040807 - El
Viejo Topo - “ Would you kindly direct me to hell?” -
Dorothy Parker, de un poema
de los años veinte.
Para Elena González,
Georgina Ral y Ana Pastor.
El hotel Algonquin de Nueva York es un establecimiento de lujo, aunque
no es de los más ostentosos de la ciudad: la distinción se aprecia
apenas se cruza el umbral. Está en la calle 44 West, y, enfrente de la
recepción, hay una sala con luces suaves, sillones de estilos diversos,
todos diferentes, y columnas revestidas de madera oscura; moqueta y
gruesas alfombras que ocupan casi todo el vestíbulo. Las paredes están
forradas hasta una altura de dos metros y medio, y, encima, hasta el
techo, el resto de la pared está pintado con grullas, en un ambiente
vagamente japonés, oriental. Toda la franja pintada tiene un color ocre.
Las mesitas tienen un timbre para llamar a los camareros, y la música
suave y el rumor de las conversaciones dan el tono de un ambiente
discreto y elegante. Aquí venía Dorothy Parker, en los años perdidos de
la América de entreguerras. Hace ahora cuarenta años que la escritora
murió. La vida de Dorothy Parker ha sido documentada con detalle por
Marion Meade, que rastreó sus relaciones, el recuerdo de su influencia
en la literatura norteamericana y sus inclinaciones políticas: Parker
murió en la pobreza y no dejó manuscritos, ni conservó cartas cruzadas
con sus contemporáneos, pese a que las escribió con frecuencia.
El hotel es un lugar importante para la literatura norteamericana
anterior a la Segunda Guerra Mundial, y también para el imaginario
colectivo de las mujeres estadounidenses, que empezaron a mostrarse de
otra forma en los artículos y en los relatos que Dorothy Parker escribió
en los años veinte y treinta del siglo pasado. En los años posteriores a
la Gran Guerra, algunos actores como Douglas Fairbanks y John
Barrymore frecuentaban el llamado Rose Room, el comedor del
hotel, que pronto se hizo célebre. Allí se originó la Mesa Redonda
del Algonquin, como la bautizó la prensa, ávida por recoger las
conversaciones ingeniosas y las maldades que originaban las reuniones de
Dorothy Parker y sus amigos, entre quienes se encontraban Heywood Broun,
George S. Kaufman, Marc Connelly, Robert Benchley y Robert Sherwood.
Después llegarían muchas celebridades.
En nuestros días, el salón rosa ha sido decorado de nuevo. Dicen
que, en los días de gloria de las reuniones de la mesa redona, desde la
sede del New Yorker, que estaba en el 25 de la calle 43 Oeste,
los asiduos de los encuentros con Dorothy Parker tenían una puerta por
la que llegaban directamente al hotel. Hoy, en el salón Rosa, el
lugar de honor es para un cuadro que recuerda al núcleo de amigos y
contertulios que se reunían allí, en el mismo lugar que quiere celebrar
para siempre esa imagen. Como si la gerencia del establecimiento supiera
que seguimos yendo allí para encontrar a Dorothy, con frecuencia se
oculta la suave música que suena y suena el jazz de los años gloriosos.
A veces, parece a punto de llegar uno de esos “hombres pequeños a
quienes había que quitar un poco el polvo”, como escribió Parker.
En el cuadro se distingue a Dorothy Parker y a Harpo Marx. Es difícil
reconocer a las otras figuras, aunque sepamos el nombre de todas ellas.
Al lado, hay jarrones con ramas a punto de florecer, para solaz de los
clientes. En ese salón, tras el cuadro, están las cocinas. Se ve allí
una estantería con libros, pero no tienen nada que tenga algo que ver
con Dorothy. En los espejos, se reflejan las mesas y el comedor: ocupan
buena parte de la pared, enmarcados por la madera oscura que cubre el
resto. En el centro, la mesa redonda, con los nombres de las personas
que componían el círculo de Dorothy Parker. En el lugar que ocupaba
ella, indicado por un cuadrito, puede leerse:
I LIKE A MARTINI
TWO AT THE MOST
THREE I’M UNDER THE TABLE
FOUR, I’M UNDER THE HOST.
Dorothy Parker
No es arbitrario ese recuerdo, pues quienes se reunían allí con Parker
eran todos grandes bebedores. Según indican las placas dispuestas en la
mesa, al lado de nuestra escritora, siguiendo el sentido de las agujas
del reloj, se sentaba Robert Benchley; después, Robert Sherwood,
Franklin Pierce Adams, Adolh Zukor (o bien, George S. Kaufman), Heywood
Broun, y, otra vez, vaya a saber por qué, F. P. Adams. En la otra
estantería que se halla en el gran comedor, distinguí también algunos
libros. Ninguno es de Dorothy. Casi escondido, un pequeño escritorio con
una lamparita art-decó. Por un momento, se tiene la impresión de
escuchar una maldad de Dorothy Parker, una réplica brillante, o ver
pasar a Faulkner, que también se alojó en el hotel, o reír a Harpo Marx.
Parker había nacido en 1893, en New Jersey, aunque vivió casi siempre en
Nueva York; de niña, en el 214 West de la calle 72, junto a Broadway,
aunque esa avenida aún no se denominaba así. De origen judío, Parker se
llamaba en realidad Dorothy Rothschild, aunque no tenía nada que vez con
los millonarios de ese apellido: sus abuelos eran judíos alemanes pobres
que emigraron a América a mediados del siglo XIX. Ni siquiera terminó el
bachillerato, pero alcanzó la celebridad en los años veinte, y durante
mucho tiempo se inventó los pormenores reales de su vida. Empezó a
trabajar en Vogue mientras enviaba poemas a Vanity Fair,
donde empezaría a trabajar después, para pasar más tarde a escribir para
The New Yorker. Con veintitrés años se enamoró de un corredor de
bolsa llamado Edwin Parker, de quien tomó el apellido tras casarse con
él. La época corría veloz y la gente quería divertirse.
Poco después de la I Guerra Mundial, Parker había comenzado a reunirse
en el hotel Algonquin con algunos amigos, como el escritor Robert
Benchley, y con Robert Sherwood, un compañero de Vanity Fair, y
los encuentros dieron paso a una tertulia en la mesa redonda del hotel
que haría célebres a sus comensales habituales, y, sobre todo, a Dorothy
Parker, que pronto empezó a mostrarse como una mujer distinta, que
exigía unas relaciones en pie de igualdad con los hombres. Todavía no
era común, pero Dorothy Parker, Lillian Hellman y otras mujeres como
ellas abrían entonces el camino para un nuevo tipo de mujer alejado de
los viejos estereotipos de la América cristiana y rural, anunciaban una
mujer inteligente, autónoma, dueña de su sexualidad, libre, que, con
algunos de sus rasgos, empezaría a ser popular en los años treinta en la
figura de Betty Boop, un cómic que hizo fortuna en los años de la
depresión. En ese comedor del Algonquin se inició la leyenda de
Dorothy Parker, que fue considerada en su tiempo la mujer más
inteligente de Estados Unidos. Entre quienes se reunían allí con ella se
encontraban a veces Harpo Marx, Herman Mankiewicz, William Faulkner,
Donald Ogden Stewart, que después sería un famoso escritor comunista, y
otros, y, fuera de allí, se relacionaba con Charles Chaplin, Paul
Robeson o el compositor Irving Berlin.
De costumbres bohemias y alérgica a las obligaciones hogareñas de la
mayoría de las mujeres de la época, Parker, frecuenta, en esos años
veinte, las mansiones de Long Island donde se reunía la gran burguesía,
los ambientes que Scott Fitzgerald describió en El gran Gatsby y
cuyos personajes la escritora conocía a la perfección, no en vano
estaban basados en gente con la que ella misma se había relacionado y
con quienes había entablado con frecuencia relaciones sentimentales. En
esos círculos conoció al banquero Otto Kahn, y a Averell Harriman, quien
años después sería embajador norteamericano en Moscú, en los inicios de
la guerra fría. Eran reuniones agradables, juergas de borrachos,
ocasiones para disfrutar de la riqueza de aquella burguesía ociosa y
corrupta, pero fuera de esas mansiones la vida era diferente. Si la gran
burguesía de Long Island podía conseguir alcohol de calidad, no era así
en los garitos neoyorquinos. Al Algonquin llegaban los amigos de Parker
con botellas de contrabando, que podían conseguirse en cualquier lugar,
pues solamente en Nueva York miles de establecimientos y bares ilegales
burlaban las leyes, con la connivencia de la policía. En las manzanas
que van desde la New York Public Library hasta el MoMA, entre la
Avenida de las Américas y la Quinta, decenas de miles de personas se
emborrachaban cada noche. El país se ahoga en el delito, en la
corrupción, pero la gente quería divertirse, tal vez porque sospechaba
que la juerga no duraría demasiado tiempo.
Banqueros adinerados, industriales y financieros, hombres de negocios,
mantenían alegres reuniones donde escritores como Dorothy Parker
brillaban, frente a la insípida existencia centrada en acumular dinero
que seguía la burguesía neoyorquina. La afilada lengua de Parker, muchas
veces cargada de maldad, se cebaba en cualquiera, incluso en su propio
primer marido, de quien se separaría poco después. Todos celebraban sus
ocurrencias, que si bien carecían de contenido político situaban a la
mujer en un papel nuevo, alejado de la hipocresía del matrimonio
convencional. En 1924, tras romper con su marido, Parker se instaló en
el Algonquin, en una suite que raramente pagaba. Allí vivió hasta que,
en 1933, dejó el hotel para instalarse en un pequeño apartamento de la
calle 54, junto a la Quinta Avenida. Los años de gloria del salón
rosa y de la tertulia del Algonquin habían pasado. Su marido, Edwin
Parker, murió ese mismo año, víctima de los barbitúricos.
Cuando Parker cumplió veintinueve años, se encontró con su matrimonio
roto y, por añadidura, embarazada de un hombre casado, por lo que
decidió abortar. En esa época intentó suicidarse, cortándose las venas
en su apartamento de la Sexta Avenida. Con poco más de treinta años,
Parker ya era una mujer célebre en Estados Unidos, y los periódicos y
revistas se hacían eco de su inteligencia, de su mordacidad, de su
ingenio para improvisar cualquier réplica capaz de cerrar la boca a sus
adversarios. Los años de la ley seca de Woodrow Wilson son los
del apogeo de la mesa redonda del Algonquin. En esa época, su
vida sentimental era desordenada, aunque también desafortunada: los
hombres que le atraían, la rechazaban, y Parker apenas se fijaba en
quienes se interesaban por ella, aunque no por ello dejaba de tener
amantes sucesivos. Su segundo marido, Alan Campbell, con quien se casó
en 1934, padecería también sus sarcasmos. Ya había empezado a escribir
para el teatro, aunque siguió escribiendo sus colaboraciones
periodísticas y nuevos relatos, muchos de los cuales eran certeras
radiografías de las flaquezas y miserias de la sociedad norteamericana.
El cinismo de la época, la agónica obsesión por divertirse que recorrió
los años de la prosperity, iban a darse de bruces en la
depresión, después en la miseria, más tarde en la guerra, y
finalmente, en la locura atómica y en el inicio de la expansión exterior
de los Estados Unidos, con un programa de dominación mundial que iba a
dejar un reguero de sangre y destrucción en cuatro continentes del
planeta. Hacia mediados de los locos años veinte, Parker, con apenas
treinta y tres años, se había convertido en una alcohólica, hasta el
extremo de que los médicos le aconsejaron que dejara la bebida: no lo
hizo y arrastró sus consecuencias para siempre. Como Scott Fitzgerald,
Hammett, Sherwood Anderson, Sinclair Lewis, Faulkner, Raymond Chandler,
Tennessee Williams, John Steinbeck, Eugene O’Neill, Ernst Hemingway y
muchos otros, Dorothy Parker cayó en las garras del alcohol: porque si
en Estados Unidos había una forma de divertirse, era emborrachándose.
Durante los años de la ley seca, cuando Parker era joven,
frecuentaba esos garitos neoyorquinos entra la Quinta y Sexta Avenidas,
y cerraba las juergas con su amigo Robert Benchley tomando la última
copa en un lupanar de la calle 54 West al que, nobleza obliga, ambos
amigos dotaron de una biblioteca. En 1926, Parker descubrió el
veronal, un barbitúrico que le ayudaba a combatir la angustia
producida por un tipo de vida demasiado rápido, desenfrenado. Con él
intentó suicidarse en su habitación del Algonquin, algo que repitió en
1932. Ese mismo año de 1926 conoció a Hemingway, y los relatos de la
vida en París que escuchó al escritor le influyeron para que Parker
decidiese irse a vivir a Francia. El 20 de febrero, embarcó con
Hemingway en el President Roosevelt. Llegó a París, pasó por la
Closerie des Lilas, y, después inició un viaje por España,
visitando Barcelona, Madrid, Sevilla y otras ciudades, para llegar a la
conclusión de que España era un país muy desagradable donde los hombres
pellizcaban el culo a las mujeres, aunque no las conocieran. Volvió a
París, donde vivió varios meses, para volver, en noviembre, a Nueva York.
Entonces empieza a cerrarse una época de su vida. Hasta entonces no
había mostrado inclinaciones políticas, pero el proceso de Sacco y
Vanzetti, en 1927, iba a cambiar la vida de Parker. Viajó a Boston para
seguir el proceso contra los dos anarquistas, y allí coincidió con John
Dos Passos, con Upton Sinclair, Katherine Anne Porter y con trabajadores
afiliados al Partido Comunista que llegaban para manifestarse a favor de
Sacco y Vanzetti. Contamos con una célebre fotografía en la que Dorothy
Parker va cantando la Internacional por las calles de Boston, precedida
por John Dos Passos. Parker fue detenida. Algunas fuentes mantienen que
la noche de la ejecución de los dos anarquistas, Parker pudo hablar con
ellos, aunque no es seguro. Era el 23 de agosto de 1927. El relato de la
muerte de Nicola Sacco (sus últimas palabras fueron: “Viva l’anarchia!”)
impresionó vivamente a Dorothy Parker, y, desde ese momento, se implicó
en la lucha política apoyando muchas causas justas, hasta el punto de
que, en la segunda mitad de los años treinta, ingresó en el Partido
Comunista.
En 1929 Dorothy Parker se instaló en Hollywood, gracias a un contrato
que firmó con la Metro Goldwyn Mayer. Pero, pocos meses después, regresó
a Nueva York, aunque volvería más tarde a California. En Hollywood,
conoció a Dashiell Hammett, que pocos años después se convertiría en uno
de los escritores más célebres de Estados Unidos y en uno de los
intelectuales más relevantes del Partido Comunista. Durante los años
treinta, Parker consiguió triunfos relevantes: A Star is Born (en
España, Ha nacido una estrella), dirigida por William A. Wellman,
fue uno de esos éxitos, película que, casi veinte años después, sería
rodada de nuevo por George Cukor, y, aún otra vez en los años setenta.
También, después, escribió el guión de Saboteur, de Alfred
Hitchcock, estrenada en 1942, además de colaborar en otras producciones.
En Hollywood, Parker participó activamente en la Liga Antinazi y su
activa militancia antifascista creció junto con su contribución en el
sindicato de guionistas, donde combatió los excesos y abusos de todo
tipo de las compañías cinematográficas.
Su defensa del socialismo está fuera de duda, y aunque la propia
biógrafa de Parker, Marion Meade, haya mostrado sus dudas sobre la
militancia comunista de Dorothy Parker, miembros relevantes del Partido
Comunista como Ring Lardner, Jr., mantuvieron sin vacilación que tanto
la escritora como Alan Campbell se afiliaron al Partido. Ello le
causaría muchos problemas. Su compromiso político con el comunismo fue
controlado con celo por el FBI, hasta el punto de que, en apenas cuatro
años, la policía acumuló un expediente de más de novecientas páginas
sobre sus actividades y las de su marido, Alan Campbell. Con el inicio
de la caza de brujas la vida iba a dar un vuelco. En 1950, la
policía norteamericana llegó a seguir sus pasos durante un viaje a
México, dando cuenta de sus encuentros con refugiados españoles.
La amenaza fascista en Europa, la solidaridad con los refugiados
alemanes que huían del nazismo, las luchas obreras en los Estados
Unidos, la guerra civil española y la solidaridad con la República (ella
será una de las personas que financiaron la producción del documental
The Spanish Earth), están en el centro de las actividades de Dorothy
Parker en esos años, y la escritora trabaja con entusiasmo, promueve
manifestaciones, recoge fondos para ayudar a las víctimas del nazismo,
se relaciona con Dashiell Hammett, Lillian Hellman y otros destacados
miembros del Partido Comunista. En esos años, algunos ironizan sobre su
transformación, sobre el cambio de una escritora que pasa de frecuentar
los ambientes burgueses de Long Island a visitar dirigentes obreros
encarcelados, pero no hay duda de las convicciones de Dorothy Parker.
Lillian Hellman recuerda en Pentimento que hizo un viaje con
Dorothy Parker y su marido Alan Campbell. Fue en agosto de 1937; habían
embarcado en el Normandie para atravesar el Atlántico y la guerra
civil española inflamaba las conciencias de todos ellos. Hellman iba a
Moscú, a un festival de teatro. No estaba muy segura de ir, y por eso la
dramaturga se quedó en París, donde conoció a Hemingway, y a Gerald y
Sara Murphy, y también a James Lardner (hermano de Ring Lardner Jr.,
ambos comunistas), un valiente joven que poco después se incorporaría a
las Brigadas Internacionales para combatir al fascismo; en España,
perdió la vida y fue enterrado en las tierras ásperas que aplastaba el
ejército sublevado. La guerra de España hizo que Dorothy Parker y muchos
de sus amigos redoblaran esfuerzos para denunciar el peligro fascista.
Todos los intelectuales preocupados por la suerte de España, de Europa y
del mundo ante el ascenso hitleriano veían en Dorothy Parker una de las
voces más valiosas para contribuir a la defensa de la libertad.
En octubre de 1937, Dorothy Parker viajó a España, visitando Madrid
(donde coincidió con Hemingway y Martha Gellhorn) y Valencia. De su
experiencia en Valencia surgió después su emotivo relato Soldados de
la República, que fue publicado el 5 de febrero de 1938 en The
New Yorker, donde da cuenta de la dignidad de los soldados españoles
que combatían al fascismo. Parker explica las preocupaciones de aquellos
hombres jóvenes, la falta de noticias de sus familias, el ansia que
tenían por el tabaco para soportar el frente, y consigna un detalle que
le emociona, aunque Parker apenas se entretenga en él: las mujeres no
tienen ni hilo para coser las ropas raídas de sus hijos. Unos meses
después, Parker aparecía fotografiada en el Time, el dieciséis de
enero de 1939, a causa de una reunión para impulsar la solidaridad con
la República española, cuando ya las tropas fascistas se aproximaban a
Barcelona, que caería diez días después. El 30 de enero de 1939, la
revista Life publicaba una fotografía de Parker bañada en
lágrimas, después de haber intervenido en una desesperada reunión que
intentaba recabar ayuda para la asediada República española, imagen que
había sido tomada en esos días amargos de la caída de Barcelona.
Después de la Segunda Guerra Mundial, la caza de brujas iniciada
por el gobierno norteamericano, y las acusaciones de delatores
anticomunistas como Martin Berkeley ante el Comité de actividades
antiamericanas causaron gran daño a las actividades profesionales de
Parker, hasta el punto de que dejó de trabajar como guionista y empezó a
tener serias dificultades económicas. La caza de brujas destruyó
su vida, y su inclusión en las listas negras destrozó su carrera
literaria. Hasta los primeros años sesenta no empezarían algunos
productores a ignorar que Dorothy estaba en la lista negra, pero, para
entonces, apenas le quedaban cinco o seis años de vida, y los fascistas
de la Legión Americana seguían acosándola en cualquier acto público
donde se presentaba. Era ya casi una anciana y sus últimos años no
serían fáciles. Lamentándose porque ya no podía escribir, pero
entusiasmándose a veces por alguna noticia, una tarde de junio de 1967
una camarera del hotel donde vivía la encontró muerta. Todas sus
propiedades ascendían a un total de veinte mil dólares, que dejó en
herencia al movimiento negro de lucha contra la segregación racial,
encarnado por Martin Luther King.
Sus relatos están llenos de alusiones a la losa padecida
por las mujeres en un sistema que las condenaba a representar un absurdo
papel de objetos decorativos, a la segregación racial, la pobreza, la
hipocresía de los poderosos. Se burló de la pose intelectual de quienes
hacían de la denuncia hipócrita de las lacras sociales un mecanismo para
su propio ascenso social, de la estupidez de la gran burguesía
norteamericana, desde los Whitney hasta los Morgan, que Parker conoció
de primera mano, y que fue motivo de muchas de sus ironías. También, se
burló de la desenfrenada búsqueda del dinero que tanto tiempo ocupaba a
los norteamericanos, y era completamente sincera. Con ella nació una
nueva mujer norteamericana, abierta, independiente. Como si recordase
sus propias palabras, sus sarcásticos comentarios de una época que ya
era muy lejana, Dorothy Parker parecía seguir dispuesta a decirle a
cualquiera “¿Quiere usted tener la amabilidad de llevarme al infierno?”.