Nunca hubo una
“invasión china” del Tíbet, como repite el fantasmagórico “gobierno
en el exilio” del Dalai Lama, entre otras cosas, porque el altiplano
tibetano era territorio chino desde siglos antes de que existieran
todos los actuales países europeos. El Dalai Lama encabezaba un
régimen tan bondadoso que tenía estipuladas penas para delitos que
consistían incluso en arrancar los ojos a los condenados, cortarles
los pies o las manos, y otros castigos semejantes. Aquel régimen
pudo sostenerse por el aislamiento del Tíbet, por la decadencia de
la China imperial y por la acción de potencias imperiales como Gran
Bretaña que llegó a ocupar Lhasa.
Desde su derrota en
1959, el Dalai Lama se estableció en el norte de la India,
“descubrió” la bondad de la democracia, y pasó a ser un peón
estratégico en manos de Washington, que le ha financiado y ayudado
diplomáticamente en el último medio siglo. Durante los años sesenta,
Estados Unidos organizó y entrenó en técnicas guerrilleras y de
sabotaje, incluso en territorio norteamericano (en Colorado), a
grupos de tibetanos: hasta inicios de los años setenta, esos grupos,
los khampas, que llegaron a tener enrolados a casi diez mil
hombres, lanzaron regularmente ataques armados en el interior de
China desde las bases que tenían en Nepal: al mismo tiempo,
operaciones secretas de la aviación norteamericana abastecían de
armas y explosivos a esos grupos.
La derrota de la
insurrección de 1959, unida al nacionalismo y al irredentismo
político de raíces religiosas de los monjes, ha sido utilizada en
distintas ocasiones para organizar campañas de acoso y de descrédito
de China; la última, a mediados de marzo de 2008. Contrariamente a
las informaciones tendenciosas de la prensa conservadora
internacional, las protestas y la “revuelta” en Tíbet no fueron
pacíficas, y empezaron en los monasterios tibetanos de Drepung,
Ganden y Sera: toda la provocación estaba perfectamente organizada.
Los participantes en la revuelta sumieron a Lhasa en el caos,
incendiaron la compañía eléctrica, dejando sin luz a la ciudad y
organizaron un verdadero pogromo racista contra chinos han y
comerciantes de la minoría musulmana que causó las víctimas ¡de las
que después la prensa internacional ha hecho responsable al gobierno
chino! Hay testimonios del linchamiento hasta la muerte de dos
ciudadanos chinos han por parte de monjes y jóvenes tibetanos, y
sabemos que cinco chicas perecieron abrasadas a consecuencia de uno
de los incendios provocados por los monjes y grupos de tibetanos
seguidores del Dalai Lama.
Contrariamente a las
informaciones que nos han llegado, la policía china fue incapaz de
controlar el feroz estallido de violencia, hasta el punto de que más
de doscientos policías resultaron heridos, junto a cuatrocientos
civiles. Más de cuatrocientos comercios fueron también saqueados e
incendiados, y lo mismo ocurrió con siete escuelas y seis
hospitales, así como con decenas de vehículos. La mayoría de la
población tibetana no protagonizó esa siniestra explosión de
aversión contra chinos han y musulmanes: fue obra de los seguidores
del Dalai Lama. Las víctimas perecieron en esa orgía de odio y
destrucción y no por la acción represiva de la policía china, como
han querido hacernos creer.
El momento estaba perfectamente
calculado: la proximidad de los Juegos Olímpicos amplifica el efecto
del nuevo foco de tensión para Pekín, y, además, la calculada
política norteamericana de presión a China (el único país que, en el
siglo XXI, puede ser un rival estratégico para Washington) va a
utilizar otras cartas para acosar a China. Pekín sabe que el
progresivo fortalecimiento chino tiene puntos débiles que, sin duda,
van a ser utilizados por Estados Unidos: Tíbet y el Dalai Lama, pero
también los grupos islamistas de la región china de Xinjiang, que
reciben oscuros apoyos; así como la posible creación de una crisis
en Taiwan, e incluso la reactivación de la crisis nuclear en la
península coreana, todos en la periferia de la República Popular
china. Porque los hechos de Lhasa no han sido una “revuelta” de un
pueblo oprimido, sino una provocación fríamente calculada, de la que
el Dalai Lama y Washington conocen todos los detalles.