»; ambos decretos afirman que «los derechos humanos tienen
carácter universal». Hay referencias a la Declaración Universal de
los Derechos Humanos (DUDH) a lo largo de todo el texto legal.
Sin duda, cada docente o cada padre
introduciría algunos puntos más en los temarios, pero tal como han
quedado configurados tras el consenso promovido por el Ministerio,
representan bastante equilibradamente los valores fundamentales
de una sociedad democrática, algo que, al margen de lo eficaz
que la asignatura pueda resultar, resulta digno de apreciar. Máxime
en una sociedad cada vez más diversa social y culturalmente, en la
que promover unos mínimos éticos comúnmente reflexionados y asumidos
se muestra cada día más necesario. Resulta paradójico que ciertos
sectores que por un lado muestran su preocupación por la pérdida de
nuestra “identidad cultural” ante la “avalancha” inmigratoria, se
encuentren entre los opositores a esta asignatura, que busca enseñar
la igualdad y los valores democráticos.
Es cierto que la religión no ocupa el
lugar destacado que, en su obsesión neoconfesionalista, la ICR
desearía, pero se menciona suficientemente como para que las
programaciones de aula la tengan en cuenta muy positivamente, pues
en varios puntos se establece que «la acción educativa debe permitir
a los jóvenes asumir de un modo crítico, reflexivo y progresivo el
ejercicio de la libertad, de sus derechos y de sus deberes
individuales y sociales en un clima de respeto hacia otras
personas y otras posturas morales políticas y religiosas diferentes
a las suyas». No hay ni una sola referencia negativa a la
religión. ¿O es que los obispos romanistas desean una mención
específica a su confesión?
El objetivo 5 del área en la ESO
dice: «Defender la igualdad de derechos y oportunidades de todas las
personas, rechazando las situaciones de injusticia y las
discriminaciones existentes por razón de sexo, origen, creencias,
diferencias sociales, orientación afectivo-sexual o de cualquier
otro tipo». El criterio de evaluación 2 en 4º de ESO reza así:
«Diferenciar los rasgos que caracterizan la dimensión moral de las
personas (las normas, la jerarquía de valores, las costumbres, etc.)
y los principales problemas morales». Y el número 3 habla de la
«conquista de los derechos y libertades en Occidente», respondiendo
así a quienes aseguran (los hay…) que la asignatura está teñida de
un relativismo cultural que pretende poner fin a nuestra
civilización y
abrir la puerta a un extremo laicismo masónico (¿?) y al
islamismo radical (¡¡!!). ¿Es relativista decir que «el estudio de
los Derechos Humanos desde la perspectiva ética y moral lleva al
alumnado a la comprensión de los fundamentos morales de la
convivencia» o que la DUDH es un «referente ético universal» (RD
1631/2006)?
Quienes arguyen que la asignatura es
una herramienta más para la disolución de España, deben leer en el
decreto de Primaria que a través de EpC los alumnos adquirirán
«conciencia de su pertenencia a un país y de formar parte de una
sociedad global», así como las numerosas referencias a la
Constitución Española (a la que se alude permanentemente en los
bloques de contenidos, dedicándosele gran parte del bloque 4 en los
cursos 1º a 3º de ESO). No hay la más mínima referencia a la
laicidad, el laicismo y la separación de la iglesia y el
estado (como por otro lado había sido deseable, tanto desde una
perspectiva democrática como desde un punto de vista cristiano:
ver
Mateo 22: 21 y
Juan 18: 36 ).
Los promotores de la asignatura (el
propio gobierno), así como numerosos colectivos católicos, han
expresado una y otra vez su sorpresa por la reacción episcopal, dado
que los contenidos de EpC en ningún modo son anticristianos; es más,
se aprecia una notable huella cristiana en la gran mayoría de sus
planteamientos, así como en sus fundamentos ideológicos, que
apelan a la solidaridad, el respeto, el diálogo, la igualdad, el
«reconocimiento de la dignidad de todas las personas» o la
«universalización de las propias aspiraciones y derechos para todos
los hombres y mujeres» (decreto de Primaria), por poner unos
ejemplos. Esta sorpresa se fundamenta en un grave error de base,
cual es asumir que de algún modo la jerarquía católica es
representante del evangelio cristiano, y por tanto su radicalismo
actual sería un error o una desviación. Pero lo cierto es que la
historia demuestra que la Iglesia Católica nunca ha seguido el
evangelio y, aunque en su seno hay multitud de personas y colectivos
que, en mayor o menor grado, buscan inspiración en la Biblia, la
organización oficial se opone frontalmente a los valores bíblicos
(ver
Apostasías ).
Está muy generalizada hoy en día la
creencia de que el sistema educativo formal es la influencia
decisiva en la formación de la personalidad de los niños y
adolescentes. Esta concepción tiene dos consecuencias graves: por un
lado muchos consideran que la introducción de modificaciones o
novedades legislativas en el sistema se traducirá casi
automáticamente en cambios sociales; creen que si la escuela
actual transmitiera valores como el respeto y el civismo, la
sociedad sería sustancialmente diferente. Por otro lado, los
padres, considerando que en la escuela sus hijos aprenden todo,
delegan sobre ella la responsabilidad de transmitir
conocimientos, valores e incluso creencias.
Los legisladores, y también en este
caso sus adversarios, parecen empeñados en creer que lo que se
programa es lo que los alumnos aprenden, cuando en realidad su
formación se compone de múltiples factores sociales, algunos de
ellos con un peso mucho mayor que el de la escuela. Lo que
nuestros hijos hagan depende fundamentalmente de lo que desde
pequeños les hayamos transmitido en la familia, especialmente con el
ejemplo. Ya durante la niñez otras dos influencias irrumpen,
desgraciadamente cada vez en edades más tempranas, en la formación
de las mentes infantiles: por un lado las pantallas; ya no sólo la
televisión, sino toda la iconosfera que envuelve a los jóvenes en un
mundo virtual, que puntualmente puede contribuir a una educación
sana, pero que por lo general idiotiza, convirtiéndose en factor
deseducador. Por otro lado, el grupo de compañeros con los que (a
veces desde bebés) pasan muchas horas al día, en las que los padres
no pueden supervisar la interacción y la integración social de sus
hijos. A partir de la preadolescencia, el grupo de amigos se
convierte en referencia fundamental, hasta el punto de que los
padres van siendo desplazados y pierden así gran parte de su
capacidad educativa.
En síntesis: los niños hacen
primero aquello que viven en su familia; en segundo lugar aquello
que ven en las pantallas y entre sus compañeros. Estos dos
últimos factores ocupan cada vez con mayor frecuencia y más
tempranamente el primer lugar entre las influencias educativas de
los más jóvenes.
En cuanto al tercer factor, la
escuela, algo que parece ignorarse en este debate es que el
principal sesgo ideológico que reciben los alumnos no está en los
programas educativos, sino en los profesores y en todo el contexto
educativo. Los alumnos siempre (en el franquismo, en la
Transición, hoy…) han recibido una formación ideológica a través del
llamado “currículum oculto”, aquel que, sin aparecer de forma
explícita en los programas, impregna la vida educativa de modo
generalmente mucho más impactante que los propios contenidos
explícitos. Este currículum está formado por la metodología
educativa, los valores (tanto los compartidos como los disidentes)
de todos los miembros de la comunidad educativa, los
mecanismos organizativos del centro (democráticos o no), las
conversaciones e interacción con el profesorado y los compañeros
(que suelen ocupan tanto tiempo de clase como el currículum oficial,
cuando no más), etcétera.
Todo esto siempre ha estado presente,
para bien y para mal. Para bien, en la medida en que en las últimas
décadas muchos profesores estamos tratando de promover entre
nuestros alumnos valores democráticos y cívicos, independientemente
de las áreas que impartamos (tal y como los temas transversales
exigen). Para mal, en la medida en que nuestras limitaciones
personales y las trabas institucionales, cuando las hay, nos impiden
realizar esa labor con eficacia. También para mal cuando la
condición moral de algunos docentes no responde al ideal que muchos
desearíamos para nuestros hijos, a pesar de lo cual están
expuestos a su influencia. No se puede educar para la salud con un
cigarrillo en la mano; ni educar para la convivencia con un talante
autoritario e intransigente, o por el contrario excesivamente
apocado e indulgente; ni educar para la ciudadanía instalado en los
valores hedonistas (ver
Progres:
el ocaso de una pose ). En cuanto a esto último, hace décadas
que los alumnos españoles están escuchando en boca de sus profesores
discursos políticos y sociales impregnados del “espíritu progre”,
asistiendo a clases de educación sexual en las que se da por hecho
que todos los adolescentes mantienen relaciones íntimas, estudiando
sistemas de pensamientos relativistas y escépticos, etcétera. Pero
hasta ahora nunca se había asistido a una movilización
“conservadora” como la que estamos viviendo estos días (ni siquiera
durante los ocho años de gobierno del PP).
Es cierto que la nueva asignatura
es una plataforma para la transmisión de valores,
y que entre éstos podrían plantearse aquellos que más miedo
parecen provocar a las autoridades católicas. Pero no dejaría
de ser un espacio que ya estaba abierto hace décadas en otras
áreas. Y los profesores que impartan la asignatura serán los mismos
que vienen influyendo sobre los alumnos a través de ellas y mediante
el currículum oculto. No hay ningún cambio sustancial.
Por otro lado, son los profesores
quienes realizan las programaciones de aula y quienes las ponen en
práctica, y al hacerlo sus propios valores personales impregnarán la
labor educativa. Si la nueva asignatura pudiera llegar a ser una
plataforma para que el profesor “progre” haga una defensa encendida
del matrimonio homosexual, también lo es para que el profesor
“conservador” pueda presentar ante sus alumnos que, al margen de la
legalidad establecida en España sobre este asunto y sin menoscabo de
la condena de la homofobia, las opiniones sobre la cuestión son
diversas. La propia Conferencia Episcopal admite que en la
enseñanza pública «son muchos también los maestros y profesores
que, explicando matemáticas o cualquier otra asignatura, ofrecen a
sus alumnos el ejemplo de una tarea educativa hecha con dedicación,
competencia, respeto y cariño por los niños y jóvenes. Su labor es
exigente y sacrificada. Nuestro agradecimiento y nuestro aliento se
dirige a todos ellos, en particular, a quienes de ese modo dan
testimonio silencioso o explícito de su fe católica» (CEE 28.2.07,
nº 19).
En la jornada de estudio sobre EpC
organizada por la Conferencia Episcopal, los participantes en la
mesa redonda formularon algunas propuestas como «el ejercicio de la
libertad de cátedra que fue ampliada por la Constitución también a
niveles de enseñanza básica, en el sentido de que desde la
Administración únicamente se le puede decir al profesor de qué tiene
que hablar pero no cómo debe hacerlo ni desde qué fundamentos» (CEE,
17.11.06). Reconocían así que los supuestos males de la nueva
materia sólo tendrán el alcance que los docentes determinen, como
siempre ha ocurrido con todas las asignaturas, en especial
aquellas que se prestan al debate sobre valores. No hay que olvidar
que siempre ha habido padres disgustados, por ejemplo, con ciertas
lecturas literarias obligatorias, al considerarlas inadecuadas para
sus hijos.
Tampoco hay que olvidar que ya
antes de que se implante la EpC, en las aulas españolas los alumnos
están debatiendo de manera informal con sus profesores estos
temas y otros que no recogen los temarios (como el matrimonio
homosexual), en las clases de literatura, de ciencias sociales, de
matemáticas, de tutoría y, por supuesto, de religión católica o la
alternativa a la misma. De ahí que ni los profetas del desastre
tienen motivos para alarmarse, ni los promotores de la asignatura
deben esperar que la educación de nuestros jóvenes se vea
significativamente afectada, ni para bien ni para mal, con la
introducción de la nueva materia. Todo seguirá más o menos igual.
Las autoridades pretenden conseguir
un cambio social mediante el sistema educativo formal. A veces
parecería que esta nueva asignatura, o la escuela en general, es la
que va a transformar la sociedad. Pero la escuela no es un ente
aislado de la sociedad, desde el cual a golpe de decreto y con
programaciones maravillosas y bienintencionadas se modela a los
alumnos; la escuela somos personas, con las mismas virtudes y
defectos que el resto de los ciudadanos. Sin duda, hay una
interacción entre sistema educativo y sociedad, y aquél nunca
debe renunciar a su vocación transformadora; pero el actual
modelo social otorga una capacidad “educativa” mucho mayor a otros
agentes.
La escuela española tiene y tendrá un
doble rostro: seguirá siendo éticamente desastrosa en una medida
proporcional al descalabro moral de esta sociedad hedonista y
competitiva; pero también seguirá desempeñando un papel reformador
en la medida en que haya personas con vocación de promover mejoras.
Ninguna ley puede cambiar esto hoy en día.
Considerando esto, parecería que
entonces es indiferente lo que se transmita en la escuela, dado que
su peso formativo es mínimo. No es ésa la idea que pretendo
expresar, sino más bien que la implantación de esta área ni logrará
las transformaciones sociales deseadas por quienes la fomentan, ni
conducirá a los jóvenes a un caos personal y social mayor del que ya
viven. La dinámica educativa de nuestra sociedad impide que EpC
sea una panacea, como sus promotores parece que pretenden, o que sea
un instrumento de disolución social, como sus detractores anuncian.
Por tanto, la actual polémica
responde, no tanto a que a la ICR le preocupe la EpC, ni la escuela,
sino sobre todo a que, siendo un asunto sobre el que la población
está muy sensibilizada (pero siendo a la vez poco conocido en sus
aspectos legales), resulta fácil de manipular como máquina de guerra
eficaz para derribar a este gobierno y avanzar hacia la obtención
del poder global.
Contradiciendo abiertamente los
principios que dicen defender, aquellos que atacan la asignatura
desde posiciones extremistas están ejerciendo una gran presión
sobre las conciencias de padres y directores de centros católicos,
indicándoles de forma dirigista, mediante cientos de cartas y
alocuciones públicas, cómo deben actuar: «Los padres harán muy bien
en defender con todos los medios legítimos a su alcance el derecho
que les asiste de ser ellos quienes determinen la educación moral
que desean para sus hijos. Los centros católicos de enseñanza, si
admiten en su programación los contenidos previstos en los Reales
Decretos, entrarán en contradicción con su carácter propio,
informado por la moral católica» (CEE 28.2.07, nº 13). «Todos los
responsables de las escuelas católicas estarán –no lo dudamos– a la
altura del desafío que suponen para sus centros las diversas
dificultades a las que hemos hecho referencia, en particular, la
llamada “Educación para la ciudadanía”» (nº 20). Luis Carbonel,
presidente de la Confederación Católica Nacional de Padres de
Familia y Padres de Alumnos (CONCAPA), tampoco deja mucha libertad a
la conciencia: «Oponerse a Educación para la Ciudadanía (EpC) es una
obligación para toda familia responsable» (La Razón,
16.7.07).
Incluso un cura de Toledo llegó a
enviar una carta a los padres advirtiéndoles de que «las Parroquias
se guardan el derecho de poder negar a alguien la catequesis si no
se presenta dicha objeción de conciencia» (El País, 8.6.07).
Luego rectificó; pero no lo hizo su superior, el arzobispo de Toledo
y cardenal primado de España, Antonio Cañizares, cuando en una carta
pastoral recurría a un tono igualmente dirigista: «Estando en juego
la educación de vuestros hijos y la libertad de educación, los
padres podéis tener por seguro que si optáis por la objeción de
conciencia estaréis también optando por la defensa de vuestros
hijos, por la tutela de derechos fundamentales y contribuyendo al
bien común» (El País, 9.6.07). Tampoco rectificó de la
advertencia que hizo a los colegios religiosos de que si imparten
la nueva asignatura Educación para la Ciudadanía estarán
«colaborando con el mal» (EFE, 26.6.07).
Es evidente que los obispos,
aun cuando han contado con instituciones muy cercanas a ellos en el
proceso de redacción de los contenidos de EpC, no desean
colaborar en un proyecto educativo compartido por toda la sociedad,
sino imponer su cosmovisión. Y no se conforman con insertarla en
la asignatura confesional que el estado les concede, sino
que, como señala Cañizares, «la tarea educativa se debe fundar en la
verdad» (de la cual ellos se consideran los únicos representantes).
Según él, «necesitamos tomar conciencia de que la humanización es
inseparable del plan de salvación en el que está inmersa la
historia» (Veritas, 8.3.07), y «nos jugamos mucho ante todas estas
ideologías que pretenden arrancar del corazón del hombre la visión
del Dios creador» (Religión Digital, 15.4.07). ¿Qué debería
hacer la escuela pública entonces? ¿Implantar la idea de
Dios? ¡Qué triste referencia al Creador, cuyo principio de acción
básico es el respeto a la libertad y la no imposición! Hace mucho
que se está desterrando a Dios del corazón de los españoles, y quizá
personas como Cañizares se encuentren entre los principales
responsables de esta pérdida de fe.
Rouco se lamenta de que EpC «excluye
sistemáticamente toda referencia a la dimensión trascendente del
hombre y de la sociedad y a la correspondiente perspectiva explícita
filosófico-teológica para su completa comprensión y explicación»
(29.5.07), dejando claro que aceptarían tal asignatura si fueran
ellos quienes la impregnaran de su particular visión teológica (tan
antibíblica, por cierto), en lugar de buscar unos planteamientos
consensuados y aceptables para todos los ciudadanos.
Dice Rouco: «Cuando el Estado se
propone y quiere actuar y actúa como educador de la sociedad y de la
nación y no digamos como educador del hombre, se coloca en la
peligrosa pendiente jurídico-política de caer en la tentación de un
totalitarismo radical, más o menos encubierto» (ídem). Aparte
de que EpC no es eso en absoluto, Rouco está retratando a la
perfección el nacionalcatolicismo franquista, y todas las formas
sociopolíticas previas en las que la ICR, a lo largo de toda la
historia, en un clima de absoluta falta de libertad religiosa en
España, ha modelado con sus dogmas y su moral todo el sistema
educativo. Y sus actuales representantes no aceptan ahora una
asignatura que, en el peor de los casos, es inocua. Si plantear la
posibilidad de consensuar una ética laica en un clima de pluralidad,
durante unas pocas horas semanales en sólo tres cursos, es
“colaborar con el mal”, ¿qué sería imponer unas creencias teológicas
todos los días durante la escolarización completa, como hicieron sus
predecesores hasta hace unos años? Unas creencias que, para colmo,
se encuentran tan apartadas del mensaje de Jesús, a quien dicen
representar.
Según los obispos (CEE 28.2.07, nº
9), los decretos que desarrollan la Ley Orgánica de Educación (LOE)
del gobierno socialista «establecen expresamente que dichas
enseñanzas pretenden formar, con carácter obligatorio, “la
conciencia moral cívica” de todos los alumnos en todos los centros.
De ahí que los criterios de evaluación no se refieran sólo a
contenidos, sino también a actitudes y hábitos personales». Parecen
ignorar que la evaluación de las actitudes está presente en el
sistema educativo explícitamente desde la LOGSE, e implícitamente
desde antes. La evaluación no se limita a la calificación del
alumno, sino que es un proceso de recogida de datos y reflexión
sobre el proceso educativo en su conjunto. Sólo al final del
proceso, considerando los factores que sean oportunos en cada caso,
se traduce la evaluación en calificación. En otras palabras: nadie
podrá ser suspendido por tener “creencias inadecuadas”; pero podrá
obtener mejor calificación si muestra actitudes valoradas
positivamente en los criterios de evaluación, como ha ocurrido
siempre en todas las áreas.
La jerarquía episcopal, que alega que
la enseñanza en valores corresponde exclusivamente a la
familia, es la misma que exige que la religión se imparta en
centros estatales, por profesores elegidos por la jerarquía y
contratados con fondos públicos. Su empeño se debe a que
saben que la mayoría de los padres católicos no instruyen en la
fe a sus hijos, ni se esfuerzan por que, una vez celebrada la
primera comunión, los niños sigan recibiendo formación religiosa en
las parroquias; ni siquiera educan a sus hijos con el ejemplo en la
práctica de los requisitos de su iglesia, como la asistencia a misa
(cabe destacar la coherencia de aquellos, no pocos, que sí lo
hacen). Muchos padres prefieren delegar esas responsabilidades a un
sistema educativo obligatorio en el que “el niño, al menos,
va a clase de religión y algo aprenderá allí”.
Los padres de algunas minorías
religiosas, que en cuanto tales suelen estar mucho más comprometidas
con la transmisión de su fe, saben perfectamente que un niño que
recibe formación religiosa en el hogar y en la comunidad no necesita
en absoluto una clase de religión en la escuela (es más, hasta puede
resultar contraproducente, al asociarse la fe con la obligatoriedad
del estudio). Precisamente porque, como dicen pero no hacen los
obispos católicos, el único agente educador en valores espirituales
es la familia (ver
La familia es importante… la política lo es más . Sobre la
legitimidad del estado de educar o no los valores éticos de los
alumnos, y sobre el papel de las confesiones religiosas en este
proceso, ver el magnífico
artículo de José Ignacio Calleja ; ver también las sensatas
respuestas de Julián Moreno a
Las 10 preguntas de Profesionales por la Ética ).
Desgraciadamente, el
comunicado sobre EpC de la Alianza Evangélica Española , que
representa a gran parte del protestantismo nacional, aun siendo
mucho más moderado que los obispos católicos (pues no deja de
reconocer el valor educativo de la asignatura), ha adoptado muchas
de las formas de expresión de éstos, y muestra la misma
desequilibrada obsesión por los asuntos sexuales (ausentes en los
decretos, recordemos), parece ser que más influidos por la
propaganda mediática contra la EpC que por la lectura detenida de la
normativa. Se va apreciando la labor de líderes ultraconservadores
como el periodista César Vidal (sedicente “evangélico” que trabaja
para la cadena de los obispos Cope), que busca construir en España
un frente moral católico y evangélico equivalente a la llamada
“derecha
cristiana” estadounidense (ver, en cambio, el excelente
artículo de Jorge Fernández , responsable del Departamento de
prensa de la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas, o el
del profesor evangélico
Jose Luis Fernández Díaz ).
Doblegando al estado y a las
conciencias
Como en tantos otros problemas de la
política nacional, esta amalgama de neocons, teocons,
derechistas extremos del sistema y antiguos extremistas de
izquierdistas reconvertidos a la que denominamos
Derechosa, está aplicando un doble rasero: lo que se hizo
anteriormente (¡incluso en época de Felipe González!, no digamos de
Aznar…), es aceptable. Si ahora se hace lo mismo, merece una
movilización con toda la artillería. Por ejemplo, en lo que a EpC
concierne, la publicación Alí Babá y los cuarenta maricones
ha provocado un enorme escándalo por aparecer perdida en una enorme
lista de materiales recomendados por una guía para padres del
Ministerio de Educación (MEC). Pero esta guía fue editada en 1995
por un comité formado por 79 organizaciones e instituciones, entre
las que se encontraban las Nuevas Generaciones del PP. Se publicó en
tiempos de González, doce años antes de que se aprobara la EpC, y
fue mantenida durante los ocho años de Aznar, con enlace desde la
web del MEC en 2001, siendo ministro de educación Mariano Rajoy (El
Plural, 27.5.07). La web de la Consejería de Educación de la
Comunidad de Madrid (presidida por Esperanza Aguirre, del PP)
recomienda estas mismas publicaciones. Pero sólo ahora ha salido en
los titulares de los medios antigubernamentales para escandalizar a
los ciudadanos bienpensantes (ver el
artículo de Julián Moreno Mestre al respecto).
Según José Luis Bazán, de
Profesionales para la Ética, «todas las materias» del currículo
escolar «están impregnadas de un tinte relativista» (La Razón,
16.7.07). Siendo que la LOE apenas ha introducido modificaciones en
los contenidos de las áreas, es evidente que estos grupos de presión
no han reaccionado ante este supuesto relativismo en las últimas
décadas. ¿Por qué lo hacen ahora? Porque saben que ahora viven un
momento favorable a su estrategia y echan mano de sus armas; por
ejemplo, la emisora episcopal amenaza con “un otoño caliente” (Línea
Editorial Cadena Cope, 25.7.07), y prepara a sus huestes para nuevas
manifestaciones como las que, con excusa de diversos motivos, vienen
celebrando estos años. Son conscientes de que, haga lo que haga el
gobierno, la calle es suya, y cualquier iniciativa que no se ajuste
estrechamente al programa de la ICR podrá ser convenientemente
manipulada para movilizar a las masas.
Pero la izquierda española, embobada
todavía en
ensoñaciones “progres” , y los propios liberales y derechistas
que no han sucumbido ante la actual “derechosización” rampante, no
se han dado cuenta de que es el mundo entero el que está dando un
giro hacia el autoritarismo. Siguen con su trasnochado discurso
de que la ICR ha perdido el tren de la modernidad, y profetizan que
los obispos se quedarán solos en sus campañas, cuando la realidad es
que, desgraciadamente, estos sectores reaccionarios representan
el futuro, no el pasado. No se enteran de que vivimos un tiempo
en el que la pujanza “progre” no es más que una declinante inercia,
y de que sus bravatas (cuando se atreven a pronunciarlas ante la
apisonadora reaccionaria) no provocan más que respuestas victimistas
de sus adversarios, quienes marcan claramente la dirección hacia la
que evoluciona nuestra sociedad. Ya no es una jerarquía de carcas
seguidos por cuatro nostálgicos franquistas quienes levantan su voz
reclamando que se acabe con la “dictadura del relativismo”. Es un
ejército de organizaciones sociales, think tanks, movimientos
y medios de comunicación, hábilmente orquestadas por la Conferencia
Episcopal; y, desde la cercana distancia, por el papado, como han
demostrado las declaraciones de Angelo Amato, secretario de la
Congregación para la Doctrina de la Fe, en su visita a España: «El
cristianismo reconoce la libertad de seguir las propias convicciones
religiosas y no debe ser el Estado quien debe imponer las
convicciones religiosas y éticas, sino la propia conciencia» (El
País, 27.7.07).
Porque no hay que olvidar que la
actual campaña no es un fenómeno aislado caprichosamente desatado
por la jerarquía católica española, sino que responde a un
poderoso movimiento de reconfesionalización dirigido por el papado y
sus apoyos políticos y religiosos (la “derecha cristiana” o los
teocons, por ejemplo). Este movimiento busca situar en primer
plano de la actualidad las cuestiones religiosas, no con el loable
fin de fomentar la libertad religiosa y la sana espiritualidad de la
población, sino con unas cada vez más explícitas aspiraciones
políticas, como demuestran la campaña para promover
las “raíces cristianas” de Europa , las sinergias del
eje Washington-Vaticano , las
demostraciones de fuerza exhibidas a raíz del cambio de papa o
el discurso contra el islam de Benedicto XVI .
Ante semejante ofensiva, sólo nos queda analizar con
rigor la información, considerando la magnitud de lo que se nos
avecina, denunciar a quienes se consideran amos de las conciencias y
mantenernos firmes ante los intentos de someter a toda la sociedad.
Ya advirtió Jesús: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a
vosotros vestidos de ovejas, y por dentro son lobos rapaces» (Mateo
7: 15).
|