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Memoria del doctor Negrín
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010908 - El Viejo Topo - La celebración del cincuentenario de la muerte de Juan Negrín y la exposición conmemorativa que está recorriendo España empieza, con muchas cautelas, a honrar el recuerdo del presidente del Consejo de Ministros de la República durante la guerra civil. Han tenido que pasar setenta años del inicio de la rebelión fascista y tres décadas de la muerte del dictador para realizarla.

Pese a ello, Negrín, aunque fue uno de los estadistas más relevantes del siglo XX, continúa siendo uno de los grandes desconocidos de la historia de España, sin presencia en la nomenclatura urbana de las ciudades españolas, sin instituciones que lleven su nombre, en acusado contraste con la persistencia de nombres ligados al régimen fascista en muchas calles del país. En cambio, en Francia acaban de inaugurar una placa en la avenida Henri Martin, en el
edificio donde vivió exiliado Negrín hasta su muerte. Pese a todo, esa exposición es un inicio, que debe seguir, porque todavía desconocemos muchas cosas, entre otras, el contenido de muchos de los papeles del presidente, guardados en carpetas en el Archivo Negrín de París.

Las recientes biografías escritas por Ricardo Miralles y Enrique Moradiellos han puesto de actualidad su trayectoria, al menos entre los ciudadanos preocupados por la historia. Moradiellos ha calificado a Negrín como el hombre más difamado del siglo XX en España, y no le falta razón: desde la derecha fascista, hasta el anarquismo, pasando por los partidos republicanos y nacionalistas, e incluso por una parte considerable del que fue su partido, el PSOE (que llegó a expulsarlo de sus filas en una decisión vergonzosa), se ha tejido una leyenda negra con la que fue acusado de todos los crímenes imaginables, entre otros, el de “entregarse” al PCE y a la Unión Soviética. Nunca fue cierto, aunque si lo fue que Negrín apenas encontró otro apoyo que el que le ofrecieron los comunistas y un sector del PSOE que defendieron la política de resistencia ante el fascismo. La identidad entre el PCE y el presidente del gobierno republicano no radicaba en la ideología, pese a las acusaciones de criptocomunismo que Negrín tuvo que soportar, sino en el objetivo común de resistir al fascismo, y en la definición de una república que pretendía mantener, en circunstancias muy difíciles, lo mejor de un proyecto social de progreso. Para ello, había que resistir, y ganar la guerra, y tanto Negrín como los comunistas fueron los verdaderos protagonistas de esa resistencia. Pero la difamación de su figura fue cruel: desde su hipotética subordinación al PCE, pasando por una supuesta admiración hacia la figura de Mussolini y terminando con todo tipo de acusaciones por la supuesta dilapidación de los recursos de la República, e incluso por su inclinación por la cultura alemana, como si eso le hiciese sospechoso de oscuras vinculaciones con el nazismo, Negrín soportó la infamia y la calumnia durante los años de posguerra hasta su muerte en 1956. Porque si la guerra civil fue una dura prueba para Negrín, la posguerra no le ahorraría amargura.

Nacido en Canarias, pudo estudiar en Alemania, donde consiguió titularse como doctor en Medicina con apenas veinte años, un hecho de todo punto excepcional, especializándose en fisiología de la mano de Ewald Hering. Pocos años después, ya casado con María Fidelman Brodski (una rusa de familia judía), y establecido de nuevo en España, se ocupó de la organización de un laboratorio de su especialidad en la Universidad Central de Madrid, la actual Complutense. Negrín admiraba la cultura alemana, su pasión por la ciencia, el rigor de sus investigadores. Militante socialista desde 1929, fue diputado en las Cortes constituyentes de 1931, siendo reelegido en 1933 y en las elecciones del Frente Popular, en 1936. Unos años antes había conocido a la que sería su compañera, Feli López, con la que compartió su vida, aunque no se separó legalmente de María Fidelman hasta el inicio de la guerra civil.

Su incorporación a la actividad política cambió su vida. En 1933, la dirección socialista se dividió, con ocasión de la salida de Azaña y del propio PSOE del gobierno republicano, en un momento en que el sector de Largo Caballero, que controlaba la UGT, apostaba por impulsar la revolución obrera. Pero aquella era la hora del viejo demagogo Lerroux, que supuso el inicio del bienio negro . La forma de responder a Lerroux y a la derecha dividió a los socialistas: Negrín era un socialista moderado y se mantuvo junto a Indalecio Prieto, que defendía la continuidad de una política concertada con los partidos republicanos. Las diferencias entre las distintas corrientes socialistas no eran menores, hasta el punto de que las fuertes tensiones auguraban una inmediata ruptura del PSOE, que, en los vertiginosos meses anteriores a la sublevación militar fascista de 1936, era consideraba como inevitable por relevantes dirigentes socialistas.

Tras la rebelión de los generales fascistas, superados por los acontecimientos Casares Quiroga y Giral, llegó el momento del socialista Largo Caballero (el dirigente obrero que llegó a ser conocido como el Lenin español ), que fue nombrado presidente del Consejo de ministros el 4 de septiembre de 1936, y que, dos meses después, daría entrada a la CNT en el gobierno. Con el país dividiéndose en dos, era la hora de las novedades históricas: nunca en la historia de España un obrero había dirigido un gobierno, ni nadie hubiera imaginado ministros anarquistas, y, además, España era el primer país de Europa (con la obvia excepción soviética) que tenía ministros comunistas, aunque sólo fuese en Instrucción Pública y en Agricultura. En ese gobierno, Negrín asumió la cartera de Hacienda, donde tomó la decisión, de acuerdo con Largo Caballero, de enviar a la Unión Soviética las reservas de oro del Banco de España —cuatrocientas sesenta toneladas, equivalentes a unos quinientos veinte millones de dólares de 1936, y que hoy supondrían, aproximadamente, unos cinco mil millones de euros—; esa resolución permitió a la República sufragar el esfuerzo de guerra, porque puso a salvo los recursos del gobierno, en un momento en que era opinión casi unánime que Madrid estaba a punto de sucumbir ante las tropas fascistas.

Tras los hechos de mayo de 1937 en Barcelona, los socialistas de Prieto, los republicanos de Azaña y los comunistas forzaron la salida de Largo Caballero, que había dado muestras de no estar a la altura de las circunstancias, y Negrín, cuyo nombre sugirió Prieto, fue elegido para la presidencia del Consejo de Ministros. La leyenda posterior, difundida por el propio Prieto y por muchos adversarios de Negrín y del PCE, de que su elección fue una imposición de los comunistas y de la URSS no resiste el menor análisis. El nuevo presidente del Consejo tenía ante sí una difícil tarea: construir un ejército capaz de enfrentarse a las tropas fascistas, reorganizar el casi desmantelado Estado republicano, cohesionar el Frente Popular y la retaguardia, y articular un programa de acción que agrupase a las dispersas y enemistadas fuerzas que sostenían a la República. A partir de ese momento, Negrín se convirtió en el alma de la resistencia, y, en ese empeño, coincidió con los comunistas, cuya disciplina y fortaleza, a veces su exhibición de fuerza, no podían sino indisponer al resto de organizaciones republicanas. Negrín nunca “se entregó” al PCE como se ha afirmado reiteradamente, incluso en nuestros días, aunque los odios cainitas de la posguerra hicieron circular muchas leyendas y falsedades. Lo cierto es que, en 1937, el presidente de la república, que después se opondría con tanta insistencia a Negrín, estaba satisfecho de su elección y de la energía del nuevo presidente del Consejo: Azaña ya no tendría la impresión de “hablar con un muerto”, como le ocurría con Largo Caballero.

Con Negrín, Prieto asumió la cartera de Defensa hasta la crisis de abril de 1938, que supuso su salida del gobierno y la ruptura definitiva con Negrín, aunque guardase las formas. El PCE (cuyo dinamismo como organización hizo crecer sus filas y aumentar su papel político, pero también las suspicacias y la desconfianza) salió fortalecido de la crisis de mayo de 1937, en detrimento de los anarquistas, de los partidos republicanos e incluso del PSOE, que vio cómo su estatuto de principal partido de izquierda se debilitaba y cómo, progresivamente, el tradicional enfrentamiento entre el ala derecha de Besteiro, los centristas de Prieto y el ala izquierda de Largo Caballero cedía ante una coalición interna socialista que aglutinó a esas tres corrientes contra los negrinistas , rasgo no por soterrado (la dirección socialista aprobaba formalmente la política de Negrín) menos evidente ya en 1938. En la gestión de la grave crisis de 1938, Negrín se opuso a los dirigentes socialistas que propugnaban marginar al PCE argumentando que, además del firme papel que desempeñaban en la guerra, la URSS era el único suministrador de armas a la República y, por si no era suficiente, en la escena internacional eran los partidos comunistas los más eficaces defensores de la República y los más activos impulsores de la solidaridad mundial. Ese fue el principal objetivo de Negrín: agrupar alrededor de su política de resistencia a todos los partidos y organizaciones que sostenían a la República, aunque el derrotismo y el cansancio habían hecho mella en muchas organizaciones; a veces, por las penalidades de la guerra pero también por la disminución de su protagonismo, como en el caso de la CNT, algunos de cuyos principales dirigentes afirmaban (ya en junio de 1937) que la guerra estaba perdida, sin reparar en el efecto demoledor que sus palabras tenían sobre la retaguardia, coincidiendo en ello con el propio presidente de la República, a quien tanto habían criticado. En otros casos, porque la propia dinámica de la guerra marginaba a los menos decididos. Pero fue con Negrín cuando la República pudo organizarse, pudo crear un ejército capaz de hacer frente a la militarada fascista, tener iniciativas valiosas en política exterior y ante la Sociedad de Naciones, en ocasiones con la intervención directa del presidente del Consejo. También hubo serias diferencias políticas con Companys y con el nacionalismo catalán, aunque las disputas con la Generalitat fueron una consecuencia no deseada del propósito de Negrín de centralizar el esfuerzo de guerra, de reorganizar un aparato de Estado que con Largo Caballero había sido casi inexistente.

La capacidad de maniobra del gobierno republicano se vio limitada por la insistencia de Azaña en buscar un final negociado a la guerra, convencido de que la República estaba derrotada, con una hipotética mediación de las grandes potencias, y cuya formulación se parecía demasiado a una capitulación; también se vio afectada por la conferencia de Munich y por sus efectos en España sobre la retaguardia y, además, por los equívocos apoyos de la mayoría de organizaciones republicanas a la política de resistencia de Negrín; por los reveses militares, que Rojo y Negrín intentaban reconducir buscando que París accediese a mantener abierta la frontera pirenaica para que llegasen los pertrechos soviéticos, algo nada sencillo en 1938, y combatiendo el derrotismo en la retaguardia y en el propio ejército republicano, que acusaba las deserciones y el cansancio. Por si fuera poco, Azaña, Besteiro y otros dirigentes cualificados saboteaban con iniciativas propias la política exterior de Negrín. Prieto callaba, pero su opinión de que la guerra estaba perdida era ampliamente conocida, y lo mismo hacían notorios dirigentes anarquistas, con demoledoras consecuencias en la moral de los soldados. De hecho, en 1938 se había creado una tácita coalición para intentar deshacerse de Negrín y de la política de resistencia, coalición que por confusa y falta de nervio político que fuera no era menos real.

La insistencia de Azaña argumentando la inutilidad de continuar una guerra que “ya estaba perdida”, sus encontronazos con Negrín, sus iniciativas exteriores, requirieron una enorme energía del presidente del Consejo para combatirlas, y afectaron gravemente a la población civil: de hecho, además de la criminal indiferencia de Londres y, en menor medida, de París, y del sustancial apoyo de Hitler y Mussolini al bando fascista, en la retaguardia se encontraba uno de los puntos débiles de la República, lejanos ya los días de entusiasmo del verano de 1936. Analizado en perspectiva, puede admitirse que en 1938 era difícil que la República ganase la guerra, pero no es menos cierto que Negrín no podía impulsar una política de capitulación, que hubiese tenido unas consecuencias devastadoras y que tampoco hubiera ahorrado sufrimiento y represión a quienes estaban defendiendo la República. Por otra parte, aunque el desenlace de la guerra civil española y la Segunda Guerra Mundial fuese diferente, ese argumento recurrente sobre la “guerra perdida” podía utilizarse también para la Europa que había visto cómo Hitler ocupaba París, llegaba hasta las puertas de Moscú, y casi se adueñaba del continente: de hecho, muchos creyeron en 1942 que la guerra mundial estaba perdida, pero ello no llevó a los movimientos partisanos a dejar de luchar contra los nazis, ni a De Gaulle a capitular, ni a la Unión Soviética, que ya había sufrido millones de muertos, a rendirse ante la Wehrmacht . ¿No era “lógico” pensar en 1942, habiendo padecido ya la coalición antifascista cuatro años de guerra y de derrotas, que Hitler había ganado la partida?

Barcelona había pasado a ser la capital de la República y las diferencias entre el gobierno central y la Generalitat, la centralización que comportaba el esfuerzo de guerra y el mando único, alimentaron la desazón entre los nacionalistas, especialmente en ERC. El derrotismo se expresó de múltiples formas, algunas de la mano de figuras relevantes: las declaraciones desde Perpignan del anterior presidente del Parlament, Joan Casanovas, prominente figura de ERC, hechas después de la entrega a Hitler de Checoslovaquia por Chamberlain y Daladier en la conferencia de Munich, iban en la misma dirección que otras iniciativas semejantes de rendición, aunque fueran maquilladas políticamente. Casanovas, especulando con la idea de una paz separada de Cataluña, recabando para ello el apoyo de Francia y Gran Bretaña y defendiendo una supuesta “neutralidad” de Cataluña en la guerra civil —idea que era un delirio político y un disparate estratégico—, tras aceptar la victoria de Franco en el resto de España, llegaba incluso a exigir la celebración de un consulta (derecho de autodeterminación, lo calificó) a la población catalana para aprobar ese plan. En ese tipo de planteamientos derrotistas y capituladores de 1938 radica el posterior argumento nacionalista, que sería utilizado con profusión después de la derrota, de que Cataluña había perdido la guerra; así, en bloque, sin querer reparar, después de la victoria franquista, en la evidencia de que la burguesía catalana era muy consciente de haber ganado la guerra civil contra sus propios trabajadores y de que, además, el ejército español había asegurado, de nuevo, su dominación social. Lo había hecho muchas veces, y la derecha catalana lo sabía: en 1909 y en 1917, con el golpe de Primo en 1923 y, de nuevo, con la victoria fascista en 1939.

Negrín tenía que dirigir la guerra , aprisionado entre el remiso apoyo que le brindaban su propio partido, el PSOE, la CNT y los nacionalistas vascos y catalanes, y la realidad de las críticas soterradas y del derrotismo que emponzoñaba a la República. La persistente oposición al gobierno que mantenían relevantes figuras del anarcosindicalismo, pese al apoyo formal al gobierno de Negrín de la dirección de la CNT, se fundamentaba en la adversa marcha de la guerra, pero, sobre todo, en la amargura que producía la pérdida de influencia del anarquismo entre los trabajadores y en el propio ejército. La negativa de la CNT a formar parte del gobierno Negrín fue un grave error de los dirigentes anarcosindicalistas (tampoco aparecía la UGT, aunque la presencia del PSOE le restaba trascendencia al hecho) que contribuyó a su marginación relativa y que también dificultó el objetivo que Negrín perseguía: resistir, ganar la guerra, haciendo un difícil equilibrio en una coyuntura internacional tan compleja. El único apoyo firme hacia la política de resistencia era el que le ofrecía el PCE, un apoyo sin fisuras, puesto que los comunistas veían en Negrín un dirigente capaz, honesto, convencido de que resistir era el único camino. Así, si las crisis abiertas, o larvadas, para sustituir a Negrín no triunfaron, fue debido a la incapacidad de sus oponentes para ofrecer un programa plausible y un dirigente alternativo al presidente del Consejo, porque sus críticos ni tenían un candidato ni contaban con el apoyo del ejército republicano, aunque también en éste habían aparecido signos derrotistas, sobre todo en algunos militares profesionales y en las tropas influidas por anarquistas y por los socialistas contrarios a Negrín. La capitulación, independientemente de cómo se adornase, no era una alternativa, al margen de que el desenlace final fue, también, la derrota sin paliativos. En esa difícil tesitura, el general Rojo fue un firme apoyo para Negrín, hasta que la caída de Cataluña llevó al jefe del Estado Mayor a creer que todo estaba perdido. El desánimo de Rojo y la situación en el frente hizo que Negrín intentase, ya en febrero de 1939, una paz inmediata, por intermediación de Francia y Gran Bretaña, siempre que se garantizase que Franco no tomaría represalias contra los vencidos. Fue un gesto desesperado. La guerra mundial asomaba en el horizonte, pero si había algo de lo que no disponía la República era, además de armas, de tiempo.

Los dos últimos meses de la guerra fueron los del triunfo de la traición en el propio campo republicano. Después de la retirada de Cataluña, Negrín, tras haber pasado a Francia el 8 de febrero de 1939, volvió a España aquel mismo día, con la intención de proseguir la resistencia en la zona centro-sur. El 5 de marzo, el coronel Casado (que ya estaba en contacto con Franco desde semanas atrás) apoyado por una parte del PSOE, por la CNT, Izquierda Republicana y Unión Republicana, encabezó desde Madrid un golpe de Estado contra el legítimo gobierno republicano: una rebelión en toda regla. Sin el menor escrúpulo, Casado justificó su acción con el argumento de que Negrín y el PCE habían organizado un “golpe de Estado” para entregar todos los mandos del ejército a los comunistas, mostrando como “prueba” unos nombramientos que habían aparecido en el Diario Oficial dos días antes. En realidad, Casado y sus cómplices llevaban semanas preparando el escenario del golpe contra Negrín porque su acción iba dirigida contra él, el símbolo de la resistencia. Desde el inicio de 1939 se había establecido contacto con Franco, y desde principios de febrero Casado había decidido sublevarse: faltaba el pretexto, para el que sirvieron los rumores de cambios en el ejército, incluso supuestas conversaciones sorprendidas a dirigentes comunistas, que eran un bulo más lanzado por los capituladores. La junta de Casado (con Wenceslao Carrillo, los anarquistas Eduardo del Val y González Marín , el socialista Besteiro y el dirigente de la UGT Antonio Pérez, Miaja), que tenía el apoyo del anarquista Cipriano Mera que mandaba el IV Cuerpo de Ejército, y del general Matallana, inició así una pequeña guerra civil dentro de la guerra. La CNT celebró una nutrida reunión en Madrid para “defender la democracia” y luchar contra el “golpe de Estado” que supuestamente iba a dar Negrín. Era la puesta en escena del golpe real, el de Casado. De hecho, ya el 13 de febrero el Comité de Defensa de la CNT había avanzado a Cipriano Mera que se estaba organizando una Junta con el coronel Casado, y los principales mandos militares anarquistas recibieron instrucciones de que cuando escuchasen por la emisora Unión Radio que se había constituido una Junta para “hacer fracasar el plan de Negrín”, detuviesen a todos los mandos militares comunistas y negrinistas, y se hiciesen con el control de todas las unidades. Casado dio la orden de atacar a las tropas republicanas de la zona centro que estaban dirigidas por comunistas que se opusieron al golpe: así, en una semana de enfrentamientos armados, centenares de combatientes comunistas fueron asesinados en Madrid, y mandos del PCE como el coronel Barceló y el comisario Conesa fueron fusilados por Casado. Otros dirigentes comunistas fueron entregados a Franco por la Junta de Casado. Otra vez, en una siniestra paradoja, ahora en el campo republicano, quienes se rebelaban contra el gobierno legítimo acusaban de traidores a Negrín y a quienes defendían la política de resistencia. Tras la proclama golpista de la Junta, llamada Consejo Nacional de Defensa, el anarquista Cipriano Mera llegó a decir por los micrófonos de Unión Radio: “¡Trabajadores y combatientes! ¡Antifascistas dispuestos a morir por el honor de nuestra causa! De cara a todos los traidores y todos los enemigos. ¡Viva España invicta, independiente y libre! Todos en pie de guerra por la vida y el honor del pueblo que nos dio la misión de defenderle. ¡Viva su Consejo Nacional de Defensa!” Era una paradoja más: quienes iban a rendirse, hablaban de morir por la causa; quienes levantaban la última traición, acusaban de traidores a Negrín y a su gobierno; quienes se deshonraban, hablaban del honor del pueblo. El golpe de Casado fue el final. Negrín decidió, el día 6 de marzo, marchar a Francia. Ahora sí, la guerra estaba perdida.

El exilio estuvo dominado por la amargura de la derrota y por la división de los republicanos. Prieto no perdió ocasión de atacar a Negrín y de hacerle responsable de la derrota, y alcanzó también a la relación entre los comunistas y Negrín, que se distanciaron; primero, por la condena del presidente del Consejo del acuerdo von Ribbentrop-Molotov, y, siete años después, por la entrada del PCE en el gobierno republicano en el exilio presidido por José Giral. Negrín dimitió como presidente del Consejo de Ministros en esa sesión de Cortes celebrada en el exilio, en agosto de 1945, en México, cuando parecía que de nuevo llegaba la esperanza para España con la victoria de la coalición antifascista en la Segunda Guerra Mundial. En ese momento, Negrín supuso que Martínez Barrio, que cumplía la función de presidente de la República, le volvería a encargar formar gobierno, pero Prieto y sus seguidores se negaron, dando paso a José Giral, que formó el nuevo gobierno republicano en el exilio. Fue la última derrota de Negrín. Además, aunque no lo sabían los reunidos, ni Francia ni Gran Bretaña, y mucho menos Estados Unidos, tenían intención de precipitar la caída del régimen franquista. Era un espejismo más, porque Negrín bebería el cáliz de la derrota hasta el final de sus días.

* * *
Negrín tenía un gran prestigio como fisiólogo: En la exposición del cincuentenario de su muerte, estaba su carnet de la “Agrupación o Sociedad Socialista de Madrid”, con el número 640, emitido el 1 de junio de 1929. Había otros documentos suyos, entre ellos el que le identificaba como presidente del Consejo de Ministros de la República. Algunos objetos, casi siempre procedentes del Archivo Juan Negrín , de París, llamaban la atención: su sombrero, unas plumas estilográficas utilizadas por él; y su reloj de oro. Y una minúscula maqueta de avión, de apenas ocho centímetros, plateada, hecha por los aviadores españoles confinados en el campo de Gurs, que regalaron a Negrín. También, algunas fotografías: la de Companys y el cónsul soviético en Barcelona, Antonov-Ovsienko, en el balcón del Palau de la Generalitat, celebrando con el puño en alto el XIX aniversario de la revolución bolchevique. Y la imagen de Azaña y Negrín, despidiendo en Barcelona a los voluntarios de las Brigadas Internacionales; o la que muestra a los pasajeros del Sinaia , que atracaba en México en junio de 1939 con los primeros republicanos españoles exiliados, que llegaban con un cartelón en cubierta proclamando: “Negrín tenía razón”.

Algunos documentos de la exposición son relevantes: la orden de disolución del POUM, del 16 de junio de 1937, ya con Negrín en la presidencia del Consejo; el libro de claves para las comunicaciones secretas entre la embajada de París y el Ministerio de Estado (como llamaban entonces al de Asuntos Exteriores); la carta de Stalin, Molotov y Voroschilov a Largo Caballero, del 4 de febrero de 1937, donde los dirigentes soviéticos le aseguran que la URSS seguirá ayudando a la República. Está escrita en francés, en una simple cuartilla.

Después, podía verse el ejemplar de El Socialista , del 23 de abril de 1946, con la noticia de la expulsión de Negrín del PSOE, junto a otros trece diputados socialistas a Cortes, como Álvarez del Vayo, González Peña, Ramón Lamoneda. La expulsión se había fraguado a finales de 1945, cuando Prieto y Rodolfo Llopis consiguieron configurar una comisión ejecutiva del PSOE que decidió expulsar a Negrín. Y años después, imágenes de Negrín con Tito, en Belgrado, en octubre de 1956, posando con veteranos de las Brigadas Internacionales, en el XX aniversario de su llegada a España: todos de pie posando para el fotógrafo, junto al mariscal. Negrín sonríe, apenas un mes antes de morir. También, el telegrama de condolencias por la muerte de Negrín, enviado por Lázaro Cárdenas, el expresidente de México.

* * *
La amargura de la derrota dio alas a las acusaciones más descabelladas contra Negrín; una de ellas —difundida por miembros de su propio partido, por anarquistas y, en general, por los enemigos de la política de resistencia que él había defendido— daba pábulo a la infamia de que el presidente del Consejo había dilapidado, casi robado, el oro del Banco de España, en connivencia con los comunistas. Nada más lejos de la realidad, porque hoy sabemos con toda precisión que la gestión de Negrín fue ejemplar. En la derrota, Indalecio Prieto, que había sido su mentor político, Largo Caballero, y una larga lista de dirigentes del PSOE, acusaron a Negrín de todos los desastres. Una de las acusaciones recurrentes contra él fue que su política de resistencia (cuando, supuestamente, la guerra ya estaba perdida desde la llegada de Franco al Mediterráneo) exigió mayores sacrificios al pueblo español y prolongó la matanza. Tampoco era verdad, porque si bien es cierto que la situación militar era muy comprometida para la República desde la primavera de 1938, también lo era que algunos sectores que habían sostenido el esfuerzo de guerra republicano fueron dándose por vencidos con distintas excusas y expedientes: cualificados dirigentes anarquistas hablaban ya, por ejemplo, en la primavera de 1937 de que la guerra estaba perdida, contrayendo una grave responsabilidad. Esa misma excusa sirvió, en marzo de 1939, para justificar el golpe de Estado del coronel Casado.

La s decisiones controvertidas de Negrín —desde la disolución del POUM hasta su propuesta, después de la guerra mundial, de que España fuese incluida en el Plan Marshall, pasando por la entrega a Franco (tras la muerte del expresidente del Consejo) de la documentación sobre el oro del Banco de España que se había depositado en la Unión Soviética, entre otras—, sus errores, pero también su decisión, su valentía, sus aciertos, deben verse en el marco de la compleja responsabilidad que tuvo que asumir dirigiendo una República en guerra y, después, al amargo exilio donde hasta sus propios compañeros le acusaron de la derrota, sin aceptar que los verdaderos responsables fueron las potencias occidentales que abandonaron a la República, durante la guerra y tras ella, de forma que sólo una lejana Unión Soviética pudo, con enormes dificultades logísticas, ayudar a combatir al fascismo en España. No por ello Negrín renunció a encontrar posibles salidas que terminaran con la guerra y su actividad diplomática de finales de 1938 y comienzos de 1939 es una muestra de esa convicción, porque intentó una mediación diplomática con Franco, manteniendo la política de resistencia, mientras confiaba en que la evolución de las tensiones internacionales, con el estallido de la nueva guerra europea que se anunciaba, pondría a la República en un nuevo escenario, aliada a Francia, Gran Bretaña y la Unión Soviética frente a Alemania e Italia.

El silencio sobre Negrín atravesó toda la dictadura franquista y siguió con la transición y los largos años de gobierno del nuevo PSOE fundado otra vez en 1974. Negrín, uno de los gobernantes más importantes, más lúcidos y más honestos de la España contemporánea sigue siendo molesto, incluso para el PSOE, que apenas se ha preocupado por honrar su memoria. Negrín enarboló la bandera de la resistencia y su ejemplo fue trascendental: después de la guerra civil, cuando ya España se había desangrado, el ejemplo de la resistencia española influyó en Francia, Italia, Checoslovaquia, proclamando que ante el fascismo no cabía más que la resistencia. Negrín tenía razón, aunque el PSOE le pagó, cuando ya se anunciaba en el horizonte la guerra fría , con la expulsión del partido. La pequeña maqueta de avión que los pilotos republicanos presos en el campo de concentración de Gurs (ese Gurs que Louis Aragon definió como “una extraña sílaba, como un sollozo que no consigue salir de la garganta”) regalaron a Negrín, y que él guardó hasta el final de su vida, era una muestra del afecto de quienes resistieron hasta el final.

 

 

 

 

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