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110607 - El
Viejo Topo - Cuando, en el otoño de 2006, abrí una carpeta (a
la que puse el título provisional de
Hammett: noches de San Francisco) con el propósito de reunir
en ella todos los materiales que tenía dispersos sobre
Dashiell Hammett para escribir un libro sobre su vida, dedicando
especial atención a los años infames de la caza de brujas y
de la doctrina
Truman de contención del comunismo, no imaginaba que
hacerlo tendría insospechadas repercusiones, al menos para mí. Es
probable que eligiera ese título, primero, porque no tenía ningún
otro y fue el que se me ocurrió en ese momento, y, segundo, porque
cuando consideraba la posibilidad de empezar a trabajar en el asunto
estuve pensando en esa peculiar urbe norteamericana del océano
Pacífico que, antes de que se construyese su actual leyenda de
tolerante ciudad de la dorada California, estuvo ligada a todos los
abusos de la burguesía, adquirió carácter de tierra de frontera y se
transformó con su colonia de chinos —que llegaron allí a miles como
mano de obra barata y a quienes el capitalismo norteamericano casi
esclavizó—. Pensé también, claro, en
El halcón maltés, en sus historias de contrabandistas, en
los años de la ley seca cuando los gánsters controlaban la
vida y las haciendas de media California, en su fama de ciudad
corrupta, la más corrupta de los Estados Unidos (que ya es decir).
Y, era inevitable, pensé en el personaje de Sam Spade, en sus idas y
venidas en las noches de San Francisco; y en la vida del propio
Hammett, que vivió allí sus primeros años de escritor de historias
para los
pulps, y donde trabajó para la Agencia Pinkerton, celebró
su matrimonio y vio el nacimiento de sus hijas.
Como era previsible, la sencilla
carpeta de cartón desbordó pronto su escasa capacidad y se convirtió
en un montón de recortes de periódico, revistas, libros, hojas con
anotaciones y con ideas inservibles, etcétera: ya conocen ustedes
los procedimientos. Con el inicio del año nuevo, empecé a pensar en
el índice del libro, en posibles capítulos, en el contenido y
extensión de cada una de las partes; y mantuve el título de
Hammett: noches de San Francisco. Incluso lo incorporé en la
carpeta informática que abrí al empezar a escribir las primeras
líneas, a la espera de que se me ocurriese un título definitivo más
adecuado. (Creo que lo conseguí. Es el siguiente:
Dashiell Hammett. Novela negra y caza de brujas en
Hollywood. Pueden ir ustedes a adquirir su ejemplar a la
librería más próxima).
Ya disculparán ustedes las manías de
cronista (de asuntos menores, además), pero debo hacer constar que
el día 15 de febrero envié a la editorial una primera versión del
libro sobre Hammett: había trabajado como un galeote. Aún faltaban
algunos detalles y la corrección de los inevitables gazapos, de
manera que en las primeras horas de la mañana del 17 de febrero,
puse punto final al texto, envié por correo electrónico la versión
definitiva, y me regalé un largo paseo en bicicleta a la orilla del
mar. A la vuelta, decidí poner en orden varios asuntos pendientes y
repasé el correo que había llegado al buzón del hotmail, depósito al
que suelen enviarme comentarios, materiales para que lea y me
instruya (es obvio que algunos lectores recelan, con fundamento, de
mi competencia), alguna felicitación ocasional e insultos: algunos,
ingeniosos. (En una ocasión, el remitente, que a juzgar por su
lenguaje poseía alguna cultura y no me tuteaba, seguramente para
guardar las distancias, después de llamarme “sabandija comunista”,
terminaba diciendo: “por favor, deje las drogas y no dirá esas
cosas”. En otra, muy reciente, un desconocido me felicitaba por la
llegada del “año del cerdo”, según el calendario chino. No supe qué
pensar). En la mayoría de las veces esas notas electrónicas
provienen de corresponsales a quienes no conozco y, en los casos en
que me dirigen insultos o alguna amenaza, suelen ser anónimos, o
utilizan nombres falsos e incluso seudónimos, casi siempre creados
desde correos gratuitos. En fin, ya saben ustedes.
Uno de los correos, que estuve a
punto de no leer, entretenido como estaba en borrar las porquerías
comerciales (o spam, como le llaman ahora), me llamó la
atención. Llevaba fecha del día anterior, 16 de febrero de 2007; el
nombre del remitente no me decía nada y su contenido me llevó a
pensar en las conjuras, como si fuera un pequeño eslabón de algo más
complejo. ¿Qué me anunciaba el prolijo correo? Que habían robado la
estatuilla del Halcón Maltés que tenían en el restaurante John’s
Grill de San Francisco, un lugar donde Hammett iba a comer con
frecuencia en los años veinte. Como es lógico, pensé que el correo
era una broma urdida por algún conocido que estaba informado de mis
desvelos con Hammett y de que yo andaba escribiendo un libro sobre
su vida. Sin embargo, el correo electrónico contenía un supuesto
enlace con el diario San Francisco Chronicle. Pensé: es una
trampa, en el mejor de los casos vas a entrar en una dirección
pornográfica, o bien en un sitio que te va a introducir un virus en
el ordenador que destruirá todo lo que tienes.
Entré de inmediato, claro, y, para mi
sorpresa, comprobé que la noticia era cierta. ¡Parecía que el ladrón
o ladrones hubiesen esperado a que yo terminase el libro sobre
Hammett para robar la estatuilla que constituía el eje de su más
célebre novela! Así que, tras leer la nota y ver la noticia en el
diario, contesté al remitente, aunque, como esperaba, nadie ha dado
señales de vida hasta el momento: sin duda, el correo provenía de
una dirección creada al efecto para enviarme la noticia. No se
corten: busquen ustedes mismos la noticia en el diario San
Francisco Chronicle,
www.sfgate.com.
Por si faltara algo, la fecha del
correo que me comunicaba todo eso no era casual, desde luego: es el
día en que el Frente Popular ganó las elecciones en 1936, abriendo
la puerta a la transformación de España, que, como todo el mundo
sabe, fue truncada por los espadones fascistas del ejército. Hammett,
además, fue muy activo en la solidaridad con la república española.
Tal vez, pensarán ustedes, deliro. Como pueden suponer, hice algunas
indagaciones. Miré algunas direcciones de Internet, me animé a
escribir algunos correos electrónicos, y me contestaron diversas
personas. Ya saben ustedes que también Sam Spade, protagonista de la
novela del halcón, solía comer en ese restaurante de San Francisco,
John’s Grill. Es lógico, Hammett creó el personaje en esa
ciudad, y le hizo vivir en alguno de los lugares donde él mismo
vivió, por ejemplo en el edificio de la calle Post, número 891,
donde, según la hija del escritor, escribió El Halcón Maltés.
De esa forma, reuní algunas informaciones de interés. ¿Con qué
objeto? No tenía ni idea.
Al parecer, el dueño del restaurante había comprado
la estatuilla que se utilizó para el rodaje de la película de John
Huston y Humphrey Bogart y la enseñaba a los clientes, junto con
algunas de las obras de Hammett. El primer correo que recibí dejaba
para el final una maldad: afirmaba que la estatuilla robada, tal vez
culminando una conspiración, no era auténtica, sino una copia. Según
el remitente, Huston mandó hacer un halcón de plomo, que utilizó en
la película, pero se hicieron además otras copias de yeso, una de
las cuales era la que tenía el John’s Grill. El remitente
sugería una conspiración para explicar el robo, y dejaba que yo
imaginase un complot. De modo que una falsa estatuilla renacentista,
creada por la imaginación de Hammett, que había sido protagonista de
tres películas (la que protagonizó Humphrey Bogart fue la tercera),
de la que John Huston había hecho una reproducción y copias falsas
de yeso, había llegado hasta mí ¡a través de un correo que, podía
sospecharse, también era falso!.
El periodista John Koopman escribía un reportaje
en el San Francisco Chronicle dando cuenta de los hechos.
Por lo visto, el propietario del restaurante, John Konstin, y su
familia poseen el negocio desde hace cuarenta años, es decir,
desde 1967. En esa fecha, hacía un cuarto de siglo que se había
rodado la película de Huston, y casi cuarenta años que se había
escrito la novela sobre el halcón. Constaté que Hammett y Spade
comían allí filetes, patatas y tomates a la parrilla, aunque no
al mismo tiempo (sería difícil, sí). No se tiene constancia de
que Humphrey Bogart, el Spade de la película, comiera en el
mismo lugar. Según el diario, Konstin intentó comprar el
verdadero halcón de plomo, el que se fabricó para rodar la
película, pero no lo consiguió, de modo que se hizo con una
copia de yeso, que compró a uno de los actores del reparto,
Elisha Cook Jr.
El periodista se perdía en
algunas consideraciones: cuando se produjo el robo del halcón,
Konstin creyó que era una broma (como yo cuando recibí el
correo) y que todo respondía a una conspiración de los
camareros. El propietario había enseñado la estatuilla durante
años, al lado de libros de Hammett, firmados por el escritor. La
estatuilla estaba en el segundo piso del restaurante, que se
abre sólo para la cena. Después, el periodista especulaba sobre
quién la habría robado. Tal vez, un admirador de la película, o
de Hammett, o un coleccionista privado, un mitómano, en fin, o
un ladrón que pretendía hacer un rápido negocio. De hecho, el
Halcón fue robado en muchas ocasiones, a lo largo de los siglos,
como Hammett nos cuenta en la novela: era una estatuilla de gran
valor, por eso estaba pintada de negro, para ocultarlo.
¿Qué pensarían ustedes? No lo sé,
desde luego, pero yo me sentí en un laberinto. Me vino a la
memoria que Joe Gores, un escritor norteamericano que fue
detective privado, como Hammett, (¡y que se dedicó también a
escribir biografías para el Pentágono!), publicó una entretenida
novela sobre Hammett, y situó la acción en San Francisco, en
1928, cuando vivía allí el escritor. Para escribirla, Gores
utilizó las técnicas detectivescas y siguió los pasos de Hammett
por la ciudad: encontró muchos rastros. Después, Francis Ford
Coppola compró los derechos del libro de Gores, y Win Wenders
hizo una película con el material, en 1982. Por un azar, Hammett
había escrito en 1926 un relato, “The Nails in Mr. Cayterer”,
cuyo personaje protagonista se llama Robin Thin, ¡y es también
un detective y escritor! Robin Thin, Gores, el propio Hammett,
estatuillas falsas, copias de otro halcón también falso… todo
parecía un juego de espejos, una casualidad escondida entre las
“líneas de secreto” de que nos habló Neruda.
El mundo está lleno de
desocupados, pensé. Parecía que todo el material pedía un
tratamiento de esos tan al uso, con misterios escondidos,
sábanas santas, monjes y conspiraciones con que se entretiene el
personal. Al día siguiente, el domingo 18 de febrero, mientras
desayunaba, leí el artículo de un escritor catalán, (de quien
recordaba que había escrito un texto, publicado en el mismo
diario, apropiándose de una anécdota que narra Bioy Casares,
como si le hubiese ocurrido a él), en el diario de más
circulación del país, que anotaba “todas las historias reales de
hoy recuerdan a Cosecha roja, de Hammett”. ¿No lo creen?
Vayan, por favor, a la hemeroteca: está en la página treinta y
cuatro del ejemplar de ese día.
El día 20, leí, sin sorpresa, que
una hermana de John Steinbeck había vendido una rara edición de
Las uvas de la ira, por cincuenta mil dólares. De paso,
en la subasta se incluía Al este del edén, vendida por
algo más de ocho mil dólares. Rebuscando, vi que en San
Francisco han organizado un The Dashiell Hammett Tour,
(que es dirigido con entusiasmo por un guía de la ciudad que,
además, está interesado en el escritor), y que, con precisión,
en una de las estaciones del recorrido han colocado una placa
con la siguiente leyenda: “On approximately this spot Miles
Archer, partner of Sam Spade, was done in by Brigid
O'Shaughnessy.”
Vi también que en la San
Francisco's new main library, que está en el Civic Center de
la ciudad, había expuesta una copia (¡otra, como en el
restaurante!) del famoso halcón utilizado en la película de
Huston. Estaba también la máquina de escribir de Hammett (The
typewriter, señalan, que sería ideal traducir como “la
máquina de tipos”), que había sido donada a la biblioteca por la
familia del escritor. Me fijé en las teclas, en el rodillo negro
y en la plaquita que indicaba: Royal. Mostraban, además,
una fotografía de Hammett en los días en que trabajaba en la
Pinkerton, y una placa de la agencia. (Agencia que sigue
existiendo).
Me informaron de que el hombre
que hoy vive en el apartamento del 891 de la calle Post de San
Francisco, donde Hammett escribió El Halcón Maltés, abre
su casa ocasionalmente para que los interesados puedan ver el
apartamento. Está en un edificio de cuatro plantas, que tiene un
vestíbulo que imita a un pequeño templo griego. El apartamento
donde vivió Hammett está en el último piso, en la esquina de la
calle: es el apartamento 401. El actual inquilino ha descubierto
multitud de detalles sobre su disposición en los años veinte:
cómo estaba el baño, donde se localizaba el dormitorio, y todas
esas cosas que hacen la delicia de las porteras y de los
curiosos. En la calle, han colocado una placa que indica que
allí vivió Hammett, entre 1926 y 1929, y Sam Spade.
Conseguí localizar el John’s
Grill e incluso escribí al propietario. Está en la Ellis
Street, al lado del James Flood Building, el edificio
donde Hammett trabajó como detective para la Agencia Pinkerton.
(El Flood Building está en el 870 de Market Street.
Dentro, un gran vestíbulo lleva hacia la escalera; en el
apartamento 314 se hallaban las oficinas de la Agencia. El
James Flood Building es una pretenciosa y fea construcción,
pintada de gris, de donde salían los matones de la Pinkerton
para cumplir alguna misión, ya saben ustedes: matar a un
sindicalista, dar una paliza a algún obrero combativo o un susto
a la familia de algún militante del Partido Comunista. Por
supuesto, no hay ninguna referencia a ese pormenor. Ya se sabe
que, para los partidarios del sistema norteamericano, eso son
detalles menores, aunque el capitalismo de ese país nació con el
exterminio de los indios, prosperó con la primitiva acumulación
de capital estrujando a millones de inmigrantes que llegaron de
todo el mundo, cuya corta y dura vida explica la construcción
del país, se enriqueció con el trabajo de millones de esclavos,
se consolidó con dos guerras mundiales a las que se apuntó no
para hacer prosperar la libertad sino para hacer negocio, y
siguió su itinerario de rapiña en el resto del mundo después de
1945.)
El restaurante tiene una
marquesina verde, poco agraciada, y desde los grandes ventanales
de la tercera planta baja una de esas escaleras de incendios que
hacen las delicias de los mitómanos de las ciudades
norteamericanas. En la destartalada azotea, se adivinan trastos
abandonados por el tiempo. Tras un laborioso intercambio de
correos electrónicos, cuyos detalles les ahorro, conseguí una
fotografía del comedor del tercer piso, que denominan
Hammett's Den, la “guarida de Hammett”. Las paredes están
forradas de madera: nuestro escritor comía allí. También me
dieron noticia de una curiosa guía de las “escenas de intriga y
traición” en El Halcón Maltés. En ella podía localizarse
la oficina de Spade y Archer en el cruce de Sutter con
Montgomery; el Ferry Building, el Palace Hotel o el Geary
Theater, y, en fin, todos los lugares relevantes donde
transcurre la novela. ¡Llegó a existir una The Maltese Falcon
Society!
Todavía conseguí más huellas. En
el Hotel Union Square decidieron transformar la habitación 505
donde Hammett vivió durante un tiempo en un espacio dedicado al
escritor. En él, pueden verse ejemplares de sus libros, y
fotografías, ilustraciones de la revista Black Mask donde
empezó a escribir, alguna imagen de Humphrey Bogart, objetos
art decó de la época, como una radio de tres botones que
casi parece un pequeño templo, una silueta dibujada en la pared
del “hombre delgado”, y (no han olvidado ningún detalle) un
perchero de donde cuelgan una gabardina y un sombrero, al lado
de una mesa donde se encuentra una lupa y un pequeño globo
terráqueo. En los cristales de la ventana puede leerse una
leyenda (al revés, como manda el canon cinematográfico del cine
negro: EDAPS DNA REHCRA): “Spade and Archer”. La suite, como han
dado en llamarla, ¡tiene también una figurilla del Halcón
Maltés! (¡Pero, por el dios de los sóviets!, ¿cuántas hay?)
Bien. El frenesí en que me vi
envuelto me superó. Ya no sabía si había viajado a San Francisco
o me lo habían contado todo; si me habían gastado una elaborada
broma o si todo era un signo de los tiempos; si el remitente del
correo, conociendo mis flaquezas, pretendía volverme loco, o si
la vida está llena de esas casualidades. Detenido en la
parálisis, la estatuilla del halcón maltés se me aparecía hasta
en sueños. (Eso sí, de perdidos, al río: voy a ver si consigo
una invitación para comer en el John’s Grill). Pero el
tiempo inabarcable acaba por mezclarlo todo: un mes antes de la
recepción de ese correo, habían desclasificado en Estados Unidos
los documentos relativos a una reunión secreta entre Elvis
Presley, el estrafalario rey del rock, y Richard Nixon, y
yo había conservado el recorte de diario con la noticia. De
manera que, mientras daba vueltas al asunto del halcón, volví a
leer la crónica. Presley y Nixon. Uno, era un presidente
criminal, mafioso, borracho, corrupto (no crean ustedes que me
excedo, lean, lean la biografía que escribió Anthony Summers:
Nixon, la arrogancia del poder); el otro, era un cantante
medio analfabeto, de escasa inteligencia, defensor del ejército
norteamericano (que ya es defender), cliente de burdel,
hipócrita con el consumo de drogas. (No se rían: pero hay
algunos tan locos que creen que Presley sigue vivo). Los dos,
unos sujetos fieramente anticomunistas.
La nota que Presley le envió a
Nixon antes del encuentro dice: “Estoy en el Hotel
Washington, habitación 505-506-507. Me quedaré aquí hasta que
consiga la credencial de Agente Federal. He estudiado en
profundidad el abuso de drogas y las técnicas comunistas de
lavado de cerebro y estoy en el mejor lugar para ayudar.”
Presley le regaló a Nixon un colt 45 (sin la menor
ironía, aunque fuesen los años de las matanzas norteamericanas
en Vietnam), y, en la entrevista que mantuvieron en el despacho
oval, se ofreció para luchar contra el comunismo. Nixon ordenó
que le entregaran una placa de agente federal del FBI. Así,
Presley quedaba convertido en un policía para luchar contra el
comunismo. Es lógico: el propio Nixon participó de manera
destacada en la caza de brujas que arruinó las vidas de
tantos norteamericanos, aunque no fue el único, ni mucho menos:
los Kennedy también apoyaron al siniestro McCarthy; y Eisenhower,
que le dejó hacer. La caza de brujas que llevó a Hammett
a la cárcel y que destrozó su vida, no fue obra de un loco, de
un borracho, como han querido hacernos creer: fue un programa
destinado a eliminar a la izquierda norteamericana, comenzando
por el Partido Comunista, plan acompañado en el exterior por
guerras de exterminio, con la aplicación de la doctrina Truman
que inició la guerra fría.
Termino. Basilio Grant, el amigo
de Chesterton en El club de los negocios raros, ante la
recomendación de atenerse a los simples hechos, replica: “¿de
veras cree usted en los simples hechos?” En algo parecido pensé
yo tras volver a leer la noticia de Nixon y Presley. Entonces,
reparé en las noches de San Francisco, cuando Hammett se dio
cuenta del papel que cumplían los detectives de la agencia
Pinkerton como matones al servicio de los empresarios; constaté
la facilidad con que caemos en las redes de la irrelevancia;
reparé en la fuerza arrolladora que despliega el poder del
capitalismo realmente existente para seguir escondiendo lo más
importante, lo más valioso, lo más digno. En esos años veinte
nace la conciencia política de Hammett, que le llevaría a
ingresar en el Partido Comunista norteamericano en los años
treinta. Sin embargo, entre tantos detalles de la vida de
Hammett como yo había leído, entre tantas noticias sobre lugares
de San Francisco o sobre el robo del halcón maltés; entre tantas
peripecias y cuestiones irrelevantes en que yo me había perdido,
entre tantos detalles domésticos o secundarios de su existencia,
reparé en que no había encontrado ninguna mención a uno de los
rasgos más importantes de la vida del escritor: su condición de
militante comunista. Y apenas algunas referencias casuales a la
caza de brujas, como si no tuviera que ver con Hammett.
The stuff that dreams are made
of, la materia de la que están hechos los sueños, dice Spade,
o Bogart, en la película de Huston cuando acaba la historia del
halcón. En las noches de San Francisco, la sombra del vil Gary
Cooper y de tantos delatores de comunistas en los años de la
caza de brujas no consigue ocultar, ni siquiera hoy, a
quienes siguen persiguiendo no quimeras sino sueños factibles, a
quienes siguen observando a los hampones, desvelando la
hipocresía del dinero, mostrando la complicidad del capital y el
crimen, luchando en las cicatrices oscuras de los Estados
Unidos. Ahí encontramos el recuerdo de Hammett, recorriendo las
calles de San Francisco, escudriñando los muladares del sistema
en la larga noche del capitalismo norteamericano.
Adjunto: enlace con la página del
San Francisco Chronicle:
http://www.sfgate.com/cgi-bin/article.cgi?f=/c/a/2007/02/13/MNGA7O3NLT1.DTL&hw=Maltese+Falcon&sn=001&sc=1000
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