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El desafío de Sanghai
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0207 - La amenaza de un mundo dirigido por una única superpotencia, Estados Unidos de América, está empezando a desaparecer, como si al mundo bipolar de la guerra fría hubiera sucedido apenas un espejismo pasajero. Y desaparece no sólo por la evidencia de que Estados Unidos, aunque mantiene su poder militar global, se revela impotente para forzar al resto de las potencias mundiales a la sumisión, la dependencia o la aceptación resignada del predominio norteamericano en el planeta, sino porque la evolución de las grandes disputas internacionales no está siguiendo el patrón diseñado en Washington. La invasión de Afganistán e Iraq y la existencia de guerras abiertas y de una notable resistencia en esos países son, así, la prueba de la debilidad y no de la fuerza de ese poder global e incontestado que pretendía ser Estados Unidos. También lo son las dudas del gobierno Bush acerca de los pasos a dar en su programado acoso a Irán y Corea del Norte, por no hablar de los crecientes problemas que enfrenta en América Latina. Sin embargo, si esa perspectiva anuncia una organización más justa de las relaciones internacionales, el tránsito a un mundo nuevo, con un nuevo esquema de potencias mundiales, traerá peligrosos conflictos políticos y, probablemente, nuevas guerras.

La aparición de diversas iniciativas y organizaciones en Asia y América es un rasgo de esa nueva situación, que empieza a impugnar la hegemonía norteamericana en el mundo. Examinaremos aquí la emergencia de un nuevo foco, en el continente euroasiático, que desafía —aun sin declararlo— al poder estadounidense: la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Creada en 1996, y definida con mayor precisión en 2001, en pocos años la OCS se ha convertido en un contrapeso a Washington. Agrupa a seis países (dos gigantes, Rusia y China, y cuatro de las cinco repúblicas de Asia central: Kazajastán, Kirguizistán, Uzbekistán y Tayikistán), y, además, otros cuatro Estados tienen estatuto de observadores (India, Irán, Pakistán y Mongolia). Si se suman sus fuerzas, la OCS, entre países miembros y observadores, agrupa a la mitad de la población mundial y dispone de la mitad de las reservas de gas y petróleo del planeta. Para Estados Unidos, la OCS era un peligro potencial, que se ha fortalecido.

La última reunión de la OCS, celebrada en junio de 2006 en Shanghai, realizada cinco años después de la firma de la Declaración de Shanghai, congregó a once países. Fue un éxito. Se firmó un acuerdo sobre seguridad contra el terrorismo y, sin admitirlo, contra las infiltraciones militares y terroristas contra Estados miembros. Además, el presidente chino, Hu Jintao, propuso la firma de un tratado de amistad y cooperación a largo plazo en el marco de la OCS. La Declaración de Shanghai por la que todos los asistentes se comprometen a garantizar la seguridad, la soberanía y la integridad territorial de los países miembros, ayuda a la estabilización de la zona, que limita en su flanco sur con un escenario de ocupaciones militares y nuevas guerras potenciales: Afganistán, Iraq, Irán y Siria, cierran un arco donde, directamente o en las cercanías, Estados Unidos cuenta con un formidable despliegue militar. Por eso, en Shanghai, se decidió la creación de mecanismos para evitar la aparición de conflictos, y a nadie sorprendió el énfasis puesto en la cooperación para el desarrollo (con el ejemplo chino como espejo donde se miran otros países), frente al caos en que se sumerge Oriente Medio. Se creó también una Asociación Interbancaria, dentro de la OCS, para impulsar la colaboración económica. China necesita nuevos suministros energéticos para asegurar su rápido desarrollo y, tanto Rusia como los países de Asia central, incluso Irán, Pakistán y la India, ven en la locomotora china los signos de una oportunidad estratégica para salir del subdesarrollo que no pueden ignorar.

En Shanghai, se constataba que la mera existencia de la OCS, con las cuestiones de seguridad y desarrollo económico como principales preocupaciones, ha creado un nuevo espacio estratégico. De esa forma, los cuatro países de Asia central (todos, menos Turkmenistán), China y Rusia, declaraban la región vital para sus intereses, al tiempo que intentaban tranquilizar diplomáticamente a Estados Unidos… y mientras planificaban el retroceso de la influencia norteamericana en la zona. Vitali Vorobiev, coordinador ruso en la OCS, envió un mensaje a Washington: “La OCS no es una alianza antiamericana”, afirmación que no es compartida por la Casa Blanca ni por el Departamento de Estado, y mucho menos por el Pentágono. Vorobiev, como otros dirigentes que acudieron a Shanghai, era consciente de que la organización había empezado a tener influencia internacional. Si bien fue creada en momentos de confusión política, tras el colapso soviético; hoy, la Rusia de Putin apuesta por la OCS como una organización que puede limitar sus pérdidas de espacio estratégico y prevenir la temida implantación norteamericana en su periferia, anunciada como definitiva por los círculos más influyentes del pensamiento estratégico estadounidense. Rusia —que se halla dividida entre la atracción por la Unión Europea y la esperanza de convertir a la CEI en una confederación útil para el mantenimiento de la estatura política rusa y atractiva para las antiguas repúblicas soviéticas, área que considera “de interés vital”— sabe que se juega su futuro como país relevante en el mundo. Pero, mientras la mitad de su comercio exterior se realiza con la Unión Europea, apenas el quince por ciento se hace con los países miembros de la CEI: es una de las consecuencias de la ruptura de los vínculos económicos de la antigua URSS, que sigue sin superarse.

También Estados Unidos acusa la nueva situación: mientras constata la importancia de la OCS para limitar su presencia en Asia central, no ha podido evitar que los países de la OCS le hayan dado algo de su propia medicina. Si Washington ha utilizado hasta hoy el señuelo de la “lucha contra el terrorismo” para forzar la ampliación de su despliegue militar en Oriente Medio y en Asia central (recuérdese que sus bases en la zona fueron conseguidas después de los atentados del 11 de septiembre), y para invadir Afganistán e Iraq y amenazar a Irán; ahora, tanto Pekín como Moscú han enarbolado los riesgos terroristas para desarrollar la colaboración militar entre los países de la OCS y para forzar la retirada de Washington de la zona. De hecho, China y Rusia ya habían creado un grupo de intervención contra los grupos terroristas en la región, y contra la delincuencia (tráfico de droga, contrabando de armas, comercio con seres humanos, blanqueo de dinero, etc), aunque los responsables chinos y rusos insisten en que la OCS no tiene intención de convertirse en un bloque militar. Es una de las iniciativas de la política cautelosa de fortalecimiento que ha seguido China hasta el momento, siempre huyendo de la estridencia de enfrentamientos directos, aunque fueran en el terreno diplomático, política que Rusia comparte. Pese a ello, a propuesta rusa, durante 2007 se desarrollarán unas maniobras militares conjuntas de los países de la OCS en la región del Volga y en los Urales (en las que podrían participar unidades militares de intervención rápida e incluso la aviación), y los ministros de Defensa pasarán a reunirse anualmente para examinar los problemas conjuntos. Esa decisión tampoco ha sido del agrado de Estados Unidos.

Putin afirmó en Shanghai que es necesario impulsar la relación con los países observadores de la OCS (India, Pakistán, Mongolia e Irán) e, incluso, con Afganistán, e hizo referencia a la incomodidad norteamericana ante las iniciativas de Moscú y Pekín, y ante el hecho de que India y Pakistán participen en la organización. Hu Jintao, el presidente chino, valorando la importancia del momento, calificó la reunión de “éxito absoluto”. Por su parte, Singh, el primer ministro indio, no viajó a Shanghai (gesto que algunas fuentes interpretaron como una concesión a Estados Unidos), aunque el ministro de Energía indio, que encabezó la delegación de Delhi, afirmó que su país quiere ser miembro de pleno derecho de la OCS, objetivo que choca con los planes de Estados Unidos para Asia: los estrategas del Pentágono juegan con la idea de un enfrentamiento chino-indio para limitar el ascenso de China. Pero la ampliación de la OCS no es la prioridad de Moscú, que prefiere reforzar la organización antes que pensar en ampliarla. Al tiempo, China quiere estabilizar la zona y desactivar los conflictos históricos: el acuerdo fronterizo con Rusia y las conversaciones con India, que, para contrariedad norteamericana, han mejorado las relaciones entre los dos países más poblados del mundo, son pasos en esa dirección. Además, la creciente colaboración ruso-china se expresa en el acuerdo firmado entre Gasprom, la compañía rusa de gas, y la CNPC, la empresa petrolera china, convenio por el que, en menos de cinco años, China obtendrá casi la mitad del total de las exportaciones rusas de gas siberiano: es decir, China obtendría una cantidad anual de ochenta mil millones de metros cúbicos de gas. De igual forma, la creciente colaboración de China e India en la captación de recursos petrolíferos —la compañía india ONGC Videsh Limited (OVL) y la Corporación Nacional de Petróleo de China (CNPC) han firmado acuerdos en ese sentido— anuncia cambios que afectaran a la estrategia de Washington. Por si fuera poco, Rusia y Kazajastán presentaron en Shanghai una iniciativa para crear un club energético de la OCS en 2007. No en vano, la articulación de la OCS fue desde el principio un intento de bloquear el intento norteamericano de controlar la zona y asegurarse el dominio de las dos grandes regiones petrolíferas del mundo: Oriente Medio y Asia central.

Incluso Pakistán, que desconfía del acercamiento norteamericano a la India y teme un cambio de alianzas que acentuaría su relativa soledad, se aproxima a la OCS para prevenir su aislamiento político, hasta el punto de que Islamabad aceptaría el incremento de la colaboración energética con Irán, pese al visible enfado de Estados Unidos. En febrero de 2006, con ocasión de su visita a China, Musharraf solicitaba formalmente el ingreso en la OCS, y, durante la cumbre de Shanghai, el dirigente pakistaní pedía el apoyo ruso para pasar a formar parte de la organización como miembro de pleno derecho. El movimiento es significativo si atendemos a que Pakistán ha sido uno de los más fieles aliados de Washington en Asia, aunque haya mantenido buenas relaciones con Pekín a causa de su tradicional enfrentamiento con la India. Hasta el Afganistán de Karzai, país participante como observador en Shanghai, escuchó las demandas de la OCS en la lucha contra la droga, que sirve para financiar a grupos criminales y a los señores de la guerra. No obstante, la llegada de Karzai, un dictador impuesto por Estados Unidos, a Shanghai, y las presiones para que se integre en la OCS, son vistas por los países miembros como un intento de Washington para acceder al proceso de decisiones de la organización y para establecer una cabeza de puente norteamericana para desactivar su integración y fortalecimiento.

De forma significativa, el presidente iraní, Ahmadineyad, puso gran énfasis en impulsar la cooperación entre todos los países de la OCS. Durante su reunión con Putin, el dirigente iraní sugirió la posibilidad de que Rusia e Irán definan conjuntamente su política en relación al gas y colaboren en la fijación mundial de los precios. La visita del presidente iraní fue contestada con dureza por Rice y Rumsfeld, que intentaron presionar a Pekín y Moscú con la hipócrita retórica de la “lucha contra el terrorismo”, presiones que fueron rechazadas por China. Washington, que califica a Irán de “país terrorista”, teme en realidad la consolidación de un contrapeso a su poder en la zona del Golfo Pérsico y el fracaso de su plan para aislar, y eventualmente controlar, al país de los ayatolás. Incluso Japón observa con detenimiento los movimientos en el área y no renuncia a influir en los acontecimientos. Uno de los últimos actos del primer ministro saliente, Junichiro Koizumi, fue realizar una visita a Kazajastán y Uzbekistán, donde nunca había viajado un dirigente japonés de esa responsabilidad. Objetivos del viaje: asegurar el suministro de energía para la industria nipona y contener a Rusia y China en Asia central, fin estratégico que Japón comparte con Estados Unidos.

No acaban aquí las diferencias entre Estados Unidos y la OCS. La importancia que ésta concede a la ONU, contrasta con el desprecio de Washington a la sociedad de naciones, y esa realidad afecta incluso a las complejas maniobras políticas en el seno de la ONU, del Consejo de Seguridad y a la hora de abordar los focos de crisis en el mundo. Sin embargo, las contradicciones entre los distintos países que se reunieron en Shanghai continúan siendo grandes, aunque encuentran un discurso común en el multilateralismo frente a la obsesión hegemonista de Estados Unidos, que no ha renunciado a seguir influyendo en el área. Estados Unidos utiliza a fondo esas contradicciones. Las propuestas del Pentágono para enviar ayuda militar a los países de Asia central son una vía de penetración militar y política: así, Kazajastán ha recibido ayuda norteamericana y Washington ha conseguido firmar un plan de colaboración entre ese país y la OTAN, mientras que en Kirguizistán sigue ocupando la base aérea de Gansi, a cuyo alquiler anual el gobierno kirguizo no quiere renunciar. Gansi (situada junto al aeropuerto de Manas, cuya población se ha manifestado contra la presencia militar estadounidense, y cerca de la frontera afgana) es la única base norteamericana emplazada en los países de la OCS.

Ese es el resultado de la cumbre de Shanghai. No es poco. Sin embargo, aunque la consolidación de la OCS sea un hecho de gran relevancia política, no hay que desdeñar la capacidad de maniobra de Estados Unidos en la zona: su despliegue militar en el Caspio y en Oriente Medio es una amenaza estratégica para Moscú y Pekín, difícilmente reversible a corto plazo. Moscú cuenta con el paraguas estratégico de la OTSC (Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, creada en la CEI en 2001, tras varios años de negociaciones, e integrada por la propia Rusia y Bielorrusia, Armenia, Kazajastán, Kirguizistán, Uzbekistán y Tayikistán), que ha asumido un pacto de defensa mutua entre sus miembros. En mayo de 2001, antes del despliegue norteamericano tras los atentados del 11 de septiembre, la OTSC creó la Fuerza Colectiva de Reacción Rápida en Asia central con soldados de Rusia, Kazajastán, Kirguizistán y Tayikistán, con sede en Bishkek, aunque los acuerdos de Uzbekistán con Washington permitían la presencia de una cuña norteamericana en Asia central que casi hacía ineficaz esa fuerza. Pero la ruptura de Uzbekistán con Washington, tras los hechos de Andiján, ha fortalecido las posiciones de Moscú: en los ejercicios militares conjuntos de la OTSC, realizados en agosto pasado en la costa del Mar Caspio, participó por primera vez Uzbekistán, que, además, se ha adherido al Tratado, pasando a formar parte de la OTSC. Rusia acaricia el objetivo de que otras antiguas repúblicas soviéticas se adhieran a esa organización, pero la debilidad de Moscú continúa siendo grande: debe prestar atención a sus propios focos de conflicto, sabiendo que Estados Unidos no ha descartado la posibilidad de una ruptura de la propia Rusia. Hay serios motivos de alarma. Un reciente informe presentado en la Duma rusa, elaborado por Valentin Falin (ex embajador soviético en Alemania y dirigente comunista) y Gennadi Yevstafiev (general de los servicios secretos), alertaba de un inevitable deterioro de las relaciones entre Rusia y Estados Unidos en los dos próximos años, a consecuencia del giro de la política norteamericana, que se orienta a hacer fracasar el proyecto de “soberanía energética” diseñado por el gobierno ruso y también a acelerar la entrada de Ucrania y Georgia en la OTAN. El informe prevé un aumento de las presiones norteamericanas en las repúblicas periféricas de Asia central y en el Cáucaso, de la mano de fundaciones y ONGs financiadas por Occidente, que podrían crear peligrosos focos de conflicto en la propia federación rusa. De hecho, el Ministerio de Defensa ruso ha elaborado una doctrina militar en la que considera que los peligros exteriores para Rusia vienen desde Estados Unidos y la OTAN, y de las oscuras redes del “terrorismo internacional”, manipuladas con frecuencia por los servicios secretos. Por ello, Rusia trata de reorganizar su ejército y dotar de nuevo armamento a sus unidades, con la intención de pacificar sus fronteras y establecer acuerdos de colaboración y amistad con todas las repúblicas del llamado “extranjero cercano” (sabiendo que sus disputas con Ucrania, Georgia, Moldavia y Azerbaiján limitan su fortalecimiento), al tiempo que espera que, dentro de cinco años, cuando termine la validez del actual Tratado ruso-norteamericano de reducción de armamento estratégico ofensivo, pueda haber renovado en buenas condiciones sus sistemas de misiles balísticos y reorganizado sus fuerzas nucleares estratégicas. Ambos países, Rusia y Estados Unidos, se comprometieron a reducir sus arsenales hasta un límite de unas dos mil doscientas cabezas nucleares en 2012.

China, no por casualidad, insiste hoy en la lucha contra el terrorismo, el separatismo y el extremismo, y juega un papel cada vez más relevante: la OCS tiene su sede permanente en Pekín. La diplomacia china, artífice de su creación, ha conseguido ahora, con el cónclave de Shanghai, un importante triunfo, que se añade a la declaración de la OCS de julio de 2005, cuando exigió que Washington retirase sus tropas de Asia central: Afganistán ya no podía servir como excusa. Por eso, en septiembre de 2006, tras la cumbre de Shanghai, la reunión que celebró en Pekín el organismo antiterrorista de la OCS, reafirmaba los lazos económicos, pero también la ambición geopolítica que debía cumplir la organización. Estados Unidos no se resigna: el gobierno Bush continúa insistiendo y presionando para que la OCS se limite a la colaboración económica y abandone la pretensión de coordinar la fuerza militar de sus miembros y de jugar un papel en la geopolítica planetaria. El presidente ruso, Putin, ya había manifestado que el objetivo de la OCS es conseguir un sistema de relaciones internacionales más justo, y, aunque no lo planteara abiertamente, es obvio que ese fin choca frontalmente con el predominio norteamericano en las relaciones internacionales durante la última década. Por eso, durante la visita que el presidente chino, Hu Jintao, realizó a Estados Unidos, en marzo de 2006, una de las cuestiones que Bush y sus asesores pusieron gran interés en abordar con él fue el papel de la OCS y los objetivos que persigue. Hu Jintao tranquilizó a Bush insistiendo en que la OCS no era una organización antiamericana, pero pese a las buenas palabras y las cautelas diplomáticas chinas, los estrategas norteamericanos desconfían de una organización que puede marginar a Estados Unidos de grandes áreas de Asia.

Hay más cuestiones preocupantes para Washington. La pretensión norteamericana de atraer a China hacia la política de acoso a Irán, recibió un duro varapalo cuando Hu Jintao se pronunció contra la imposición de sanciones promovida por Bush y defendió la vía diplomática para abordar la cuestión nuclear iraní, rechazando el recurso a la fuerza. Es lógico. Pekín es consciente de que una hipotética llegada de la maquinaria bélica norteamericana al mar Caspio, tras una guerra contra Irán, crearía un difícil escenario para todos los países de Asia central, para la propia Rusia y, también, para el acceso chino al mercado energético de la zona. No debe olvidarse que, con el hipotético establecimiento norteamericano en Irán, el proyecto, ya previsto, de construcción de un oleoducto de casi cuatrocientos kilómetros que debe unir las fuentes de petróleo iraní con el Caspio y añadirse después al oleoducto Kazajastán-Xinjiang quedaría sometido a los deseos de Washington y a sus necesidades estratégicas. También se verían afectados los acuerdos firmados entre China y Turkmenistán para suministrar gas turkmeno a las regiones occidentales chinas. Estados Unidos considera un peligro para su hegemonía actual que China consiga asegurar los suministros energéticos que precisa para mantener su crecimiento económico. Por eso, las constantes presiones norteamericanas sobre Pekín (en relación a su déficit comercial con China, sobre la revaluación del yuan o las disputas sobre propiedad intelectual de productos, junto a otras cuestiones que veremos) son cartas para condicionar la autonomía china y dificultar su fortalecimiento.

La pugna continúa también en escenarios menos importantes: el encontronazo diplomático entre Kirguizistán y Estados Unidos, que llevó durante el pasado verano a la mutua expulsión de diplomáticos kirguizos y norteamericanos, se cerró precariamente con la visita del subsecretario de Estado norteamericano, Richard Boucher, a Bishkek, organizada con el propósito de limitar los daños e insistir en la importancia que Estados Unidos da a la base aérea de Gansi para su despliegue militar en Afganistán, supuestamente para “fines humanitarios”. La política norteamericana de la zanahoria fue ampliada con promesas sobre futuras inversiones norteamericanas en la explotación de los recursos energéticos de Kirguizistán. En Washington, preocupa cada vez más el creciente retroceso norteamericano en la zona y el reforzamiento de la colaboración científica, técnica y militar entre Rusia y China. El propio Boucher, que tiene a su cargo en el Departamento de Estado el seguimiento del área, insistía recientemente en la conveniencia de que la OCS se limitase a funciones económicas y comerciales.

No debe olvidarse que, además de la presión política sobre cuestiones de derechos humanos, Estados Unidos juega otras cartas: sabe que, además del chantaje político y las amenazas veladas contra Rusia, puede presionar eficazmente a China, en el exterior y en el interior. Veamos algunos ejemplos. Los intentos de reforma laboral del gobierno de Pekín para garantizar los derechos de los trabajadores chinos (afectados por la ineficiencia de los sindicatos y por la voracidad de muchas empresas multinacionales) y mejorar las condiciones contractuales, los salarios, y limitar la temporalidad y la arbitrariedad empresarial con una nueva ley, son duramente torpedeados por las asociaciones de empresas multinacionales que han invertido en los últimos años en la economía china: no sólo porque éstas defienden sus cuentas de resultados sino, también, porque, de la mano del gobierno norteamericano, amagan con complicar más a Hu Jintao el control del desarrollo económico de China. Así, la Cámara de Comercio de Estados Unidos en Shanghai (que representa a más de mil empresas multinacionales), y el Consejo de Empresas USA-China (que integra a unas doscientas cincuenta grandes empresas norteamericanas), han hecho saber su oposición a la reforma laboral preparada por el gobierno chino, acudiendo a veladas amenazas de desinversión. A juicio de las grandes empresas norteamericanas (¡que han alardeado con frecuencia de que su política busca proteger los derechos humanos!), la propuesta del gobierno de Pekín otorga demasiados derechos a los obreros chinos. De manera que China se enfrenta, por un lado, a la insatisfacción de millones de trabajadores que soportan las duras condiciones impuestas por las multinacionales, y, al tiempo, a la amenaza que las mismas multinacionales dejan entrever para la continuidad del desarrollo chino, amenazando con su traslado a la India, Pakistán y a países del sudeste asiático.

Además, en otro plano, Estados Unidos, con diferentes recursos, sigue presionando a China en Xinjiang y Tíbet, apoyando discretamente los movimientos nacionalistas locales; y en Taiwan, donde impulsa bajo cuerda la estrategia independentista mientras exagera la debilidad militar de Taiwan para rearmar a la isla y fortalecer sus propias posiciones, y en Corea del Norte. La agresiva política norteamericana de acoso a Corea del Norte, evidente después de la definición por Washington del fantasmagórico eje del mal y del incumplimiento de los acuerdos firmados con Pyongyang, ya ha conseguido algunos efectos, aunque la respuesta del gobierno norcoreano de explosionar una pequeña bomba atómica el pasado 9 de octubre, crea problemas añadidos a China: la reactivación de la crisis coreana consolida la dependencia de Tokio y Seúl de Estados Unidos, impulsa el rearme de esos dos países y crea problemas a Pekín y Moscú, al tiempo que dificulta el desarrollo económico de la zona. Sin embargo, pese a las alarmas suscitadas por la amenaza de proliferación de armamento atómico en el mundo, no hay que olvidar que el acoso norteamericano a Corea del Norte viene de lejos y explica los movimientos defensivos de un pequeño país que no amenaza a nadie, pese a la desaforada propaganda norteamericana: Truman, en 1950; Eisenhower, en 1953; Nixon, en 1973, y Clinton, en 1994, todos esos presidentes norteamericanos amenazaron a Corea del Norte con un bombardeo atómico, y la política de Bush tras el 11 se septiembre no ha hecho sino agravar la situación. Pero es dudoso que la respuesta de Pyongyang del 9 de octubre sea la más adecuada. Baste recordar que el agravamiento de la crisis dificulta el objetivo chino de conseguir la desnuclearización de la península coreana, (donde Estados Unidos cuenta con armamento atómico en submarinos nucleares) y, además, afectará a los proyectos de construcción (con participación rusa) del ferrocarril transcoreano y su empalme con el ferrocarril transiberiano para facilitar el comercio de Asia con Europa, y también perjudicará la llegada, gracias a la construcción de nuevos oleoductos, de hidrocarburos rusos a la península, con destino a Corea del Sur y, probablemente, a Japón. Todo ello, mientras Estados Unidos, en un consumado acto de hipocresía, se prepara para realizar la primera prueba de armas espaciales en los próximos meses, según ha revelado Craig Eisendrath (diplomático norteamericano, colaborador del Center for International Policy) a la cadena ABC. Esa prueba (según algunas fuentes, organizada para responder a los avances chinos en la utilización de los rayos láser contra satélites espaciales norteamericanos, es el primer paso para el despliegue de armas estadounidenses en el espacio con la intención de conseguir el monopolio en el cosmos.

Una última pincelada. El aumento de la presión norteamericana sobre Rusia, donde Washington juega la carta del grupo GUAM (Georgia, Ucrania, Azerbeiján y Moldavia), de la hipotética integración de Ucrania en la OTAN y de la reactivación de los conflictos en el Cáucaso, se ha puesto de manifiesto con la crisis de los espías en Georgia y con diversas iniciativas para hacer retroceder la agenda diplomática rusa. Así, con ocasión del 61º período de sesiones de la Asamblea General de la ONU en Nueva York, la pretensión del GUAM (sugerida por la diplomacia estadounidense) de incluir en el orden del día la discusión sobre los conflictos de Abjasia y Osetia, Nagorni Karabaj y la región oriental de Moldavia, pretensión a la que Moscú se opuso con fuerza, es el último intento de condicionar a Rusia enviándole un mensaje sobre las consecuencias que puede tener una política rusa contraria a los designios de Washington. La crisis entre Rusia y Georgia sobre los supuestos espías rusos detenidos, —crisis urdida por los servicios secretos norteamericanos— es un aviso de Washington a Moscú, por país interpuesto, sobre las consecuencias que puede tener una política exterior rusa demasiado audaz e independiente y demasiado próxima a Pekín. Washington deja claro el mensaje: la OCS debe limitarse a cuestiones menores. Al tiempo, aunque Putin ha dejado claro que el aumento de la colaboración entre los países del área soviética es la prioridad absoluta de la política exterior rusa, Washington no está dispuesta a aceptar el fortalecimiento ruso.

Pese a la retórica de su propaganda, Estados Unidos no busca la ampliación de la democracia en el mundo, ni está especialmente interesado en el combate contra el terrorismo, como tampoco teme el poder militar coreano o iraní: todas esas cuestiones son cartas a jugar en el complejo tablero de las relaciones internacionales y en la creación de alianzas para conseguir el objetivo de mantener la hegemonía norteamericana en el planeta. Hegemonía que la OCS amenaza con dañar. La paz mundial que Washington ofrece al mundo es apenas un programa de resignación al dominio estadounidense o de rendición ante la fuerza: las veladas amenazas a Rusia y China y la reactivación de viejos conflictos y creación de nuevas disputas en Asia, revelan el rumbo de la política norteamericana. Mientras la Unión Europea cede con demasiada frecuencia a las exigencias de Washington (olvidando sus propios compromisos internos), Rusia y China procuran eludir un enfrentamiento directo con Estados Unidos: Moscú, porque es consciente de su debilidad actual; Pekín, porque necesita tiempo. Pero la OCS es ya un desafío abierto para la hegemonía norteamericana en el mundo.
 


 

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