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021107 -
Cuando se cumplen noventa años desde que el
reflector del crucero Aurora iluminó el Palacio de
Invierno de los zares, y
Lenin y
Trotski dirigieron la primera revolución obrera triunfante
de la modernidad, puede examinarse con perspectiva la enorme
influencia histórica que ha tenido la revolución de octubre. Con
esa revolución rusa nacieron los partidos comunistas, el
movimiento político más vigoroso y revolucionario del siglo XX,
y de ella surgió también la Internacional Comunista. La
revolución bolchevique lanzó una mirada prodigiosa sobre el
capitalismo realmente existente, aquel sistema burgués que había
puesto a la población de cinco continentes de rodillas ante la
siniestra empresa de dominación imperialista del siglo XIX de la
que muchos territorios aún no se han recuperado, que había
arrojado al mundo a la gran matanza de la
I Guerra Mundial,
que había organizado la explotación obrera y el expolio
planetario y que, después, sumergió al mundo en el horror de la
Segunda Guerra Mundial, aunque en ese momento el capitalismo
lucharía en dos trincheras opuestas.
Desde 1917, esa fértil mirada de la revolución
bolchevique fue esparcida en América, con Recabarren y Luis Carlos
Prestes, con Neruda y Vallejo, con Paul Robeson,
Fidel Castro y el
Che Guevara; en Europa, con Dolores Ibárruri y Ernst Thaelmann, el
dirigente comunista alemán fusilado por orden de
Hitler en el campo de concentración de Buchenwald; con Clara Zetkin
y Arthur London, y en África y Asia, con
Mao Tsé Tung y Ho Chi Minh, por citar arbitrariamente algunos
nombres inolvidables. El sueño revolucionario fue de la mano de la
defensa de la libertad, en tiempos difíciles y convulsos, y no es
exagerado decir que la libertad del mundo, amenazada por la bestia nazi,
fue salvada gracias al sacrificio de los millones de soviéticos que
lucharon sin descanso, junto a los movimientos partisanos, hasta la
trascendental victoria de mayo de 1945. Desde la Rusia revolucionaria el
influjo bolchevique se esparció por el mundo y llegó a China, y al
Vietnam, a Cuba, al continente africano.
Después, a finales del siglo XX, la desaparición de
la URSS y de los países socialistas europeos hizo que desde la derecha,
y también desde parte de la izquierda, se oficiase el funeral por el
comunismo, reelaborando la historia de décadas pasadas, llegando los
laboratorios ideológicos del capitalismo a lanzar, para consumo popular,
la gran mentira de la equiparación del fascismo con el comunismo, empeño
que no han abandonado. Es comprensible que un golpe tan demoledor como
el hundimiento de los países socialistas europeos, con sus luces y
sombras, hiciera decir a algunos que el comunismo había muerto, pero
aunque en algunos países el oportunismo político o, simplemente, la
decepción, el cansancio y la derrota, hayan liquidado organizaciones y
dispersado a centenares de miles de comunistas, el sordo rumor de la
revolución bolchevique sigue sonando en nuestros días; a veces, apenas
en un susurro; en otras, en poderosos movimientos que anuncian nuevas
revoluciones. Porque el impulso por el socialismo que se inauguró con la
revolución bolchevique no ha agotado su trayectoria: en nuestros días,
además de los países que han resistido el vendaval
contrarrevolucionario, otros como Venezuela o Bolivia, y movimientos que
despuntan en Asia o en África, siguen esa estela bolchevique.
Las revoluciones triunfan y fracasan, aciertan y se
equivocan; a veces, incluso devoran a sus hijos, y, en otras, son
traicionadas; en algunas, es cierto, en ocasiones protagonizan crímenes.
También la Comuna de París, muy temprano, levantó la bandera roja de los
trabajadores: fue la primera ocasión en el mundo en que se convirtió en
oficial, y esa revolución, pese a su radical justicia, también cometió
errores y crímenes, pero, a inicios del siglo XXI, el ejemplo de la
Comuna que MacMahon y Thiers ahogaron en
sangre, sigue viviendo en la memoria de los franceses. Algo parecido
pasa con la revolución de octubre, de mucha mayor trascendencia
histórica para el mundo.
Sin embargo, pese al constante adoctrinamiento que
surge de los centros de pensamiento pagados por el capital y que postula
la muerte definitiva del comunismo, su influencia sigue estando presente
en nuestros días. Montañas de mentiras elaboradas por ejércitos de
profesionales de la difamación, de propagandistas de libros negros,
siguen insistiendo en que el comunismo ha muerto, enterrando cada día el
cadáver de sus militantes, fortalecidos en los últimos años por la
evidencia de la desaparición de la URSS. Para esos mercenarios del
capitalismo realmente existente, los comunistas siempre matan, nunca
mueren, aunque la evidencia histórica nos muestre que el comunismo ha
sido y sigue siendo el movimiento político más perseguido por el poder
capitalista de toda la historia contemporánea. La última infamia ha sido
el intento de ensuciar la memoria del Che Guevara, con ocasión del
cuadragésimo aniversario de su asesinato a manos de militares al
servicio de Washington.
No hace falta recordar aquí los errores y tragedias
del movimiento comunista: los grandes medios de comunicación siguen
haciéndolo cada día. Lo relevante en nuestro tiempo es que esa ideología
sigue luchando en los cinco continentes, gobernando en rincones de
América Latina, en la pujante y a veces contradictoria China que sigue
manteniendo el socialismo como horizonte, en el hermoso y heroico
Vietnam, en populosos Estados de la India, sigue luchando en las selvas
asiáticas y en las montañas del Himalaya, en los parlamentos europeos y
en las huelgas obreras que no han renunciado a gestar un mundo nuevo.
El imprescindible Eric Hobsbawm ha escrito que
había tres cosas que ostentaban los comunistas y los diferenciaban de
otros movimientos revolucionarios: el marxismo, es decir, la seguridad
de transitar por caminos científicos en el combate al capitalismo y a la
injusticia; el internacionalismo, la solidaridad entre los pueblos del
mundo, y, finalmente, su preparación y decisión para la lucha, su
entrega, su militancia, como quedó patente en todos los movimientos
partisanos que lucharon contra el nazismo. Pero la historia no ahorra
dificultades: Hobsbawm recuerda que el propio partido bolchevique nació
bajo la persecución, que la revolución de octubre estalló en el fango y
la sangre de la I Guerra Mundial, y que la Unión Soviética surgió
trabajosamente en medio de la hambruna y del cerco capitalista que
supuso la agresión militar de más de veinte potencias capitalistas. No
ha sido muy distinta la trayectoria de otros partidos comunistas y de
otras experiencias de cambio social: en España, sabemos bien que la
esperanzada República de abril, y la del Frente Popular, fue ahogada en
sangre por los espadones fascistas del ejército.
El siglo XX ha estado marcado por la revolución
bolchevique, y, pese a los insistentes anuncios que los laboratorios
ideológicos del capitalismo siguen realizando sobre la desaparición del
proyecto socialista, de las organizaciones comunistas, de la razón
obrerista que pugnaba por construir un mundo nuevo, todo indica que,
pese a las dificultades, ese proyecto continúa, porque las causas que lo
hicieron nacer no han desaparecido. Si, todavía hoy, sigue siendo
relevante la trilogía de la modernidad que levantó la revolución
francesa, con mayor razón sigue siendo imprescindible la mirada que la
revolución bolchevique lanzó sobre un sistema capitalista que ha
condenado a buena parte de la población del mundo a la miseria y la
explotación.
Porque el capitalismo no es sólo el relativo
bienestar de la población de los países capitalistas desarrollados,
bienestar arrancando por las luchas obreras y populares y por el reflejo
del miedo burgués ante la revolución bolchevique. El capitalismo son
siglos de opresión: son las matanzas coloniales, las guerras impuestas,
la explotación de los trabajadores y la casi esclavitud de millones de
personas en las colonias. El capitalismo es también Auschwitz, e
Hiroshima y Nagasaki, las matanzas de millones de coreanos en la guerra
de 1950, el horror de los cinco millones de vietnamitas asesinados por
las tropas norteamericanas en una infame guerra de agresión. Hoy, el
capitalismo tiene el rostro del poder norteamericano, el único país de
la historia universal que ha sido capaz de utilizar la trilogía de las
armas de destrucción masiva —químicas, bacteriólogicas y nucleares—
contra población civil en distintos lugares del mundo. El rostro del
capitalismo es el de ese poder estadounidense que se ha convertido en el
único país de la historia que ha bombardeado a poblaciones civiles
inocentes en cuatro continentes del planeta: es decir, en todos, a
excepción de la lejana Australia y de la deshabitada Antártida. Y hoy el
capitalismo es la atroz ocupación de Iraq, y de Afganistán, las guerras
preventivas, el hambre, la degradación de la vida, la destrucción de
extensas zonas del planeta. Contra todo eso siguen luchando los
herederos de la revolución bolchevique, soportando el fardo de sus
propios errores.
Ningún otro movimiento político ha sufrido una
persecución tan dura y sanguinaria, ni soportado golpes tan demoledores
como la desaparición de la URSS. De hecho, si comparamos su realidad
actual con otros movimientos, no puede decirse que la fortaleza o
debilidad actual de los comunistas salga malparada: los partidos
conservadores, liberales y democristianos, creados siempre a la sombra
del poder, no serían nada en el mundo sin el dinero del capitalismo que
los crea y los alimenta, y, en la izquierda histórica, la
socialdemocracia languidece pese a ocupar espacios de poder, mientras
que los más recientes movimientos, como los verdes, han llegado
ya al límite de sus posibilidades y están siendo engullidos por el
sistema capitalista. Hoy, los comunistas, aunque han conquistado
espacios de libertad en bastantes países, siguen siendo perseguidos en
muchos otros, y continúan soportando la clandestinidad y la persecución,
incluso en Europa, donde en Letonia están prohibidos, en Polonia la
revancha derechista organiza una masiva caza de brujas de los
protagonistas de la etapa socialista, y en la Alemania del Este soportan
la persecución y la marginación en los organismos del Estado.
La revolución bolchevique sólo
tiene noventa años: es joven, y esa afirmación no es una paradoja,
porque el comunismo sigue siendo la juventud del mundo, como escribiera
Rafael Alberti. No son pequeños los retos que esperan: los hijos de la
revolución de octubre deben seguir aprendiendo de sus errores, empuñando
con firmeza la bandera de la libertad, de la democracia, del socialismo,
de la justicia, de la dignidad. El reflector del crucero Aurora
que horadó la oscuridad en la Petrogrado revolucionaria, y vio después
el asedio de los nazis que se cobró las vidas de un millón de
leningradenses en los días de la guerra de Hitler, seguirá iluminando
los días que vendrán.
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