1. En este capitalismo tardío —con
su capacidad para desagregar y atomizar a los ciudadanos, con su eficaz
intervención cultural sobre las clases sociales, cruzadas por numerosas
identidades e intereses, y, específicamente, sobre la clase obrera— la
izquierda europea vive todavía en el tiempo de la explosión, del
estallido que siguió a la desaparición de la
URSS. Hoy podemos ver con perspectiva el gran
error de aquellos que, desde la izquierda, saludaron el colapso
soviético con el argumento de que la existencia de la
URSS era una losa que
impedía el avance de la izquierda, en Europa y en el mundo. En realidad,
los acontecimientos de 1991 fueron una derrota de enormes proporciones
históricas, a la que hay poner fin. Puede considerarse que, en toda
Europa, los últimos tres lustros han sido años perdidos, que han traído
la reducción del poder social de los trabajadores y, en la práctica, el
abandono de la mayoría de los proyectos de cambio social. Tal vez los
últimos coletazos del miedo, de la interiorización de la derrota, se
estén viviendo ahora.
2. En los últimos meses, la derecha ha ganado las
elecciones en
Francia,
Alemania, Polonia,
Austria, Suecia, Finlandia, Holanda. A su vez, los socialdemócratas se
baten en retirada. Los comunistas, que en Francia, Italia y
España sufren embates de esa
crisis existencial, siguen divididos entre quienes articularon un
Partido de la Izquierda Europea (como españoles, franceses o italianos)
y quienes prefirieron quedarse al margen, como griegos o portugueses. El
Partido de la Izquierda europea no ha podido superar las dificultades
fruto de la forzosa ambigüedad ideológica: es probable que hubiese sido
más útil crear una coordinación europea y no un partido. ¿Debería
crearse un Partido Comunista europeo? Creo que sí, y también instancias
de dirección y coordinación internacional estables. Por su parte, la
izquierda radical (o extrema izquierda, como se denominaba antaño) ha
desaparecido en muchos países, con notables excepciones, como en
Francia. De manera que la situación en las filas de la izquierda es de
crisis generalizada e incluso de abandono. Aun así, surgen propuestas,
aún embrionarias, como la de una confederación de organizaciones de
izquierda (¿qué eran los Frentes Populares sino una conjunción de
fuerzas progresistas para hacer frente al fascismo?), y otras. En esa
dirección, las ideas de Samir Amin y su apuesta por la Quinta
Internacional deberían tenerse en consideración.
3. La derecha, los medios de
comunicación, una parte de la izquierda que se siente derrotada o
desencantada, e incluso una parte de la izquierda antisistema, todos
parecen conspirar para culminar la demolición de la izquierda histórica
que hemos conocido hasta hoy. ¿Con qué objetivo? Sin duda, no existen
coincidencias entre la derecha, la izquierda que se hace liberal y la
izquierda radical, pero para no repetir errores habría que tentarse la
ropa antes de colaborar en el deterioro de organizaciones históricas de
la izquierda. De la destrucción a veces surge lo nuevo, pero,
frecuentemente, se instala el hastío, el abandono, la derrota. ¿Quiere
una parte de la extrema izquierda o de la izquierda que trabaja
extramuros de las instituciones parlamentarias y representativas llegar
a un panorama como el norteamericano, que no dispone de una izquierda
real, operativa políticamente? ¿Es eso conveniente?
4. La izquierda, toda la izquierda,
tiene inoculado el veneno de la división, y con ese equipaje enfrenta
mal el futuro. Se aprecia en
España: existen grupos
que desean la desaparición de Izquierda Unida e incluso del PCE,
convencidos de que ello redundará en beneficio de la lucha social y de
una perspectiva revolucionaria. Es una posibilidad, pero no hay que
olvidar la otra: que esos grupos contribuyan, inadvertidamente, a la
voladura del espacio político de la izquierda. Ese panorama político es
el que viven los trabajadores en Gran Bretaña o en Estados Unidos
(países que, no por casualidad, son los adalides del nuevo liberalismo
depredador), donde existe un a veces vigoroso movimiento social que
carece de articulación política. Esa atomizada izquierda crítica, que a
veces plantea cuestiones relevantes, debería ser consciente de que todas
las organizaciones y sectores de la izquierda son necesarios para crear
el contradiscurso al liberalismo.
Bertold Brecht nos dijo que el
partido tiene mil ojos, y hay que conseguir que vuelvan a trabajar
juntos; además, hay que poner freno a la pérdida de energía en
batallas estériles que azota a la izquierda social.
5. La extraordinaria diversidad de
los grupos que se reclaman de la izquierda, que tienen identidad
contraria al liberalismo, que se definen anticapitalistas, es una de las
dimensiones del fracaso (o de las insufienciencias) de la izquierda
política. Existen miles de grupos sin conexión entre sí, útiles, pero
aislados. Para el capitalismo real, nada mejor que esa gran diversidad,
ese radicalismo que a veces se agota en el combate contra otras
expresiones de la izquierda, ese estéril antagonismo sobre el que
resulta fácil reinar. La crisis puede hacer aflorar otros peligros: si a
finales del siglo XIX los propagandistas de la Fabian Society
procuraban infiltrarse en el Partido Liberal británico, como hicieron
después los trotskistas en muchos partidos socialdemocrátas, ahora puede
aparecer la tentación de ingresar en esos Partidos Democráticos que se
anuncian. Sería una vía muerta, como puede comprobarse en la evolución
de quienes optaron por ella en los Estados Unidos.
6. Los errores de las fuerzas de
izquierda deben ser reputados como tales, y no como la prueba de la
traición. En Italia, por ejemplo, Rifondazione Comunista ha cometido en
los últimos meses gruesos errores, fruto de las hipotecas de su
participación en el gobierno Prodi, pero la izquierda social no debería
empujar a ese partido hacia la moderación. Hoy, la desaparición de
Democratici de Sinistra, la vieja operación de quienes liquidaron el
Partido Comunista Italiano, cierra un espejismo en el que se perdieron
una parte significativa de las fuerzas de la izquierda comunista. Porque
la disolución del PCI fue más que una tragedia: fue un enorme error. El
Partido Democrático que ahora quieren alumbrar D’Alema, Fassino, Rutelli,
Veltroni, ni siquiera pretende ser de izquierda, y su deriva le lleva a
suscribir (entre otras cosas) la aceleración de la carrera armamentista
en Europa, aceptando el despliegue del escudo antimisiles norteamericano
en Polonia y Chequia. Es de perogrullo, pero debe repetirse: hay que
utilizar los errores para aprender de ellos y no para contribuir al
deterioro de organizaciones de izquierda.
7. El sectarismo es un recurso
inútil, además de nocivo. Por eso, no deja de sorprender, después de
todo lo que ha llovido, que algunos sectores de izquierda tengan mayor
aversión entre sí, que la que muestran hacia la derecha política. Hay
demasiados grupos que otorgan certificados de pureza revolucionaria,
mientras se combaten entre sí, anulándose, de forma que dedican más
esfuerzo al combate fratricida que a la lucha social. Lo sensato sería
que todos, manteniendo si lo desean sus propias organizaciones, fueran
capaces de encontrar un terreno común de acción, como ocurrió con
ocasión del inicio de la agresión norteamericana contra Iraq, o como
podría hacerse, en España, contra la especulación inmobiliaria, la
rampante corrupción empresarial, los retrocesos salariales, los
accidentes de trabajo, la exigencia de la República, etc, por citar
algunas cuestiones. En Europa urge una coordinación concreta para evitar
el desmantelamiento de las conquistas sociales (en Alemania ya se ha
aumentado la edad de jubilación), que se plasme en acciones
movilizadoras, sociales, parlamentarias.
8. Es tiempo de paradojas. Cuando por todas partes
se anuncia el estallido de la crisis de este capitalismo tardío, que ha
vendido un imaginario de éxito que es radicalmente falso, la izquierda
europea recorre aún los caminos de la derrota, de la improvisación, de
la diáspora ideológica, de la confusión. Los socialistas (o
socialdemócratas) tras el previsible y triste fin de la
tercera vía de Blair y
Giddens, son tentados por las
sirenas del Partido Demócrata, según los parámetros de Clinton. Los
comunistas siguen divididos entre la tentación del aggiornamento
a la francesa o del discurso griego o portugués. Otro sector, con
particular influencia en España (en la dirección de Izquierda Unida)
cree que el futuro reside en la articulación de una izquierda verde,
más o menos radical. Por su parte, los verdes europeos retroceden
y son absorbidos en gran parte por el discurso del poder (aunque las
preocupaciones ambientalistas y ecológicas sigan siendo muy importantes
y la izquierda deba insistir en ellas). A su vez, otra parte de la
izquierda, la que convencionalmente se ha llamado extrema izquierda,
atomizada en múltiples grupos, continúa demasiado tentada por el
discurso resistencial, disparando contra todo lo que se mueve, entonando
a veces una política irrelevante que en muchas ocasiones sirve, más que
para combatir a la derecha, para debilitar a los partidos comunistas.
9. La izquierda europea sigue sin
ser consciente de la dimensión internacional de la crisis del
capitalismo, pese a la retórica con que adornan análisis y documentos.
Las últimas iniciativas de relieve (el lanzamiento del New Labour
en Gran Bretaña por Blair, y la creación del Partito Democratici di
Sinistra en Italia) han acabado en la peor de las hipótesis: en un
caso, liquidando las promesas sin avergonzarse: recuérdese que Achille
Ochetto justificó el cambio de piel del viejo PCI “para llegar al poder
y transformar Italia”. No han conseguido ni una cosa, ni la otra, porque
el poder ha seguido en manos de la vieja oligarquía, y el empeño de
transformar Italia ha quedado olvidado, arrinconado en el trastero de
los sueños perdidos. Ochetto, D’Alema y Fassino no transformaron Italia,
pero el error los transformó a ellos mismos. A su vez, el New Labour,
pese a algunas formulaciones que parecían de interés, ha naufragado en
el viejo liberalismo, en los fuegos de artificio y en las aventuras
imperiales de Washington. La
tercera vía era una
vía muerta, más cercana al conservadurismo británico (repárese en la
insistencia del laborismo de Blair en la flexibilidad laboral y en
conseguir la limitación de los salarios) que a la ambición de hacer
avanzar el socialismo y cambiar el mundo.
No hay que alegrarse por la deriva de la
socialdemocracia. En su interior siguen conviviendo dos almas: una,
liberal; otra, socialdemócrata. El resto de la izquierda debería
trabajar por atraer hacia posturas de cambio social a ese sector que se
reconoce en la historia de los partidos socialistas y no empujarlo hacia
posiciones liberales. Porque no hay nada peor que el sectarismo
acompañado por la torpeza estratégica.
10. Lo que ha dado en llamarse “las
dos izquierdas”, es decir, una izquierda moderada, socialista o
socialdemócrata, y otra comunista, o radical, corre el riesgo de
desaparecer ante el vértigo que aqueja a algunos dirigentes y
organizaciones. En Italia, Democratici di Sinistra y la
Margherita democristiana, confluyen en un Partito Democrático que
poco tiene ya que ver con la izquierda histórica, pese a las
declaraciones de sus dirigentes. Walter Veltroni, que se postula como
nuevo dirigente, hizo una solemne declaración en Lingotto, en el Torino
del movimiento obrero, (“Una Italia unida, moderna y justa”) reclamando
la renovación, la modernización, exigiendo lo nuevo en la política
italiana y europea, pero fue clamorosa la ausencia de ideas y propuestas
para llevarla a cabo. Veltroni reclama modernidad, pero no sabe en qué
consiste. Por si las alarmas fueran pocas, Veltroni hizo propuestas
similares a las que realizan la patronal italiana y las instituciones
del sistema, como el Banco de Italia. También en Rifondazione Comunista
aparecen problemas ante la apuesta por una Sinistra Europea que
supondría la transformación hacia un partido socialista junto con los
sectores de Democratici di Sinistra que impugnan el nacimiento
del Partido Democrático.
En Alemania, la
unidad entre el PDS y el partido de Lafontaine tiene bases diferentes, y
se reclama del socialismo democrático (que no de la socialdemocracia),
pero la operación tiene también riesgos. En Francia, la secretaria
nacional del Partido Comunista, Marie-George Buffet, cree que
debe cuestionarse todo, y, por su parte, el Partido Socialista, se
debate entre la apertura al centro de Royal y el deslizamiento
hacia el liberalismo, aunque se mantienen áreas del discurso tradicional
socialdemócrata. A su vez, la LCR francesa propone la construcción de un
nuevo partido anticapitalista, planteando algunas ideas no carentes de
interés.
En Rusia —donde Mijail Gorbachov creó un
Partido Socialdemócrata ruso (SDPR) en 2002, que ho ha conseguido
arraigar—, todas las expresiones de izquierda, moderada o radical,
tienen una mínima influencia en el país. La excepción es el Partido
Comunista ruso, que, pese a la hostilidad del poder, ayer de
Boris Yeltsin y hoy de
Vladímir Putin, que ha llegado a crear partidos con recursos
millonarios para limitar la influencia electoral de los comunistas,
continúa siendo el gran partido de izquierda del país. En el resto de la
antigua
URSS la situación es muy diversa, llegando incluso a la
prohibición directa del Partido Comunista, como en Letonia, país que hoy
forma parte de la Unión Europea.
En España, pese a la supuesta fortaleza
del PSOE, más aparente que real, dirigentes como Pasqual Maragall están
impulsando en Europa (y, por añadidura, en España) el proyecto de un
Partido Demócrata, similar al norteamericano. Al parecer, Maragall
argumenta que todos los partidos socialistas europeos se inclinan por
impulsar ese proceso, por lo que concluye que es urgente que en España
se inicie también, para poder tomar posiciones en el nuevo Partido
Demócrata Europeo.
11. La ideología liberal ha
impregnado grandes capas de la población, también entre los
trabajadores, a través de una apuesta cultural “apolítica” que trabaja
para mantener fuera del debate y la acción política a la gran mayoría de
los ciudadanos. Es urgente combatir ese liberalismo que se presenta como
portador de ideas de “sentido común”: desde la búsqueda del beneficio
individual hasta la manipulación de temores religiosos, identitarios o
de seguridad civil, llegando incluso a impulsar un peligroso nihilismo
social. Juega, también, con la supuesta “muerte de las ideologías”, que
es una completa falacia: con ese lema propagandístico se pretende hacer
creer que ya no existen, para conseguir así la renuncia de los excluidos
a su imaginario histórico y sus organizaciones; y con la cruz de la
derrota con la que ha adornado eficazmente a los movimientos
emancipatorios. Incluso ha calado la idea de que ha desaparecido la
clase obrera. Aunque, si bien es cierto que las formas de trabajo han
cambiado, los asalariados son más numerosos que nunca, y el fenómeno de
la precarización en el trabajo exige una firme política anticapitalista,
y no un aggiornamento moderado de los partidos de izquierda.
Porque el aggiornamento, la puesta
al día, es entendido con demasiada frecuencia como la moderación del
discurso, la renuncia a la construcción del socialismo, la dejación los
objetivos históricos del movimiento obrerista.
12. La crisis de la política, que en
muchos países se concreta en una gran abstención electoral (en Polonia
llega al sesenta por ciento, y en España casi a la mitad de la
población), es una bomba de relojería para la izquierda. Mientras el
poder real impulsa la precariedad laboral, la limitación de los
salarios, el recorte de las conquistas del Estado del bienestar, e
incluso acomete reformas fiscales que son una transferencia de recursos
ciudadanos hacia la empresa privada, crece el clientelismo político y la
transformación de la vida social en espectáculo. Así, la izquierda ha
devenido en gran parte una empresa para conseguir puestos de trabajo:
solamente en Italia, se ha calculado que unas cuatrocientas treinta mil
personas viven directamente de la política (desde diputados hasta
consejeros comunales, pasando por asesores diversos). Al tiempo, la
honradez, la ética personal, el desinterés y la camaradería, la
solidaridad reciben un tratamiento despectivo y burlón.
Sin embargo, las
apelaciones de los laboratorios ideológicos del liberalismo a un “mundo
nuevo” donde supuestamente no tendrían cabida ni sentido muchas de las
viejas ideas del movimiento obrerista, muchas de las reivindicaciones
históricas de los trabajadores, son apenas pobres vestiduras para
justificar el estímulo, a veces el chantaje, a las organizaciones de
izquierda para que abandonen las ideas socialistas. Pero también es
cierto que el mundo ha cambiado (¿cuándo no lo ha hecho?), y que hay que
renovar el lenguaje, algunas ideas y la forma de acceder y gestionar el
poder.
La crisis de la
democracia liberal representativa nos pone ante los límites de la acción
de la izquierda en las instituciones. Una parte de la izquierda ha caído
en la trampa de la actuación casi exclusiva en los templos del poder (en
el palazzo, como dicen los italianos), justificándolo con el
impulso y la hipotética gestión de conquistas sociales (que, en los
últimos años, han sido muy escasas, cuando no se han convertido en
dentelladas a los derechos populares) para los trabajadores, que, sin
embargo, se alejan de sus representantes y rompen con la política. En el
fondo, tal vez fluya la desconfianza ciudadana hacia la posibilidad
real de gestionar cambios sociales significativos desde las
instituciones del régimen liberal. Hay que volver a pensar el binomio
movimiento social—representación política y, probablemente, centrar los
esfuerzos en las luchas populares en la movilización, y,
secundariamente, en las instituciones.
Para ello, la relación con los
movimientos sociales es fundamental. Los diputados y representantes de
izquierda deben ser los portavoces de las necesidades populares, y deben
permanecer en relación constante con el movimiento obrero y social.
Deben llevar la voz obrera al palazzo y no al revés.
Y, en esa tesitura, deben combatir la manipulación
de fenómenos como la inmigración, el terrorismo, las cuestiones
nacionalistas, que son un campo minado para la izquierda, que ha sido
incapaz de situarlas en un contexto social, en el marco del
enfrentamiento entre la derecha capitalista y la izquierda.
13. La revolución social es una
necesidad histórica vital, imprescindible para evitar la catástrofe en
el planeta, pero la izquierda europea se enfrenta al descrédito del
concepto de revolución, aunque ésta sea una idea poderosa, y debe hacer
frente a las ideas simples, propias de la sociedad del espectáculo, que
arraigan entre grandes capas sociales. En Italia, en Alemania, en Rusia,
se hace referencia a la crisis de la izquierda y a la necesidad de
interrogarse sobre el comunismo del siglo XX. Hay que hacerlo. También,
como ha dicho recientemente Serguei Kara-Murza calificándolo como un
gran error, hay que reflexionar sobre por qué una parte de la izquierda
europea recibió la desaparición de la
URSS “casi con aplausos”.
Porque, pese al autoritarismo soviético y las serias deficiencias
sociales, la desaparición de la
URSS fue una catástrofe
para todos los trabajadores del mundo. No hay que temer a las palabras:
el mundo está en una situación límite, y el socialismo es la apuesta más
sensata para la humanidad.
14. La cuestión de la propiedad es
central. Una nueva civilización no será posible si no es sobre la base
de una propiedad colectiva, aunque diversa, y con participación y
mecanismos democráticos. También, es vital la cultura, la instrucción.
Es imprescindible que la izquierda vuelva a tejer una red de
complicidades culturales, vuelva a actualizar, con los recursos del
siglo XXI, los ateneos obreros, los centros de discusión, artísticos y
de ocio, de socialización de la experiencia vital, de la camaradería, de
la vida. Porque la televisión dominada por el poder tiene dentro a un
fascista que empuja a los ciudadanos a la degradación, al
embrutecimiento, a la enajenación. Puede parecer radical, pero es
imprescindible: hay que asaltar las televisiones, acosar a los
mercaderes de la miseria cultural, del fanatismo deportivo, hay que
denunciar a los gestores de la bazofia televisiva, gestionar el sabotaje
a la cultura basura —¿por qué no alguna batucada, por ejemplo, para
empezar, señalando a los patronos y los capataces de la degradación?—,
por mucho que esos programas cuenten con millones de seguidores
esclavizados, consumidores pasivos de los detritus del sistema.
La mundialización
no puede basarse en la privatización de la propiedad, en el ataque a las
conquistas sociales, en la creación de ventajas para las grandes
compañías multinacionales, en la transferencia de recursos desde países
pobres a ricos, y, en el interior de cada país, desde los sectores más
débiles hasta los más poderosos, sino en la búsqueda de la solidaridad,
de la justicia en las relaciones internacionales, del socialismo.
La paradoja. El final del predominio
norteamericano en las relaciones internacionales, que se anuncia en el
horizonte, y la crisis de la globalización neoliberal, abren grandes
oportunidades para los desposeídos del mundo, para los trabajadores de
las áreas industriales y las zonas desarrolladas del planeta; pero
también son un riesgo: el capitalismo puede metabolizar la crisis
actual, desarbolando al mismo tiempo a la izquierda. Quince años después
de la desaparición de la
URSS, la injusticia y la
explotación continúan gobernando el planeta, y los famosos “dividendos
de la paz” se han revelado una sucia mentira. Otra mentira más. La loca
carrera por el beneficio a cualquier precio, la rapiña como principio
rector de las relaciones internacionales (acompañada de la retórica del
comercio como motor del desarrollo que siguen recitando las
instituciones y los gobiernos), la lógica de la fuerza, la limitación de
la libertad, la persistencia del hambre, la destrucción de los
ecosistemas, la corrupción rampante de las grandes compañías
multinacionales y gobiernos que no dudan en recurrir al soborno, a la
delincuencia, al maridaje con el crimen organizado a través de las
cloacas del sistema que reciclan hasta el dinero de la extorsión y la
esclavitud, el impulso de nuevas guerras, la reformulación de un nuevo
imperialismo que no duda en recurrir al exterminio de centenares de
miles de ciudadanos inocentes en guerras de expolio y escarmiento, todo
ello, exige una izquierda decidida, revolucionaria. La paradoja es que
en el momento en que son más necesarias que nunca políticas y programas
anticapitalistas, de claro contenido socialista, la izquierda europea
sigue viviendo en el pasado, temiendo por su propio futuro, atenazada
por el miedo al vacío, por la reclusión, por el fracaso. Hay que
arrebatar a la derecha la bandera de los derechos humanos, de la
seguridad y de la libertad, que con tanto cinismo (y tanta eficacia)
está utilizando. El
capitalismo
es inseguro, pero ha conseguido hacer creer a buena parte de la
población que no estamos aquí para corregir la injusticia, sino para
acostumbrarnos a ella.
Por eso, una de las cuestiones centrales que la izquierda debe
plantearse es la búsqueda de una nueva civilización. Hay que tener
ideales, como decían los viejos dirigentes del movimiento obrero, pero
también pautas de conducta, y hay que crear un nuevo discurso capaz de
enfrentarse al del capital. En esta encrucijada,
uno de los riesgos más graves de nuestro momento histórico es que
Estados Unidos pretenda detener su
relativa y constante decadencia con el recurso a una guerra
generalizada, que pondría al mundo frente a una catástrofe de
consecuencias imprevisibles. Guerras sanguinarias, como las de
Yugoslavia, Afganistán e Iraq, han sido iniciadas en los últimos años
por los órganos rectores del capitalismo mundial, que pone así de
manifiesto su cerrada determinación, y debe recordarse que tanto el
gobierno Clinton como el de
George Walker Bush han insistido en que “el
único país imprescindible del mundo son los
Estados Unidos”. En ese enunciado está la
rotunda convicción de Washington y del capitalismo dominante, y en él
hay una clara amenaza para el resto del mundo: la devastación es
posible. Pero no todo está perdido, porque la deconstrucción del
capitalismo es, además de necesaria, posible.