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La catástrofe italiana
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050708 - La llegada de un fascista a la alcaldía de Roma, dos semanas después de las elecciones legislativas en Italia, revela la catastrófica dimensión de los resultados electorales. En los comicios parlamentarios, con una participación del ochenta por ciento (tres puntos menos que en la convocatoria anterior), la victoria del populismo reaccionario de Berlusconi, unido a los restos del fascismo y a la xenófoba Lega Nord, ha sido neta. En la cámara de diputados (en el Senado los resultados fueron similares, aunque no idénticos), la coalición de Berlusconi (Il Popolo della libertà, donde está también la Alleanza Nazionale de Gianfranco Fini, heredera del fascista MSI; más la Lega Nord y el Movimento il Sud) ha conseguido más de diecisiete millones de votos. Y, atención, La destra-Fiamma tricolore, de raíces fascistas, casi novecientos mil votos. A su vez, la Unione di centro, democristiana, de Pier Ferdinando Casini, ha conseguido dos millones.

La coalición de Veltroni (Partito Democratico y la Italia dei Valori), alcanzó trece millones y medio de votos. (Si se añaden los votos de los italianos del exterior, algo más de un millón, las dos fuerzas principales, Berlusconi y Veltroni, aumentan trescientos mil votos cada una.) Por su parte, La Sinistra l’Arcobaleno, de Bertinotti, tuvo un millón cien mil votantes. Debe añadirse el Partito Comunista dei laboratori, de Marco Ferrando, que consiguió doscientos mil votos, y la Sinistra Critica, de Flavio d’Angeli, que arrancó ciento sesenta mil votos; de manera que si sumásemos los sufragios de Bertinotti, Ferrando y d’Angeli, se alcanzaría el cuatro por ciento de los votos, y un total de un millón y medio de votos: un fracaso clamoroso, que supone, además, quedar convertidos en fuerzas extraparlamentarias. El Partido Socialista, de Enrico Boselli, obtuvo trescientos cincuenta mil votos. Nunca la izquierda había tenido una representación y un protagonismo tan limitado en Italia. La catástrofe es completa: desde 1945, es la primera vez que en Montecitorio no habrá ningún diputado comunista.

La coalición de Berlusconi ha obtenido la mayoría absoluta en las dos cámaras, culminada quince días después con la victoria del fascista Gianni Alemanno en el ayuntamiento de Roma, gracias a un discurso mussoliniano basado en el anticomunismo, el racismo y en la mano dura contra los inmigrantes: ante la xenofobia y el miedo, Alemanno propone la guerra entre los pobres. Así, el nuevo parlamento italiano ha dejado fuera a los interlocutores del conflicto social, porque la izquierda no estará presente, de forma que, a partir de hoy, Montecitorio va a parecerse al Congreso y al Senado norteamericanos, donde, ausentes desde hace muchos años las expresiones de la izquierda social, el parlamento trabaja como una cámara de lobbystas, de hombres de negocios que examinan las nuevas oportunidades de enriquecimiento y la expansión exterior del poder norteamericano, pero que no aborda las dificultades de la población pobre en el país, y, cuando lo hace, es desde una mentalidad de control del desorden urbano, de la delincuencia, de contención del malestar en los ghettos de las ciudades. Ese va a ser, si no media una reacción política de la izquierda, el nuevo modelo del parlamento italiano.

El programa de Berlusconi es propio de un populismo conservador que conecta con algunos rasgos fascistas, que amenaza incluso con cambiar la Constitución italiana en una dirección más conservadora, desmantelando las funciones asistenciales del Estado, y que puede crear una red cabildera todavía más sólida que la que existe hoy. Ese programa apunta hacia una convergencia entre el poder del Estado y el partido-empresa de Berlusconi, limitando el poder del Parlamento y estableciendo un sistema presidencialista que acabaría con buena parte de la libertad que Italia ha conseguido, porque, además, Berlusconi supone la entronización de la corrupción patronal en el vértice del Estado.

Junto a Berlusconi, crece el particularismo del norte del país —que parece buscar el desmantelamiento de la aventura de Garibaldi y Cavour, la reversión del Estado unitario, porque desprecia a Roma y al sur “subvencionado”—, que anida en una supuesta Italia culta y trabajadora, cuna de un próspero capitalismo familiar, pero que está cruzada también por el clientelismo, por la penetración de la Mafia y por una xenofobia de rasgos fascistas. El discurso de la Lega Nord (¡en cuyas filas se encuentran muchos dirigentes de la ultraizquierda italiana del pasado, desde Lotta Continua y Avanguardia Operaia hasta Brigadas Rojas!), lleno de agresividad hacia los inmigrantes, ha querido verse como una nueva muestra del histrionismo italiano, del gusto por el “casino”, unos fuegos de artificio de una retórica que se agota en sí misma (con sus insultos a los homosexuales, su feroz reclamo de ametralladoras contra las pateras de la inmigración, etc), pero sigue siendo muy peligroso, y ha calado en la población del norte, hasta el extremo de que la Lega consigue acercarse al treinta por ciento de los votos en regiones industriales como la Lombardía y el Véneto, doblando sus votos (¡alcanzando, incluso, el diez por ciento de los sufragios en un suburbio milanés de larga tradición comunista como Sesto San Giovanni, conocido como la Stalingrado italiana!), y se convierte en el primer partido en seis provincias.

La Lega ha contaminado con su discurso a la izquierda moderada que ha construido el Partito Democratico: Máximo Cacciari, alcalde de Venecia y uno de los más relevantes miembros del PD, ataca ahora la fiscalidad tradicional del Estado italiano exigiendo que se ponga fin a una situación en que el Norte paga y el Sur despilfarra: no es sólo un intento de Cacciari para salvar su posición ante el avance de Umberto Bossi, es el reflejo del pánico y, además, un gran error, porque esa exigencia es, precisamente, una de las principales banderas de la Lega Nord y, así, el propio Partido Democrático avala a sus adversarios. Máxime cuando el discurso sobre una supuesta Italia limpia, hacendosa, pero cargada de impuestos y que debe soportar a un Sur pobre, ineficaz y ocioso, está recuperando unas pulsiones fascistas que parecían enterradas para siempre. Así ha ocurrido en Treviso (una ciudad de cien mil habitantes cercana a Venecia), donde su alcalde, Giancarlo Gentilini, hace ostentación de su ideología fascista y se pavonea de su aplicación en la ciudad véneta. Alertar del peligro fascista no es levantar una alarma infundada, puesto que Gentilini, por ejemplo, proclama que hay que disparar contra las pateras de inmigrantes. Sus palabras son un aviso para navegantes, porque aunque seamos conscientes de toda la distancia que separa a Berlusconi, Fini y Bossi de los dirigentes históricos del fascismo europeo, también Mussolini y Hitler fueron considerados apenas unos charlatanes antes de la marcha sobre Roma o del putsch de Munich.

La desilusión y la desconfianza han hecho mella en los ciudadanos, hasta el punto de que un actor, Beppe Grillo, oportunista e hipócrita, convocó en distintas ciudades a decenas de miles de personas para la celebración del día del Vaffanculo (¡a tomar por el culo!), en un gesto que puede interpretarse como una muestra del hartazgo popular contra la partitocracia pero también de la multitud estúpida, que, además, apunta hacia peligrosos horizontes y es profundamente demagógico: el propio Grillo apoyó al primer Berlusconi. En una Italia en tránsito hacia un capitalismo que consolida las peores relaciones sociales, donde muchas voces hablan de decadencia, de desastre moral, de la mediocridad que se ha apoderado de todos los resortes del país, incluso de la autodestrucción, y de la fatiga que causa una partitocracia actuando como una sanguijuela en el Estado, donde la ética pública se ha acostumbrado a vivir en la mentira y en el fraude mientras el país se esfuerza por evitar la brutta figura, Berlusconi y la Lega son la respuesta del miedo. Un miedo que no es sólo italiano, sino europeo.

En medio de una aguda crisis social, de una desbocada deuda pública, del aumento de la precariedad del trabajo y de la deuda de las familias, del espantajo de la creciente inseguridad y delincuencia agitado por la televisión del espectáculo, que señala a la inmigración como causante de todos los males… mientras calla ante la poderosa y omnipresente Mafia; en medio de la evasión fiscal de los ricos y de la falta de horizontes para una juventud que se ha convertido en carne de cañón de empresarios sin escrúpulos que imponen salarios miserables, Italia tiene miedo. Y, para conjurar el miedo, la izquierda histórica abandona sus trincheras. Un hombre como Berlusconi, que con su victoria electoral consigue la definitiva impunidad para sus delitos, que proclama su decisión de crear campos de detención para los inmigrantes, que estimula sin recato la xenofobia, que se permite calificar a los votantes de izquierda de rompicoglioni (gilipollas), que incluso adquiere las maneras de sainete mussolinianas, que se ríe de los mecanismos democráticos (¡su propio partido no celebra un congreso desde hace catorce años!), que mantiene viejas conexiones de la logia masónica P-2 de inquietante recuerdo, e inocultables relaciones con la Mafia (hasta el punto de que no ha dudado en calificar de héroe a un capo siciliano que trabajó para él), ese Berlusconi, apunta hacia el desmantelamiento del Estado de derecho, en medio del delirio televisivo, y a una remodelación de la república italiana que, si se culmina, terminará con la cultura democrática de uno de los más importantes países de Europa. No es simple alarmismo, porque la xenofobia, el ataque al sindicalismo, al derecho de huelga, las operaciones de desprestigio contra los trabajadores de empresas públicas y contra la propia noción del Estado como garantía de derechos sociales, el creciente anticomunismo en los medios de comunicación, han creado un clima de degradación social en Italia que tiene en sus entrañas la serpiente fascista.

Las elecciones italianas tienen una lectura que afecta al conjunto de Europa, porque la izquierda moderada italiana que ha perdido su identidad y ha querido derrotar a la derecha por el procedimiento de asumir su programa, no está sola en Europa. En España, el supuesto impulso reformador de Rodríguez Zapatero se ha agotado en apenas unas leyes de derechos civiles, ha olvidado la esperanza comprometida en un giro progresista para orientarse hacia el conservadurismo social, llegando a suprimir impuestos a los más ricos, como el del patrimonio, renunciando a combatir la corrupción empresarial y política y profundizando un sistema de precarización del trabajo. De hecho, sus propuestas no han ido nunca más allá del marco teórico de la Tercera vía de Giddens y Blair, que era ya una renuncia a muchos de los planteamientos clásicos de la socialdemocracia, en aras de la conquista de la modernidad.

En Gran Bretaña, el viejo laborismo británico, enfangado en guerras imperiales de la mano de Tony Blair, prosigue su reconversión ideológica con Gordon Brown, abandonando las históricas reivindicaciones de justicia y progreso social, hasta el punto de que una de sus últimas iniciativas ha sido la de aumentar los impuestos a los trabajadores que cobran los salarios más bajos, por el procedimiento de introducir cambios en los tramos del impuesto sobre la renta. La momentánea retirada de ese despropósito no desmiente la conversión del Partido Laborista en un apéndice más del poder empresarial, que, para mayor escarnio, no le supone réditos electorales.

La socialdemocracia alemana, prisionera en el gran pacto con la democracia cristiana de Angela Merkel, rehuye cualquier acuerdo estratégico de progreso con Die Linke, y el Partido Socialista francés ha elaborado una nueva declaración de principios donde abandona definitivamente cualquier referencia a la lucha de clases para transitar por un suave reformismo partidario del sistema capitalista, con vagas alusiones al progreso social. No es para celebrarlo. Es el fin del reformismo socialdemócrata y el triunfo del liberalismo en los viejos partidos de la II Internacional. Al otro lado del Atlántico, los Clinton (que dieron su apoyo a la ley de bancarrota, un proyecto que otorga nuevas ventajas a los empresarios a costa de endurecer las condiciones contractuales de la clase obrera y destruir puestos de trabajo), y el Partido Demócrata, forman parte del mismo espejismo en el que se sigue mirando una parte de la izquierda moderada europea. El intento de Gordon Brown de revitalizar la desacreditada Tercera vía de Blair y Giddens, por el procedimiento de remozar lemas y organizar redes de supuesta colaboración entre fuerzas progresistas, ha tenido en la reunión de Watford del pasado mes de abril un epílogo desesperanzador, porque todas las propuestas aprobadas por los Prodi, Bill Clinton, Solana, Bachelet, y el propio Brown se agotan en sí mismas y pueden ser suscritas por cualquier partido liberal o conservador. De manera que la debilidad de la izquierda moderada, la tentación de contemporizar con el poder económico, el apoyo a medidas sociales regresivas y la destrucción de buena parte de la cultura tradicional progresista basada en la solidaridad, en la ética colectiva, en la justicia, en la ciudadanía y en el progreso social, ha acabado por disolver los últimos restos de la izquierda moderada. Sus responsables no lo saben aún, pero están muertos.

* * *

La deriva de quienes decidieron disolver el PCI ha culminado. Hay que recordar que otras fuerzas que se reclamaban de izquierda han seguido una evolución similar. El viejo Partito Socialista se transformó en el Nuovo Partito Socialista Italiano, y éste en Socialisti Riformisti, que, a su vez, ingresó en el Popolo della Libertà de Berlusconi. El viejo Partito Radicale (¡que, en España, algunos propusieron como ejemplo para la evolución de la izquierda!) se trasmutó en Riformatori Liberali, que ingresó también en el Popolo della Libertà.

El suicidio del PCI no sólo fue imperdonable, como ha dicho Rossana Rossanda, no sólo fue un error, sino que fue, además, una catástrofe para los trabajadores italianos, y, más allá, para la propia Italia, porque la liquidación inauguró un retroceso de las fuerzas populares y de la sociedad italiana que dura ya quince años. La svolta della Bolognina de Achille Occhetto se ha revelado un callejón sin salida. Convertidos en la izquierda moderada, saltando de Occhetto a D’Alema, a Fassino, a Veltroni, han dejado hecha jirones la solidaridad histórica de los trabajadores italianos, y, en una carrera hacia el desastre, han cedido en todos los aspectos en que podía impulsar un cambio progresista, con contenido social, para adoptar progresivamente muchas de las exigencias de la derecha, de la patronal, e incluso del Vaticano, y, más allá, de Washington. Las reverencias públicas y el reconocimiento a la Iglesia católica que ha hecho Veltroni y otros dirigentes (a veces, adoptando tintes anticomunistas, poco sorprendentes en su esfuerzo por distanciarse de su propio pasado), olvidando la exigencia laica de buena parte de la sociedad civil italiana, han sido otros clavos en el ataúd de la Bolognina.

La última vuelta de tuerca, el Partido Democrático, no es una novedad política, sino una rendición en toda regla, que apenas aspira a compartir las covachuelas del Estado porque no es un partido de izquierda. No sólo porque Veltroni así lo haya declarado, sino porque sus objetivos no se sitúan en el campo del antagonismo, sino en el de la reforma capitalista. Tomar distancia del “extremismo comunista” de Bertinotti y Giordano, como declararon los dirigentes del PD, renunciando a cualquier tipo de acuerdo, era un guiño más a la derecha económica italiana, a la patronal Confindustria, que, no en vano, mostró su identidad y su acuerdo con el Partito Democratico. Massimo d’Alema, ministro de Exteriores y uno de los principales dirigentes del PD, insistía en la necesidad de liberalizar aún más la economía italiana, apuntándose el mérito de la aprobación por parte del gobierno Prodi de leyes que lo hacen posible.

El Partito Democratico ya había sido derrotado cuando, durante la campaña electoral, anunció que no impulsaría una ley de “conflicto de intereses” que hiciese rendir cuentas a Berlusconi sobre sus lazos con la corrupción judicial, con las redes de la información privilegiada, con la Mafia, con la delincuencia. Por si fuera poco, las listas de candidatos del PD eran una mezcla de empresarios, obreros, algunos sindicalistas, en una mezcolanza de intereses que proclamaba su plena aceptación del sistema capitalista. Veltroni expresa la mutación, la renuncia a sus objetivos históricos, de una parte de la tradición obrera italiana, que ha terminado enrolada en una operación de desencanto reformista. El PD expresa esa derrota, pero su gestación es mucho más preocupante porque ha conseguido cambiar la piel de millones de italianos que, no hace muchos años, apostaban por un cambio socialista, con todas las cautelas que se quieran. Con toda probabilidad, hoy, muchos de los viejos votantes del PCI, de la izquierda, que han mudado al PD, se considerarían satisfechos con la reforma de la política en Italia, con el freno a la corrupción rampante, con la limitación del poder de la Mafia, con el inicio de una nueva etapa republicana que detenga la decadencia de Italia, pero ignoran que incluso esos retos limitados están fuera del alcance de una formación como la de Veltroni, cuya única esperanza es compartir las ubres del Estado, en rebatiña con la coalición de Berlusconi. El PD no ha obtenido ni siquiera una pírrica victoria, aunque celebre la desaparición de los comunistas del parlamento, porque su circunstancial consolidación electoral no es el inicio de un cambio, sino el entierro de toda esperanza de reforma progresista en Italia, tal vez para muchos años, esperanza que muere, por añadidura, en un clima de crisis y de enfrentamientos en el PD. El PD, además, con su moderación y su programa liberal, ha abierto las puertas al retorno de la derecha populista.

Ante la catástrofe de las elecciones italianas, el otro componente histórico de la izquierda se halla inmerso en una crisis sin precedentes, y también se pregunta qué debe hacer para evitar el desastre. Por primera vez desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, no habrá diputados comunistas en Italia. Es una novedad histórica, saludada con alborozo por la Conferencia Episcopal italiana, por el empresariado y por el propio PD, que cree haberse desembarazado de un peligroso rival político. Luca Cordero di Montezemolo, patrón de la FIAT y presidente de Confindustria, ha señalado con satisfacción que uno de los rasgos más significativos del resultado electoral es “la derrota de las fuerzas antimercado y antiempresa”, es decir, la derrota de los comunistas. La lejana operación de la CIA norteamericana, que consiguió que el PCI perdiera las elecciones de 1948, culmina ahora, sesenta años después.

Debe resaltarse que Rifondazione Comunista ha tenido una gran responsabilidad en su derrota. La apuesta de Bertinotti y de toda la dirección comunista por la Sinistra Arcobaleno (una plataforma electoral compuesta por Rifondazione, el PdCI, los verdes, y la Sinistra Democratica de quienes se separaron de Veltroni y su Partito Democratico, que se pretendía configurar en el futuro como partido) ha sido un grave error. Paradójicamente, ante la convocatoria electoral, de nuevo se acusó a Bertinotti de ser responsable de la caída de Prodi, como si fuera la reedición del fiasco de 1996, cuando lo cierto es que la complicidad con medidas impopulares, inasumibles por buena parte del electorado comunista, ha hecho pagar un alto precio a Rifondazione. Esa confusa deriva de Bertinotti y del grupo dirigente de Rifondazione hacia un “nuevo sujeto político”, también lejana heredera de la svolta della Bolognina, fue criticada por muchos militantes comunistas no sólo porque prescindía de la hoz y el martillo, sino porque ese gesto, más allá de su gran simbolismo, anunciaba un aggiornamento que era, otra vez, el inicio de un cambio de piel, el abandono de la opción comunista, la progresiva moderación en los objetivos políticos. La autoritaria adopción, que no fue sometida a la aprobación de la militancia, de un símbolo tan blando como el arco iris, sin lazos con la tradición obrerista italiana, fue otro error más, que profundizó el abismo entre el “pueblo de izquierda” y la dirección de los partidos de la Sinistra Arcobaleno. Porque el rotundo fracaso electoral y la desastrosa operación política de la Sinistra Arcobaleno (que ya está muerta) han confirmado la fractura entre los sectores populares de izquierda y la opción comunista. Las declaraciones de Bertinotti otorgando a la ideología comunista la función de una “corriente cultural” de la nueva Sinistra Arcobaleno, suscitaron oposición y desconfianza entre buena parte de la militancia comunista. No era para menos, puesto que, objetivamente, esa apuesta significaba la liquidación de la opción comunista del juego político y la aceptación de un papel subalterno con relación al Partito Democratico: tal vez, a medio plazo, la configuración como un ala de izquierda en el propio PD.

Bertinotti, que no tenía más opción que dimitir, ha sido una figura importante en la reconstrucción comunista en Italia en los años noventa, tras la transformación de la mayoría del PCI en el PDS, pero la gestión de los tres últimos años y, especialmente, de la etapa de corresponsabilidad con el segundo gobierno Prodi ha sido desastrosa: la tácita complicidad con la intervención italiana en Afganistán, la sumisión atlantista del gobierno, no impugnada por los ministros comunistas; la renuncia práctica a impulsar medidas favorables a los trabajadores, la desconfianza ante los nuevos objetivos, sumado al temor de la izquierda ante la hipótesis de una victoria de Berlusconi han hecho el resto: según algunos analistas, llevó a más de una tercera parte del electorado comunista a votar al PD. La apuesta de Bertinotti ha sido la expresión de una desorientación, aunque confiaba salir de ella por el procedimiento de configurar una izquierda amplia, pero confusa, que cubriese el espacio abandonado por el Partito Democratico. Ha sido Ridondazione, el partido que apostó más decididamente por la Sinistra Arcobaleno, quien ha visto cómo su estrategia quedaba destruida y desacreditada. Probablemente se revela así el error de haberse comprometido con el gobierno Prodi, en vez de haber permitido su creación, manteniendo la independencia parlamentaria y el perfil de una oposición de izquierda. Hay que recordar que la decisión de participar en el gobierno Prodi se adoptó con casi la mitad del partido en contra: fue Bertinotti y el grupo dirigente quienes la forzaron y quienes después llegaron incluso a la expulsión de algunos destacados críticos con la política del gabinete, en un error cuya enorme magnitud se revela ahora. La hipótesis, defendida por Bertinotti, sobre la supuesta simpatía que el gobierno de centro-izquierda de Prodi mostraría hacia las aspiraciones populares, se ha revelado falsa, porque ese gobierno ha respondido a los intereses de la Confindustria, de Washington y el Vaticano, y ha ignorado las demandas de los trabajadores y de los millones de jubilados que viven precariamente. Ni tan siquiera ha servido para frenar a la derecha populista, porque le ha abierto el camino: mientras financiaba a la gran empresa con recursos públicos, el gobierno Prodi se mostraba contrario a los aumentos salariales y aumentaba los presupuestos militares, y por ese agujero, agrandado por el miedo ante la crisis, por la percepción de una mayor inseguridad y por la decepción de una buena parte de la Italia de izquierda, se ha colado el populismo reaccionario de Berlusconi.

El divorcio entre el movimiento social y las direcciones de los partidos de izquierda fue clamoroso en julio de 2007, cuando ante las multitudinarias protestas contra la implicación de Italia en Afganistán, Ridondazione y el PdCI, pero también los Verdes y la SD, se vieron abandonados en la calle, sin respaldo popular, aunque el aviso no les sirvió de lección y continuaron manteniendo su apoyo a Prodi, aunque éste estuviese comprometido en una guerra colonialista en Afganistán y aceptase subordinarse al gobierno norteamericano. Esa subordinación llegó al extremo de apoyar el agresivo proyecto de escudo antimisiles contra Rusia que Washington proyecta en Polonia y Chequia, a aceptar la ampliación de la base norteamericana de Vicenza, y al tácito apoyo a la independencia de Kosovo, quebrando así todas las esperanzas del movimiento pacifista italiano que esperaba de Prodi una mayor independencia nacional y un decidido apoyo a la distensión y a la paz. El último error de Rifondazione ha sido caer en la manipulación sobre los sucesos de Lhasa, aceptando el discurso derechista urdido desde Washington y votando en el Parlamento europeo contra una inexistente “represión en el Tíbet”. Las consecuencias han sido demoledoras: Ridondazione y el PdCI (cuyos sufragios, sumados, habían alcanzado el ocho por ciento) han perdido, en apenas dos años, tres millones de votos.

De esa forma, el sector más preocupado ante la hipótesis del retorno de Berlusconi, ha acabado votando las listas de Veltroni, y, en cambio, una parte del electorado comunista disconforme con la moderación del discurso en los últimos años, con la evolución hacia esa Sinistra Arcobaleno que diluía la opción comunista ( jugando primero con el Partito de la Sinistra, aprovechando el Partido de la Izquierda Europeo, después con Sinistra Arcobaleno), ha acabado votando a organizaciones de extrema izquierda o absteniéndose. En medio de la catástrofe, hay otra cuestión inquietante: el trasvase de votos entre la izquierda comunista y la Liga Norte, que ha supuesto que decenas de miles de votantes hayan acogido el discurso de mano dura hacia la inmigración y la exigencia de menos impuestos para la “Roma ladrona”, que no es sino una forma de desmantelar el Estado social creado en la posguerra. Apenas tres electores de cada diez han mantenido su voto a la Sinistra Arcobaleno. Los otros siete han cambiado su voto por el PD, por Antoni di Pietro, por la Lega en algunas zonas del norte, y por la abstención. Era difícil hacerlo peor, y Bertinotti no tenía más salida que la dimisión.

Las salidas que se debaten van desde la convocatoria de una “constituyente” de izquierda, que sería similar a la experiencia de Izquierda Unida en España (aunque se reconoce el fracaso de ésta), hasta la creación en Italia de una “federación de izquierda” que vendría a ser la sección italiana del Partido de la Izquierda Europeo, o una confederación. Ridondazione forma parte del PIE, por lo que esa propuesta intentaría, de manera confusa, crear una nueva organización a partir del PIE, cuando cada vez es más evidente que el Partido de la Izquierda Europeo ha sido una iniciativa, muy ligada al propio grupo dirigente de Rifondazione y a Bertinotti, que ha agotado ya su trayectoria: apenas ha servido para dividir a los partidos comunistas europeos y para diluir la opción comunista. También se debate la propuesta de la unidad comunista lanzada por algunos dirigentes del PdCI, aunque su credibilidad es escasa a la vista de su implicación en el desastre de la Sinistra Arcobaleno.

Los riesgos son muchos. No deja de ser revelador que se haya asumido la tesis de la progresiva “desaparición” de la clase obrera, cuando lo que se constata es la progresiva proletarización de grandes colectivos sociales, y, en un momento, además, en que nunca han existido en el mundo tantos asalariados, trabajadores convencionales, industriales o no. La transformación del capitalismo, que ha forzado la disolución de muchos de los lazos culturales que agrupaban a los trabajadores y el aumento de la precariedad social, la mundialización y la llegada de una crisis sistémica del capitalismo, exigen no una mutación de los partidos obreros, sino una profundización del carácter anticapitalista, una modernización del proyecto comunista: la recuperación del proyecto de 1991, modernizándolo, adaptándolo a las nuevas necesidades populares.

La izquierda comunista, y particularmente Rifondazione, no ha sabido acertar en el diagnóstico ni en las propuestas, mostrándose, hasta el momento, incapaz de ofrecer respuesta a los nuevos temores sociales, porque la necesidad de la revolución social es imprescindible pero esa certeza no nos resuelve ningún problema. Rifondazione ha cometido gruesos errores políticos, tornándose pusilánime su dirección (que es imperativo cambiar), cediendo a la presión de los medios de comunicación y del nuevo conservadurismo social, aceptando la lógica reformista, bloqueando de hecho el crecimiento de las luchas populares, como si pensara —con el Céline de Viaje al fin de la noche— que “lo mejor que uno puede hacer cuando está en este mundo es salir de él.” Ahora, la izquierda no tendrá más remedio que llevar la protesta a las calles, a las fábricas, sin respaldo ni altavoz parlamentario, consciente de que aunque muchos hablen, interesadamente, del fin de la propuesta comunista, todo indica que su debilitamiento, y no digamos su hipotética desaparición, sólo beneficia a la derecha conservadora y al nuevo fascismo. Pero la reconstrucción del partido comunista no será sencilla, porque buena parte de los trabajadores está decepcionado de las propuestas y de la actuación de la izquierda histórica.

La Italia que de la mano del PCI y de un poderoso movimiento sindical se modernizó en los años setenta y ochenta, ha muerto; y el recurso a Berlusconi es la resurrección de la vieja Italia anterior a la II Guerra Mundial, el refugio en la cueva de los ladrones. La “nueva falange romana” que saludó Berlusconi el día de la victoria del fascista Alemanno en Roma, crece en el escenario de la disgregación social, y cuando las olas de otra catástrofe empiezan a llegar, Italia camina alegremente hacia el desastre, envuelta en oropeles falsos, casi desnuda. La decepción y el miedo han hecho posible que, sesenta años después, las escuadras fascistas vuelvan a desfilar por Roma.

 

 

 

 

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