030207 -
James Bond se acerca a la ciudad. Y la ciudad se
apresta a recibirlo. Alborozada. Promete, como siempre,
entretenimiento del bueno, buenos actores, buenas chicas, buenos
coches, mucha acción. Mucha ¿justicia? Los malos se mueren todos,
el bien triunfa, ningún terrorista, ninguna bala puede con el héroe.
El cóctel está perfecto, las masas no pueden resistirse. Se
abalanzarán dichosas sobre las boleterías.
Estoy hablando, claro, de
Casino Royal, Casino Real, en español, la última de la
legendaria serie, que se estrena por estos días en mi ciudad.
Pero, hete aquí que un grupeti de
bolivarianos ilustrados decidieron convertir a la oportunidad en
propicia para mandarse un análisis y una propuesta.
Pensaron. Ellos tienes sus héroes.
Nosotros no los tenemos. Entonces los necesitamos.
Pensaron. Ellos tienen Holiwood.
Nosotros no. Entonces necesitamos uno. O, por lo menos, algo
parecido.
Pensaron. Holiwood no es solo
Holiwood. No es solo películas. Holiwood es poder. Es un enorme
poder. Poder sobre las mentes. Poder sobre el imaginario. Es poder
sobre la autoestima del receptor. Refuerza la autoestima del que
hace la película y baja la del que la recibe. ¡Subliminalmente!,
claro. Pero real.
He pescado e inventariado cientos
de expresiones de admiración por el estilo de vida anglosajón.
Especialmente ha hecho estragos esta penetración, me parece, en las
juventudes que hoy andan entre los 15 y los 30 años.
Recordé un comentario de una vez
de Alfredo Jalife Rahme: el Imperio es el eje Holiwood-Washington-Nueva
York.
Como tal vez, como siempre, el
dinero no esté, o no alcance, porque una película requiere
presupuesto, entonces pensamos: un Holiwood no está al alcance de
Argentina sola, o
Brasil solo o
Uruguay solo o
Venezuela sola o
Cuba. Pero juntos tal vez podemos. Seguro que podemos.
Entonces pensamos:
Hay que devolverle los golpes
mediáticos al Imperio.
Ellos construyeron un héroe, un
mito. Construyeron un aura de invencibilidad, de superioridad, de
inteligencia, de capacidad de resolución de problemas, de
superioridad tecnológica, de inteligencia superior, de cultura
superior, de refinamiento superior. Subliminalmente te dicen: gente
así es la gente que tiene que regir el mundo, ordenarlo, establecer
las pautas.
Entonces pensamos: nosotros
tenemos que construir el nuestro. Construir nuestro héroe.
Nuestro héroe, entonces, se
llamará, tal vez, Leonardo “Leo” Rodríguez. Un nombre bien
latinoamericano.
Será guapo y apuesto, como el
modelo anglosajón.
Se ganará a todas las chicas,
incluidas las mujeres de los enemigos, como hacen ellos. Y no solo
que se las gana: también les saca información.
Y nuestro héroe, también él,
andará en un superauto. Un auto que sea emblemático de la industria
nuestra. Ese auto, me parece, podría ser el Torino Gran Routier,
esa máquina diseño argentino legendaria que, preparada por Oreste
Berta, “el mago de Alta Gracia” (Provincia de Córdoba, Argentina),
una vez, en el inolvidable año 1973, los batió en plena Alemania, en
las memorables 24 horas de Nurburgring, a los Porsches alemanes, los
Mc. Laren british, las Bugatti, las Maseratis, las Ferraris y todo
lo que les pusieron enfrente.
Y su chica, pensaba, tal vez
podría ser una incomparable belleza venezolana, tierra parece que
pródiga en “Miss Mundos”. Y con esa chica, nuestro héroe, se
pasearía por todo el continente desbaratando los malvados planes
anglosajones de financiarle ilegal e inmoralmente opositores de
ultraderecha corruptos a los gobiernos populares (como hacen en
Venezuela, como le hicieron al pobre Allende), de financiar golpes
de Estado militares, o golpes de mercado, o golpes de Estado
mediático (Venezuela). De, por ej. financiar obscenamente la
Revistucha “Encuentro de la Cultura” de España, con
intelectualuchos todos mercenarios pagos al servicio del
desprestigio de la Revolución Cubana. Luego, munido de su legendario
poder de análisis podría poner en evidencia la verdadera intención
de los intentos de privatización, a los que son tan proclives los
gobiernos vargallosistas de la derecha, que pasión dicen que
tienen por las comisiones bajo la mesa. Los que saben parece que a
las privatizaciones le llaman “sobornización”. Y después
podría dejar en evidencia los mamarrachos de los “dícese”
economistas del Fondo Monetario Internacional, que, se supo, en los
aviones, les denominan “plan de ajuste para un país X” al mamarracho
de, a veces, ya tenerlo al llamado plan, confeccionado, con un
renglón en blanco, y en ese renglón, dónde un día se dijo, por ej.
Costa Rica, al otro año aparece Nicaragua. Lo cuenta un “guy” (un
tipo) de ellos, el “Nobelcito” Stiglitz.
Y, después, también, como nuestro
héroe el “Leo” Rodríguez es genial, y su chica venezolana también lo
es, y, como el, no solo bella sino que también lo ayuda con la
acción y con pensar, son completísimos, desbaratan el plan de los
terroristas aborrecibles, los odiables Luis Posada Carriles y
Orlando Bosh, terroristas estos verdaderos (cubanos anticastristas
de la ultraderecha de Miami) que te ponen una bomba de verdad en un
avión
de verdad y nuestra gente se nos muere.
Y después andaría por Cuba, y,
mientras que la peli muestra los logros sociales y culturales y de
estilo de vida de la sociedad cubana, y la magia de la “sonrisa
socialista”, bueno el “Leo” aprovecharía el tiempo para actualizarse
tecnológicamente con los legendarios servicios de seguridad cubanos
y, entre todos, desbaratarían otra vez las incursiones de los
terroristas del Alpha 66, provenientes de la gusanera de Miami, que
van a poner bombas en los hoteles cubanos y todas esas incontables
incalificables fechorías.
Y después, como también es un
intelectual, y un bohemio, nuestro héroe el Leonardo “Leo”
Rodríguez, se iría unos días, con su Torino y su chica venezolana, a
tomarse unos cafés y leer libros y diarios en Montevideo, y
mostraría los encantos de esta divina ciudad, y se tomaría claro, un
café con Eduardo Galeano. Y charlarían. Inclusive de ética. Porque
nuestro héroe procuraría ser ético. Procuraría ser mejor que su
rival anglosajón. Y, para ser mejor, hay que ser ético.
Y andaría por Buenos Aires, y se
comería unos monumentales bifes de chorizo, en “Los años locos”,
con lo que de paso muestra el rostro de la gastronomía argentina al
mundo. Gratis, mostramos estilo de vida. Mañana, mirando la peli,
nuestros héroes, nuestros autos y nuestras chicas, y nuestros
lugares también espléndidos y nuestros bifes y nuestros cafés
montevideanos y las playas de Copacabana (Brasil), bueno, pues los
chicos anglosajones ahora serán ellos quiénes querrán vivir como
nosotros. Nosotros seremos los modelos.
Porque encima, igual que el Bond
de los ingleses, nuestro héroe el “Leo” manejaría el Torino mejor
que Fangio
y jugaría al tenis mejor que Guillermo Vilas
y al fútbol mejor que el negro Pelé.
Y después, contratado por el
gobierno de Lula, se iría a Brasil, a darle una mano a los
brasileros para acabar con el poder narco, y las mafias de las
cárceles, y, de paso, mostramos las bellezas de Copacabana, y el pan
de azúcar, y hacemos un poco de justicia en Brasil y ayudamos a Lula
con los corruptos del PT (partido de los Trabajadores).
Y un día ¡ZAS! se nos cae preso
el héroe. Y lo torturan, como al Bond, y se la aguanta. Porque es un
macho latinoamericano. Macho de la estirpe de los
Simón Bolívar, de
José de San Martín,
José Gervasio de Artigas, Solano López, y
Salvador Allende y
Sandino y tantos otros. Y, como es genial, no se va a pasar la vida
en la cárcel. Entonces maquina un escape. Burla a toda la maquinaria
anglosajona y se escapa nadando, a mar abierto, porque el Leo” es
completo como James Bond, y nada mejor que Nicolao,
no le falta nada, y nadando nomás llegó hasta la mitad, en la que lo
rescatan los genios de la marina cubana. No es Posada Carriles el
único que tiene capacidad de escaparse de las cárceles.
Y otro día, como es completísimo y
genial, con su venezolana divina, se mete con lo más difícil de lo
difícil. Nuestro James Bond se propone desenmascarar la inmoralidad
espantosa máxima. La inmoralidad que consiste en perpetrar atentados
terroristas bajo bandera falsa. Es decir, nosotros (los
anglosajones-sionistas) lo hacemos, nosotros ponemos la bomba, pero
como somos nosotros los que manejamos las agencias de noticias
mundiales y somos nosotros los que manejamos las redes de
información mundial, pues entonces, nosotros les atribuimos esas
barbaridades a nuestros enemigos. Por ejemplo, a la izquierda. O por
ejemplo a los musulmanes. Es la suprema perfidia
anglosajona-sionista en todo su esplendor.
Porque nuestro James Bond es cultísimo ya se estuvo interiorizando
de lo que explica la historiadora suiza Danielle Genser en su nuevo
libro sobre el tema, todavía no traducido.
Pero el lee en todos los idiomas.
Y otra más. Nuestro James Bond,
como también está con lo último de lo último en tecnología, se
enteró de que el 11 de enero de 2007 los chinitos le tiraron un
cohete a un satélite espacial y lo mandaron al reverendo carajo.
Entonces, soñar no cuesta nada, los atentísimos servicios de
inteligencia nacionalistas y bolivarianos de Cuba, Venezuela,
Ecuador, Bolivia, Brasil y la Argentina le encargan a nuestro James
Bond, el “Leo” Rodríguez conseguir esa tecnología. Dicen los que
saben de ciencias militares que si nos “ven” con el satélite estamos
fritos pero que si no nos “ven” más o menos nos emparejamos otra
vez. Entonces James Bond, el “Leo” Rodríguez, se va a China. El
tipo, el también, se leyó la traducción de Germán Leyens del
articulazo del Dr.García con las hazañas tecnológicas de los chinos.
Y estamos todos actualizados.
Ah, me olvidaba. Cuando termina la
peli, nuestro James Bond, el también, después de abatir a su último
enemigo, le pondrá el zapato sobre el pecho y, más hermoso que
nunca, mirará a la cámara y, parafraseando a Bond, le dirá: “Mi
nombre es Rodríguez. Leonardo Rodríguez. Alias el “Leo”.