052007 - La
evidencia del desorden planetario frente a la profecía sobre la llegada
de un mundo más seguro que lanzó la propaganda liberal tras la
desaparición de la
URSS, y la caótica globalización en curso, junto al estallido de
nuevas guerras y la preparación de otras, casi siempre por iniciativa de
Washington, son fuentes de preocupación en todo el planeta, en unos años
de transición desde un espejismo unipolar a un escenario estratégico más
complejo donde se dibuja ya la decadencia del predominio norteamericano,
aún hegemónico, gobernado por un poder económico y militar que, pese a
los contratiempos estratégicos sufridos y pese a las tendencias que se
anuncian, se resiste a admitir que debe compartir áreas de influencia
con otras potencias globales.
Por eso, el rumbo que muestra la acción
internacional norteamericana augura un progresivo enfrentamiento entre
países, porque la guerra es, de nuevo, el principal recurso exterior de
Washington.
No es casualidad que
Putin haya dicho que el empeño norteamericano en afirmar su poder
solitario sobre el mundo es “una fórmula hacia la catástrofe”: incluso
estadistas de países aliados de Washington creen lo mismo aunque no lo
manifiesten en público.
Así, el pasado 10 de febrero, en la
Conferencia de Seguridad celebrada en Munich, el presidente ruso, ante
representantes de cuarenta países, planteó con mayor claridad que nunca los
problemas que crea en el mundo la política norteamericana. ¿Qué dijo Putin?
Sostuvo que la seguridad internacional abarca más cuestiones que la mera
estabilidad militar: implica la estabilidad económica, el combate contra la
pobreza, la seguridad económica y el desarrollo global. Especulando con el
concepto de un “mundo unipolar”, Putin afirmó que quienes lo defienden se
refieren a un centro de fuerza, de decisión: un mundo con un patrón, que es
inaceptable y, además, imposible. El medido discurso preparado por el
Kremlin mantuvo que es el intento de introducir ese concepto de “mundo
unipolar”, convertirlo en real con el recurso a acciones unilaterales,
ilegítimas, que no han resuelto ningún problema, lo que está complicando los
asuntos internacionales. Putin afirmó que los Estados Unidos están superando
sus fronteras nacionales, imponiendo su política a otros: “¿A quién le gusta
eso?”, se preguntó. “Nadie se siente seguro”. Frente a esa realidad, postuló
un equilibro razonable, entre intereses diversos, con la ONU como fuente de
legitimidad: criticando al ministro de defensa italiano (que había dicho que
el uso de la fuerza era legítimo si así lo decidía la
OTAN, la Unión Europea o la
ONU) Putin dijo que solamente la ONU
podía tener esa responsabilidad.
Defendió también la reducción de armas
nucleares: Rusia y Estados Unidos acordaron en su día la limitación de
misiles estratégicos hasta un número de 1.700-2.000 cabezas nucleares para
finales de 2012. Junto a ello, Putin llamó la atención sobre el peligro de
militarización del espacio. En el aire estaba la crítica norteamericana a
China por el lanzamiento de un misil antisatélite… sin reparar,
interesadamente, en que, como recordó Putin, Estados Unidos hicieron algo
semejante ya en los años ochenta. La contrariedad norteamericana radica en
la constatación de que, como tituló The New York Times, “China
desafía la hegemonía espacial de Estados Unidos”, añadido al hecho de que
Pekín se niega a aceptar la imposición norteamericana: debe recordarse que
Bush había decretado, en octubre de 2006, que su país “se reservaba el
dominio del espacio”, al tiempo que se negaba a negociar cualquier tratado
que pudiera limitar la acción de Estados Unidos en el cosmos.
Sobre el establecimiento de nuevos sistemas
antimisiles norteamericanos en Europa, Putin recordó que ningún país
problemático (según el criterio norteamericano: Irán y Corea
del Norte) tiene capacidad para lanzar misiles de un alcance de hasta ocho
mil kilómetros ni los tendría en un futuro previsible. “También es obvio que
un hipotético lanzamiento de un misil de Corea del Norte contra Estados
Unidos vía Europa Occidental contradice las leyes de la balística.” Así,
concluyó que las razones para desplegar un escudo antimisiles en Europa eran
otras.
No era la última cuestión espinosa que abordó
el presidente ruso. Recordó que el Tratado sobre Fuerzas Armadas
Convencionales en Europa fue firmado en 1999, y que, en los siete años
transcurridos, sólo cuatro países lo han ratificado, entre ellos Rusia. Los
países de la OTAN se niegan ahora a ratificarlo, utilizando como excusa la
presencia de tropas rusas en Moldavia y Georgia. “¿Y qué es lo que ha
sucedido en este mismo período?”, se preguntó Putin. En esos años se crearon
bases norteamericanas en Bulgaria y Rumania, con cinco mil soldados
estacionados, de manera, concluyó Putin, que la OTAN avanza sus unidades
militares hacia las fronteras rusas, mientras que Moscú, que ha cumplido
estrictamente el Tratado, no ha respondido a esa nueva realidad. No era
extraño así que el presidente ruso afirmara que la expansión de la OTAN no
está relacionada con la seguridad europea, sino que es una provocación, que
rompe con los compromisos que asumieron los propios dirigentes de la OTAN en
1990 (Manfred Woerner, entonces secretario general, aseguró que no se
destacarían tropas fuera del territorio alemán, como garantía de seguridad a
Moscú), y que se preguntase ¿a quién interesa esa expansión de la OTAN?
¿Dónde están aquellas garantías?
Criticó además a la OSCE (Organización para
la Seguridad y Cooperación en Europa) porque no está cumpliendo los fines
para los que fue creada y se ha convertido en un instrumento para defender
los intereses occidentales, destruyendo los equilibrios europeos. Pese a
ello, Putin no hizo referencia a los acuerdos de Helsinki —que han sido
incumplidos en Yugoslavia, en Alemania y en la propia URSS— aunque la
diplomacia rusa no olvida que los nuevos precedentes de Montenegro y
Kosovo, y las tensiones en su periferia (Osetia, Transdniestria, Abjasia,
Osetia, Alto Karabaj, Chechenia), aunque tienen obvias raíces locales, son
utilizadas por Estados Unidos como instrumento de presión sobre Moscú. No en
vano, la tesis de
Brzezinski sobre la conveniencia de desmembrar Rusia continúa siendo uno
de los vectores de la planificación estratégica de Washington.
Putin no reclamó el sóviet, ni mucho menos; ni especuló con una nueva
guerra
fría: quien lanzó en los pasillos esa especulación fue la diplomacia
norteamericana, y sus opiniones fueron amplificadas de inmediato por los
grandes medios de comunicación mundiales, en un vergonzoso ejercicio de
manipulación. En Munich, Putin habló de “nuestros amigos americanos”,
recordando (frente a las acusaciones de que Rusia utiliza su potencia
petrolífera y gasística para presionar políticamente) que más de la cuarta
parte de la extracción de petróleo en Rusia está en manos extranjeras, y que
no puede hablarse de que los intereses rusos participen de forma semejante
en los sectores económicos estratégicos occidentales, acusando así a
Occidente de dar con una mano y arrebatar con la otra. Esa fue su
intervención en la Conferencia.
Incluso los liberales rusos (que son
pronorteamericanos) como Grigori Yavlinski, consideran que las
nuevas instalaciones del escudo antimisiles que proyecta Bush en
Polonia y Chequia son una provocación. La oposición comunista rusa
reconoce que Putin ha cambiado la política exterior de los años de
Yeltsin, aunque no por ello le dedica elogios por su política
global. Putin no amenazó en Munich: simplemente, pretendió cerrar la
etapa de postración y dependencia que Yeltsin impuso a la política
exterior rusa. Tras casi quince años de retroceso político de Moscú,
atravesado por el desastre de la década de Yeltsin (cuyo gobierno,
en términos geoestratégicos, protagonizó una verdadera traición a
Rusia), Putin, aceptando la evidencia de la pérdida de influencia
rusa en Europa oriental, pretende hacer valer los intereses del país
en el espacio postsoviético, en las repúblicas que formaron con ella
la URSS. Es una pretensión razonable, y una equilibrada política
norteamericana debería tenerla en cuenta, pero no ha sido así hasta
ahora. La manifiesta contrariedad norteamericana por el discurso de
Putin en Munich se explica porque, por primera vez en quince años,
se verbalizaba una oposición tajante a su nuevo diseño estratégico,
y, también, porque Washington ha empezado a encontrar dificultades
en la aplicación de su política, que no es otra que conseguir la
incorporación de todas las antiguas repúblicas soviéticas a su
esfera de influencia, continuar presionando a Moscú, imponer la
plena libertad en la zona para sus empresas y compañías petrolíferas
e, incluso, asegurar la colocación de agentes suyos en los gobiernos
de la periferia rusa: Georgia es un ejemplo acabado de los objetivos
norteamericanos. En esa política cobra sentido la instalación de un
escudo antimisiles en Europa, cuyo objetivo no es Irán, ni Corea, ni
oscuros terrorismos, sino Rusia.
Mientras, los planificadores de la
política exterior rusa creen que el futuro vendrá determinado por un
esquema de cinco potencias (USA, China, Rusia, UE, India) donde
Moscú podría desempeñar un papel equidistante entre occidente y las
potencias asiáticas. Algunos, en la estela de la OCS, hablan de un
triángulo ruso-chino-indio que limite el poder norteamericano y se
oponga a su penetración en Europa y Asia. La reciente cumbre, en
Nueva Delhi, de Sergei Lavrov, Li Zhaoxing y Pranab Mudherjee,
ministros de Asuntos Exteriores de Rusia, China e India, va en esa
dirección. El escenario se mueve.
A finales de 2005, el presidente
ucraniano, Yuschenko,
(todavía exultante por la victoria de la revolución naranja)
había reclamado que los dirigentes de los países bálticos, del
Cáucaso y de Europa central cooperasen, siguiendo los mecanismos del
recién creado Foro de la Comunidad de Opción Democrática,
FCOD, un invento de la diplomacia norteamericana para seguir
acosando a Rusia. Yuschenko afirmaba, con fingida candidez, que el
foro sólo pretendía estimular los principios democráticos en el
área, “sin pronunciarse contra ningún país”. El foro fue impulsado
por Ucrania y Georgia y apoyado por Rumania y Letonia, satélites
norteamericanos en la zona. Desde Georgia, convertida en punta de
lanza de los ataques cocinados en Washington, el gobierno acusaba a
las tropas rusas de suministrar armamento a “regímenes
separatistas”, aludiendo a Osetia y Abjasia, pretendiendo ignorar la
evidente intervención norteamericana, cuando, además, según los
acuerdos firmados, Moscú retirará de Georgia sus últimos soldados en
2008. La nueva doctrina militar georgiana había sido elaborada en el
marco de la cooperación con la OTAN, y directamente supervisada por
Washington. Saakashvili, el presidente georgiano, aprovechó para
acusar a Moscú de utilizar el aumento del precio del gas con fines
políticos.
En las mismas fechas, Yuri
Baluyevski, jefe del Estado Mayor ruso, declaraba que Rusia no se
estaba preparando para una guerra nuclear, ni tampoco convencional,
pese a lo cual criticó a Estados Unidos por su política nuclear de
doble rasero, que exige a Irán pero tolera a Israel. Baluyevski
señalaba los intentos de la OTAN para debilitar la influencia rusa
en las otrora repúblicas soviéticas, y subrayaba la importancia de
la cooperación militar en el seno de la CEI, que para los militares
rusos debe ser una prioridad de la política exterior de Moscú.
Baluyevski señalaba la evidente intromisión norteamericana en las
“revoluciones de colores”, y advertía ya contra la intención
norteamericana de instalar sistemas antimisiles norteamericanos en
el Este de Europa. Sus palabras se han revelado proféticas.
Washington ha seguido aplicando su
política de hechos consumados. En mayo de 2006, Estados Unidos
anunció su apoyo a la incorporación de Ucrania y Georgia al
plan de acción para su ingreso en la OTAN, pese a que todos los
estudios indican que la población ucraniana, por ejemplo, se opone
mayoritariamente al ingreso, con cotas superiores al ochenta por
ciento de los ciudadanos. Washington no retrocede por ello: pese a
que prefiere que el gobierno de Kiev fuerce la integración sin
consultar a la población, no descarta la posibilidad de falsificar
un referéndum si, finalmente, hubiese que convocarlo. Por las mismas
fechas, Alexander Yakovenko, viceministro ruso de asuntos
exteriores, denunciaba la financiación norteamericana y europea, sin
citarlas, de ONGs rusas, como ejemplo de injerencia. Es otro de los
instrumentos de intervención norteamericana en Rusia.
En la práctica, Estados Unidos ha
creado un bloque regional en la Europa oriental que se dirige contra
Moscú, pero también contra Europa occidental. Letonia y Estonia
tienen serias deficiencias democráticas, que invalidan su política,
plegada a los intereses norteamericanos, por no hablar de la Polonia
revanchista de los hermanos Kaczyński. En Vilna, la capital lituana,
(con ocasión, el mismo mes de mayo, de una Conferencia internacional
de “países del Mar Negro y del Mar Báltico”, que define un ámbito
geográfico absurdo, pero diseñado por el Departamento de Estado
norteamericano con un claro contenido antiruso), el vicepresidente
Richard Cheney pronunció un agresivo discurso contra Rusia, tan
severo que llevó a los periodistas presentes a especular con el
espectro de una nueva guerra fría. La implícita amenaza
contra Moscú, y la áspera advertencia de que Washington tiene
intereses nacionales en toda la periferia rusa, mostraba la ambición
norteamericana y el deseo de reducir la influencia rusa en el área:
Estados Unidos da por consolidado su dominio sobre la Europa
oriental (desde Polonia, Chequia, Hungría, Rumania, Bulgaria, hasta
los países bálticos) y se dispone a seguir incorporando
países-cliente, como Georgia y Ucrania, sin olvidar intervenir
solapadamente en los focos de conflicto en el interior de Rusia, con
tres instrumentos principales: la presión diplomática, el apoyo a
ONGs mercenarias y la utilización de provocaciones terroristas.
Robert Gates, el nuevo responsable del Pentágono, mostró en la
cumbre de Sevilla su “preocupación” por la, según él, imprevisible
evolución de Rusia, China, Irán y Corea del Norte: era una nueva
vuelta de tuerca en la carrera hacia adelante para conseguir que el
Congreso norteamericano aumente los recursos militares. El
presupuesto del Pentágono asciende a más de 620.000 millones de
dólares, el doble de lo que Estados Unidos gastaba en los momentos
más tensos de la guerra fría, y es veinticinco veces
superior al presupuesto militar ruso.
Existen desencuentros en la
exploración del espacio: Rusia y Estados Unidos mantienen la EEI,
Estación Espacial Internacional, pero se ha puesto fin a la
cooperación espacial de finales de los noventa. De hecho, Washington
pretende liquidar la EEI (un proyecto conjunto de Estados Unidos,
Rusia y la Unión Europea), cuyos acuerdos terminan en 2010, para
centrarse en sus propios proyectos. Es grave: se liquida así un
proyecto de colaboración, para entrar en una espiral de
enfrentamiento inevitable, que Washington tiene esperanzas de ganar.
Sabe que Rusia no puede mantener por sí sola la estación (la Unión
Europea es, a estos efectos, mera comparsa) y Estados Unidos quiere
acabar con la supremacía rusa en el lanzamiento de cohetes
espaciales (que sigue conservando). Las presiones diplomáticas
norteamericanas sobre clientes europeos y asiáticos de la
cosmonáutica rusa han empezado a aumentar. Como era previsible,
Anatoli Perminov, director de la Agencia Espacial rusa, declaró que
su país no participará en el programa norteamericano a la Luna.
La falta de cooperación espacial es
muy significativa porque afectará a los planes militares y al
despliegue del nuevo escudo antimisiles norteamericano, que, según
los planes del Pentágono, será ampliado en los próximos años, con el
objetivo de conseguir la definitiva hegemonía militar. Por eso, el
gobierno Bush proclamó a finales de 2006 que se reservaba el espacio
para asegurar la defensa del país: otorgándose el papel de guardián
del cosmos, Washington pretende controlar el sistema de observación
espacial que, además, quiere que sea único y que permanezca en sus
manos, acaparando así las comunicaciones, asegurando su dominio
tecnológico y supervisando el desarrollo de nuevos sistemas
espaciales. En esencia, un monopolio norteamericano sobre el cosmos.
Según fuentes militares, el sistema
antimisiles que Estados Unidos pretende instalar en Polonia y
Chequia estaría compuesto, en el caso polaco, de diez unidades de
misiles con un alcance de seiscientos kilómetros y una velocidad de
cinco kilómetros y medio por segundo. Los misiles balísticos
alcanzan velocidades superiores, por lo que no serían eficaces
contra el actual armamento ruso, pero sientan un precedente para
instalar nuevos sistemas en Europa, muy cercanos a las fronteras
rusas, y, además, Washington piensa continuar desarrollando mejores
mecanismos de interceptación y de mayor alcance. Para justificar el
despliegue del escudo, Washington esgrime la amenaza de Irán y Corea
del norte, pero ese argumento no es creíble, entre otras razones
porque si fuera cierto podría desplegar el escudo en Turquía,
orientado hacia Irán, y en Japón, más cercano a la península
coreana. Menos creíble aún es que esos sistemas sean un escudo
contra ataques terroristas, como abusivamente ha presentado la
diplomacia norteamericana. Con razón, Putin se preguntaba en Munich
“¿acaso los terroristas tienen armas balísticas?”
El nuevo radar que Estados Unidos ha
previsto instalar en Chequia (cuyo radio de acción sería
posteriormente ampliado con instalaciones marítimas y en el espacio)
es rechazado mayoritariamente por la población checa: según todos
los sondeos disponibles, apenas un veintiocho por ciento de los
habitantes aprobaría esa medida. Pese a ello, el gobierno
conservador de Mirek Topolanek estima, pese a las evidencias, que
aumentará la seguridad en su país y en Europa. El Partido
Comunista checo, KSCM, que reclama un referéndum sobre la cuestión y
está impulsando una campaña de recogida de firmas, denuncia la
posición del gobierno y de los partidos de derecha, así como del
partido socialdemócrata, que pretenden conseguir el apoyo popular a
las instalaciones norteamericanas, asegurando para ello que crearán
puestos de trabajo. Algo parecido a lo expuesto por Topolanek
planteaba el primer ministro polaco, Jarosław Kaczyński, cuando,
tras hablar con Condoleezza Rice sobre el despliegue de los nuevos
misiles en Polonia, afirmó que su gobierno consideraba beneficiosa
esa decisión, tanto para su país como para Europa, pese a que
también la mayoría de los ciudadanos polacos se opone a la
instalación de los misiles norteamericanos. La condición de país
satélite de Polonia quedaba al descubierto por la premura de las
consultas: a finales de enero de 2007, la ministra de Asuntos
Exteriores polaca, Anna Fotyga, declaraba que su gobierno estaba
“estudiando” la propuesta norteamericana, y que no estaba aún
preparado para adoptar una decisión definitiva. Las presiones
norteamericanas allanaron el camino: quince días después de esa
declaración de Fotyga, el gobierno de Varsovia había aceptado el
despliegue de los misiles. Al respecto, el secretario general del
Partido Comunista ruso, Guennadi Ziuganov, lamentaba la decisión del
gobierno polaco, que contribuye a la tensión, al tiempo que
recordaba que en Polonia están enterrados seiscientos mil soldados
soviéticos que liberaron el país del nazismo. Pero la espiral
armamentista se ha iniciado: rizando el rizo, el primer ministro
Jarosław Kaczyński afirmaba a finales de febrero que el rechazo ruso
al escudo norteamericano supone una amenaza para Polonia y debe
responderse a ella.
A propósito de la amenazante
instalación en tierras polacas, Sergei Ivanov, ministro de Defensa
ruso, aseguró que nadie conseguiría arrastrar a Rusia a una nueva
carrera de armamentos, y aunque no citó a ningún país es obvio que
se refería a Estados Unidos. Ivanov es consciente de que uno de los
objetivos norteamericanos es abortar el fortalecimiento ruso
arrastrando al país a una nueva carrera armamentista. Ivanov declaró
a Der Spiegel que la instalación, por primera vez en la
historia, por Estados Unidos de armas antimisiles en Europa tiene
repercusiones estratégicas, y Rusia debe responder. La respuesta
será “asimétrica”, pero eficaz, según las declaraciones de
responsables militares rusos, atendiendo a la nueva realidad: los
servicios secretos rusos, FSB, establecen que los dos focos más
peligrosos para su país son la inestabilidad en Oriente Medio y el
intento norteamericano de aumentar sus fuerzas militares en las
fronteras rusas. Nikolai Patrushev, director del FSB, citaba a
finales de enero el nuevo despliegue de la OTAN en Europa oriental y
en el sur de Rusia (Cáucaso), y las disputas de Abjasia,
Transdniestria y Osetia del sur, como cuestiones más preocupantes
para la seguridad de Rusia.
Cuando
Reagan anunció la IDE, Iniciativa de Defensa Estratégica, la
idea del Pentágono era instalar un escudo antimisiles en el
espacio. Ese proyecto fue abandonado tras la desaparición de la
URSS, aunque Clinton decidió en 1999 desplegar nuevos sistemas
de defensa antimisiles en Estados Unidos (que se encuentran en
silos subterráneos en Alaska y Maine, y que cubren por el norte
y por el sur todo el continente euroasiático). Después, Bush
abandonó unilateralmente, en diciembre de 2001, el Tratado de
Misiles Antibalísticos, ABM, que se había firmado con la Unión
Soviética en 1972, contrayendo una grave responsabilidad en la
ruptura de los equilibrios mundiales.
El proyecto de escudo a instalar
en Polonia y Chequia no es el único paso agresivo dado por
Washington. A principios de febrero de 2007, Estados Unidos
trasladaba el mayor radar de que dispone sobre una plataforma
flotante (que es, además, el mayor del planeta) desde Pearl
Harbor hasta Adak, en las islas Aleutianas. Ese radar, que forma
parte del sistema antibalístico norteamericano, está orientado
ahora hacia la península siberiana rusa de Kamchatka, y
conectado a los misiles desplegados en Alaska que vigilan toda
la Siberia Oriental y China. Pocos días después, Robert Gates
anunció en el Congreso la necesidad de reforzar la capacidad
militar norteamericana, colocando a Rusia y China entre los
potenciales adversarios y utilizando conceptos ambiguos que
llevaron a muchos analistas a preguntarse si se preparaba una
guerra contra Rusia. Por su parte, el almirante retirado Michael
McConnell, nombrado a finales de febrero nuevo responsable de
Inteligencia norteamericano (en sustitución del siniestro John
Negroponte), proclamaba que había que prestar más atención a
Rusia, escenificando así el final de la cooperación con Moscú,
aunque visto desde una perspectiva global esa cooperación fue,
en los doce años posteriores a la desparición de la URSS, mera
sumisión rusa a los planes norteamericanos. Apenas unos días
después, el vicepresidente Cheney criticaba el “creciente poder
militar chino”.
Conscientes del impacto mundial
de esas iniciativas, algunos responsables norteamericanos
pretendieron acallar las críticas siguiendo un guión
tranquilizador que, sin embargo, no aportaba nuevos elementos.
Así, negando la evidencia de que el despliegue de nuevos
sistemas militares nunca es una medida amistosa, el general
norteamericano Bantz Craddock, nuevo jefe de las fuerzas de la
OTAN en Europa, manifestaba en Varsovia que Rusia “no tenía nada
que temer” a consecuencia de las nuevas instalaciones
norteamericanas en Europa oriental. Fiel a la tradición
intoxicadora de su diplomacia, el embajador norteamericano en
Ucrania, William Taylor, intervenía asegurando que su país no
entendía el rechazo de Moscú a las nuevas instalaciones, al
tiempo que, en flagrante contradicción, aseguraba que el
gobierno ruso había reconocido que el sistema antimisiles
previsto para desplegar en Polonia y Chequia “no era una amenaza
para Rusia”. Añadiendo nuevos elementos de preocupación para
Rusia (en una muestra de torpeza, o bien de calculada presión),
Taylor aseguraba que no había negociaciones en curso para la
instalación de parte de esos sistemas en Ucrania. El 23 de
febrero, Henry Obering, jefe de la Agencia antisimiles
norteamericana, mientras reiteraba que el despliegue no estaba
dirigido contra Rusia, anunciaba que, dentro de cuatro años, el
primero de los misiles del nuevo sistema estaría operativo en
Polonia.
Rusia dispone ahora de mayor
capacidad presupuestaria para hacer frente a los cambios en el
equilibrio estratégico. Gracias a ello, el Ministerio de Defensa
ruso ha decidido instalar diecisiete nuevos misiles balísticos
intercontinentales y lanzar cuatro satélites. Para los próximos
ocho años, Rusia quiere modernizar sus Fuerzas Nucleares
estratégicas con treinta y cuatro misiles instalados en silos y
sesenta y seis sistemas de misiles Topol-M que se
emplazan en tierra, cincuenta nuevos aviones con capacidad para
misiles estratégicos y ocho nuevos submarinos, además de mejorar
sus sistemas defensivos de radar. Yuri Baluyevski, jefe del
Estado Mayor ruso, anunciaba a mediados de febrero que Rusia
podría abandonar el Tratado sobre eliminación de misiles de
corto y medio alcance (INF, según las siglas norteamericanas),
como respuesta a los planes de Washington. Ese Tratado fue
firmado en 1987, y obligaba a que no se fabricasen, ensayasen ni
instalasen misiles de corto alcance (entre quinientos y mil
kilómetros) y medio alcance (entre mil y cinco mil quinientos
kilómetros), que Estados Unidos ha violado, al tiempo que se
desmantelaban los misiles existentes de esas características. El
Tratado sobre defensa antimisiles descansaba sobre la idea de
que si se eliminaba la posibilidad de lanzar un primer ataque
nuclear, impidiendo el despliegue de sistemas antimisiles, tanto
Estados Unidos como la URSS seguirían expuestos a la
“destrucción mutua asegurada” y eso mantendría la paz. Por el
contrario, si un país creía estar a resguardo de un primer
ataque, podía caer en la tentación de ser el primero en
lanzarlo: esa concepción fue compartida por los estrategas
soviéticos y norteamericanos, y esa arquitectura de seguridad es
la que está destruyendo el gobierno de Bush.
Además, como apuntó Baluyevski,
el despliegue de nuevos sistemas antimisiles llevará a una
carrera por perfeccionar misiles en todo el mundo. Una nueva
carrera de armamentos: esa es la responsabilidad que contrae
Estados Unidos con su imposición sobre Polonia y Chequia. Los
militares rusos confían en los nuevos misiles Topol M,
con base en tierra, y Bulava 30, que se despliegan
en el mar, para responder a la nueva amenaza. Las palabras de
Baluyevski, que fueron matizadas por el ministro de Asuntos
Exteriores, Sergei Lavrov, eran una lógica reacción a los planes
del Pentágono en Europa oriental. El propio Lavrov declaró a
finales de febrero que, si esos sistemas se instalaban
finalmente, Rusia respondería, al constatar que las nuevas armas
norteamericanas sólo podían tener como objetivo el territorio
ruso. Algunos sectores del ejército ruso han manifestado incluso
su temor de que Estados Unidos fuerce la situación instalando
nuevos componentes de esos misiles en los países bálticos,
antiguas repúblicas soviéticas.
De manera que las más importantes
decisiones de Washington apuntan al estallido de nuevas guerras.
Paul Craig Roberts, que fue subsecretario del Tesoro con Reagan,
alarmado ante las consecuencias que podría tener un ataque
norteamericano contra Irán, que podría llegar a ser nuclear,
afirmaba recientemente que era imperativo detener la deriva
guerrera y armamentista de Bush, para lo que pedía un ataque
internacional contra el dólar, para conseguir su hundimiento y
detener así la política de Bush, que estaría privado de la
financiación necesaria para la guerra. Craig recordaba que, como
había afirmado Putin, el presupuesto militar norteamericano es
veinticinco veces mayor que el ruso. Craig, que califica de
“títeres” norteamericanos a los países de Europa central y
oriental (los bálticos, Polonia y Chequia, Rumania y Bulgaria),
mantiene que la OTAN no es un tratado defensivo, sino un
instrumento para consolidar el imperio norteamericano en el
mundo. Sus palabras son reveladoras, porque no proceden de un
peligroso comunista, sino de un miembro de los círculos de poder
norteamericanos.
Zbigniew Brzezinski, asesor del Consejo de Seguridad
Nacional en la presidencia de Jimmy Carter, anunció a principios
de febrero en el Congreso norteamericano que era probable la
fabricación de un atentado incluso en el interior de Estados
Unidos para justificar el ataque militar norteamericano a Irán.
Brzezinski no es un pacifista, ni un moderado: baste recordar
que postula la desestabilización de las regiones periféricas de
Rusia como el mejor camino para acabar para siempre con la
fortaleza rusa, incluso con el actual Estado ruso, y que vería
con satisfacción el desmembramiento del país.
Todos esos indicios muestran la
peligrosa situación que ha creado Estados Unidos en el mundo,
máxime cuando, además de las instalaciones en su país,
Washington dispone en la actualidad de setecientas treinta y
cinco bases militares en cinco continentes, que cuentan con un
total de ochocientos cuarenta mil soldados, incluyendo a los
acantonados en Estados Unidos. Dispone, además, de convenios de
cooperación en otras doscientas cincuenta instalaciones
militares más en el exterior, gracias a acuerdos a menudo opacos
o secretos con gobiernos de diferentes países.
Estados Unidos (que se siente ganador de la guerra fría,
aunque constata sus crecientes dificultades) se resiste a
aceptar que no puede imponer un mundo unipolar, y que las
tendencias estratégicas globales caminan hacia un esquema
internacional de cinco grandes potencias: China, Rusia, India,
Unión Europea y Estados Unidos. Para evitarlo, no duda en
preparar la guerra. La ruptura unilateral del Tratado de Misiles
Antibalísticos (ABM, firmado por la Unión Soviética y Estados
Unidos, y que fue una pieza clave del equilibrio nuclear y del
mantenimiento de la paz en el mundo) que decidió Estados Unidos
creó una peligrosa situación. Ahora, Washington ha impuesto a
Europa occidental un nuevo impulso guerrero y una cuña de
Estados-cliente (desde Polonia y Chequia hasta los países
bálticos) entre Francia y Alemania, por un lado, y Rusia y China
por otro. El nuevo escudo antimisiles es otro paso hacia la
guerra. Tras haber incendiado buena parte de Oriente Medio,
después de haber invadido Afganistán e Iraq, y forzado a sus
aliados europeos a una sumisión que traerá consecuencias
futuras, y mientras prepara la guerra contra Irán, el gobierno
norteamericano aumenta la tensión en Europa oriental e impulsa
la carrera armamentista en el espacio. Es un nuevo peligro para
el mundo: la irresistible carrera (hacia la guerra) de
George W. Bush.