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Gregorio López Raimundo |
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021207 - Su vida
resume la de tantos militantes comunistas de esa generación
Cuando, en la noche del 19 de noviembre pasado, se dispersaron
los centenares de personas que se habían acercado a la Plaza de
Sant Jaume para dar el último adiós a Gregorio López Raimundo,
tras escuchar las palabras de algunos de sus camaradas del PSUC
y oír en silencio los versos de
Neruda y las sobrecogidas líneas del Campo de los Almendros,
de Max Aub, todos sabían que se despedían de uno de los más
relevantes protagonistas de la lucha por la la libertad y el
socialismo que han tenido Cataluña y España en el siglo XX. La
sencillez y la modestia de López Raimundo parecía siempre
desmentir la trascendental aportación de esa generación de
militantes comunistas que parecían de acero, dispuestos siempre
a arrostrar los mayores sacrificios, aunque eran también
profundamente humanos, solidarios, amigos, cercanos al
sufrimiento de los más débiles, comprometidos, trabajadores.
Esa misma generación que había sido derrotada en la guerra civil
española, esos militantes que, pese a ello, nunca se dieron por
vencidos, han sido lo más digno que ha dado España. Las palabras
de Max Aub, en el momento triste de la victoria del fascismo, en
1939, los retratan. (“Estos que ves ahora desechos, maltrechos,
furiosos, aplanados, sin afeitar, sin lavar, cochinos, sucios,
cansados, mordiéndose, hechos un asco, destrozados, son, sin
embargo, no lo olvides, hijo, no lo olvides nunca pase lo que
pase, son lo mejor de España (...) Estos que ves, españoles
rotos, derrotados, hacinados, heridos, soñolientos, medio
muertos, esperanzados todavía en escapar, son, no lo olvides, lo
mejor del mundo. No es hermoso. Pero es lo mejor del mundo”).
Gregorio López Raimundo había abandonado Barcelona en la tarde
del 26 de enero de 1939, cuando las tropas fascistas ya habían
ocupado buena parte de la ciudad entrando desde el Llobregat,
por la Diagonal (entonces, avenida del 14 de abril), bajando
desde Sant Pere Màrtir y desde las laderas de Collserola. Era el
final, porque ese mismo día —en cuyas primeras horas los
combativos jóvenes comunistas de las JSU aún intentaban levantar
barricadas en la Bonanova para frenar el avance franquista— las
tropas legionarias ocuparían la ciudad, y Barcelona pasaría de
ser la capital de la República a convertirse en una ciudad
fascista. Fue un golpe demoledor, que anunciaba el final de la
guerra, la derrota. Entre aquellos jóvenes que no se habían
rendido (que nunca se rendirían, pese al avance en esos años del
fascismo y del nazismo en Europa) y que se dirigían hacia el
norte, dispuestos a seguir luchando, estaba Gregorio López
Raimundo. Esa misma noche, se había despedido de sus padres, sin
saber que, aunque los volvería a ver en los locutorios de las
prisiones franquistas, no podría abrazarlos hasta quince años
después.
Su vida resume la de tantos militantes comunistas de esa
generación. López Raimundo había llegado a Barcelona siete años
atrás, en 1932, desde su Tauste natal, en los inicios de aquella
esperanzada república de abril, y dos años después se incorporó
a la actividad política, que, en 1936, le haría confluir en la
fundación del PSUC, el partido de los comunistas catalanes. Su
participación en la guerra civil, en el frente de Aragón, el
esfuerzo por resistir que había reclamado Juan Negrín; la
derrota, después el exilio en Francia, en América, una
expatriación que duraría catorce años, culminarían, tras su
retorno clandestino a España, en tres años en prisión y veinte
años más de clandestinidad. La suya fue una vida difícil, llena
de renuncias, libremente elegida, porque su pasión por la
libertad y por el socialismo, su empeño por combatir a la
dictadura fascista española, se convirtió para él y para muchos
otros militantes en la razón más importante de sus vidas.
Su detención en julio de 1951, tras la huelga de tranvías que
había estallado en marzo del mismo año, cuando López Raimundo
llevaba varios años de estricta clandestinidad dirigiendo las
organizaciones comunistas del PSUC, comportó su ingreso en
prisión, la tortura, la entrada en aquellas cárceles del
fascismo donde los presos pasaban frío y hambre, hasta el
extremo de que competían entre sí para buscar pieles de naranja
y de plátano entre las basuras. También, le supuso ser juzgado
en un siniestro Consejo de Guerra, que se celebró en julio de
1952, junto con otros veintiséis militantes comunistas. Después,
llegó la cárcel Modelo, la de Carabanchel, el penal de Ocaña, el
de El Dueso. Una gran campaña de solidaridad mundial consiguió
su libertad, aunque de nuevo tuvo que volver a exiliarse.
Vivió con plenitud en ese siglo XX, repleto de errores y
derrotas, pero también de victorias y esperanzas. Entre ellas,
estuvieron la alegría de la victoria en 1945, cuando las tropas
nazis capitularon ante el Ejército rojo; la preocupación por
Hiroshima y Nagasaki, la esperanza de que el final de la
guerra trajese el hundimiento del régimen franquista, y,
después, la evidencia de que el mundo empezaba un nuevo
conflicto, y que, para Washington, muchos de los viejos enemigos
nazis y el propio Franco serían útiles para su lucha global
contra el comunismo. Llegaron después los largos años de combate
clandestino, la muerte del dictador, el final de la dictadura,
una libertad mediatizada pero conquistada a costa de sangre y
sacrificios, y el difícil encaje en una nueva España que no
ahorraría dificultades y fracasos. Y, años después, llegaría la
división de su propio partido, el PSUC, los meses amargos del
hundimiento del socialismo europeo, con sus luces y sombras, la
dispersión y el abandono, pero también, otra vez, la paciente y
difícil, pero imprescindible, reconstrucción de los instrumentos
de la razón y la organización comunista.
Esos hombres y mujeres a quienes representa con dignidad
Gregorio López Raimundo, dedicaron buena parte de sus vidas a
imaginar el socialismo para hacerlo posible, trabajaron para
hacer llegar a España la difícil y merecida libertad, aunque el
nuevo poder que sustituyó al franquismo siga pretendiendo
ocultar su esfuerzo con la leyenda y la mentira de una
transición política supuestamente dirigida por Juan Carlos de
Borbón. No hubo ningún monarca jugando el papel de “piloto del
cambio”, sino la exigencia de millones de españoles que
reclamaban la libertad y la pusieron en marcha desde las
fábricas y desde las calles, gracias al trabajo de mujeres y
hombres como López Raimundo. Sin embargo, aunque se hayan
celebrado algunos homenajes, esa Barcelona que le despedía el 19
de noviembre no es aún consciente de lo que debe a los
militantes de la guerra civil y de la resistencia antifranquista.
Tiempo habrá para hacerlo visible, para insistir en su ejemplo.
Una escena, entre tantas otras, puede ilustrar la emoción y la
dignidad de la vida de López Raimundo, siempre consciente de su
responsabilidad clandestina, de lo que él y tantos otros se
jugaban, de su imprescindible papel en la historia de esta
España. Es apenas un pequeño recuerdo, casi íntimo. El mismo
López Raimundo recordó en sus memorias el momento de su primer
retorno a Barcelona, tras la guerra civil, en el verano de 1947.
Había atravesado la frontera con otro camarada, Céspedes,
guiados por Gros, un minero comunista de Suria que había luchado
contra los nazis en el territorio soviético ocupado, y por “Fernandel”,
un antiguo guardia civil que se había incorporado a la lucha
contra el fascismo durante la guerra civil y que después luchó
con los partisanos franceses en la Segunda Guerra Mundial. Gros
y “Fernandel” formaban parte del equipo de guías que el PSUC y
el PCE habían organizado para asegurar el contacto entre los
dirigentes del exilio y la organización del interior, que
luchaba en las difíciles condiciones de la clandestinidad, en
esos años de plomo de los primeros tiempos del fascismo. Habían
sido seleccionados entre los militantes más seguros, más firmes,
capaces de resistir la tortura hasta la muerte antes que poner
en peligro las vidas de otros camaradas. Durante un interminable
viaje de dos semanas atravesaron Cataluña, caminando, desde
Francia, para llegar a Barcelona. Entraron en ella en tren, para
pasar más desapercibidos.
Pocos meses antes, habían sido detenidos los grupos guerrilleros
del PSUC, y más de cien militantes fueron torturados, y Joaquim
Puig Pidemunt, Ángel Carrero, Pere Valverde, y Numen Mestre,
fusilados en febrero de 1949. Quienes llegaban sabían todo eso,
pero seguían adelante. Céspedes, Antoni Gros, “Fernandel”, López
Raimundo, ésos eran los comunistas que volvían clandestinamente
a España, dispuestos a seguir combatiendo por la libertad, con
muchos otros, anónimos, imprescindibles, a quienes les debemos
todo. Hoy sabemos que seguirían luchando durante toda su vida,
hasta el final, contribuyendo no sólo a la conquista de la
libertad, sino también a guardar la dignidad de todo un pueblo.
Tras dejar a Gros y a su inseparable metralleta en la estación
de Sant Andreu, Gregorio López Raimundo siguió en el tren hasta
la estación del Arco del Triunfo. Era uno más entre tantos
comunistas, dijo después López Raimundo, pero nosotros sabemos
que era uno de los más firmes, de los más dignos, de los más
valientes, de aquellos que había retratado Max Aub: no lo
olvides, hijo, no lo olvides nunca pase lo que pase, son lo
mejor de España. Tantos años antes de que España consiguiera
acabar con el fascismo, cuando él se disponía a hacerse cargo de
la organización clandestina del PSUC, López Raimundo volvía, por
fin, a casa, aunque supiese que no podía ni visitar a su
familia. Había imaginado muchas veces su retorno, sabía que
volvía a un país en manos de los carceleros, que llegaba a la
España del hambre, del estraperlo y la venganza, de la
corrupción de los vencedores, de los correajes falangistas, del
incienso y la mentira en las sacristías y en las calles; había
imaginado su retorno pensando que, al llegar a Barcelona, la
emoción le haría besar la tierra de su querida ciudad, y, cuando
el tren se detuvo y se dispuso a abrir la portezuela para bajar
al andén y volver a pisar las calles, las manos le temblaban.
Tal vez Gregorio López Raimundo no lo sabía entonces, pero en
aquellas manos temblorosas traía la libertad.
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