Josep Renau
(1907-1982) no fue sólo uno de los artistas más relevantes del siglo
XX en España; fue también un dirigente político, un intelectual que
escribió defendiendo su concepción del arte, y un militante
comunista. En este año que termina, cuando se cumple el centenario
de su nacimiento y los veinticinco años de su muerte, la Universidad
de Valencia ha inaugurado, en octubre, una magnífica exposición en
La Nau con más de doscientas cincuenta obras, titulada
Compromís i Cultura, en un deliberado orden expresivo que
pone de manifiesto la concepción del arte y la cultura de Renau.
Era hijo del pintor del
mismo nombre, y estudió Bellas Artes en Valencia, su ciudad natal,
al tiempo que recibía la influencia del art decó que entonces
dominaba el panorama artístico, a la que se añadieron, en los años
finales de la dictadura de Primo de Rivera, las inquietudes y la
popularización de las primeras vanguardias, desde el fauvismo hasta
el futurismo, entre los artistas jóvenes. En esa época, Renau ya se
inclinaba por el cartelismo, buscando un nuevo concepto de obra
artística, de “original”, indagando para otorgar una nueva función
al arte, de forma que, con poco más de veinte años, empezó a
frecuentar círculos anarquistas, hasta que, finalmente, influido por
la literatura marxista y por el Plejánov de El arte y la vida
social, ingresó en 1931, con veinticuatro años, en el Partido
Comunista de España, PCE, mientras continuaba colaborando con
publicaciones anarquistas (diseñó portadas, por ejemplo, para la
importante publicación ácrata La Revista Blanca, que se
editaba en Barcelona, y dirigió la composición gráfica de la revista
anarcosindicalista Orto).
Desde su juventud
estuvo muy interesado en las cuestiones políticas, y la llegada de
la Segunda República hizo posible que muchas de sus inquietudes
sociales se canalizasen en medio de un proyecto político de cambio
democrático que ponía a España, por primera vez en el siglo XX, en
el camino del progreso y de la democracia. Así, Renau fue uno de los
artífices de la Unión de Escritores y Artistas Proletarios,
que se relacionaba con la Association des Écrivains et Artistes
Révolutionnaires (creada por intelectuales comunistas franceses
como Paul Vaillant-Couturier , Louis Aragon y Francis Jourdain,
entre otros), y su activa militancia le costó ser detenido ya en
1932 y, otra vez, a consecuencia de las movilizaciones que se
sucedieron simultáneamente a la revolución de Asturias de 1934. La
efervescencia de la vida política durante esos años republicanos
acompaña a Renau en un intenso trabajo en el cartelismo y en el
fotomontaje, con claros objetivos políticos, que bebe de las
enseñanzas del constructivismo ruso, de las corrientes artísticas
revolucionarias europeas y de fotomontajistas como John Heartfield
(un magnífico artista berlinés, miembro del Partido Comunista Alemán
y amigo de Brecht), a quien Renau conocería años después en la
República Democrática Alemana, durante su exilio. En esos años
treinta, inicia también una constante elaboración teórica sobre la
función del arte y el compromiso social del artista, que le llevaría
a publicar numerosos artículos y varios libros.
Su reflexión sobre el
fenómeno artístico y la función del arte se plasmó en libros como
Función social del cartel publicitario, publicado en 1937; La
batalla per una nova cultura, y Arte en peligro 1936-1939,
publicados pocos años antes de su muerte, entre otros textos.
Algunos de sus ensayos, ya en los primeros años treinta, están
dedicados al cine, un arte nuevo con una masiva difusión, y la
importancia que concede a esa nueva forma de expresión se
concretarán en la dedicación posterior de Renau al cartelismo para
la cinematografía revolucionaria, y, después, en los años difíciles
del exilio, para el cine comercial. El arte era un instrumento más
para Renau, el suyo propio, en la atrevida aventura de cambiar el
mundo, de transformar la historia humana. No le preocupaba la
academia, ni los circuitos artísticos convencionales, ni los museos
polvorientos destinados a una triste función de almacenes del
pasado, sino el presente, aunque no por ello desdeñase, ni mucho
menos, las aportaciones de los grandes artistas de siglos
anteriores, como puede verse en sus ensayos, siempre con finalidad
política, sobre Leonardo, Goya, o sobre los grabados italianos del
renacimiento. Recurriendo a fuentes diversas, Renau utilizó el
art decó, las nuevas ideas gráficas que llegaban de Europa
central, las enseñanzas de la vanguardia rusa que se había
desarrollado en los primeros años de la revolución bolchevique, y,
en los años previos al estallido de la guerra civil española,
realizó fotomontajes de claro contenido político, al tiempo que
dirigía la revista Nueva Cultura, escribiendo textos y
diseñando sus portadas, y, después, bebió del muralismo mexicano;
pero también hizo fotomontajes jugando con el desnudo femenino, con
la alegría de vivir, sobre todo en sus últimos años en Berlín.
La
Guerra civil española
marcó su vida. Tras la sublevación militar fascista, Renau dirigió
el diario Verdad, junto con Max Aub, trabajó para el cine, y,
en septiembre de 1936, fue nombrado director general de Bellas
Artes, desde cuya responsabilidad decidió elegir como director del
Museo del Prado a
Picasso, que vivía entonces en París. En esos meses dedica
muchos esfuerzos al salvamento del patrimonio artístico español, no
en vano la aviación fascista había bombardeado ya el Museo del
Prado. La compleja operación del traslado de las obras del Prado a
Valencia fue un éxito gracias al trabajo de muchos responsables del
gobierno republicano y milicianos voluntarios, y entre ellos, de
forma destacada, de Josep Renau. En esos meses del inicio de la
guerra civil, otra de sus tareas fue la gestación del pabellón
español en la Exposición Internacional de París de 1937. En
diciembre de 1936 fue a visitar, en París, a
Picasso, a quien no
conocía personalmente, y le encargó una obra para el pabellón: de
esa iniciativa surgió el
Guernica. (En esos meses, Renau constató el oportunismo y
ansia de notoriedad de Salvador Dalí, quien asaltó a Renau en su
oficina parisina, ofendido por la relevancia que el gobierno de
Largo Caballero otorgaba a Picasso, haciéndole una escena y
gritándole que “el único pintor español comunista en París era él”.
Era tal la desvergüenza y el oportunismo de Dalí, que unas semanas
después no tuvo empacho en participar en un mitin en París
organizado por el POUM y la FAI donde se atacó con extrema dureza al
gobierno republicano).
El trabajo de Renau fue
un éxito para la República: el pabellón se convirtió en una de las
iniciativas más importantes de apoyo a la causa republicana, y,
además del Guernica, las obras de relevantes artistas
españoles, desde Miró hasta Alberto, pasando por Julio González y
Calder, y la colaboración de Buñuel, Alberti, Antonio Machado, León
Felipe, Alejo Carpentier, entre otros, mostraban el empeño de la
España republicana por defender la cultura y la libertad frente a la
España del crucifijo, la espada y la ignorancia. Al mismo tiempo,
continuó su labor como cartelista, uno de los más importantes del
siglo, volcándose en el esfuerzo de guerra republicano, e incluso
tuvo tiempo para crear la Orquesta Nacional y otros organismos
culturales.
Cuando, en abril de
1938, Renau dejó de ser director general de Bellas Artes debido al
cambio de gobierno, pasó a trabajar en el Estado Mayor del ejército
republicano, en tareas de propaganda. La caída de Barcelona le
supuso la pérdida de todos sus papeles y pertenencias personales:
Renau abandonó la capital de la República cuando las tropas
franquistas estaban llegando a las estribaciones de Collserola. Al
día siguiente, 26 de enero, Barcelona fue ocupada. Renau fue
internado en el campo de concentración francés de Argelès-sur-Mer y,
después, se instaló provisionalmente en Toulouse, gracias a la ayuda
económica de
Picasso.
En el exilio mexicano,
que se inició para él en mayo de 1939 y que se prolongó casi dos
décadas, Renau se relacionó con Siqueiros y con Rivera, y participó
en el muralismo, diseñando para revistas, realizando también
trabajos comerciales. Pinta entonces unos cuarenta cuadros próximos
a la abstracción y se ocupa en el famoso mural España hacia
América, de treinta metros de longitud por cuatro de altura, en
Cuernavaca, mientras sigue haciendo carteles para el cine. Crea
también, como medio de vida, el Estudio Imagen, desde donde se
dedica al diseño gráfico comercial, sin descuidar sus actividades
artísticas y políticas, indisociables: en los años cincuenta destaca
su creación de la serie de fotomontajes The american way of life,
demoledores imágenes de la putrefacción capitalista, que siguen
siendo actuales. A principios de 1958, Renau se instaló en Berlín,
en la RDA, donde vivirá hasta su muerte en 1982. Allí trabaja para
el Estado socialista, sin las obligaciones comerciales del pasado,
poniendo su talento al servicio de las necesidades políticas del
socialismo alemán y de la lucha internacionalista, sin olvidar el
combate contra la dictadura franquista. Colabora con la televisión
alemana, ilustra los avances científicos de los países socialistas,
sigue realizando fotomontajes y crea pinturas muralistas, como las
que hizo en Halle y en Erfurt.
* * *
En la exposición
valenciana, entre más de doscientas cincuenta obras, podía verse un
rostro de mujer, de 1926, Sense títol, de clara influencia
art decó; un dibujo sobre papel: la Dona nua, de 1929; el
magnífico cartel Exposición Guillot, de 1927, donde un
jovencísimo Renau parece mostrar en un camino en zigzag los colores
de la bandera tricolor republicana; el premonitorio Hitler, el
nuevo mesías del capitalismo, publicado en la revista Orto
en agosto de 1932, antes de que el nazismo llegase al poder; y el
espléndido cartel para la 3ª Olimpiada Obrera, de 1936.
También la contundente No tomarás, en vano, a Dios por testigo,
de la serie “Los diez mandamientos”, de 1934, que ilustra el Cristo
de la tradición cristiana crucificado en una cruz coronada por la
svástica nazi, en abierta alusión a la complicidad de la Iglesia
católica con el fascismo.
Muchas de las obras de
Renau siguen siendo emocionantes, aunque hayan transcurrido muchos
años desde la guerra civil. El gran cartel Campesino, defiende
con las armas al gobierno que te dio la tierra, de 1936, por
ejemplo, con el texto del decreto firmado por el ministro comunista
Vicente Uribe en octubre de aquel mismo año: “Artículo primero.
Se acuerda la expropiación sin indemnización y a favor del Estado de
las fincas rústicas, cualesquiera que sea su extensión y
aprovechamiento, pertenecientes en 18 de julio de 1936 a las
personas naturales o sus cónyuges y a las jurídicas que hayan
intervenido de manera directa o indirecta en el movimiento
insurreccional contra la República.”
Estaban también los
fotomontajes que hizo para ilustrar Los 13 puntos de Negrín,
que estaban destinados a la Exposición Internacional de Nueva York
de 1939, realizados en la estela del constructivismo ruso; uno de
los cuáles, el número 12 (“El Estado Español renuncia a la guerra
como instrumento”) era toda una declaración de principios en un
momento en que Hitler estaba preparando la Segunda Guerra Mundial, y
que sigue siendo un objetivo a conquistar. También, el espléndido
fotomontaje El comisario, nervio de nuestro ejército popular,
y el famoso cartel Obreros, campesinos, soldados, intelectuales,
reforzad las filas del Partido Comunista, ambos de 1936.
La posguerra y el
exilio no cambiaron el trabajo de Renau y su orientación política.
Continuó ilustrando libros, pintando carteles, desarrollando una
activa militancia política comunista. En la muestra, podía verse la
portada de la revista Futuro, de noviembre de 1942, donde
Renau destacó una estrella roja y la palabra Stalingrado, que se
repite con letras cada vez de mayor tamaño, subrayando la frase
“Nueva estrella de la libertad”, hecha en el preciso momento en que
los soldados soviéticos se jugaban el futuro del mundo ante las
tropas nazis de Friedrich von Paulus. Del mismo año es la litografía
La revolución mexicana aclama la reanudación de relaciones con la
URSS, donde se ve a un guerrillero mexicano sobre el mapa de la
Unión Soviética.
Su actividad en el
diseño gráfico fue también notable. La portada del libro de Pablo
Neruda González Videla: el Laval de la América Latina, de
1949, y la del ensayo de Manuel Rivas (ex secretario general de la
CNT) De México a Moscú, de 1955, “una interpretación objetiva
del mundo socialista por un obrero sindicalista”, estaban en La
Nau. También podía verse, una reproducción parcial del enorme
mural España hacia América, donde es patente la influencia de
Diego Rivera, mural que Renau pintó en el Hotel Casino de la Selva,
donde vivía entonces, en Cuernavaca (el mismo lugar en que Malcolm
Lowry escribió Bajo el volcán). Y los carteles de la película
Vértigo, de 1945, y de El moderno Barba Azul, de 1946,
con el duro rostro de un melancólico Buster Keaton.
Mayor intensidad
dramática tiene la ilustración Ayuda a las víctimas del
franquismo, de 1947. Y otras semejantes, con las que Renau
interviene en las luchas políticas de la posguerra mundial: The
Big Parade (La gran desfilada), de 1957, donde la diosa
del dinero reina, ante una fila de bailarinas enseñando el culo,
donde cada una lleva una letra, formando la frase American way of
life. Y el contundente fotomontaje A Gift for Hungry People
(Un donatiu per als pobles famolencs), de 1956, que no ha
perdido vigencia, donde se ve a grupos de hambrientos y una gran
mano con las estrellas norteamericanas en la bocamanga que les sirve
en una bandeja armas y material de guerra. En el fotomontaje
Peace is with them…! (Descansen en pau…!), de 1956, sobre
la ejecución en Estados Unidos de los esposos Rosenberg, se ve la
figura de Ethel Rosenberg atada con correas a la silla eléctrica y
rodeada de palomas: para la fotografia de Ethel Rosenberg en la
silla eléctrica, que obviamente Renau no podía tener, hizo posar a
su cuñada Rosita Ballester. Y el fotomontaje Yes…, yes…, O.K.
Adolph…, de 1951, donde Truman, que tiene a su lado un mapa de
la península ibérica, en actitud cómplice, habla por teléfono con
Hitler, imagen que, pese a su contundencia, es muy precisa: si éste
es el siniestro creador de Auschwitz, aquél es el verdugo de
Hiroshima y Nagasaki.
Los magníficos
fotomontajes del American way of life, donde Renau disecciona
la degradación de la vida norteamericana y los propósitos belicistas
de sus gobiernos, son una de sus principales obras, junto a la
colección de carteles que, en sus mejores ejemplos, continúan siendo
de una radical modernidad. El fotomontaje La sobirania d’Espanya,
trepitjada pels ianquis, de 1951, donde se ve a un soldado
norteamericano poniendo los pies sobre la Puerta de Alcalá
madrileña, es un crítico (y profético) anticipo de lo que supuso
para España la firma de los acuerdos de 1953 con Estados Unidos y la
cesión de bases militares permanentes. Al lado, estaba el
fotomontaje la Pax americana, de 1962, donde el rostro de la
Estatua de la libertad neoyorquina es una calavera de la que surgen
serpientes y cuyo brazo sostiene no una antorcha sino un misil U.S.
ARMY; y el Happy End (Final feliç), de 1965, donde sobre el
beso hollywodiano de una pareja cuelga el cadáver ahorcado de un
negro norteamericano víctima del racismo. Más allá, colgaban
carteles de solidaridad con España, y la serie La conquesta del
Cosmos, de 1966, donde Renau muestra el orgullo militante por
los sucesivos éxitos soviéticos en la exploración espacial. Y los
fotomontajes sobre la Alemania de posguerra, llenos de esvásticas:
en uno de ellos se ve a Hitler, Adenauer y Erhard, en una sucesión
natural.
En sus últimos años de
Berlín, Renau trabajó con plena libertad, en fotomontajes que muchas
veces no tienen un contenido político explícito, como La porta,
de 1976, donde se ve duplicada a la misma mujer con un albornoz
abierto y desnuda, apoyada en la jamba de una puerta, aunque no por
ello olvida la lucha política: allí estaba también un fotomontaje
sobre Chile, expresión de las luchas obreras de los años setenta,
con Pinochet bajo un dólar y la siniestra amenaza de los tentáculos
de la CIA y la ITT.
* * *
Una de las
consecuencias de la voluntaria amnesia histórica con que se cerró la
transición política española tras la dictadura franquista, fue el
deliberado olvido del arte ligado al compromiso político, que, en el
caso de Renau, llega casi hasta nuestros días. Es cierto que se
realizó en Madrid una exposición antológica de su obra en 1978, y
otra en Valencia al año siguiente, y que la propia Fundación Renau
trabajó para mostrar su obra en diferentes localidades españolas,
pero el modelo que se imponía entonces, a finales de los años
setenta y principios de los ochenta, reforzado después por la crisis
del socialismo europeo y la desaparición de la URSS en los noventa,
era el de un artista desconectado de las luchas políticas que tenían
el socialismo como objetivo. El arte sólo podía entenderse como
ornamento, como expresión individual, como destello glacial del
genio inmóvil, y estéril, de la agonía del fin de la historia. En
ese escenario, la trayectoria y la obra de Renau se convertían para
el discurso dominante en una oscura página de una época enterrada,
en una marca fría de años perdidos.
Sin embargo, el vigor
artístico y político de la obra de Renau sigue teniendo actualidad y
su aportación sigue influyendo en nuestros días. El pabellón español
de París de 1937 fue todo un manifiesto del arte al servicio de la
humanidad, de la unión del arte y del compromiso político. Renau
renovó el diseño gráfico, y el cartel, y su militancia política, su
apuesta por la libertad y el socialismo fue tan consecuente que le
llevó a ser el primer artista de vanguardia en Europa que desempeñó
un cargo ministerial de la importancia de director general de Bellas
Artes. Renau se consideraba un pintor, aunque alejado del trabajo
convencional de caballete, y un militante comunista que, como él
mismo escribió, llegó “a tomar la pluma casi tanto como los
“pinceles”, hasta el punto de que su producción teórica influyó de
manera decisiva, orientada siempre a destacar la función social del
arte y del artista, su compromiso con la revolución. Su contribución
política fue intensa durante toda su vida, trabajando en los
carteles de la guerra civil, en los fotomontajes antiimperialistas,
ideando nuevas formas, desde el diseño de portadas de la revista
cultural del PCE, Nuestra Bandera, hasta el film gráfico
Lenin Poem, pasando por la elaboración de textos teóricos como
“Abstracción y realismo: comentarios sobre la ideología en las artes
plásticas”. Hacia mediados de los años sesenta, Renau adoptó
posiciones críticas ante la orientación que Santiago Carrillo
imprimía al comunismo español, aunque siguió siendo militante del
PCE hasta el final de su vida: así, diseñó, por ejemplo, el cartel
que convocaba al congreso de los comunistas valencianos, que
celebraron en 1978, por primera vez tras la larga etapa clandestina
de la dictadura fascista.
Renau se opuso siempre
al arte burgués que, pese a no ostentar en nuestros días esa precisa
definición, sigue dominando los circuitos artísticos, las
exposiciones, transformado en reino del dinero. No deja de ser
revelador que los epígonos que hablaban, y siguen haciéndolo, de la
supuesta deformación y desnaturalización del arte cuando va unido al
compromiso político, como en el caso de Renau, no reparen nunca en
la banalización, la corrupción y prostitución del arte entendido
como ornamento y mercancía: hoy, ese es el destino de muchos
artistas, convertidos, a veces sin saberlo, en bufones de la
putrefacción capitalista.
Renau no perdió nunca
de vista la función social del arte, y sus preferencias por el
cartel, el fotomontaje, la fotografía, disciplinas que hacen posible
la reproducción masiva, nacieron de su prevención ante la obra
pictórica convencional, destinada casi irremediablemente a
convertirse en mercancía en el sistema capitalista, en objeto
ornamental destinado a satisfacer el esnobismo burgués. Es cierto
que las servidumbres del exilio, la necesidad que tenía Renau de
mantener a una nutrida familia le forzaron a realizar concesiones:
su actividad en su Estudio Imagen, que creó en México como fuente de
ingresos, dependió en gran parte de los encargos comerciales para
todo tipo de empresas, y del diseño de carteles para el cine,
forzado también a respetar las convenciones comerciales de una
cinematografía sin interés, pero siguió elaborando una demoledora
crítica artística del capitalismo realmente existente, contribuyendo
a la construcción de una racionalidad que pusiese al arte junto a
los seres humanos y no junto al dinero y el poder capitalista.
Fue, sin duda, uno de
los mejores cartelistas para el cine que han existido en todo el
mundo y un excepcional fotomontajista. Renau anunció muchas de las
tendencias que después confluyeron en el neorrealismo, y se
convirtió en modelo para el pop-art español (desde el Equipo
Crónica hasta el Equip Realitat), que, no por casualidad, adoptó un
evidente compromiso político, a diferencia del rumbo que siguió en
otros países europeos esa tendencia artística. Por eso, El
pamflet, de 1973, del Equipo Crónica, que también podía verse en
la muestra valenciana, está dedicado a Renau, y en él aparecen desde
referencias a la iconografía popular mexicana hasta el cartelismo de
la guerra civil española, pasando por homenajes a Grosz.
Renau decidió que, a
su muerte, sus cenizas fueran esparcidas en el cementerio de
Friedrichsfelde, en Berlín, donde están los restos de Rosa Luxemburg,
de Karl Liebknecht y de otros militantes comunistas y antifascistas.
Veinticinco años después de su desaparición, su obra es una
referencia ineludible. Frente a la conversión del arte en una
herramienta al servicio del poder, en un estuche envilecedor,
canibalizado por la trituradora capitalista capaz de asimilar
cualquier ruptura artística convirtiéndola en publicidad, en
espectáculo, en fetiche o desahogo posmoderno, frente al arte
convertido en pura mercancía, en parásito y ornamento del hedonismo
burgués, Renau volvería a desarrollar un arte contra las élites,
como se tituló una recopilación de sus ensayos, a gritar al mundo el
valor imprescindible del compromiso militante y del arte al servicio
del ser humano, del socialismo y de la libertad.
Para información e iniciativas, pueden
dirigirse a la CCCR:
http://www.centenariorenau.com/