Las escenas de linchamientos, el
incendio de un comercio donde cinco jóvenes trabajadoras murieron
abrasadas y otros hechos semejantes dejaron un panorama desolador en
la capital del Tíbet, y causaron diecinueve muertos (dieciocho
civiles y un policía). James Miles, periodista de la revista
británica The Economist, que se encontraba en Lhasa el 14 de
marzo, informó que habían sido los seguidores del Dalai Lama quienes
causaron la extrema violencia desatada y los autores del pillaje,
pero sus palabras cayeron en saco roto. Pese a que se disponen de
abundantes imágenes de monjes tibetanos destruyendo y arrasando
edificios (que no se han mostrado en los grandes medios de
comunicación occidentales) y que algunos de los provocadores
detenidos posteriormente han confesado su participación, todo fue
inútil: la provocación estaba lanzada, y la información fue
tergiversada en la prensa internacional, en una campaña mundial que,
con un cinismo aterrador, hizo responsable al gobierno chino de los
desórdenes y los muertos causados por el pogromo protagonizado por
los seguidores del Dalai Lama.
La campaña internacional que siguió,
llena de flagrantes mentiras que se alimentaban unas a otras, ha
utilizado las cifras del Dalai Lama (quien, en el colmo de la
desfachatez y la contradicción ha hablado de 140 muertos, y,
también, de “varios centenares”) para alimentar una histérica
campaña contra China. El 25 de marzo, el Dalai Lama ofreció una
lista de nombres de cuarenta personas que, supuestamente, habían
muerto a causa de la represión policial. En realidad, y como pudo
comprobarse después, la mayoría de nombres respondían a personas
inexistentes y, en algunos casos, las autoridades chinas demostraron
que eran personas que seguían vivas en sus monasterios. Algunas
mentiras de la prensa internacional fueran tan burdas que incluso
llegaron a difundir ¡supuestas imágenes capturadas por satélites de
los servicios secretos británicos que “demostraban” que el pogromo
de Lhasa había sido causado por el ejército chino! Una de las
fotografías difundidas masivamente por Internet, en la que se ve a
soldados chinos, algunos con túnicas budistas en la mano, sigue
utilizándose como “prueba” de que los disturbios fueron iniciados
por el ejército chino que habría disfrazado a sus miembros. En
realidad, la fotografía formaba parte del rodaje de una película y
fue tomada en septiembre de 2001, como muestran los uniformes de los
soldados, diferentes a los que hoy utiliza el ejército chino. Pero
nada importaba. Escenas captadas en Nepal o la India fueron
utilizadas para ilustrar la “represión china”. Por supuesto, la gran
mayoría de los medios de comunicación internacionales no han
rectificado sus informaciones falsas, ni desmentido sus primeras
noticias, ni pedido disculpas a sus lectores.
Con la mentira recorriendo el
planeta, amplificada en televisiones y periódicos (diarios
norteamericanos llegaron a hablar de miles de muertos), el siguiente
acto fue la organización de protestas durante el recorrido de la
antorcha olímpica, itinerario que también está lleno de mentiras.
Primero, fue en Grecia; después, en Londres: cualquier leve protesta
fue elevada a categoría de noticia internacional y repetida hasta la
saciedad, de forma que la provocación de unos pocas personas servía
para seguir alimentando la gran mentira de unas inexistentes
“masivas protestas internacionales.
En París, la prensa conservadora
internacional informó de un “despliegue sin precedentes” de la
policía para “proteger” la antorcha. En realidad, apenas un grupo de
personas, activistas antichinos y mercenarios de Reporters sans
frontières, consiguieron desbaratar el recorrido, agrediendo
incluso a una deportista china discapacitada, Jin Jing, que llevaba
la antorcha mientras se desplazaba en su silla de ruedas. Por
supuesto, esa agresión fue silenciada. En realidad, hubo una
completa pasividad de las autoridades francesas y de la policía para
que el paso de la antorcha fuese bloqueado: se trataba de seguir
inflando el globo de la supuesta “movilización por el Tíbet.”
La manipulación y la mentira han sido
una constante: valgan dos ejemplos de periódicos españoles. La
Vanguardia, de Barcelona, se hacía eco el 28 de marzo de las
mentiras de un diario de la secta Falun Gong, Epoch Times,
sin avisar a sus lectores de la dudosa procedencia de la noticia.
Entre otras lindezas, el diario de la secta acusa al gobierno chino
de asesinar en secreto en hospitales a “decenas de miles de
personas” para vender sus órganos, de querer arrasar Estados Unidos
con bombas nucleares e, incluso, de preparar la invasión de
Australia. Por su parte, El País, el 9 de abril, daba cuenta
de los incidentes en San Francisco con la antorcha olímpica.
Mintiendo sin rubor, el diario afirmaba que las protestas habían
sido multitudinarias: hablaba de “miles de manifestantes” contra
China y titulaba “¡Avergüénzate, China!”, cuando en realidad
quienes protestaban eran unos pocos cientos de personas, y su número
era ampliamente superado por otros de muy diferente signo: había
diez veces más manifestantes apoyando a China. Nada de eso se vio
reflejado en las informaciones. La actitud de la televisión y la
prensa internacional fue similar: ese mismo día, un presentador de
la CNN norteamericana, Jack Cafferty, se permitió insultar al pueblo
chino e hizo comentarios racistas antichinos durante un programa de
televisión que informaba del paso de la antorcha olímpica.
Porque la campaña internacional de
mentiras contra China tiene precisos objetivos políticos: además de
dañar el prestigio del país, de entorpecer el desarrollo de los
Juegos Olímpicos, y, más allá, de reducir la influencia china en sus
relaciones políticas y comerciales con otros países del mundo, es
también la inquietante continuación de una política de acoso a
Pekín, que no por sigilosa (hasta el momento) es menos evidente:
Estados Unidos —a través de sus agencias y de su capacidad de
presión diplomática, pero también a través de organizaciones
interpuestas y ONGs mercenarias, cuyas iniciativas son amplificadas
gracias al control de los mecanismos informativos de la gran prensa
internacional— va a seguir jugando la carta tibetana en su calculada
política de contención de China, pero también va a utilizar
el estímulo a los grupos islamistas de Xinjiang, incluso el
particularismo de algunos sectores de la Mongolia interior, y, por
supuesto, las cartas de Taiwan y de la reactivación de la crisis
nuclear en la península coreana. Es la culminación de una política
estratégica que se va definiendo progresivamente. Debe recordarse
que el actual gobierno Bush, inició su andadura con el incidente del
avión espía EP-3E, de la Marina
norteamericana, que espiaba las defensas chinas y que fue obligado a
aterrizar el 1 de abril de 2001, en la isla de Hainan, por la
aviación china.
De manera que esos “sentimientos
humanitarios”, esa defensa de los “derechos humanos” que se enarbola
contra China es una pieza más de la farsa. No deja de ser revelador
que mientras se lanza esa gigantesca campaña planetaria sobre el
Tíbet, la gran prensa internacional no se conmueva ni realice
campaña alguna denunciando el espantoso ghetto que Israel
mantiene en Gaza, y que el propio representante de la ONU en la zona
ha relacionado con los ghettos en que el nazismo encerró a
centenares de miles de judíos en los años de la Europa hitleriana.
Con suprema hipocresía, llenándose la boca de la
supuesta “invasión china del Tíbet”, olvidando la invasión real de
Iraq o Afganistán por los norteamericanos, y la ocupación de los
territorios palestinos, los medios de comunicación internacionales,
que repiten el discurso estratégico de Washington, no van a
detenerse. Sin temor a la manipulación más escandalosa ("el mundo
libre no debe estrechar la mano de los asesinos", dijo un
eurodiputado, en referencia a China, obviando que fueron los
seguidores del Dalai Lama quienes protagonizaron el siniestro
pogromo de Lhasa) quienes azuzan la campaña de mentiras preparada
por los servicios de Paula J. Dobriansky en Washington, con la
colaboración del “gobierno tibetano en el exilio”, y de turbias
organizaciones “defensoras de los derechos humanos”, como
Reporters sans frontières, financiadas por la CIA, van a seguir
aprovechando los meses que faltan hasta el inicio de los Juegos
Olímpicos de Pekín, aunque cada vez sea más evidente que no buscan
la defensa de los derechos humanos, sino herir a China.