La aparición de diversas iniciativas y
organizaciones en Asia y América es un rasgo de esa nueva situación,
que empieza a impugnar la hegemonía norteamericana en el mundo.
Examinaremos aquí la emergencia de un nuevo foco, en el continente
euroasiático, que desafía —aun sin declararlo— al poder
estadounidense: la
Organización de Cooperación de Shanghai (OCS).
Creada en 1996, y definida con mayor precisión en 2001, en pocos
años la OCS se ha convertido en un contrapeso a Washington. Agrupa a
seis países (dos gigantes, Rusia y China, y cuatro de las cinco
repúblicas de Asia central: Kazajastán, Kirguizistán, Uzbekistán y
Tayikistán), y, además, otros cuatro Estados tienen estatuto de
observadores (India, Irán, Pakistán y Mongolia). Si se suman sus
fuerzas, la OCS, entre países miembros y observadores, agrupa a la
mitad de la población mundial y dispone de la mitad de las reservas
de gas y petróleo del planeta. Para Estados Unidos, la OCS era un
peligro potencial, que se ha fortalecido.
La última reunión de la OCS, celebrada en junio de
2006 en Shanghai, realizada cinco años después de la firma de la
Declaración de Shanghai, congregó a once países. Fue un
éxito. Se firmó un acuerdo sobre seguridad contra el terrorismo y,
sin admitirlo, contra las infiltraciones militares y terroristas
contra Estados miembros. Además, el presidente chino, Hu Jintao,
propuso la firma de un tratado de amistad y cooperación a largo
plazo en el marco de la OCS. La Declaración de Shanghai
por la que todos los asistentes se comprometen a garantizar la
seguridad, la soberanía y la integridad territorial de los países
miembros, ayuda a la estabilización de la zona, que limita en su
flanco sur con un escenario de ocupaciones militares y nuevas
guerras potenciales: Afganistán, Iraq, Irán y Siria, cierran un arco
donde, directamente o en las cercanías, Estados Unidos cuenta con un
formidable despliegue militar. Por eso, en Shanghai, se decidió la
creación de mecanismos para evitar la aparición de conflictos, y a
nadie sorprendió el énfasis puesto en la cooperación para el
desarrollo (con el ejemplo chino como espejo donde se miran otros
países), frente al caos en que se sumerge Oriente Medio. Se creó
también una Asociación Interbancaria, dentro de la OCS, para
impulsar la colaboración económica. China necesita nuevos
suministros energéticos para asegurar su rápido desarrollo y, tanto
Rusia como los países de Asia central, incluso Irán, Pakistán y la
India, ven en la locomotora china los signos de una oportunidad
estratégica para salir del subdesarrollo que no pueden ignorar.
En Shanghai, se constataba que la mera existencia de
la OCS, con las cuestiones de seguridad y desarrollo económico como
principales preocupaciones, ha creado un nuevo espacio estratégico.
De esa forma, los cuatro países de Asia central (todos, menos
Turkmenistán), China y Rusia, declaraban la región vital para sus
intereses, al tiempo que intentaban tranquilizar diplomáticamente a
Estados Unidos… y mientras planificaban el retroceso de la
influencia norteamericana en la zona. Vitali Vorobiev, coordinador
ruso en la OCS, envió un mensaje a Washington: “La OCS no es una
alianza antiamericana”, afirmación que no es compartida por la Casa
Blanca ni por el Departamento de Estado, y mucho menos por el
Pentágono. Vorobiev, como otros dirigentes que acudieron a Shanghai,
era consciente de que la organización había empezado a tener
influencia internacional. Si bien fue creada en momentos de
confusión política, tras el colapso soviético; hoy, la Rusia de
Putin apuesta por la OCS como una organización que puede limitar sus
pérdidas de espacio estratégico y prevenir la temida implantación
norteamericana en su periferia, anunciada como definitiva por los
círculos más influyentes del pensamiento estratégico estadounidense.
Rusia —que se halla dividida entre la atracción por la Unión Europea
y la esperanza de convertir a la CEI en una confederación útil para
el mantenimiento de la estatura política rusa y atractiva para las
antiguas repúblicas soviéticas, área que considera “de interés
vital”— sabe que se juega su futuro como país relevante en el mundo.
Pero, mientras la mitad de su comercio exterior se realiza con la
Unión Europea, apenas el quince por ciento se hace con los países
miembros de la CEI: es una de las consecuencias de la ruptura de los
vínculos económicos de la antigua URSS, que sigue sin superarse.
También Estados Unidos acusa la nueva situación:
mientras constata la importancia de la OCS para limitar su presencia
en Asia central, no ha podido evitar que los países de la OCS le
hayan dado algo de su propia medicina. Si Washington ha utilizado
hasta hoy el señuelo de la “lucha contra el terrorismo” para forzar
la ampliación de su despliegue militar en Oriente Medio y en Asia
central (recuérdese que sus bases en la zona fueron conseguidas
después de los atentados del 11 de septiembre), y para invadir
Afganistán e Iraq y amenazar a Irán; ahora, tanto Pekín como Moscú
han enarbolado los riesgos terroristas para desarrollar la
colaboración militar entre los países de la OCS y para forzar la
retirada de Washington de la zona. De hecho, China y Rusia ya habían
creado un grupo de intervención contra los grupos
terroristas en la región, y contra la delincuencia (tráfico de
droga, contrabando de armas, comercio con seres humanos, blanqueo de
dinero, etc), aunque los responsables chinos y rusos insisten en que
la OCS no tiene intención de convertirse en un bloque militar. Es
una de las iniciativas de la política cautelosa de fortalecimiento
que ha seguido China hasta el momento, siempre huyendo de la
estridencia de enfrentamientos directos, aunque fueran en el terreno
diplomático, política que Rusia comparte. Pese a ello, a propuesta
rusa, durante 2007 se desarrollarán unas maniobras militares
conjuntas de los países de la OCS en la región del Volga y en los
Urales (en las que podrían participar unidades militares de
intervención rápida e incluso la aviación), y los ministros de
Defensa pasarán a reunirse anualmente para examinar los problemas
conjuntos. Esa decisión tampoco ha sido del agrado de Estados
Unidos.
Putin afirmó en Shanghai que es necesario
impulsar la relación con los países observadores de la OCS
(India, Pakistán, Mongolia e Irán) e, incluso, con Afganistán, e
hizo referencia a la incomodidad norteamericana ante las
iniciativas de Moscú y Pekín, y ante el hecho de que India y
Pakistán participen en la organización.
Hu Jintao, el presidente
chino, valorando la importancia del momento, calificó la reunión
de “éxito absoluto”. Por su parte, Singh, el primer ministro
indio, no viajó a Shanghai (gesto que algunas fuentes
interpretaron como una concesión a Estados Unidos), aunque el
ministro de Energía indio, que encabezó la delegación de Delhi,
afirmó que su país quiere ser miembro de pleno derecho de la
OCS, objetivo que choca con los planes de Estados Unidos para
Asia: los estrategas del Pentágono juegan con la idea de un
enfrentamiento chino-indio para limitar el ascenso de China.
Pero la ampliación de la OCS no es la prioridad de Moscú, que
prefiere reforzar la organización antes que pensar en ampliarla.
Al tiempo, China quiere estabilizar la zona y desactivar los
conflictos históricos: el acuerdo fronterizo con Rusia y las
conversaciones con India, que, para contrariedad norteamericana,
han mejorado las relaciones entre los dos países más poblados
del mundo, son pasos en esa dirección. Además, la creciente
colaboración ruso-china se expresa en el acuerdo firmado entre
Gasprom, la compañía rusa de gas, y la CNPC, la empresa
petrolera china, convenio por el que, en menos de cinco años,
China obtendrá casi la mitad del total de las exportaciones
rusas de gas siberiano: es decir, China obtendría una cantidad
anual de ochenta mil millones de metros cúbicos de gas. De igual
forma, la creciente colaboración de China e India en la
captación de recursos petrolíferos —la compañía india ONGC
Videsh Limited (OVL) y la Corporación Nacional de Petróleo de
China (CNPC) han firmado acuerdos en ese sentido— anuncia
cambios que afectaran a la estrategia de Washington. Por si
fuera poco, Rusia y Kazajastán presentaron en Shanghai una
iniciativa para crear un club energético de la OCS
en 2007. No en vano, la articulación de la OCS fue desde el
principio un intento de bloquear el intento norteamericano de
controlar la zona y asegurarse el dominio de las dos grandes
regiones petrolíferas del mundo: Oriente Medio y Asia central.
Incluso Pakistán, que desconfía
del acercamiento norteamericano a la India y teme un cambio de
alianzas que acentuaría su relativa soledad, se aproxima a la
OCS para prevenir su aislamiento político, hasta el punto de que
Islamabad aceptaría el incremento de la colaboración energética
con Irán, pese al visible enfado de Estados Unidos. En febrero
de 2006, con ocasión de su visita a China, Musharraf solicitaba
formalmente el ingreso en la OCS, y, durante la cumbre de
Shanghai, el dirigente pakistaní pedía el apoyo ruso para pasar
a formar parte de la organización como miembro de pleno derecho.
El movimiento es significativo si atendemos a que Pakistán ha
sido uno de los más fieles aliados de Washington en Asia, aunque
haya mantenido buenas relaciones con Pekín a causa de su
tradicional enfrentamiento con la India. Hasta el Afganistán de
Karzai, país participante como observador en Shanghai, escuchó
las demandas de la OCS en la lucha contra la droga, que sirve
para financiar a grupos criminales y a los señores de
la guerra. No obstante, la llegada de Karzai, un dictador
impuesto por Estados Unidos, a Shanghai, y las presiones para
que se integre en la OCS, son vistas por los países miembros
como un intento de Washington para acceder al proceso de
decisiones de la organización y para establecer una cabeza de
puente norteamericana para desactivar su integración y
fortalecimiento.
De forma significativa, el
presidente iraní, Ahmadineyad, puso gran énfasis en impulsar la
cooperación entre todos los países de la OCS. Durante su reunión
con Putin, el dirigente iraní sugirió la posibilidad de que
Rusia e Irán definan conjuntamente su política en relación al
gas y colaboren en la fijación mundial de los precios. La visita
del presidente iraní fue contestada con dureza por Rice y
Rumsfeld, que intentaron presionar a Pekín y Moscú con la
hipócrita retórica de la “lucha contra el terrorismo”, presiones
que fueron rechazadas por China. Washington, que califica a Irán
de “país terrorista”, teme en realidad la consolidación de un
contrapeso a su poder en la zona del Golfo Pérsico y el fracaso
de su plan para aislar, y eventualmente controlar, al país de
los ayatolás. Incluso Japón observa con detenimiento los
movimientos en el área y no renuncia a influir en los
acontecimientos. Uno de los últimos actos del primer ministro
saliente, Junichiro Koizumi, fue realizar una visita a
Kazajastán y Uzbekistán, donde nunca había viajado un dirigente
japonés de esa responsabilidad. Objetivos del viaje: asegurar el
suministro de energía para la industria nipona y contener a
Rusia y China en Asia central, fin estratégico que Japón
comparte con Estados Unidos.
No acaban aquí las diferencias
entre Estados Unidos y la OCS. La importancia que ésta concede a
la ONU, contrasta con el desprecio de Washington a la
sociedad de naciones, y esa realidad afecta incluso a las
complejas maniobras políticas en el seno de la ONU, del Consejo
de Seguridad y a la hora de abordar los focos de crisis en el
mundo. Sin embargo, las contradicciones entre los distintos
países que se reunieron en Shanghai continúan siendo grandes,
aunque encuentran un discurso común en el multilateralismo
frente a la obsesión hegemonista de Estados Unidos, que no ha
renunciado a seguir influyendo en el área. Estados Unidos
utiliza a fondo esas contradicciones. Las propuestas del
Pentágono para enviar ayuda militar a los países de
Asia central son una vía de penetración militar y política: así,
Kazajastán ha recibido ayuda norteamericana y Washington ha
conseguido firmar un plan de colaboración entre ese país y la
OTAN, mientras que en Kirguizistán sigue ocupando la base aérea
de Gansi, a cuyo alquiler anual el gobierno kirguizo no quiere
renunciar. Gansi (situada junto al aeropuerto de Manas, cuya
población se ha manifestado contra la presencia militar
estadounidense, y cerca de la frontera afgana) es la única base
norteamericana emplazada en los países de la OCS.
Ese es el resultado de la cumbre
de Shanghai. No es poco. Sin embargo, aunque la consolidación de
la OCS sea un hecho de gran relevancia política, no hay que
desdeñar la capacidad de maniobra de Estados Unidos en la zona:
su despliegue militar en el Caspio y en Oriente Medio es una
amenaza estratégica para Moscú y Pekín, difícilmente reversible
a corto plazo. Moscú cuenta con el paraguas estratégico de la
OTSC (Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, creada en
la CEI en 2001, tras varios años de negociaciones, e integrada
por la propia Rusia y Bielorrusia, Armenia, Kazajastán,
Kirguizistán, Uzbekistán y Tayikistán), que ha asumido un pacto
de defensa mutua entre sus miembros. En mayo de 2001, antes del
despliegue norteamericano tras los atentados del 11 de
septiembre, la OTSC creó la Fuerza Colectiva de
Reacción Rápida en Asia central con soldados de Rusia,
Kazajastán, Kirguizistán y Tayikistán, con sede en Bishkek,
aunque los acuerdos de Uzbekistán con Washington permitían la
presencia de una cuña norteamericana en Asia central que casi
hacía ineficaz esa fuerza. Pero la ruptura de Uzbekistán con
Washington, tras los hechos de Andiján, ha fortalecido las
posiciones de Moscú: en los ejercicios militares conjuntos de la
OTSC, realizados en agosto pasado en la costa del Mar Caspio,
participó por primera vez Uzbekistán, que, además, se ha
adherido al Tratado, pasando a formar parte de la OTSC. Rusia
acaricia el objetivo de que otras antiguas repúblicas soviéticas
se adhieran a esa organización, pero la debilidad de Moscú
continúa siendo grande: debe prestar atención a sus propios
focos de conflicto, sabiendo que Estados Unidos no ha descartado
la posibilidad de una ruptura de la propia Rusia. Hay serios
motivos de alarma. Un reciente informe presentado en la Duma
rusa, elaborado por Valentin Falin (ex embajador soviético en
Alemania y dirigente comunista) y Gennadi Yevstafiev (general de
los servicios secretos), alertaba de un inevitable deterioro de
las relaciones entre Rusia y Estados Unidos en los dos próximos
años, a consecuencia del giro de la política norteamericana, que
se orienta a hacer fracasar el proyecto de “soberanía
energética” diseñado por el gobierno ruso y también a acelerar
la entrada de Ucrania y Georgia en la OTAN. El informe prevé un
aumento de las presiones norteamericanas en las repúblicas
periféricas de Asia central y en el Cáucaso, de la mano de
fundaciones y ONGs financiadas por Occidente, que podrían crear
peligrosos focos de conflicto en la propia federación rusa. De
hecho, el Ministerio de Defensa ruso ha elaborado una doctrina
militar en la que considera que los peligros exteriores para
Rusia vienen desde Estados Unidos y la OTAN, y de las oscuras
redes del “terrorismo internacional”, manipuladas con frecuencia
por los servicios secretos. Por ello, Rusia trata de reorganizar
su ejército y dotar de nuevo armamento a sus unidades, con la
intención de pacificar sus fronteras y establecer acuerdos de
colaboración y amistad con todas las repúblicas del llamado
“extranjero cercano” (sabiendo que sus disputas con Ucrania,
Georgia, Moldavia y Azerbaiján limitan su fortalecimiento), al
tiempo que espera que, dentro de cinco años, cuando termine la
validez del actual Tratado ruso-norteamericano de reducción de
armamento estratégico ofensivo, pueda haber renovado en buenas
condiciones sus sistemas de misiles balísticos y reorganizado
sus fuerzas nucleares estratégicas. Ambos países, Rusia y
Estados Unidos, se comprometieron a reducir sus arsenales hasta
un límite de unas dos mil doscientas cabezas nucleares en 2012.
China, no por casualidad, insiste
hoy en la lucha contra el terrorismo, el separatismo y el
extremismo, y juega un papel cada vez más relevante: la OCS
tiene su sede permanente en Pekín. La diplomacia china, artífice
de su creación, ha conseguido ahora, con el cónclave de Shanghai,
un importante triunfo, que se añade a la declaración de la OCS
de julio de 2005, cuando exigió que Washington retirase sus
tropas de Asia central: Afganistán ya no podía servir como
excusa. Por eso, en septiembre de 2006, tras la cumbre de
Shanghai, la reunión que celebró en Pekín el organismo
antiterrorista de la OCS, reafirmaba los lazos económicos, pero
también la ambición geopolítica que debía cumplir la
organización. Estados Unidos no se resigna: el gobierno Bush
continúa insistiendo y presionando para que la OCS se limite a
la colaboración económica y abandone la pretensión de coordinar
la fuerza militar de sus miembros y de jugar un papel en la
geopolítica planetaria. El presidente ruso, Putin, ya había
manifestado que el objetivo de la OCS es conseguir un sistema de
relaciones internacionales más justo, y, aunque no lo planteara
abiertamente, es obvio que ese fin choca frontalmente con el
predominio norteamericano en las relaciones internacionales
durante la última década. Por eso, durante la visita que el
presidente chino, Hu Jintao, realizó a Estados Unidos, en marzo
de 2006, una de las cuestiones que Bush y sus asesores pusieron
gran interés en abordar con él fue el papel de la OCS y los
objetivos que persigue. Hu Jintao tranquilizó a Bush insistiendo
en que la OCS no era una organización antiamericana, pero pese a
las buenas palabras y las cautelas diplomáticas chinas, los
estrategas norteamericanos desconfían de una organización que
puede marginar a Estados Unidos de grandes áreas de Asia.
Hay más cuestiones preocupantes
para Washington. La pretensión norteamericana de atraer a China
hacia la política de acoso a Irán, recibió un duro varapalo
cuando Hu Jintao se pronunció contra la imposición de sanciones
promovida por Bush y defendió la vía diplomática para abordar la
cuestión nuclear iraní, rechazando el recurso a la
fuerza. Es lógico. Pekín es consciente de que una hipotética
llegada de la maquinaria bélica norteamericana al mar Caspio,
tras una guerra contra Irán, crearía un difícil escenario para
todos los países de Asia central, para la propia Rusia y,
también, para el acceso chino al mercado energético de la zona.
No debe olvidarse que, con el hipotético establecimiento
norteamericano en Irán, el proyecto, ya previsto, de
construcción de un oleoducto de casi cuatrocientos kilómetros
que debe unir las fuentes de petróleo iraní con el Caspio y
añadirse después al oleoducto Kazajastán-Xinjiang quedaría
sometido a los deseos de Washington y a sus necesidades
estratégicas. También se verían afectados los acuerdos firmados
entre China y Turkmenistán para suministrar gas turkmeno a las
regiones occidentales chinas. Estados Unidos considera un
peligro para su hegemonía actual que China consiga asegurar los
suministros energéticos que precisa para mantener su crecimiento
económico. Por eso, las constantes presiones norteamericanas
sobre Pekín (en relación a su déficit comercial con China, sobre
la revaluación del yuan o las disputas sobre propiedad
intelectual de productos, junto a otras cuestiones que veremos)
son cartas para condicionar la autonomía china y dificultar su
fortalecimiento.
La pugna continúa también en
escenarios menos importantes: el encontronazo diplomático entre
Kirguizistán y Estados Unidos, que llevó durante el pasado
verano a la mutua expulsión de diplomáticos kirguizos y
norteamericanos, se cerró precariamente con la visita del
subsecretario de Estado norteamericano, Richard Boucher, a
Bishkek, organizada con el propósito de limitar los daños e
insistir en la importancia que Estados Unidos da a la base aérea
de Gansi para su despliegue militar en Afganistán, supuestamente
para “fines humanitarios”. La política norteamericana de la
zanahoria fue ampliada con promesas sobre futuras inversiones
norteamericanas en la explotación de los recursos energéticos de
Kirguizistán. En Washington, preocupa cada vez más el creciente
retroceso norteamericano en la zona y el reforzamiento de la
colaboración científica, técnica y militar entre Rusia y China.
El propio Boucher, que tiene a su cargo en el Departamento de
Estado el seguimiento del área, insistía recientemente en la
conveniencia de que la OCS se limitase a funciones económicas y
comerciales.
No debe olvidarse que, además de
la presión política sobre cuestiones de derechos humanos,
Estados Unidos juega otras cartas: sabe que, además del chantaje
político y las amenazas veladas contra Rusia, puede presionar
eficazmente a China, en el exterior y en el interior. Veamos
algunos ejemplos. Los intentos de reforma laboral del gobierno
de Pekín para garantizar los derechos de los trabajadores chinos
(afectados por la ineficiencia de los sindicatos y por la
voracidad de muchas empresas multinacionales) y mejorar las
condiciones contractuales, los salarios, y limitar la
temporalidad y la arbitrariedad empresarial con una nueva ley,
son duramente torpedeados por las asociaciones de empresas
multinacionales que han invertido en los últimos años en la
economía china: no sólo porque éstas defienden sus cuentas de
resultados sino, también, porque, de la mano del gobierno
norteamericano, amagan con complicar más a Hu Jintao el control
del desarrollo económico de China. Así, la Cámara de Comercio de
Estados Unidos en Shanghai (que representa a más de mil empresas
multinacionales), y el Consejo de Empresas USA-China (que
integra a unas doscientas cincuenta grandes empresas
norteamericanas), han hecho saber su oposición a la reforma
laboral preparada por el gobierno chino, acudiendo a veladas
amenazas de desinversión. A juicio de las grandes empresas
norteamericanas (¡que han alardeado con frecuencia de que su
política busca proteger los derechos humanos!), la propuesta del
gobierno de Pekín otorga demasiados derechos a los obreros
chinos. De manera que China se enfrenta, por un lado, a la
insatisfacción de millones de trabajadores que soportan las
duras condiciones impuestas por las multinacionales, y, al
tiempo, a la amenaza que las mismas multinacionales dejan
entrever para la continuidad del desarrollo chino, amenazando
con su traslado a la India, Pakistán y a países del sudeste
asiático.
Además, en otro plano, Estados
Unidos, con diferentes recursos, sigue presionando a China en
Xinjiang y Tíbet, apoyando discretamente los movimientos
nacionalistas locales; y en Taiwan, donde impulsa bajo cuerda la
estrategia independentista mientras exagera la debilidad militar
de Taiwan para rearmar a la isla y fortalecer sus propias
posiciones, y en Corea del Norte. La agresiva política
norteamericana de acoso a Corea del Norte, evidente después de
la definición por Washington del fantasmagórico eje del
mal y del incumplimiento de los acuerdos firmados con
Pyongyang, ya ha conseguido algunos efectos, aunque la respuesta
del gobierno norcoreano de explosionar una pequeña bomba atómica
el pasado 9 de octubre, crea problemas añadidos a China: la
reactivación de la crisis coreana consolida la dependencia de
Tokio y Seúl de Estados Unidos, impulsa el rearme de esos dos
países y crea problemas a Pekín y Moscú, al tiempo que dificulta
el desarrollo económico de la zona. Sin embargo, pese a las
alarmas suscitadas por la amenaza de proliferación de armamento
atómico en el mundo, no hay que olvidar que el acoso
norteamericano a Corea del Norte viene de lejos y explica los
movimientos defensivos de un pequeño país que no amenaza a
nadie, pese a la desaforada propaganda norteamericana:
Truman,
en 1950; Eisenhower, en 1953; Nixon, en 1973, y Clinton, en
1994, todos esos presidentes norteamericanos amenazaron a Corea
del Norte con un bombardeo atómico, y la política de Bush tras
el 11 se septiembre no ha hecho sino agravar la situación. Pero
es dudoso que la respuesta de Pyongyang del 9 de octubre sea la
más adecuada. Baste recordar que el agravamiento de la crisis
dificulta el objetivo chino de conseguir la desnuclearización de
la península coreana, (donde Estados Unidos cuenta con armamento
atómico en submarinos nucleares) y, además, afectará a los
proyectos de construcción (con participación rusa) del
ferrocarril transcoreano y su empalme con el ferrocarril
transiberiano para facilitar el comercio de Asia con Europa, y
también perjudicará la llegada, gracias a la construcción de
nuevos oleoductos, de hidrocarburos rusos a la península, con
destino a Corea del Sur y, probablemente, a Japón. Todo ello,
mientras Estados Unidos, en un consumado acto de hipocresía, se
prepara para realizar la primera prueba de armas espaciales en
los próximos meses, según ha revelado Craig Eisendrath
(diplomático norteamericano, colaborador del Center for
International Policy) a la cadena ABC. Esa prueba (según
algunas fuentes, organizada para responder a los
avances chinos en la utilización de los rayos láser contra
satélites espaciales norteamericanos, es el primer paso para el
despliegue de armas estadounidenses en el espacio con la
intención de conseguir el monopolio en el cosmos.
Una última pincelada. El aumento
de la presión norteamericana sobre Rusia, donde Washington juega
la carta del grupo GUAM (Georgia, Ucrania, Azerbeiján y
Moldavia), de la hipotética integración de Ucrania en la OTAN y
de la reactivación de los conflictos en el Cáucaso, se ha puesto
de manifiesto con la crisis de los espías en
Georgia y con diversas iniciativas para hacer retroceder la
agenda diplomática rusa. Así, con ocasión del 61º período de
sesiones de la Asamblea General de la ONU en Nueva York, la
pretensión del GUAM (sugerida por la diplomacia estadounidense)
de incluir en el orden del día la discusión sobre los conflictos
de Abjasia y Osetia, Nagorni Karabaj y la región oriental de
Moldavia, pretensión a la que Moscú se opuso con fuerza, es el
último intento de condicionar a Rusia enviándole un mensaje
sobre las consecuencias que puede tener una política rusa
contraria a los designios de Washington. La crisis entre Rusia y
Georgia sobre los supuestos espías rusos detenidos, —crisis
urdida por los servicios secretos norteamericanos— es un aviso
de Washington a Moscú, por país interpuesto, sobre las
consecuencias que puede tener una política exterior rusa
demasiado audaz e independiente y demasiado próxima a Pekín.
Washington deja claro el mensaje: la OCS debe limitarse a
cuestiones menores. Al tiempo, aunque Putin ha dejado claro que
el aumento de la colaboración entre los países del área
soviética es la prioridad absoluta de la política exterior rusa,
Washington no está dispuesta a aceptar el fortalecimiento ruso.
Pese a la retórica de su propaganda, Estados
Unidos no busca la ampliación de la democracia en el mundo, ni
está especialmente interesado en el combate contra el
terrorismo, como tampoco teme el poder militar coreano o iraní:
todas esas cuestiones son cartas a jugar en el complejo tablero
de las relaciones internacionales y en la creación de alianzas
para conseguir el objetivo de mantener la hegemonía
norteamericana en el planeta. Hegemonía que la OCS amenaza con
dañar. La paz mundial que Washington ofrece al
mundo es apenas un programa de resignación al dominio
estadounidense o de rendición ante la fuerza: las veladas
amenazas a Rusia y China y la reactivación de viejos conflictos
y creación de nuevas disputas en Asia, revelan el rumbo de la
política norteamericana. Mientras la Unión Europea cede con
demasiada frecuencia a las exigencias de Washington (olvidando
sus propios compromisos internos), Rusia y China procuran eludir
un enfrentamiento directo con Estados Unidos: Moscú, porque es
consciente de su debilidad actual; Pekín, porque necesita
tiempo. Pero la OCS es ya un desafío abierto para la hegemonía
norteamericana en el mundo.