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040208 - El Viejo Topo
El Café Central, situado en la planta baja del palacio Ferstel,
en la Herrengasse, es uno de los establecimientos más célebres
de Viena. En el interior del café dominan la visión columnas
pálidas, de retama mustia, que rodean al piano; al fondo, se
aprecian dos retratos de los emperadores que llenaron la vida de
la ciudad antes de la gran guerra. Es un recuerdo indulgente de
la gloria y la miseria de la Viena imperial, donde había reinado
durante medio siglo el emperador Franz Joseph, o Francisco José,
un hombre inclinado a las tareas burocráticas, y de quien se
afirmaba que el único libro que había leido en su vida era el
que recogía la Lista de oficiales del ejército. Pero cada época
es recordada de forma diferente por sus protagonistas: en los
días amargos del exilio, cuando Stefan Zweig era un apátrida que
había huido del nazismo, rememoraba la plácida Viena burguesa,
llena de vida en sus calles y en sus teatros, repleta de
tertulias en los cafés donde se discutían con pasión las
noticias de los diarios y las nuevas ideas, aunque la ciudad
tenía también otros escenarios, más sórdidos, llenos de pobreza.
A este Café Central venía Zweig.
Todo el café tiene ese tono amarillento, como si el humo del
tabaco se hubiera enganchado para siempre en sus paredes.
Lámparas de grandes brazos y seis copas de luz rompen la
oscuridad de las tardes tranquilas de invierno. Los sofás son
circulares, tapizados en rojo. Cuando se entra en el
establecimiento, a la derecha, se encuentra en los asientos del
rincón número cuatro a Robert Musil, o, al menos, su fotografía
y su memoria. Al fondo, se recuerda a Franz Werfel, justo al
lado de la mesa donde se sentaba Hugo von Hofmannsthal, el poeta
que fascinó a los jóvenes de la generación de Zweig. En el
centro del café, bajo los retratos de los emperadores (ese Franz
Joseph I, que nació en 1830 y reinó hasta su muerte en 1916, y
la singular Sissi, que entretenía sus ocios escribiendo poemas
espiritistas), reinaba Karl Kraus, dominando todo el espacio y
la puerta de entrada, para ver a quienes llegaban. Los cuadros
del Café Central que recuerdan al emperador y la emperatriz son
copias, reducidas, de los originales del Hofburg que fueron
pintados en 1865 por Franz Xaver Winterhalter, un retratista
alemán de moda en el siglo XIX.
Desde la entrada, hacia la izquierda, se ven los lugares donde
se sentaban Adolf Loos, Leo Perutz, y un escritor olvidado,
oportunista y miserable, llamado Franz Carl Heimito Ritter von
Doderer, que llegó a ingresar en el partido nazi para
promocionar su obra entre los alemanes. Sin embargo, no se
indica donde se sentaba Stefan Zweig: tal vez los propietarios
no consideren relevante su nombre, ni su obra. Tampoco aparece
ninguna referencia a Trotski, que también frecuentó el
establecimiento, y que, según Claudio Magris, se pasaba todo el
día en el café. Los cafés vieneses, con su servicio gratuito de
prensa diaria, austriaca y de otros países europeos, eran para
Zweig una institución única en el mundo: ¡proporcionaban a los
clientes hasta revistas literarias y artísticas! Allí charlaba
Zweig con sus amigos, discutía con Rilke, con Hofmannsthal, con
Wassermann. Otros, como Robert Musil, Franz Werfel, Milena
Jesenská, Hermann Broch y Joseph Roth, frecuentaban también el
Herrenhof, y aún Freud, Klimt, Kokoschka, Otto Wagner, pasaban
largas horas en el Café Museum.
Puesto que no encontré a nuestro escritor en el Café Central,
fui después hasta el número 14 de Schotteuring, para ver una
placa. En ella, se indica que en ese edificio vino al mundo
Stefan Zweig, el 28 de noviembre de 1881. El edificio es
anodino, de color ocre claro, con cuatro plantas. En sus años de
estudiante, Zweig vivió también en el número 4 de
Frankeuberggasse. Era hijo de un rico empresario textil, judío,
poseedor de una rigurosa ética burguesa, hasta el punto de que
guardaba las distancias ante la alta aristocracia imperial,
sabiéndose inferior en rango social, por mucho que coincidiesen
en los mismos cafés. Pese a ser miembro de una familia judía,
originaria de Moravia, Zweig no fue educado en la religión
hebrea y, de hecho, no se preocupó de su condición hasta que la
llegada de los nazis al poder marcó a fuego a los judíos.
Entre 1892 y 1900, Zweig estudió durante ocho años en el Wasa-Gymnasium,
un liceo situado en el número 10 de Wasagasse, muy cerca de la
Universidad y del Rathaus-Park, y donde, años después, colocaron
una placa para recordar a su pupilo, pese a que el escritor lo
calificó de “odiado instituto”. Todavía era un niño cuando el
movimientro obrero vienés empezó a dar muestras de fortaleza:
los socialistas, que horrorizaban a los buenos burgueses, eran
señalados y denunciados como si fueran una partida de
malhechores y terroristas sedientos de sangre, “como antes los
jacobinos y después los bolcheviques”, según escribió Zweig al
final de su vida. Viena empezaba a ser una de las capitales del
movimiento obrero europeo, frecuentada antes de la gran guerra
por revolucionarios y exiliados de todos los países. Junto a la
libertad que se respiraba en los cafés vieneses convivía el
miedo burgués y una moralidad timorata que llamaba a los
burdeles “casas de tolerancia”, y creía pornográficas las
novelas de Zola mientras prohibía tajantemente que las mujeres
pronunciasen la palabra pantalones. Zweig recordaba, como
ejemplo de esa actitud burguesa, el escándalo organizado por una
tía suya que, en la noche de su boda, huyó a casa de sus padres
horrorizada porque su marido había pretendido desnudarla,
jurando que no quería volver a ver nunca más a semejante
monstruo.
Zweig se doctoró en filosofía en la universidad de Viena.
Después, viajó por Europa, y más tarde, entre 1909 y 1912, por
la India (donde le causaron una gran impresión la miseria y la
división de castas), Ceylán, las colonias francesas de
Indochina, África; visitó Estados Unidos y Canadá: en Nueva York,
para combatir el aburrimiento que le produjo la ciudad, Zweig
jugó consigo mismo como si fuera un inmigrante desesperado en
busca de trabajo. Incluso llegó hasta el canal de Panamá. Ya
había publicado ensayos, poesía, algunas novelas y colaboraba en
los periódicos.
Durante los años de la I Guerra Mundial, Zweig se vio obligado a
exiliarse en Suiza, desde donde intervino con sus artículos en
la vida cultural y política austríaca. La gran guerra trastornó
su vida y la de todo el continente con el inflamado nacionalismo
que se extendió por Europa, y, después, con la gran inflación en
Alemania y Austria que llevaron años de miseria y estrecheces,
incluso de hambre, para millones de personas. Hasta el burgués
Zweig vio el fantasma del hambre. Los tres primeros años de la
posguerra los pasó “enterrado en Salzburgo”, aunque pudo hacer
algún viaje a Italia. En esa ciudad se casó con Friderike Maria
Burger von Winternitz. En 1938 se divorció de ella y, poco
después, se casó con Charlotte Elisabeth Altmann. Vivió en
Salzburgo hasta la llegada de Hitler al poder en Alemania. Era
ya un autor célebre, y de sus libros se vendían centenares de
miles de ejemplares, como ocurrió con Momentos estelares de la
humanidad.
Fui también a ver el número 17 de la Rathausstrasse, la casa
donde vivió Zweig. Es un severo edificio burgués con cuatro
columnas en la fachada y dos figuras sobre la entrada. Ocupa
toda la manzana, aunque hay otra entrada en la misma calle. En
las esquinas, dos atlantes soportan el peso de las galerías
acristaladas, las tribunas desde donde hoy observan la vida
inexistente de ese gris barrio de Viena. El interior, de blanco
inmaculado, alberga en nuestros días un hotel, y en el hueco de
la escalera puede verse el ascensor negro, con rejillas. Apenas
unos cuadros abstractos, con frases del escritor, recuerdan a
Stefan Zweig. Más tarde, entré en el café Schwarzenberg, uno de
los más clásicos de Viena, para observar la entrada del hotel
Imperial, donde se alojó Hitler, el causante de la desgracia de
Zweig. Hoy, el archivo Zweig se encuentra en el Bezirksmuseum
Josefstadt, en el número 18 de la Schmidgasse, aunque en el
palacio Lobkowitz, muy cerca del Hofburg, se encuentran los
manuscritos de poetas y escritores que Zweig coleccionó durante
toda su vida y que donó cuando abandonó Austria para siempre.
En esa ciudad donde murieron Beethoven y Kafka (en el sanatorio
de Kierling, donde todavía guardan algunos recuerdos del
escritor), en que podía verse a Mahler dando un paseo; donde
Wittgenstein empezó a pensar en los límites del mundo y Lukács
se exilió después de haber sido ministro del gobierno comunista
de Béla Kun; donde Hermann Broch fue encarcelado por su
militancia contra el nazismo, Zweig encontró el gusto por la
cultura que un intelectual burgués como él no podía dejar de
apreciar. Los cafés bulliciosos, llenos de escritores y
artistas; las lujosas casas del Ring, donde habían recalado
Beethoven, Haydn y Mozart; la alegría de los teatros, el brillo
de las mansiones burguesas y los palacios de la vieja nobleza,
y, más lejos, fuera ya del círculo dorado del Ring y de la Viena
medieval, las barriadas proletarias donde creció el movimiento
obrero, todo iba a cambiar; la vida alegre de una ciudad a la
que habían empezado a amordazar con la dictadura de Dollfuss,
quedaría convertida definitivamente en un recuerdo cuando las
tropas nazis entraron en Viena, pese a que la burguesía creyó
que los buenos tiempos iban a seguir marcando su vida. Pero
Viena ya era otra ciudad: buena parte de su población aclamó a
la Wehrmacht, y, cuando se celebró el referéndum para sancionar
la anexión a la Alemania nazi, apenas dos mil vieneses votaron
en contra.
Su pasión por conocer el mundo llevó a Zweig a viajar por cuatro
continentes; incluso visitó en 1928 la Unión Soviética, tan
odiada por la burguesía, invitado a participar en la celebración
del nacimiento de Tolstói. Allí, entre los sóviets, se apoderó
de Zweig la admiración por la fiebre revolucionaria que estaba
cambiado el país, el asombro por la mezcla de la vieja Rusia de
los campesinos y la nueva potencia proletaria que quería llevar
la modernidad a las ciudades, al campo, a la condición humana.
Hizo amistad con Gorki, pudo ver los palacios de Leningrado, el
Ermitage atestado de campesinos, obreros y soldados, que
admiraban la riqueza artística que habían atesorado los zares y
que ahora sabían suya, y que pisaban con sus viejas botas los
antaño exclusivos salones de la nobleza zarista. Zweig estaba
lejos de simpatizar con los comunistas, pero no pudo por menos
que emocionarse con la fraternidad que mostraba el pueblo ruso,
embarcado en una revolución de la que se mostraba orgulloso.
Pese a una denuncia anónima que alguien le hizo llegar, y que le
llevó a preguntarse sobre el excesivo control bolchevique y a
dudar sobre la realidad que intentaba interpretar, Zweig no dudó
en afirmar que fue en la Unión Soviética “donde sentí y
experimenté, como en ningún otro momento de mi vida, la fuerza
de la corriente de nuestra época.”
En los años treinta su vida cambió. No hace mucho se hicieron
públicas las cartas que Zweig envió a Alfredo Cahn, un judío
suizo que se había establecido en Argentina y que se convirtió
en su agente literario. Se relacionaron durante los últimos
diecisiete años de la vida del escritor: su última carta se la
escribió a Cahn el día anterior a su suicidio. En ellas puede
verse la evolución de Zweig, su sufrimiento, su desconfianza
ante el futuro que se cernía sobre Europa. Porque Zweig fue
consciente desde el primer momento de lo que el fascismo
representaba. A partir de 1933, empezó a manifestar su rechazo
al nazismo, aunque prefirió recluirse en su trabajo; desconfiaba
de las intenciones de Hitler y del nazismo, cuando aún los nazis
no habían proclamado todos sus objetivos, aunque su inquietud
fue motivo de sarcásticos comentarios de otros intelectuales
vieneses, como si Zweig fuera un alarmista que se preocupaba por
asuntos que no tenían relevancia. Sin embargo, pese a su
preocupación, el escritor creía que no había que pronunciarse
públicamente, ni escribir al respecto: estimaba que llegaría el
momento oportuno para hacerlo. Trabajaba entonces en su libro
sobre Erasmo, a quien consideraba un símbolo humanista de todo
lo que el nazismo quería destruir. Con esa obra, quiso hablar de
la persecución de la justicia, de las costumbres civilizadas, de
la razón y el pensamiento, que, pese a su destrucción, creyó que
seguirían siendo una guía para el espíritu humano.
Ya en marzo de 1933 escribió a su corresponsal Alfredo Cahn que
“ahora incluso debo evitar viajar a Alemania, porque la libertad
de uno no está totalmente asegurada. Qué más necesito decirle
cuando hoy a Bruno Walter ya no se le permite dar un concierto
en Alemania, y se ha hecho un registro en casa de Albert
Einstein para averiguar si ocultaba un arsenal. Ahora es preciso
estar presente, y por eso he tenido que anular telegráficamente
las conferencias que debía dar en Suecia y Noruega en marzo y
abril.” En ese mismo 1933, Zweig envió una misiva a Thomas Mann
(quien, en la gran guerra, había defendido la postura alemana),
definiendo la sombra siniestra que se estaba apoderando de
Alemania y amenazaba a Austria: “La mentira extiende
descaradamente sus alas y la verdad ha sido proscripta; las
cloacas están abiertas y los hombres respiran su pestilencia
como un perfume”. Pero las malas épocas a veces confunden a
muchos: Zweig se dio cuenta de que la fuerza que adquirían
Hitler y los nazis era una catástrofe, pero no pudo dejar de
constatar que “los socialdemócratas no vieron su llegada al
poder con tan malos ojos como habría sido de esperar, porque
confiaban en que eliminaría a sus enemigos mortales, los
comunistas, que tan enojosamente les pisaban los talones.”
En octubre de 1933, Zweig abandonó su casa de Salzburgo,
preocupado por la evolución política. Austria no era Alemania,
pero Berlín ya extendía sus garras hacia el pequeño país. Cuando
volvió, al año siguiente, su casa fue registrada por la policía
—que ya temía las consecuencias que tendrían para ella las
exigencias y amenazas de los nazis austriacos y actuaba de forma
parecida; una policía que en esos años ya obedecía, primero a
Dollfuss, que fue asesinado por agentes nazis, y, después, al
nuevo dictador fascista Schuschnigg, aunque la oposición de éste
al Anschluss le costase ser encarcelado por Hitler cuando
Austria fue ocupada por el Reich alemán— y Zweig se alarmó tanto
por la deriva política que sufría su país que, dos días después
del registro, abandonó Salzburgo para instalarse de forma
permanente en Londres, aunque volvió a su país en viajes
ocasionales, para visitar a su madre en Viena, por ejemplo.
Toda su vida, al menos como la había entendido hasta entonces,
estaba a punto de terminar. Ya no regresó a su casa de
Salzburgo, por donde habían recalado muchos de los más
relevantes intelectuales de la Europa de entreguerras: desde
Thomas Mann hasta Hofmannstahl, pasando por Ravel, Romain
Rolland, H. G. Wells, Richard Strauss (que, para horror de Zweig,
colaboraría después con los nazis hasta el punto de aceptar ser
presidente de la Cámara de Música del Reich), Toscanini, Jakob
Wassermann, Bela Bartók, James Joyce, Alban Berg, Paul Valéry,
Franz Werfel, y desde donde mantuvo amistad con muchos otros,
como André Gide y Roger Martin du Gard.
Dejó atrás Salzburgo y Viena, de donde, como dejó anotado en sus
memorias, tuvo “que huir como un criminal”. Sus obras fueron
prohibidas en Alemania y en Austria y se convirtió en un autor
proscrito. En febrero de 1934, Dollfuss reprimió la huelga
general y la revuelta obrera que había estallado en Viena: las
calles que rodean las viviendas obreras de Karl-Marx-Hof se
llenaron de sangre. Ese mismo año, Zweig se instaló en Londres,
donde vivió hasta 1940, y, después, en París, Nueva York e
incluso en América del sur, para finalmente establecerse en
Petrópolis, cerca de Río de Janeiro.
Zweig desdeñaba la política, aunque fue ella la que marcó su
destino, circunstancia que compartió con muchos otros
intelectuales burgueses, para quienes no había otro camino que
separar la literatura de la vida, de la política, del acontecer
histórico, como si eso fuera posible. La firme crítica de Zweig
contra los nacionalismos está presente en toda su obra, y, en
esos años amargos, constata la persecución política que el
nazismo emprende contra la izquierda, contra los hebreos, aunque
ello no le llevará a identificarse con los círculos sionistas y
nacionalistas judíos.
Zweig se hizo célebre con sus biografías, de María Antonieta,
María Estuardo, Fouché, y otras. Conferenciante, ensayista,
dramaturgo, trabajó con Richard Strauss, y pese a su notoriedad,
no aceptó nunca galardones ni distinciones oficiales: estaba
escindido entre su condición de escritor famoso y su gusto por
la discreción, casi el anonimato. Pese a ello, mantuvo una
estrecha amistad con otras celebridades de su época, como Romain
Rolland, Sigmund Freud y Émile Verhaeren. Zweig consideró
siempre a Rolland (el escritor que había conmovido las
conciencias en 1914 con su “Au-dessus de la mêlée”, y a quien
Lenin había pedido, sin éxito, que le acompañase en el tren
precintado que iba a llevarlo a la Rusia prerevolucionaria) como
un ejemplo de compromiso ético, como la voz que clamó contra la
guerra y contra los nacionalismos que ensangrentaron Europa.
Zweig era un escritor burgués, aunque en nuestros días no se
utilice esa definición, tan precisa; un hombre que vivió en una
ciudad que, por un momento, pareció un espejismo en medio de los
conflictos europeos. Viena era una capital imperial, católica,
majestuosa y lasciva, amante del orden y de la precisión de los
funcionarios imperiales, tan puntillosos que hasta organizaban
la prostitución de niñas para que los hijos de la burguesía se
iniciasen en la sexualidad. Los vieneses, enamorados del teatro,
aclamaban a sus autores, frecuentaban los salones de música y la
ópera, en ese mundo de ayer que terminó con el estallido de la
gran guerra y que, aunque pareció recuperarse tras la
desaparición del Imperio austrohúngaro, enseguida cayó en las
garras del austrofascismo de Dollfuss y de Schuschnigg, para
finalmente aclamar a Hitler. La Viena imperial fue el escenario
de la juventud de Zwig: cuando se consumó el atentado de
Sarajevo, Zweig tenía poco más de treinta años, y en el cuarto
de siglo que le restaba por vivir vería la destrucción del
imperio, la marcha Radetzky sonando en la Rembrandtstrasse, la
creación de un pequeño país austríaco alrededor de una Viena que
había perdido ya la batalla para siempre frente a Berlín, y el
nacimiento de la pesadilla nazi.
Huyó de Austria, marchándose a Londres; después, a Estados
Unidos y, finalmente, a Brasil. La propaganda que embotaba las
conciencias —que pretendía hacer creer que Hitler apenas quería
reunir bajo la bandera del Reich a los alemanes de algunos
países fronterizos y que, cuando sus deseos fueran satisfechos,
en muestra de gratitud, se dedicaría a exterminar a los
comunistas— influyó en muchos gobiernos y en una parte
significativa de la burguesía británica, francesa y de otros
países europeos. Las malas noticias perseguían al escritor.
Cuando llegó a Pernambuco, leyó en los diarios los cables que
daban cuenta de los bombardeos fascistas sobre Barcelona,
durante la guerra civil española. Zweig vio el “peligro que
amenazaba desde China hasta más allá del Ebro y del Manzanares”
y estaba alarmado por Austria, porque pensaba que de su destino
dependía el futuro de Europa. De hecho, la última vez que visitó
Viena, la ciudad donde había nacido, se despidió para siempre,
en silencio, de sus calles, de sus cafés, de sus recuerdos
perdidos en ella, seguro de que no volvería nunca más. Sabía que
el odio se había apoderado de la vida de sus compatriotas,
forzados a padecer a los nazis, a soportar la crueldad de los
esbirros de las SA, y, no mucho después, le llegó la
capitulación de Francia y Gran Bretaña ante Hitler, en Munich;
la ignominia, como la calificó Zweig, de la entrega de
Checoslovaquia a los nazis. Todavía, mientras estaba en Bath, no
lejos de Londres, oyó, en 1939, la noticia de que Hitler había
invadido Polonia. Creyó que era el final. Y, para él, casi lo
era.
Quedaban lejos los días en que frecuentaba los cafés vieneses,
esos “clubs democráticos” como él mismo los denominaba en los
años en que podía leer en ellos los periódicos de media Europa
por el precio de una taza de café. En 1940, Zweig había visto
triunfar al nazismo y llegar “la peor de todas las pestes: el
nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”.
Su mundo ya no existía; aquel territorio en que Franz Werfel
había cantado por la fraternidad humana y contra los
“charlatanes de la guerra”, y donde Berta von Suttner había
extendido el ideal irenista, se estaba convirtiendo en un
desolado páramo donde la paz y la libertad estaban siendo
sacrificadas. En sus últimos años Zweig sufría con su condición
de exiliado, aunque no por ello cayó en la nostalgia del
nacionalismo: “es precisamente el apátrida el que se convierte
en un hombre libre”, escribió poco antes de morir, lejanos ya
los días en que discutía con sus amigos en un café vienés. En
1942, se suicidó junto con su mujer, inyectándose veronal,
cuando parecía que Hitler iba a apoderarse del mundo: la
Wehrmacht había llegado hasta las puertas de Moscú. Nada había
afectado tanto a Zweig como ver a las tropas nazis desfilando
por París, vencedoras del mundo. Había visto “la más terrible
derrota de la razón”, y no tuvo fuerzas para seguir adelante,
sin sospechar que, apenas unos meses después, la victoria de
Stalingrado iniciaría el camino para derrotar al nazismo, para
recuperar la razón y la libertad.
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