Sin embargo,
con la soberbia tradicional de que han hecho gala en los últimos
años los miembros del gobierno Bush, Eduardo Aguirre se permitió
incluso la descortesía de aleccionar públicamente a España sobre el
rumbo de su política exterior, en una grosera intromisión en los
asuntos internos de otro país que puso de manifiesto la exigencia de
Washington a Madrid: el gobierno español debe subordinarse a la
política norteamericana y a sus intereses. El embajador Aguirre, un
decidido intervencionista en los asuntos internos de otros países,
llegó incluso a exigir a los bancos españoles que no negocien con
Irán, que los ciudadanos españoles no viajaran a
Cuba (sugiriendo, en el
colmo de la zafiedad, que muchos lo hacían para “practicar turismo
sexual”), y a exigir que no se apoyase al gobierno cubano. Finalizó
pidiendo una campaña propagandística (que debería ser pagada por el
erario público) para crear entre la población española un estado de
opinión favorable a que “la OTAN pueda actuar con las manos libres
en Afganistán”. Por increíble que parezca, y siete años después de
la invasión norteamericana de Afganistán, el embajador Aguirre
estaba pidiendo que se hiciese pedagogía de la guerra. Hizo pocas
referencias a Iraq, pese a la cercanía del quinto aniversario de la
invasión norteamericana, tal vez porque los centenares de miles de
muertos que ha causado la feroz intervención de su país no merecen,
para él, ni siquiera un leve recordatorio.
El mismo día
que el olvidadizo embajador impartía su doctrina en el Círculo
Ecuestre y repartía sus amenazas a sectores de la sociedad española,
el diario barcelonés La Vanguardia publicaba una entrevista
con el investigador Trevor Paglen, donde éste explicaba que el
presidente Bush y la CIA habían impulsado un programa secreto de
detenciones y tortura con ramificaciones en todo el mundo. Además de
Guantánamo, Paglen ha documentado la existencia de cárceles secretas
norteamericanas en Thailandia, Egipto, Siria, Marruecos, Polonia y
Rumanía, además de en algunos países africanos. Por supuesto,
Aguirre no dijo ni una palabra sobre ello. De manera que los
norteamericanos no sólo siguen bombardeando a la población civil en
Iraq o Afganistán, no sólo siguen organizando grupos de mercenarios
que salen de caza en el atormentado Oriente Medio, no sólo siguen
planificando fríamente el asesinato de quienes se oponen en Iraq a
la ocupación, sino que, además, siguen torturando a detenidos en
esas prisiones secretas, puesto que, como sabemos ahora, los agentes
y mercenarios de la CIA han secuestrado a decenas de personas en
diferentes países del mundo.
La entrevista
con Trevor Paglen no fue la única noticia que desmintió
clamorosamente las palabras del arrogante embajador. Tres días
después de su conferencia, otro diario, El País, también poco
sospechoso de albergar intenciones antiamericanas, difundía un
reportaje sobre el libro que acaba de publicar Carla del Ponte, la
antigua fiscal del tribunal de la ONU para la desaparecida
Yugoslavia. En ese libro, la fiscal documenta la ferocidad de la
guerrilla albanokosovar del
UÇK (organizada, armada y financiada por Estados Unidos para
culminar la destrucción de la antigua Yugoslavia), guerrilla que
llegó a asesinar a centenares de serbios trasladándolos a un
hospital-prisión de la ciudad albanesa de Burrel, donde los presos
eran sometidos a operaciones quirúrgicas para extraerles las
vísceras que después enviaban y vendían a hospitales de otros países
que son cómplices en el mercado negro mundial de tráfico de órganos
humanos. Cuando los prisioneros serbios ya no podían suministrar
órganos, eran asesinados. Esa espantosa casa de la muerte,
—organizada en un país, Albania, que se ha convertido en un
verdadero protectorado de Estados Unidos, donde su embajada
supervisa la acción del gobierno— es otra muestra más del verdadero
rostro de la política exterior de Washington.
Por supuesto,
en su conferencia del Círculo Ecuestre, el embajador Aguirre no dijo
ni una sola palabra sobre ese proceder de su país y de su gobierno,
como no dijo nada de la ferocidad con que Washington está forzando a
otros países aliados en la OTAN a participar en sus guerras de
conquista. Tampoco se hubiera sentido conmovido el embajador ante la
evidencia de los desmanes y atrocidades que el gobierno Bush está
cometiendo en el mundo si algún asistente a su conferencia le
hubiera puesto frente al espejo de sus mentiras: con toda
probabilidad hubiera hecho gala, una vez más, de su desenvuelta
mendacidad, de su falta de humanidad, de su frialdad ante el
sufrimiento ajeno. De hecho, no hacía falta que nadie le
interrogase, porque la sensibilidad del gobierno norteamericano ante
las reclamaciones y las protestas puede ilustrarse con la respuesta
que dio el director de la CIA a Carla del Ponte, cuando le pedía
ayuda para detener a criminales de guerra: “Mire, señora, lo que
usted piense me importa una mierda”.
Mientras, en
el Círculo Ecuestre, Aguirre tenía la desvergüenza de hablar de
“turismo sexual” para atacar una vez más a Cuba, el mentiroso
embajador no dijo una palabra sobre la posibilidad de cerrar los
numerosos burdeles que sus empresas-pantalla organizan por todo el
mundo para servicio de los soldados norteamericanos. Mientras
hablaba de grupos terroristas, el mendaz embajador olvidó mencionar
el activo terrorismo de sus mercenarios en Iraq, Afganistán, Líbano
o Irán. Mientras exigía que el gobierno español envíe más soldados a
Afganistán, pasaba de puntillas sobre la catástrofe humana que sus
tropas han causado en Oriente Medio.
La conferencia de Eduardo Aguirre fue un acto más de
la mentira, porque el gobierno norteamericano, por boca del
embajador, no sólo nos miente, no sólo nos amenaza, sino que además
oculta interesadamente que está manteniendo prisiones secretas por
el mundo, deteniendo a muchas personas inocentes, organizando grupos
de terroristas mercenarios, extendiendo la guerra, violando la
legalidad internacional, incumpliendo las Convenciones de Ginebra,
ayudando a organizaciones de mafiosos y criminales cuando le
resultan útiles, instalando en el poder a criminales como Hashim
Thaçi, jefe del UÇK y ahora primer ministro de Kosovo, cerrando los
ojos ante la utilización de mataderos clandestinos como el de Burrel,
en Albania.