290607 - El
Viejo Topo - De todas las fotografías que se conservan de
Oscar Wilde, hay algunas que me parecen relevantes, o
conmovedoras, conociendo el destino que le estaba reservado. Una de
esas imágenes está tomada en 1897, en el Palacio Real de Nápoles, y
en ella vemos al poeta, gordo, tocado con bombín, perdida la
distinción y la elegancia que persiguió durante toda su vida. En
otra fotografía, disparada en el mismo Nápoles decadente, está
sentado ante una mesa, con una botella de vino, y con su amante,
lord Alfred Douglas, de pie, tras él, con la mano descansando en el
hombro de Wilde. Todavía hay otra, impresionada en abril de 1900,
que lo paraliza ante la estatua de Marco Aurelio, en el Campidoglio
romano. Posa con bastón, un brazo en la cadera, simulando
indolencia, tocado con sombrero, apenas seis meses antes de morir.
Reparo ahora en que todas esas fotografías que creo conmovedoras
están tomadas en Italia, y es probable que, para mí, su desdichada
textura emane del recuerdo prestado que tenemos de los desolados
días que la vida le había forzado a derramar, y cuyo ruido no
podemos separar de los años de triunfo. Ese es, para mí, el último
retrato de Oscar Wilde, el dandy caído que había tenido la
insolencia de postular el socialismo.
En todas esas fotografías, Wilde estaba muy lejos de
sus días de gloria, del momento —por ejemplo— en que al llegar al
puerto de Nueva York, en enero de 1882, joven y brillante, ante la
rutinaria pregunta del aduanero —“¿Algo que declarar?”—, contesta:
“Nada, excepto mi genio”. Es la misma afectación que revela en el
momento en que, requerido para citar las cien obras más notables de
la literatura de todos los países y de todos los tiempos, contesta
que le es imposible, puesto que él sólo ha escrito cinco libros.
También reitera esa actitud en Londres, diez años después de su
viaje a América, cuando con ocasión del estreno de El abanico de
Lady Windermere, sale a escena para saludar a los espectadores,
al finalizar la obra, entre aclamaciones, y sonríe, dueño del mundo:
“Celebro mucho, señoras y señores, que les haya gustado mi obra.
Estoy seguro de que aprecian sus méritos casi tanto como yo mismo.”
El público lo aclama. Es un atrevimiento, pero entonces a Wilde se
le perdona todo, se celebran todas sus frases, y Londres está
rendido ante el escritor de genio, en medio de un éxito teatral sin
precedentes que le proporciona fama y dinero. Aparecen también los
enemigos, aunque en ese momento nada parece amenazarlo.
Pero en esas placas italianas no le quedaba ya mucho
tiempo: el 30 de noviembre, de ese mismo año de 1900 en que lo vemos
en el Campidoglio, lo fotografiarán por última vez, en su lecho de
muerte. En esas fotografías finiseculares, el gusto por la doble
vida que mostraba Wilde había quedado ya muy atrás, y en esos meses
finales de su existencia el escritor es la sombra de sí mismo,
aunque mantiene su compromiso con los débiles, como indica su
preocupación por la vida de los reclusos en las siniestras cárceles
británicas. André Gide escribió que Wilde mostraba ante los demás
una máscara, para el asombro o la exasperación de quien le
escuchaba. En uno de sus relatos, La esfinge sin secreto,
Wilde nos describe a una mujer misteriosa, lady Alroy, que,
sorprendentemente, no oculta ningún secreto. No es el caso
del escritor irlandés. De hecho, había vivido durante mucho tiempo
mostrando apenas una parte de sí mismo, como nos indica la
circunstancia de que Frank Harris no hubiese descubierto la
homosexualidad de Wilde hasta que él mismo se la reveló con ocasión
de su proceso con el marqués de Queensberry. Pero no es ése uno de
sus secretos mejor guardados —al menos para el lector del siglo XXI,
que conoce su ascenso y su caída, y la persecución sufrida como
consecuencia de sus inclinaciones sexuales en la hipócrita sociedad
victoriana de finales del XIX—, sino probablemente su simpatía por
el socialismo, su apuesta por una sociedad libre que espera acabe
con la voracidad de la burguesía y en la cual germinen unas nuevas
formas de relación humana en las que no tengan cabida ni la
propiedad privada ni ninguna de sus lacras derivadas. Porque Wilde
se muestra, en El alma del hombre bajo el socialismo,
decididamente partidario de la dignidad obrera que despunta en el
horizonte, en unos días en los que
Lenin apenas es un joven de poco más de veinte años al que
acaban de expulsar de la universidad.
André Gide nos dejó escrito que en 1895, cuando se
encontraron en Argelia, Oscar Wilde le había confesado: “He puesto
todo mi genio en mi vida; en mis obras sólo he puesto mi talento”.
En ese momento, cuando disfrutaba del suave clima argelino y
frecuentaba algunos cafetines discretos y casas de jóvenes en
compañía de sus amigos y camaradas del momento, estaba lejos de
imaginar que apenas unos meses después, su vida quedaría quebrada
sin remedio, para siempre. Richard Ellmann, su más paciente
biógrafo, mantiene que Wilde tuvo que vivir su vida dos veces: que
en el primer período fue un granuja, y en el segundo una víctima.
Cuando Wilde vuelve de Argelia a Londres, encuentra una carta en el
club Abermale: está escrita por el marqués de Queensberry, el padre
del amante del poeta, lord Alfred Douglas. En ella, el aristócrata
le acusa de sodomía, y es probable que Wilde reparase más en la
zafiedad del marqués que en las consecuencias que aquella acusación
podía tener en la relamida sociedad victoriana. Tal vez ni tan
siquiera lo sospechaba, pero en aquel momento preciso, iniciaba el
camino hacia la destrucción. Cinco años después, Oscar Wilde apenas
sería una sombra del brillante dramaturgo aclamado por el público de
Londres y París, apenas recordaría al celebrado poeta que había
tenido a sus pies a la mejor sociedad londinense, y estaba esperando
la muerte en una pobre habitación de un hotel modesto, casi
siniestro, de la calle Beaux—Arts de París.
Hoy conocemos casi hasta el menor detalle de la vida de Wilde,
gracias al minucioso trabajo de sus biógrafos, como el de Robert
Harborough Sherard, quien publicó varios libros sobre su vida a
partir de 1902, que todavía son hoy interesantes por los detalles
que aportan. Sherard, que fue amigo de Wilde, era algo más joven:
había nacido en 1861 y lo sobrevivió casi medio siglo, hasta su
muerte en 1943. Sherard explica anécdotas de la vida de Wilde en
París, su inclinación por los marineros o la visita que realizaron
ambos a Verlaine.
Contamos también con otros materiales de primera
mano: el mismo año de 1902 publica André Gide su In Memoriam
Oscar Wilde. Y Frank Harris da a la imprenta la Vida y
confesiones de Oscar Wilde. Harris era un norteamericano amigo
de Wilde, nacido en 1856, que publicó la Vida en 1914, de
forma restringida, y en 1918 en una segunda edición en Nueva York,
libro que se publica en España en 1928. Harris, que nos habla de la
“lamentable personalidad de lord Alfred Douglas”, escribe sus
recuerdos en unos años en los que los críticos literarios hablaban,
con precaución de capellanes católicos, de la “anomalía sexual” de
Wilde. Detrás de ellos vendrían otros autores, interesados en el
drama vital de Wilde o en las palabras esparcidas de las obras que
subsisten. Pero tenemos noticia de su vida, sobre todo, por la
monumental biografía de Richard Ellmann, publicada en España en
1987, el mismo año de su muerte. Antes, Ellmann se había convertido
en el biógrafo de James Joyce, otro irlandés, y documenta los
menores detalles de la existencia de Wilde, la peripecia de su
familia, de sus compañeros de clase, sus relaciones. Cuando Ellmann
murió, llevaba veinte años dedicado a la reconstrucción de la vida
de Oscar Wilde. En España, Wilde tuvo pronto traductores, como Julio
Gómez de la Serna, o Ricardo Baeza, traductor también de Frank
Harris. Y conoció a Manuel Machado, en 1899, quien escribiría un
artículo premonitorio, titulado La última balada de Oscar Wilde.
Oscar Wilde no agradaba a todo el mundo, pese a
las apariencias. Es notable conocer que Harris siente
“repulsión” por el escritor cuando lo conoce: aunque su estatura
de casi dos metros impresiona, el norteamericano observa sus
manos fofas, su piel poco limpia, su ropa demasiado ceñida, su
obesidad, las bolsas que deformaban su mandíbula. Pese a todo,
Wilde es un hombre joven: el encuentro entre ambos se produce en
1884, cuando el escritor apenas tiene treinta años. Después, a
Harris le ganará la simpatía de nuestro personaje, aunque no
deje de anotar que una de las causas del éxito de Wilde es el
grupo de admiradores que lo acompañaba casi siempre, que lo
rodeaba en las fiestas sociales, que lo exaltaba como un gran
poeta en los salones y en los círculos ilustrados. De esos
seguidores, la mayoría eran invertidos que surgen entre
“la alta burguesía que imita al mundo elegante”, según las
palabras de Harris. Invertidos que eran un producto de Eton y de
los internados y las universidades británicas de la época,
hombres cultos que adornaban las reuniones sociales y cuyas
hazañas eran seguidas por la prensa, que los calificaba de
decadentes, estetas. De esa conjunción entre las instituciones
donde se educa la élite y una sensibilidad que siempre fue
periférica y marginada, atenta al padecimiento de los pobres y
considerada como advenediza por los intelectuales ligados al
poder, surge Oscar Wilde.
Wilde nació en Dublín, en 1854, como Oscar Fingal
O’Flahertie Wills Wilde. Era hijo de Jane Speranza Francesca
Wilde y de William Robert Wilde, un especialista en enfermedades
de la vista y del oído. Su madre escribía poemas y su padre, a
quien concedieron el título de sir, era cirujano y publicaba
artículos nacionalistas, además de tener ocupaciones como la de
comisario del censo, para la organización de los datos médicos.
Los dos progenitores compartían la pasión por el nacionalismo
irlandés. Con diez años, Wilde ingresa en la Portora Royal
School, una institución del norte de la isla. Después, consigue
una beca para el Trinity College, de Dublín, en el que ingresa
en 1871. Un año antes, en 1870, había nacido Alfred Douglas,
hijo del marqués de Queensberry, que se convertirá en el
detonante de su ruina. En 1874, Wilde ingresa en el Magdalen
College, en Oxford, y, dos años después, empieza a publicar
algunos poemas. Está vivamente interesado por los clásicos
griegos y latinos, hasta el punto de que el primer poema que
publica es una adaptación de Aristófanes. 1877 es el año de su
primer viaje a Italia y Grecia, que tanto le iba a marcar,
acompañado por el profesor John Pentland Mahaffy. Cuando pasa
por Génova, va a contemplar el San Sebastiano, de Guido
Reni, en el Palazzo Rosso: es el Sebastián adorado por los
homosexuales, y, al decir de algunos, el motivo por el que
tomará su nombre en el Berneval del exilio francés. Durante su
visita a Verona el joven estudiante escribe un soneto recordando
el exilio del Dante en aquella ciudad, en 1303 y 1304. En ese
mismo viaje visita Olimpia, Atenas, Argos, Nauplia, Egina. En
Micenas consigue contemplar los tesoros que acaba de descubrir
Heinrich Schliemann, célebre ya por sus hallazgos de Troya. A la
vuelta de Grecia, Wilde se detiene en Roma, donde permanece
durante diez días, y es recibido por el papa Pío IX en una
audiencia privada. Aquel mismo día de la entrevista papal va a
visitar la tumba de Keats (“Liberado de la injusticia del mundo
y de su pena,” escribirá), que le inspira un poema, donde
describe al poeta “bello como Sebastián”, y un texto en el que
se declara conmovido por la belleza de su tumba, en la que lee
las palabras “aquí yace un hombre cuyo nombre fue escrito sobre
el agua” y que le lleva a recordar la debilidad de lord Houghton,
que encontró el camposanto como “uno de los más bellos parajes
que puedan encontrar la mirada y el corazón del hombre”, y las
de Shelley: “se enamoraría uno de la muerte al solo pensamiento
de ser enterrado en semejante lugar”. Wilde es joven, algo
soñador.
En Oxford, tiene como profesores, entre otros, a
Ruskin, a quien considera el “Platón de Inglaterra”, y a John
Pentland Mahaffy, que presumiría después de haberle enseñado a
Wilde el arte de la conversación. Ruskin es un autor popular
hasta entre los trabajadores, un hombre que participa del horror
ante la fealdad del mundo industrial, y sus ideas sobre la
belleza y la felicidad influyen en el estudiante Wilde, como
influyen en William Morris y en general en el movimiento
socialista inglés, aunque inculcará entre sus seguidores algunas
nociones de su inclinación por la Edad Media, fruto tardío del
romanticismo que ya había desaparecido de la escena intelectual.
Esa pasión por los clásicos latinos y griegos, frente a la
tradición cristiana, es lo que lleva a Harris a confesar su
convicción de que Wilde es un pagano, como Nietzsche o Gautier,
que no tiene estima por el cristianismo. Tras haber permanecido
cinco años en el Magdalen College, de Oxford, Wilde termina sus
estudios. En esos años confiesa su predilección por el
Agamenón de Esquilo, y, además de las amistades
estudiantiles, se interesa sobre todo por dos personas: John
Ruskin y Walter Pater. Los exámenes lo confirman como uno de los
más brillantes alumnos y constatan que sus estudios en Oxford le
han proporcionado los recursos con los que después iba a
desafiar al mundo intelectual inglés, y aunque para su biógrafo
Richard Ellmann, la fama que Wilde perseguía era la de “ser
brillante sin esfuerzo”, ello no le impidió estudiar filosofía,
literatura e historia de la ciencia. En esa época muestra ya sus
inclinaciones: Julian, el hijo de Nathaniel Hawthorne, escribe
con dureza en su diario: “hay en él una especie de horrible aire
femenino.” De hecho, Wilde era plenamente consciente de la fama
equívoca de Oxford en muchos ambientes de la sociedad británica,
y conocía algunos escándalos que no por silenciados habían
pasado desapercibidos: en 1876, por ejemplo, Wilde recibe
informaciones de que el profesor Oscar Browning ha sido
expulsado de Eton, al parecer por su especial relación con
alumnos como George Curzon, el que años después sería ministro
de Lloyd George y artífice de la línea Curzon como
frontera polaca con la URSS.
En 1879, Wilde se instala a vivir en Londres, y
llama la atención por su extravagancia. Allí se relaciona con
Morris y con Whistler. Éste tenía gran interés por las culturas
orientales, China y Japón, y abogaba por otras decoraciones
hogareñas distintas a las dominantes en el final de la época
victoriana, y postulaba un nuevo Renacimiento en el arte, como
en el pasado, aspectos que interesan sobremanera a Wilde, hasta
el punto de que Frank Harris no duda en afirmar que Whistler es
el hombre que más influye en su formación. También las ideas de
Morris, que trabajaba en ensayos sobre arte y estética y no
descuidaba la reflexión sobre lo que para él han de ser las
bases del socialismo futuro, atraen a Wilde. En 1878 y 1879
Wilde mantiene amistad con Lillie Langtry, que pese a estar
casada es una conocida amante del Príncipe de Gales por esos
mismos años, y que llega a ser actriz, además de entretenida
real. Son los años en que se instala en Londres Sarah Bernhardt,
de la que cuentan que tenía grandes admiradores, como Pierre
Loti, un excéntrico escritor y aventurero que se hizo llevar
hasta ella envuelto en una valiosa alfombra persa: nuestro autor
escribirá Salomé para la célebre actriz. En esa época,
Wilde frecuenta ambientes donde se mueven personajes de ese
tipo, extravagantes y exquisitos —como pretendía serlo él
mismo—, individuos que brillaban en sociedad. Conoce a otras
actrices, como Ellen Terry, y se relaciona con círculos en los
que la proximidad del heredero del trono imperial llena de
intrigas y de aventuras de alcoba, algunas poco edificantes, las
vidas de los medios intelectuales: no en vano el príncipe
merodeaba alrededor de la propia Sarah Bernhardt.
Un año después, en 1880, Wilde publica su primera
obra de teatro, Vera o los nihilistas, de ambiente ruso.
En esa época, Wilde es amigo de Serguéi Mijáilovich Kravchinski,
un personaje conocido como Stepniak, que era un revolucionario
responsable del asesinato del general Mézentsev, el jefe de la
policía secreta zarista. Los nihilistas le interesan, hasta el
punto de que el escritor afirma su relación con la gran
literatura rusa y no duda en afirmar (en The Artist as Critic) que
“el nihilista, ese extraño mártir que no tiene fe, que va a la
hoguera sin entusiasmo y muere por lo que no cree, es un
producto puramente literario. Fue inventado por Turguénev y
completado por Dostoievski.”
Wilde se afianza en esos años, envía sus libros a
Lillie Langtry, claro, y a Robert Browning, a Swinburne. En 1881
publica su primer libro de poemas, y al año siguiente inicia una
gira por los Estados Unidos de América, con la intención de
luchar contra la fealdad del capitalismo industrial y darse a
conocer, difundiendo al mismo tiempo sus ideas, todavía poco
elaboradas. Es ya un personaje que no deja a nadie indiferente.
Su empeño por conquistar la celebridad, o los rumores de sus
enemigos, hace que haya llegado hasta nosotros la especie de que
sugiere a su hermano Willie, periodista londinense, que publique
la noticia de que Oscar Wilde ha sido invitado a una gira de
conferencias en Estados Unidos, lo que no era cierto (sin
embargo, su biógrafo Ellmann dice que el escritor recibe una
propuesta desde Nueva York para hacer “lecturas” en Estados
Unidos). Sea como fuere, en diciembre de 1881, el escritor se
embarca hacia América del Norte. Convertido en el referente del
nuevo esteticismo, Wilde pasea su ingenio por las principales
ciudades norteamericanas. Sus conferencias en los Estados Unidos
tienen títulos como “El renacimiento inglés” y “El decorado del
hogar”, aunque para Harris no son más que simples trabajos de
estudiante, con títulos tomados de Whistler. Consciente de la
expectación que comienza a despertar entre el público, Wilde se
exhibe, aparece con vestimentas llamativas, con un lirio o una
flor de girasol en el ojal de la chaqueta, brilla en
conferencias y reuniones, y se convierte para los
norteamericanos en un notable escritor británico, exponente de
lo nuevo que llega desde el otro lado del océano, hasta el punto
de que el propio Walt Whitman lo recibe en su casa de
Filadelfia. Vuelve a Inglaterra en abril de 1883, momento en que
Whistler le acusa de plagio, por las libertades que su discípulo
se ha tomado con sus obras y sus ideas: el enfrentamiento
acabará en ruptura y en duros ataques de Whistler a Wilde.
Todavía volverá otra vez a Nueva York, con ocasión del estreno
de Vera o los nihilistas.
En 1883, durante su estancia en París, conoce a
Victor Hugo, a Daudet, a los hermanos Goncourt, a Anatole
France, a Marcel Schwob: le gusta la buena vida, el gran mundo,
el champán y el caviar, y tal vez por eso, decide casarse en
1884 con Constance Mary Lloyd, una mujer nacida en 1857 e hija
de un miembro del Consejo Real, Queen’s Council. Otras fuentes y
biógrafos aseguran que esa afirmación sobre el supuesto
matrimonio de interés no deja de ser una insidia, puesto que la
familia de la novia apenas contaba con recursos. Tras la boda,
se trasladan a vivir al barrio de Chelsea, en Londres: vivirán
en el número 16 de Tite Street, y al año siguiente nace su
primer hijo, Cyril Holland, que morirá en el frente durante la
gran guerra, en 1915. En 1886 nace su segundo hijo, Vyvyan
Holland, que también luchará en la primera guerra mundial,
aunque su vida se alargará hasta 1967.
En 1887 encontramos a Wilde dirigiendo la revista
Women’s World. En 1890 publica El alma del hombre bajo
el socialismo. Considera que el socialismo es la realización
del individualismo, aunque parezca una paradoja más de las que
tan aficionado era. En la obra, Wilde ataca el sistema
competitivo, la propiedad privada y aboga por el socialismo y la
democracia. También publica el mismo año El retrato de Dorian
Gray, que se convertirá en una de sus obras más celebradas.
En 1891, conoce en París al joven André Gide, y a lord Douglas,
el Bosie de su relación íntima. Era en ese momento un
hombre en la cima del éxito: sus años dorados, que empiezan
hacia 1890, se concentran en ese lustro escaso que va de 1891 a
1894. Esa década que transcurre entre el viaje de Wilde a
Estados Unidos y el inicio de su relación con lord Douglas, es
la de la desaparición de Dante Gabriele Rossetti, pintor y poeta
que había encontrado en el medievalismo de Ruskin y de Morris la
forma de darle una nueva dimensión al arte; también mueren poco
después Robert Browning, y Tennyson, el poeta de La carga de
la caballería ligera; y más tarde Stevenson, tan alejado de
los fastos victorianos. Otros autores notables, como Butler o
Meredith, pese a que son bastante mayores que Wilde, desaparecen
entrado ya el nuevo siglo que nuestro escritor irlandés no podrá
conocer. Los años siguientes, que forman la década final del
siglo XIX, y de la propia vida de Wilde, son los del
esteticismo, la decadencia, el período de Beardsley, y del gusto
por escandalizar a la burguesía, rasgos que conforman también el
paisaje de la agonía victoriana, cuando la propuesta de una
nueva filosofía de la intuición abre nuevas posibilidades con
Bergson e ilustra, desde otra perspectiva diferente a la
nietzschiana, las dificultades de la vida, la fatiga de vivir.
Wilde ha bebido de todas esas fuentes y está seguro de sí mismo.
Se inicia también entonces la época en que los caprichos de lord
Douglas le fuerzan a enormes gastos que minan sus recursos,
aunque el joven aristócrata se marcha a Egipto, a finales de
1892, como agregado honorario de lord Cromer, el representante
de la reina Victoria y virrey de Egipto, probablemente como una
forma de acallar los rumores maliciosos que empiezan a recorrer
Londres. Es inútil. Se inicia entonces el torbellino de rumores,
cartas robadas, confidencias de alcoba, hasta intentos de
chantaje, que complicarán los días de Wilde. Lord Douglas,
finalmente, vuelve de Egipto, mientras circula la versión de que
se ha peleado con el propio virrey.
El escritor es conocido en toda Europa: Gide
había oído hablar de él en la casa de Mallarmé, y sin duda
escuchó los comentarios sobre su brillantez como conversador. En
esos años, Gide lo ve con frecuencia. Instalado en París, en
1892, Wilde, en francés, escribe Salomé —drama al que
pondrá música Richard Strauss— y se la dedica a Pierre Louÿs: es
una obra producto de su reconocimiento a Flaubert. Al año
siguiente, 1893, estrena Una mujer sin importancia y
Un marido ideal, una de sus mejores comedias. Probablemente
son 1893 y 1894 sus años de mayor éxito, previos a la caída.
Para su amigo Harris, la celebridad de Wilde es tal en ese
momento que nos dice que ni Sheridan ni Byron fueron tan
famosos, ni alcanzaron un éxito tan desmesurado, en el que no
faltaban los honores ni el dinero. Escribe entonces Wilde su
mejor comedia, La importancia de llamarse Ernesto, o de
ser formal, al parecer en tres semanas, si hemos de creer en sus
propias palabras.
En 1895 viaja a Argelia, con Bosie.
Conocemos algunas de sus peripecias por las revelaciones de
André Gide, al que no veía desde hacía tres años. El relato es
notable. En enero de 1895, Gide se encuentra en Blidah, en la
Argelia francesa: se dispone a salir hacia Biskra cuando, de
pronto, ve escrito el nombre de Oscar Wilde en la pizarra de su
hotel, precisamente junto al suyo propio. Su primera reacción es
huir. Gide quiere estar solo y borra su nombre, con objeto de
que el escritor irlandés no lo vea, pero se arrepiente y regresa
precipitadamente al hotel: escribe de nuevo su nombre en la
pizarra. Sabemos que en esos días Wilde pasea por Argel, seguido
de grupos de curiosos a los que de vez en cuando arroja algunas
monedas. El estricto Gide lo llama “el lírico demente de
Argelia” en los días en que ambos van a buscar muchachos, en
Blidah. Pero los días despreocupados terminan. Después, nuestro
irlandés vuelve a Londres, como si sospechase lo que le
esperaba. Por su parte, Gide vuelve a París, donde se encuentra
con el amante de Wilde, lord Douglas. Éste le enseña una carta
en la que Wilde le dice que cuando termine la obra que escribe
en ese momento —Faraón—, volverá a reunirse con él y de
nuevo será el Rey de la Vida. The King of Life, como destaca el
propio Gide. Empezaba a sentir cansancio. Wilde no llegaría a
escribir la obra, aunque sí volvería a París. André Gide ya sólo
lo verá dos veces más en su vida, cuando Wilde ya ha sido
condenado por los tribunales y por la sociedad británica. En
una, se lo tropieza en un bulevar parisino. Se sientan en un
café. Gide observa que las ropas de Wilde son más pobres. Cuando
se van a despedir, el irlandés le confiesa avergonzado que
carece de recursos. Gide vuelve a verlo unos días después. Será
la última vez. La última frase del poeta dirigida a Gide es
conmovedora: “No hay por qué estar resentido con alguien que ha
sido herido”. Se refería a sí mismo. Era 1898.
Pero volvamos al momento de su vuelta a la
capital del imperio británico. En Londres, Wilde encuentra la
carta del marqués de Queensberry insultándolo. Denuncia al
marqués, tras toda una serie de peripecias, dudas y discusiones
con lord Douglas, y el 6 de abril empieza el juicio en los
tribunales. Pero nada resulta como Wilde había previsto. El día
6 de mayo Queensberry es declarado inocente por los jueces.
Después, Wilde es arrestado y empieza su calvario: ha pasado de
ser la persona que exige explicaciones ante la justicia a ser un
acusado, condenado poco después. Su casa se subasta, su mujer
huye a Italia con los dos hijos y les cambia el apellido Wilde
por el de Holland. Se ha convertido en un apestado. Es el
momento de la aparición de El alma del hombre bajo el
socialismo, que le resta aún más simpatías entre los
poderosos. El 25 de mayo se dicta la sentencia que terminará con
él: es condenado a dos años de trabajos forzados. Durante el
proceso, Wilde le ha confesado a Harris su homosexualidad, en la
que —por increíble que hoy nos pueda parecer— su amigo no había
reparado. Wilde es encerrado primero en la cárcel de Pentonville
y después en la de Wandsworth, y terminará en la de Reading,
donde escribirá su célebre Balada de la cárcel de Reading.
Permanece en prisión desde el 27 de mayo de 1895 hasta el 14 de
mayo de 1897, en un régimen que al principio es extremadamente
duro: baste decir que las normas de la prisión impedían que los
presos hablasen entre ellos. Gide, que no considera a Wilde un
gran escritor, cree que los que durante su proceso lo alabaron
para salvarlo como persona, no hicieron sino acabar de perderlo.
Tal vez.
En 1896 muere su madre. En la cárcel, Wilde cuida
el jardín y encuaderna libros. Si el encarcelamiento fue
especialmente duro para él en los primeros meses, después mejora
su reclusión. En 1897 escribe a lord Douglas el De profundis,
y el 19 de mayo sale de la cárcel y se instala en Berneval, en
la costa francesa, lejos de la Inglaterra que lo ha condenado
para siempre. Berneval es un pequeño pueblo cercano a Dieppe,
donde se presenta como Sébastien Melmoth. Allí va a verlo André
Gide, que se da cuenta de cómo ha cambiado el dramaturgo
aclamado por el mundo apenas dos años atrás: observa que su piel
es rojiza, y también sus manos, y que sus dientes están
“atrozmente estropeados”. El que había sido un dandy, un
caballero inglés, está abandonándose a sí mismo, aunque en la
cárcel acariciaba iniciar una nueva vida cuando saliera en
libertad. Todavía encerrado, Wilde habla de su salida de
prisión, y dice a sus amigos que necesitaría una biblioteca “con
una veintena de obras” y cita que desea tener entre sus libros a
Flaubert, Goethe, Stevenson, Baudelaire, Maeterlink, Dumas
padre, Keats, Marlowe, Chatterton, Dante, Anatole France,
Gautier, los poemas de Meredith, etc. No cita a Balzac, que en
una época le había maravillado. Hoy nos puede parecer extraño
que ponga juntos a Flaubert y a Gautier, o a Stevenson y Dumas,
o que pida los versos del oscuro Chatterton, un joven poeta
muerto a los dieciocho años, sin especial interés, pero en el
que Wilde probablemente reconocía al incomprendido poeta
romántico, que desaparece trágicamente. Wilde se reconoce
también en su época.
En su encuentro en Berneval, Gide le pregunta si
ha leído Recuerdos de la casa de los muertos, pero Wilde
no le contesta; habla de Flaubert y de la falta de piedad en su
obra; ahora en cambio, Wilde afirma que la piedad ha penetrado
en su corazón, tras su forzada estancia en la cárcel, en el
lugar donde era el anónimo preso C.3.3. Es evidente que está
obsesionado con su tragedia: habla constantemente de la prisión,
y le cuenta a su amigo su transformación: explica que —él, un
enamorado de los clásicos griegos— no pudo con Sófocles, ni con
los Padres de la Iglesia, en cambio pudo disfrutar de la lectura
de Dante, sobre todo del Infierno. Él también se
encontraba en uno.
En 1898 muere su mujer, en la ciudad de Génova en
la que el escritor había admirado en su juventud el cuadro de
Guido Reni. La noticia le conmueve profundamente, y abandona
Berneval y se instala en París, hasta su muerte, aunque no
dejará de realizar algunos viajes, como el que lo lleva a los
alrededores de Niza, acompañado por Frank Harris; o a Génova;
también a Gland, en Suiza; y más tarde de nuevo a Italia: Roma,
Palermo. Sólo pensaba en huir. En febrero publica la Balada
de la cárcel de Reading, que firma con su número de recluso,
C.3.3. Acaba de escribirla en Nápoles, en la época en que es
fotografiado con bombín en el Palacio Real, y lord Douglas
llegará después a afirmar que ayudó a Wilde en su escritura.
Para Harris, la balada es su mejor poema: la ejecución
del preso Charles T. Woolridge, le había inspirado sus más
emocionados versos. Después, ya no escribiría nada. Incluso
tenía dificultades para comprar papel. Probablemente, ya no le
importaba demasiado, aunque en las conversaciones que recoge
Gide, el francés anota:
“Wilde creía en determinada fatalidad del
artista, y que la idea es más fuerte que el hombre.
“Hay —decía— dos clases de artistas: los unos
aportan respuestas, y los otros, preguntas. Es preciso saber si
se pertenece a los que responden o bien a aquellos que
interrogan; porque el que interroga jamás es el que responde.
Hay obras que aguardan, y que no se comprenden durante largo
tiempo; es porque aportaban respuestas a preguntas todavía no
planteadas; ya que con frecuencia la pregunta llega
terriblemente más tarde que la respuesta.”
Y añadía aún:
“El alma nace vieja en el cuerpo; y, para
rejuvenecerla, aquél envejece. Platón es la juventud de
Sócrates...” Algo parecido había dicho Stendhal, preocupado por
la escasa atención que dedicaron sus contemporáneos a su propia
obra, pero Wilde apenas piensa en su obra literaria.
Lo cierto es que, tras abandonar la cárcel, sus
propios amigos lo evitaban. Las personas que sentía más cercanas
se alejaban de él: Turner, y hasta Robert Baldwin Ross, sin duda
el mejor amigo de Wilde, procuraban no encontrarse con él, y
aunque no llegaron al extremo de repudiarlo inventaban excusas
para no viajar a París. Frank Harris, en su encuentro con él, lo
entristeció. Lillie Langtry, tan apreciada por el escritor,
afirmaba que le enviaba dinero, pero no era cierto. Wilde estaba
cada vez más solo. En París —donde había conocido a Marcel
Proust, con el que no simpatiza demasiado, y a Toulouse—Lautrec,
que pintó unos esbozos de Wilde, como el que nos lo muestra
gordo, con marcadas ojeras y una fláccida papada que subraya su
decadencia— vive en lo que, para Harris, es un sórdido
hotelucho, aunque hoy se haya convertido en un hotel de lujo
frecuentado por los admiradores del escritor irlandés. Allí,
durante el verano, Wilde come y cena con Harris, mientras se
queja de su salud. En visitas posteriores, su amigo ve que Wilde
vive en un desorden absoluto, encerrado en sus dos pequeñas
habitaciones del hotel. Le pide dinero y su amistad empieza a
resentirse, hasta el punto de que terminarán peleados.
Prisionero ya de la inercia con que observa su propia
decadencia, Wilde se va dejando morir, aunque mantiene numerosas
relaciones ocasionales con todo tipo de amantes. En ese París
que le había visto frecuentar los salones más distinguidos se
relaciona con chaperos de la calle, con jóvenes que venden su
cuerpo, con rufianes de sus propias vidas: los más puntillosos
cazadores de las debilidades de Wilde han llegado a contabilizar
treinta y un compañeros ocasionales, o incluso más, en su etapa
final parisina.
Al año siguiente, 1899, se publica en libro La
importancia de llamarse Ernesto. El último año del siglo
viaja a Sicilia, y a Roma. Se bautiza católico, ya enfermo. Es
posible que en sus últimos días recordase sus propias palabras,
escritas para el Gilberto de El crítico artista: “Porque
cuando se lanza una mirada retrospectiva sobre la vida que fue
tan intensa, tan llena de frescas emociones, que conoció tales
goces y tales éxitos, todo eso parece no ser más que un sueño,
una ilusión. ¿Cuáles son las cosas irreales, sino las pasiones
que nos abrasaron en otro tiempo como fuego? ¿Qué son las cosas
increíbles sino aquellas en las que creímos fervientemente? ¿Qué
son las cosas inverosímiles sino aquellas que hicimos?” Es el
final.
Al día siguiente, 30 de noviembre de 1900, muere
en el Hotel d’Alsace, en el número 13 de la rue des Beaux—Arts,
de meningitis. Acababa de cumplir cuarenta y seis años. Es el
mismo año en que muere Ruskin, al que tanto había admirado. Es
enterrado en Bagneux. Gide se hace eco del pobre cortejo que
acompaña a Wilde hasta el cementerio. Su amigo Robert Ross paga
sus deudas y después se ocupa de publicar sus obras, y hasta
trabaja para cambiar la primera tumba por un lugar más digno:
los restos deberán esperar en Bagneux hasta 1909, cuando los
trasladarán al cementerio del Père Lachaise, donde hoy reposan,
bajo el mausoleo esculpido por Jacob Epstein. Ross corrió con
todos los gastos. Tras la muerte de Wilde, lord Douglas atacó a
Ross, el amigo fiel del escritor, por las revelaciones que
pudieron leer los contemporáneos en el De Profundis,
llegando a perseguirlo con denuncias en los tribunales hasta la
muerte de Ross en 1918. Después, lord Douglas escribiría una
Autobiografía en la que cambia su opinión sobre Wilde. De
hecho, los protagonistas o las personas cercanas a la tragedia
de Wilde estuvieron obsesionados, durante años, con el trágico
fin del escritor.
Wilde, irlandés como
Joyce, Yeats, o G. B. Shaw, amaba no la Grecia histórica,
real, de su tiempo, sino la visión que había creado la corriente
finisecular de una cultura que se reconocía en los clásicos pero
que poco tenía que ver ya con los románticos que adoraban las
ruinas de las civilizaciones perdidas, hijos de Winckelmann y de
Gibbon, que habían visto en los griegos o en Roma la culminación
del arte humano. El decadentismo de Wilde, cuya teoría aparece
expresada en Pluma, lápiz y veneno, encuentra su más
acabada expresión en Salomé o en El retrato de Dorian
Gray. Ese movimiento, que había cruzado el continente
europeo y que incorporaba con diferentes matices a autores tan
diferentes como Gabriele d’Annunzio, Strindberg o incluso
Nietzsche, bebía en el romanticismo pretendiendo enlodarse
en el mundo extrayendo de su propia experiencia el valor supremo
del arte y de la poesía, en una época en que humean las sucias
chimeneas de las fábricas y en la que el movimiento obrerista
está creando un nuevo imaginario, tembloroso aún, derrotado
ferozmente en la Comuna de París, desamparado en las huelgas
aplastadas con sangre, pero dueño de una telaraña de acero que
se extiende por los continentes y que enarbola la razón del
socialismo. La idea de la belleza, convertida en un objetivo
vital, en una búsqueda de la trascendencia que la fealdad de la
industrialización parecía haber condenado, está siempre presente
en los textos de Wilde, que llega a escribir: “La industria es
la raíz de toda fealdad”. Wilde, que se declaraba también
socialista, debía algunas de sus inquietudes a Ruskin, el padre
del socialismo estético.
Su pasión por la estética y su militancia en las
ideas del socialismo no deja de resultar en apariencia
sorprendente en un escritor que mostraba un marcado esnobismo en
las relaciones sociales que mantenía, en su inclinación por los
círculos elitistas de la cultura, que parecían estar muy lejos
de la laboriosa construcción de un nuevo estruendo que
ensordeciese el mundo y que dotase a los desposeídos de una
confesión y de una voluntad. Pero él conjuga esa simpatía por el
socialismo con el menosprecio por la actitud del público
burgués, aunque sea éste el que aclama sus obras. El
distanciamiento de Wilde de las opiniones dominantes en su época
y su desdén ante la vulgaridad y el mal gusto se muestran, por
ejemplo, en las palabras que pone en boca de Gilberto, en El
crítico artista, quien ante la afirmación de Ernesto, (“el
público inglés se siente encantado cuando una medianía le
habla”), contesta: “Sí, el público es prodigiosamente tolerante:
lo perdona todo, menos el talento.”
El alma del hombre bajo el socialismo, una
de sus obras menos conocidas, se publica en febrero de 1891 en
la revista Fortnightly Review, en un momento en que
conviven el marxismo, el socialismo utópico y el esteticismo
inglés, y aparecerá en volumen en 1895. Wilde debe ideas a
Morris, quien si bien publica sus Noticias de ninguna parte
en el mismo año de 1891, éstas ya habían aparecido el año
anterior en la revista The Commonweal. Noticias
de ninguna parte es una novela de anticipación, muy
representativa de las ideas que circulaban entre los grupos
socialistas de la Inglaterra del momento, que obtuvo un gran
éxito y que sitúa la construcción del socialismo en una lejana
Inglaterra de inicios del siglo XXI. Así son las cosas. En ella
Morris nos muestra a veces el nuevo Londres, en el que encuentra
casas curiosamente parecidas a las de la Edad Media, pero
envueltas en la nueva belleza del socialismo, aunque a veces el
narrador tenga la impresión de estar en el siglo XIV, o se
plantea problemas como la falta de estímulo para trabajar en el
seno de una sociedad comunista o explica las formas de la
igualdad entre sexos en una sociedad que no contempla el
matrimonio ni el divorcio porque las uniones entre personas son
libres.
Todas esas ideas —y otras de gran calado, como
las formas de remuneración en una sociedad socialista, la
función de gobierno, el papel de la justicia, la autogestión de
los municipios, etc— estaban en discusión en los círculos
socialistas y obreros de final de siglo y son abordadas por
Morris. En El alma del hombre bajo el socialismo, Wilde
aboga por la revolución del individualismo y por la abolición de
la propiedad privada y ataca el autoritarismo socialista.
Escribir, como hace, que “la única finalidad justa debe ser la
reconstrucción de la sociedad sobre unos cimientos tales que la
pobreza resulte imposible” suponía, sin duda, en la Gran Bretaña
finisecular, toda una declaración de intenciones que no podían
granjearle demasiadas simpatías en los círculos burgueses y
aristocráticos de Londres, más pendientes de las intrigas de los
Gladstone o Disraeli, y de la competencia alemana o francesa al
imperio, que de las reclamaciones del movimiento obrero inglés.
La voracidad burguesa mantenía los estrictos
círculos de moralidad que mantenían a una gran parte de la
población sin derecho a voto, pese a sus proclamadas virtudes de
civilización: de hecho, no será hasta después de la primera
guerra mundial que llegará el sufragio universal masculino. Las
mujeres aún deberán esperar más. En esa década final del siglo
XIX, en que aparece El alma del hombre bajo el socialismo,
los liberales de Gladstone —cuya ascendencia sobre los
trabajadores era notable, gracias a los acuerdos que mantenían
con ellos los dirigentes tradeunionistas— impulsan una
mejora de las condiciones de trabajo de la clase obrera inglesa,
reduciendo las horas de trabajo, aunque la vida del obrero
inglés continúa siendo dura: barrios miserables, alcoholismo,
degradación en los tugurios en los que se venden niñas
prostitutas: todo eso también forma parte del imperio británico,
aunque nunca lo cantará Kipling. En el movimiento obrero inglés
predomina el espíritu conciliador entre los sindicatos de las
TUC hasta el punto de que el propio Engels había criticado en
1882 la pasividad de los obreros ingleses, a los que juzgaba
amordazados por su participación en las migajas del imperio
colonial. Aunque Gran Bretaña había iniciado ya su
decadencia y debía enfrentarse a nuevos desafíos, hasta el punto
de que el presidente norteamericano Cleveland se enfrenta a
Londres por sus diferencias en las Guayanas y Venezuela.
En Gran Bretaña, las dos últimas décadas del
siglo presencian una considerable agitación teórica alrededor
del socialismo, paralela a la que se produce en el resto de los
países industrializados, y hasta en Rusia. Marx había muerto en
1883, aunque continúa la actividad de Engels, hasta su muerte en
1895, y las organizaciones como la Federación Social Democrática
(Social Democratic Federation) y una escisión de ésta, la
Liga Socialista (Socialist League), que junto con la
Sociedad Fabiana (Fabian Society) —que había fundado
Edward R. Pease el mismo año de la muerte de Marx y que contaba
entre sus miembros con escritores de la relevancia de George
Bernard Shaw, uno de sus más tempranos socios, o de Herbert
George Wells, que se incorpora a principios del siglo XX, y de
Bertrand Russell— muestran la ebullición de los círculos
socialistas de Londres. La Fabian Society, que era una
asociación compuesta mayoritariamente por profesionales e
intelectuales, pretendía progresivas reformas para llegar al
socialismo, siempre desde la discusión y la propaganda,
excluyendo la acción revolucionaria, y consiguió una gran
difusión de sus ideas. Wilde recoge en sus páginas referencias a
los fabianos y a su idea de la que revolución era inminente en
Inglaterra. La confianza en la razón de los fabianos es heredera
de la tradición ilustrada del siglo XVIII aunque no ponen
énfasis en la conquista del poder y confían en la capacidad de
transformación interna de la sociedad. Curiosamente, sus
propagandistas procuran infiltrarse en las organizaciones del
Partido Liberal, como harán muchas décadas después los
trotskistas con los partidos socialdemócratas, en la común
ilusión de que su influencia llevará a que los dirigentes
cambien su política y adopten progresivamente los planteamientos
socialistas y comunistas. Huelga decir que ni unos ni otros lo
lograrán nunca.
También a mediados de la década de los ochenta
aparece la Federación Social Democrática, en la que se integra
William Morris. En esos mismos medios se mezclan exiliados rusos
o alemanes, que aportan sus propias visiones del marxismo o del
anarquismo, y que contribuyen a la difusión de las ideas
emancipatorias. La actividad desarrollada por la Federación
Social Democrática, que tiene a Henry Mayers Hyndman como
principal dirigente, consigue una notable audiencia entre la
clase obrera, aunque su enfrentamiento con los otros sectores
del socialismo británico más moderados, como los fabianos o la
Liga, y su rechazo a la actitud de los dirigentes de las
Trade Unions, limitarían su eficacia. El propio Engels, así
como Lenin, criticaron con dureza la política desarrollada por
la Federación y su esquematismo teórico, pero su influencia
sobre los trabajadores y su contribución a la popularidad del
objetivo de la emancipación social fueron evidentes. En la Liga
Socialista, en la que encontramos a Morris y a Eleanor, la hija
de
Marx, los problemas internos y las dificultades para crecer
entre los medios obreros limitaron también su influencia. Pero
la sociedad británica cambia: el primer partido obrero británico
se crea en 1893, y en esas mismas fechas los sindicatos agrupan
ya a más de un millón y medio de obreros, más del doble que
cinco años atrás, y han protagonizado la gran huelga del puerto
de Londres de 1889, aunque la burguesía inicia una
contraofensiva que creará grandes dificultades para el
movimiento obrero. En esa última década del siglo, dirigentes
como Robert Blatchford popularizan por el país un socialismo
pragmático, alejado de cualquier radicalismo, que no bebe en las
fuentes de Marx, aunque pretende la propiedad colectiva de los
medios de producción. Al mismo tiempo, la aparición del Partido
Laborista Independiente (Independent Labour Party) se
fija el objetivo de alcanzar el Parlamento con candidatos
obreros, como hacían los fabianos, pero alejándose de la alianza
con los liberales, aunque en las primeras experiencias que
promueven, como las elecciones de 1895, fracasen. Su errática
actividad será criticada después sin contemplaciones por Lenin.
Finalmente, cuando termine la centuria, diferentes grupos
formalizarán el nacimiento del partido laborista, aunque todavía
no se llame así. Nacía el siglo XX y con él nuevas formas de
organización obrera, pero ese no sería ya el siglo de Wilde.
La defensa que hace Wilde del socialismo
individualista lo lleva a ligarlo con el helenismo que siempre
profesó. Pero por muchos puntos de contacto que tenga con el
decadentismo, no hay ninguna duda de que el ensayo sobre el
socialismo no gustó a la burguesía. La idea de socialismo del
escritor irlandés se identifica en muchos aspectos con la de
William Morris, quien también aborrecía la sordidez industrial,
la negrura de las ciudades, la visión de los niños descalzos,
los repugnantes vapores de las fábricas, la miseria de los
ghettos obreros, y muestra, al mismo tiempo, que era un
hombre poseído por la pasión de la búsqueda de la belleza, como
el propio Wilde. Un individualismo, por otra parte, que poco
tiene que ver con el defendido por Spencer, que pocos años antes
de la aparición del ensayo wildeano sobre el socialismo había
publicado una obra de título tan atractivo y equívoco como El
individuo contra el Estado. Hay algunos puntos en común con
Wilde, sí, pero cuando éste afirma que todas las formas de
gobierno se revelan un fracaso, y apunta que podrá llegarse al
individualismo a través del socialismo, delimita un territorio
para los hombres del futuro, dibuja un sistema político que,
aunque impreciso, es la forma que adopta la libertad personal y
colectiva. Wilde, al mismo tiempo, considera que el arte no debe
ser popular y postula la ausencia de gobierno. El arte, que
interpreta la realidad y la vida, como dice Wilde en El
crítico artista, se convierte en un objetivo vital al que no
puede renunciarse, y vuelve al Renacimiento, no a la Edad Media.
Rechaza el socialismo autoritario y considera que la propiedad
privada hace la vida completamente insoportable y cree que,
además, ha forzado al individualismo a ocuparse del progreso
material y no del progreso espiritual: Wilde valora al ser
humano por lo que es, no por lo que tiene.
Algunos de sus juicios tienen hoy un particular
sentido profético, como cuando afirma que “antiguamente existía
la tortura. Hoy día existe la prensa, que la sustituye.” O
cuando constata que, como consecuencia del poder que ha
adquirido el periodismo, “el hecho es que el público siente una
insaciable curiosidad por saberlo todo, excepto aquello que vale
la pena de saberse.” En alguna ocasión, muchas de sus
reflexiones lo muestran relacionado también con el anarquismo, y
coincide con Morris en denostar la vida familiar en la forma que
adopta en la Inglaterra victoriana, creyendo que si la sociedad
futura anula la propiedad privada desaparecerá también el
matrimonio tradicional. El comunitarismo está detrás de esa
ensoñación, o de ese empeño, y por eso Wilde nos habla del
alma del hombre bajo el socialismo.
Pero todos esos afanes iban a pertenecer a los
seres humanos del futuro —a nosotros mismos—, aunque cuando
Wilde reflexionaba y escribía sobre ellos estaba lejos de pensar
en su propio fin. En cambio, nueve años después, repudiado por
casi todos, se dejaba fotografiar en Nápoles: cuando, en abril
de 1900, se detiene ante la estatua de Marco Aurelio, en la
plaza del Campidoglio, con su bastón, el brazo en la cadera, y
mira hacia la cámara, debe saber que está componiendo su último
retrato, apenas seis meses antes de morir.