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El discurso contra los chinos de Obama
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050510 -
En noviembre de 2009, Barack Obama llegó a Shanghai y Pekín, en el viaje más importante que realizaba durante su primer año de mandato. Ningún presidente anterior había visitado China en sus primeros meses como mandatario. Viajó acompañado de Hillary Clinton, de la embajadora ante la ONU, Susan Rice; y del asesor de Seguridad Nacional, James Jones.

Analistas norteamericanos y chinos apuntaban a que las relaciones chino-norteamericanas iniciaban una nueva etapa, de mayor colaboración. Todo parecía indicarlo. De la visita, surgió un Comunicado conjunto chino-norteamericano que reclamaba una visión global de los problemas del planeta, en un momento en que el espejismo de un mundo unipolar ha estallado en pedazos. Al término del viaje, Pekín manifestó su satisfacción, creyendo que Estados Unidos abandonaba su política de contención y de aislamiento hacia China por otra de colaboración entre los dos países. El propio Hu Jintao, en presencia de Obama, hizo referencia a los acuerdos suscritos por ambas potencias para mejorar el diálogo y la cooperación económica, evitando el proteccionismo comercial; citó el desarrollo de los intercambios militares (en octubre de 2009, por ejemplo, se produjo la primera visita a Estados Unidos, durante la presidencia Obama, de un militar chino de alta graduación, el general Xu Caihou, vicepresidente de la Comisión Militar Central de China, que se reunió con el secretario de Defensa, Robert Gates, y cuyos resultados fueron celebrados por ambos presidentes), y dejó claro, tanto en relación con la cuestión coreana como con el programa nuclear de Irán, que Washington y Pekín debían atenerse a la negociación para conseguir la desnuclearización de la península de Corea así como el respeto a la no proliferación en Oriente Medio.

Hu Jintao hizo especial hincapié en ese aspecto, y Obama no podía sino manifestar su acuerdo, aunque las amenazas veladas que dirige a Irán y las maniobras militares norteamericanas en el mar de Corea no ayuden precisamente en esa dirección. Tras el encuentro, el presidente chino desarrolló ante la prensa la convicción de su gobierno de que la clave para mejorar las relaciones entre Pekín y Washington reside en el respeto mutuo, aunque los dos países tengan diferentes sistemas socioeconómicos, y en atender los intereses fundamentales de cada potencia sin que la otra intente socavar la posición internacional de su oponente. Los dos países abordaron también las cuestiones relacionadas con la Ronda de Doha sobre el comercio internacional, con la perspectiva del verano de 2010, cuando debe celebrarse en Pekín la segunda tanda del Diálogo Estratégico chino-norteamericano, que tuvo una primera edición en julio de 2009 en Washington. Pese a las especulaciones de la prensa internacional, la visita de Obama y las negociaciones con los dirigentes chinos consiguieron avances importantes en la relación entre los dos países, y para Pekín fue muy relevante que Obama, durante su visita, afirmase que Estados Unidos no perseguía frenar el fortalecimiento chino, y que en relación a la crisis económica, el cambio climático y la proliferación nuclear, el papel de China era imprescindible.

Sin embargo, las decisiones del gobierno norteamericano dicen otra cosa. A principios de año, The Washington Post lanzaba un “globo sonda” anunciando el empeoramiento de las relaciones chino-norteamericanas debido a la venta de nuevas armas a Taiwán (entre ellas, helicópteros Black Hawk y sistemas de misiles antimisiles, y, tal vez, submarinos, operación que, en el momento en que era publicado por el diario, todavía no había sido aprobada por el gobierno Obama) y a una entrevista con el Dalai Lama, que el periódico también anunciaba, dándola por confirmada. Era obvio que el diario había obtenido sus fuentes en el propio gobierno norteamericano. Para Pekín, quedaba claro que las palabras pronunciadas por el presidente norteamericano durante su visita, proclamando su acuerdo con la integridad territorial china y con la idea de “una sola China” eran papel mojado, puesto que, así, Obama, por decisión propia o por la inercia de la agresiva política exterior norteamericana, continuaba la decisión de sus antecesores de vender armamento a Taiwán y utilizaba la carta del Tíbet para presionar y debilitar a Pekín.

Tras el anuncio oficial del Departamento de Defensa norteamericano informando de la venta de armamento a Taiwán por valor de seis mil quinientos millones de dólares, el gobierno chino presentó una protesta formal en Washington, deplorando que Estados Unidos violase los compromisos firmados entre ambos países. Como muestra del enfado del gobierno chino por la venta de armas, precisamente en un momento en que están mejorando las relaciones en Pekín y Taipeh, la agencia oficial de noticias Xinhua publicó una declaración afirmando que era “razonable sospechar de la sinceridad de las promesas de Estados Unidos”, tal y como Obama había suscrito durante su visita a China. Para Pekín, es evidente la sombra del sabotaje norteamericano a la distensión entre los dos lados del estrecho de Taiwán, algo que afecta de lleno a sus planteamientos estratégicos. Por eso, por primera vez, el gobierno chino anunciaba la posibilidad de aplicar sanciones a las empresas que vendiesen armas a Taipeh (en este caso, Boeing, Sikorsky, Lockheed Martin, y Raytheon), y congelaba algunos programas de intercambios militares, mientras evalúa si esa decisión de Washington implica una nueva política hacia China, como parecen indicar el aumento de tropas en Afganistán, la nueva cooperación militar norteamericana con la India, el nuevo énfasis en las cuestiones relacionadas con el Mar del Sur de la China, y, en general, la recién proclamada política norteamericana de “retorno al sudeste asiático”, síntomas que deben añadirse a la imposición por parte de Washington de barreras comerciales a productos chinos y a la utilización de incidentes (como el protagonizado por Google) para atacar públicamente a China, tal y como hizo la secretaria de Estado, Clinton, junto a las nuevas presiones para la revalorización del yuan: demasiados indicios preocupantes. Eurasia Group, una importante compañía norteamericana de consultoría y de análisis político de riesgos, anunciaba también la erosión de la confianza entre Pekín y Washington.

El aireado incidente con Google es particularmente ridículo: para justificar las acusaciones norteamericanas del supuesto espionaje chino al buscador de Internet, el gobierno de Washington filtró a los medios de comunicación que investigadores (no identificados, por supuesto) habían conseguido establecer que los ataques a Google se habían realizado desde ordenadores de la Universidad Jiaotong, de Shanghai, y de una Escuela profesional de Lanxiang, y que los piratas, hackers, (según el diario neoyorquino The New York Times, que recogió la filtración) tendrían vínculos con el ejército chino. Así, una escuela que ofrece formación culinaria, de peluquería e informática elemental, junto con algunos ordenadores de una universidad de Shanghai, habrían sido el refugio de los piratas informáticos chinos que trabajaban por cuenta del ejército para atacar los ordenadores de Google. La campaña contra China, desatada en toda la prensa internacional conservadora, se deshacía en el ridículo, y el propio buscador se desdecía de sus amenazas.

En cuanto a la cuestión del valor de la moneda china, hay que tener presente que en los peores momentos de la crisis financiera internacional Washington pidió a Pekín que siguiese comprado sus bonos del Tesoro, comprometiéndose a cambio a no impulsar políticas proteccionistas ni a exigir la revalorización del yuan. Con la fase más aguda de la crisis financiera en apariencia superada, Washington olvidaba sus compromisos y volvía a presionar al gobierno de Pekín, llegando al extremo de culpar a China por el estallido de la crisis financiera… a causa de la gran capacidad de ahorro que muestra la población china. Y, por si faltaran señales de alarma, la propia secretaria de Estado anunciaba que las relaciones con China entraban en un “periodo desagradable”. Haciéndose eco, Henry Paulson, secretario del Tesoro con Bush y antiguo directivo de Goldman Sachs, hacía pública a finales de enero una conspiración de Moscú, que, según él, habría incitado a China a vender bonos norteamericanos para conseguir la quiebra del sistema financiero estadounidense y el hundimiento de Wall Street. El propio Obama anunció una nueva etapa de dureza con China, citando el tipo de cambio de las monedas y las diferencias comerciales como cuestiones prioritarias a atender… aunque el gobierno norteamericano omite reconocer que la moneda china abandonó la paridad fija con el dólar en 2005 y que, desde esa fecha, el yuan se ha revalorizado más de un veinte por ciento, de manera que su valor actual no es la causa del déficit comercial norteamericano.

Al mismo tiempo, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, en el transcurso de una nueva visita a la región del Pacífico, donde recaló en Papúa-Nueva Guinea, Australia y Nueva Zelanda, anunció que “Estados Unidos ha vuelto [a la zona] para quedarse”, en un implícito reconocimiento de los problemas geoestratégicos que las guerras de Iraq y Afganistán le están causando y del retroceso de la influencia norteamericana en toda la región, paralela al aumento de la autoridad china. El Departamento de Estado apuesta por la profundización de los acuerdos con los tradicionales aliados de Washington en esa parte del mundo (Japón, Corea del Sur, Tailandia, Filipinas y Australia), negociando con China las cuestiones globales, y, al mismo tiempo, trata de evitar la emergencia de nuevos países nucleares, de consolidar su relación con la India, y apunta la apertura de una nueva política hacia la dictadura birmana, considerando que el acoso anterior ha fracasado, consciente de que en esa gran región de Asia-Pacífico se juega buena parte de su hegemonía declinante. Controlando todos los flancos, Washington mantiene su despliegue militar, como muestran las maniobras Cobra Gold, que cada año realizan en Tailandia tropas conjuntas de este país y de Estados Unidos, además de contingentes de Indonesia, Japón, Corea del Sur y Singapur.

La desnuclearización de la península coreana sigue pendiente, pese a las negociaciones a seis bandas que se mantienen desde hace años, sin que Estados Unidos se muestre dispuesto a firmar un tratado de no agresión con Pyongyang, consciente de que así mantiene abierta una crisis para China en sus fronteras orientales. Irán es otra de las cuestiones que están creando problemas entre las dos potencias, puesto que Washington pretende que Pekín se incorpore a una política de progresiva dureza contra Teherán, sin atender a las necesidades estratégicas chinas, cuya industria depende en buena medida de los hidrocarburos que importa del Golfo Pérsico. Por añadidura, Pekín no ignora que los disturbios en Yemen, y el inicio de nuevas operaciones del ejército norteamericano en ese país, están relacionados con el control de las rutas de abastecimiento petrolero: por el golfo de Adén y la zona del cuerno de África pasan más de la mitad de las importaciones chinas de petróleo. El aumento de la inestabilidad en la zona, que ha llevado al gobierno yemenita a pedir ayuda a Moscú y Pekín, es consecuencia del movimiento de los tentáculos norteamericanos en el sur de la península arábiga.

Obama reafirmó en Pekín el apoyo norteamericano a la integridad de China, con lo que ello representa con relación a Taiwán e incluso al apoyo velado que Washington mantiene a los movimientos nacionalistas del Tíbet y de Xinjiang. Por eso, que Obama recibiese en febrero al Dalai Lama, aunque lo hiciera con un formato menos pomposo, fue interpretado por China, con precisión, como una injerencia y un incumplimiento de los acuerdos entre ambos países. Taiwán es el residuo de la guerra civil china, mantenido durante medio siglo gracias al despliegue militar norteamericano en Asia oriental y gracias a la anterior debilidad estratégica china. Tíbet y Xinjiang son regiones donde Pekín enfrenta problemas que, aunque menores, son cartas utilizadas por Washington para presionar a China: aunque ambas tengan una importancia económica muy limitada, para el total del país, y una escasa población conjunta (unos veinticinco millones de habitantes), una hipotética separación de ambas regiones supondría la pérdida para China de tres millones de kilómetros cuadrados. Algo inaceptable para Pekín.

La contundencia de la respuesta china ha sido una sorpresa para el gobierno estadounidense. Pese a que Obama, que no escapa a la habitual prepotencia norteamericana, había declarado su esperanza de que China se comportase como una “potencia responsable” (como si hubiera dudas, sin querer reparar en la aventurera política que su propio país desarrolla en Iraq, Afganistán, Pakistán e Irán), Pekín acogió con agrado el inicio del nuevo gobierno norteamericano, cuya actitud contrastaba con la mantenida por el anterior presidente. No obstante, la aceptación del nuevo papel de China no es una concesión de Washington, sino una muestra de realismo político ante la progresiva importancia de las relaciones económicas entre Pekín y los países del sudeste asiático, de oriente, y, también, de su creciente presencia internacional. Estados Unidos ha reconocido que la relación chino-norteamericana es la más importante del siglo XXI, en un nuevo guiño para construir un hipotético directorio mundial de las dos potencias, en el que Washington desearía consultar los episodios de crisis… al tiempo que buscaría imponer su propia agenda política; pero el primer ministro Wen Jiabao, en su entrevista con Obama, se encargó de recordar que China tiene “un largo camino que recorrer” y que los acuciantes problemas mundiales no pueden ser resueltos por uno o dos países, por importantes que sean, sino por el conjunto de la comunidad internacional.

El estallido de la crisis económica, junto con el espectáculo de la impotencia norteamericana y europea, estimuló propuestas como la de la creación de ese G-2, compuesto por Washington y Pekín, que el gobierno chino se apresuró a rechazar, como declaró explícitamente Wen Jiabao, al mismo tiempo que los portavoces de la Casa Blanca hablaban de la complementariedad y del destino común de los dos países. La interdependencia ha pasado a ser un lugar común: si suele recordarse la relevancia del mercado norteamericano para las exportaciones chinas, no puede olvidarse tampoco la importancia de las ventas en China de empresas como General Motors o Boeing, entre otras muchas, además de la compra de bonos del Tesoro norteamericano que realiza Pekín, imprescindibles para evitar la quiebra de la economía estadounidense. En diciembre de 2009, China tenía casi novecientos mil millones de dólares en títulos del Tesoro norteamericano, y su benevolencia es imprescindible para evitar la quiebra del propio gobierno federal de Washington. Su déficit actual es de 1,6 billones de dólares, y la deuda pública norteamericana alcanza ya los 12,5 billones de dólares, y, contando la deuda de los hogares, empresas, los gobiernos de los Estados de la Unión y ayuntamientos, las instituciones financieras y el gobierno federal, la deuda total asciende a casi 55 billones de dólares, según las cifras oficiales de la Reserva Federal, que otras fuentes todavía aumentan más. Es una situación insostenible, una bomba de relojería, que estallará. De manera que la crisis acentúa el declive del imperio norteamericano, atrapado en el “doble déficit” y en una gigantesca deuda, y, al tiempo, Washington contempla cómo China, en solitario, produjo en 2009 la mitad del crecimiento económico mundial, y, significativamente, se ha convertido ya en el mayor fabricante mundial de placas solares y de turbinas eólicas, y, en general, se ha situado a la cabeza de todo lo relacionado con las energías alternativas y limpias.

Enfrentan a ambos gobiernos cuestiones comerciales como los impuestos aplicados (violando los acuerdos de la OMC) por Estados Unidos a algunos productos chinos, junto a la apertura por Washington de disputas sobre componentes chinos para la industria automovilística, neumáticos, papel, fosfatos, tubos de acero, tuberías para la industria petrolera, aves para consumo humano y otros. Pekín ha respondido con restricciones a la carne de pollo procedente de Estados Unidos, y Wen Jiabao reclamó ante Obama que Estados Unidos abandone las limitaciones para la venta de materiales de tecnología sofisticada a China. Hace unas semanas, el ministerio de Comercio chino declaró que desde el inicio de la crisis económica, el proteccionismo comercial norteamericano había aumentado, y que China padecía la mayoría de las abusivas barreras comerciales que impone el gobierno de Obama, al tiempo que rechazaba la acusación estadounidense de que Pekín estaba poniendo trabas a la inversión extranjera. El portavoz del ministerio chino acusaba a Estados Unidos de recurrir al proteccionismo… mientras acusaba a otros países de hacerlo.

Sin embargo, China es consciente de sus debilidades, y habla del largo camino para conseguir el desarrollo y la prosperidad, y, pese a su fortalecimiento, no persigue la hegemonía mundial ni la expansión territorial, ni directamente ni a través de Estados-clientes. Entre los problemas chino se encuentra el aumento del precio de las viviendas y la especulación inmobiliaria, la corrupción y el abuso de los fondos públicos, la reforma sanitaria en marcha, la calidad de los alimentos, los problemas de la creación de nuevos puestos de trabajo, y un desarrollo que preste más atención al equilibrio ecológico. Hu Jintao ha recordado que las correcciones necesarias en el programa de desarrollo chino implican pasar de la actual dependencia en inversiones y exportaciones a crecer apoyándose también en el consumo interno; de que China no dependa sólo del sector industrial, sino que aumente la importancia del sector primario y de los servicios; y que base la economía no sólo en el consumo de recursos sino en el avance científico, en la productividad y en la eficacia de la administración, mientras prosigue el cauteloso desarrollo de nuevas formas de participación política de la población. Al respecto, el presidente Hu Jintao ha insistido en la fórmula de “las cuatro cuestiones necesarias” para China: primera, conservar el socialismo; segunda, mantener las reformas, con eficacia, basadas en un desarrollo científico; tercera, proseguir el renacimiento del país, dirigido por el Partido Comunista; y cuarta, impulsar la apertura y modernización del socialismo, sin presunción ni arrogancia.

Frente a ello, el plan que trata de impulsar Washington persigue limitar el fortalecimiento chino y su expansión económica a otras áreas del planeta, manteniendo el lazo de dependencia que representan las enormes exportaciones chinas hacia Estados Unidos (aunque también pretende equilibrar la balanza comercial entre ambos), con su correlato de compra china de bonos del Tesoro y de mantenimiento del papel central del dólar. De hecho, ya se están reduciendo las exportaciones chinas: en 2008, el excedente comercial con Estados Unidos era de 170.000 millones de dólares, que se han reducido a 77.000 millones en 2009. Paralelamente, se diversifica el potencial exportador chino a otras partes del mundo, cuyo aumento calcula el gobierno en un trece por ciento en relación a 2009. Pekín está de acuerdo en mantener esa financiación a Washington, entre otras razones porque un hundimiento de la moneda norteamericana significaría enormes pérdidas para China, aunque ya intenta diversificar sus inversiones y reducir con prudencia la tenencia de deuda estadounidense. Ese diseño, implica el acuerdo tácito de que Washington renuncie a apoyar movimientos disgregadores en el interior de China.

Estados Unidos sabe que China no persigue sustituirle como país hegemónico, sino que apuesta decididamente por un mundo multipolar. Aunque este artículo se centre en las últimas disputas entre los dos países, no hay que olvidar que existen otras muchas piezas que completan el rompecabezas del escenario internacional. Pekín no cuenta con un solo soldado fuera de sus fronteras, ni con bases militares en otros países. A diferencia de China, Estados Unidos ha impuesto en el mundo un agresivo despliegue militar (que sigue en vigor con Obama, y que no quiere desmantelar) con centenares de bases en todos los continentes, invadiendo países y forzando a muchos otros a aceptar sus condiciones: recuérdese que, sólo en Europa, Washington se niega a retirar sus arsenales nucleares (aunque el número y la ubicación son secretos, fuentes diplomáticas estiman que hay entre doscientas y doscientas cuarenta bombas nucleares norteamericanas desplegadas en Europa: en Alemania, Holanda y Bélgica, están estacionadas entre diez y veinte bombas atómicas; en Italia, unas ochenta; y, fuera de Europa, pero en el Mediterráneo, en Turquía, entre setenta y noventa bombas atómicas más) y, también, a reducir sus bases y tropas, pese a la petición explícita de sus aliados europeos. El despliegue militar es una poderosa arma de presión: Pekín no olvida que Estados Unidos bombardeó, en 1999, la embajada china en Belgrado, supuestamente por error. Hay que recordar, además, que Obama es el presidente que ha aprobado el mayor presupuesto militar de toda la historia de la humanidad, que supera los setecientos mil millones de dólares, y que si bien postula recortar el gasto público, hace una excepción con el Pentágono, y que su gobierno continúa la política de expansión militar hacia las fronteras rusas, y en la periferia china. Tampoco ha terminado con los bombardeos sobre poblaciones civiles, y las tropas norteamericanas continúan con su programa de “asesinatos selectivos”, fuera de cualquier garantía jurídica. Y todo ello no son cuestiones secundarias.

Pekín ve con suma preocupación esa transición de un mundo unipolar a otro multipolar, aunque la desea, consciente de que, para la visión de la historia del occidente capitalista, una potencia que se fortalece significa el estallido de nuevas guerras, y de que la coexistencia de un país dominante en declive, como Estados Unidos, con otro importante país que se fortalece, China, es muy difícil. Sin embargo, toda la política exterior china está volcada en intentar evitar crisis y enfrentamientos entre ambos países, estimulando la convivencia pacífica, en la convicción de que puede encontrarse el camino del mutuo beneficio, encontrando los intereses comunes y reduciendo las diferencias, mientras prosigue su larga marcha hacia el desarrollo. No obstante, pese a esa prudente política exterior china, ambas potencias parecen entrar en una dinámica de enfrentamientos, espoleados los norteamericanos por lo que Obama ha calificado de “desafío de China”, asegurando que Estados Unidos puede vencer a su oponente si consigue “competir en igualdad de oportunidades”, algo que no deja de ser un verdadero sarcasmo a la vista de su impresionante despliegue militar en los cinco continentes. Instalado el gobierno norteamericano en esa concepción del mundo, los dos países están condenados a no entenderse, y, por ello, Obama, prisionero de su propia retórica providencial, no puede sino lanzar un discurso contra los chinos.
 


 

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