310110 - Homenaje al
historiador militante: un texto de 1999 inédito en castellano
Hace algunos años, cuando daba clases en la Universidad de Boston, un
grupo de judíos me pidió que diera una charla sobre el Holocausto. Hablé
aquella tarde, pero no sobre el Holocausto de la
Segunda Guerra Mundial, no sobre el genocidio de seis millones de
judíos. Estábamos a mediados de la década de 1980 y el gobierno de
Estados Unidos
estaba apoyando a los gobiernos de los escuadrones de la muerte en
América Central, así que hablé de la muerte de cientos de miles de
campesinos en Guatemala
y El Salvador,
víctimas de la política estadounidense. Lo que yo planteaba era que no
se debía encerrar con alambre de espino el recuerdo del Holocausto
judío, reducirlo moralmente a un ghetto, mantenerlo aislado de otros
genocidios de la historia. Me parecía que recordar lo que les había
ocurrido a los judíos no servía para mucho a menos que suscitara
indignación, ira, acción contra todas las atrocidades, en cualquier
parte del mundo.
Unos días después en el periódico del campus había una carta de un
miembro de la facultad que me había oído la charla, un refugiado judío
que había huido a Argentina desde Europa y después a Estados Unidos. Se
oponía enérgicamente a que yo hubiera ampliado la cuestión moral de los
judíos de Europa en la década de 1940 a pueblos de otras partes del
mundo en nuestra época. El Holocausto era un recuerdo sagrado. Era un
acontecimiento único, que no se podía comparar con otros
acontecimientos. Se sentía indignado por el hecho de que habiendo sido
invitado para hablar sobre el Holocausto judío, yo hubiera hablado de
otras cuestiones.
Me acorde de esta experiencia cuando hace poco leí el libro de Peter
Novick, The Holocaust in American Life [El Holocausto en la vida
estadounidense]. El punto de partida de Novick es la pregunta de por
qué, cincuenta años después del acontecimiento, el Holocausto tienen un
papel más prominente en este país (el Museo del Holocausto en
Washington, cientos de programas sobre el Holocausto en las escuelas)
del que lo tuvo en las décadas inmediatamente posteriores a la Segunda
Guerra Mundial. Seguramente en el centro del recuerdo está un horror que
no se debería olvidar. Pero en torno a este centro, cuya integridad no
hay necesidad de realzar, ha crecido una industria de memorialistas que
han trabajado para mantener este recuerdo vivo para sus propios fines.
Algunos judíos han utilizado el Holocausto como un medio de preservar
una identidad única que ellos ven amenazada por los matrimonios mixtos y
la asimilación. Desde la guerra de 1967 los sionistas han utilizado el
Holocausto para justificar una mayor expansión israelí por tierra
palestina y para construir apoyo para un atribulado Israel (más
atribulado, como había predicho David Ben-Gurion, desde que ocupó
Cisjordania y Gaza). Y los políticos no judíos han utilizado el
Holocausto para construir apoyo político entre un grupo numéricamente
pequeño pero influyente de votantes judíos (fíjense en los solemnes
pronunciamientos de presidentes del país que llevan yarmulkas para poner
de relieve su angustiada simpatía).
No me habría convertido en historiador sin hubiera pensado que mi deber
profesional era acudir al pasado y no emerger nunca de él, y estudiar
acontecimientos ocurridos hace mucho tiempo sólo por el hecho de ser
únicos sin conectarlos con acontecimientos que están ocurriendo en mi
época. Yo pensaba que si el Holocausto tiene algún significado debemos
transferir nuestra ira a las brutalidades de nuestro tiempo. Debemos
expirar el haber permitido que ocurriera el Holocausto judío impidiendo
que hoy ocurran atrocidades similares; en efecto, utilizar el Día de
Expiación no para rezar por los muertos sino para actuar por los vivos,
para rescatar a aquellos que están a punto de morir.
Cuando los judíos se vuelven hacia su interior para concentrarse en su
propia historia y apartan la vista de las terribles experiencias de los
demás, de manera terriblemente irónica están haciendo exactamente lo
mismo que hizo el resto de mundo, con lo que permitió que se produjera
el genocidio. Ha habido momentos ignominiosos, farsas del humanismo
judío, como cuando las organizaciones judías presionaron en contra de
que el Congreso reconociera el Holocausto armenio de 1915 basándose en
que esto diluiría el recuerdo del Holocausto judío. O cuando los
diseñadores del Museo del Holocausto abandonaron la idea de mencionar el
genocidio armenio después de que el gobierno israelí presionara en
sentido contrario (Turquía es el único gobierno musulmán con el que
Israel tiene relaciones diplomáticas*).
Otro de estos momento se produjo cuando Elie Wiesel, presidente de la
Comisión del presidente Carter sobre el Holocausto, se negó a incluir en
la descripción del Holocausto el asesinato por parte de Hitler de
millones de personas no judías. Según él, eso hubiera sido falsificar la
realidad en nombre de un universalismo equivocado. Novick cita las
palabras de Wiesel en las que afirmaba que “nos están robando el
Holocausto”. A consecuencia de ello, el Museo del Holocausto sólo se
refirió de pasada a los cinco millones o más de personas no judías que
murieron en los campos nazis. Construir un muro en torno a la
excepcionalidad del Holocausto judío es abandonar la idea de que la
humanidad es toda una, de que todos, sea cual sea nuestro color,
nacionalidad o religión, merecemos los derechos iguales a la vida, a la
libertad y a la búsqueda de la felicidad. Lo que les ocurrió a los
judíos bajo Hitler es único en los detalles pero comparte
características universales con muchos otros acontecimientos en la
historia de la humanidad: el tráfico de esclavos atlántico, el genocidio
de los americanos originarios, la injurias y muertes de millones de
trabajadores, víctimas del espíritu del capitalismo que sitúa el
beneficio por encima de la vida humana.
En los últimos años, al tiempo que cada vez se rendían más homenajes al
Holocausto como el símbolo central de la crueldad de los hombres, hemos
colaborado con una interminable cadena de crueldades por medio del
silencio y la falta de acción. Hiroshima y My Lai son los símbolos más
dramáticos, y ¿hemos oído a Wiesel y a otras personas que mantienen la
llama del Holocausto indignarse contra estas atrocidades? Countee Cullen
escribió una vez en su poema También los Scottsboro merecen su canción
(después de la condena a muerte de los hermanos Scottsboro**):
Seguramente, dije,/ ahora los poetas cantarán/ pero no alzaron grito
alguno/me pregunto por qué.
Ha habido las masacres de Rwanda y las hambrunas en Somalia que nuestro
gobierno ha contemplado sin hacer nada. Ha habido los escuadrones de la
muerte en América Latina y se ha diezmado a la población en Timor Este,
y nuestro gobierno ha colaborado activamente con ello. Nuestros
presidentes que acuden a la iglesia, tan piadosos en sus referencias al
genocidio contra los judíos, continúan suministrando ¡los instrumentos
de la muerte a los perpetradores de otros genocidios.
Es cierto que hay algunos horrores que parecen estar más allá de nuestro
poder. Pero existe una atrocidad actual que está a nuestro alcance
ponerle fin. Novick lo señala y el médico y antropólogo Paul Farmer lo
describe con todo detalle en su notable nuevo libro Infections and
Inequalities [Infecciones y desigualdades], y es la muerte de diez
millones de niños en todo el mundo cada año de desnutrición y
enfermedades evitables. La Organización Mundial de la Salud calcula que
tres millones de personas murieron el año pasado de tuberculosis, una
enfermedad que es evitable y curable, como ha demostrado Farmer en su
trabajo médico en Haití***. Con una pequeña proporción de nuestro
presupuesto militar podríamos eliminar la tuberculosos.
El objetivo todo esto no es minimizar la experiencia del Holocausto
judío, sino ampliarla. Para los judíos significa reclamar la tradición
del humanismo universal judío frente a un nacionalismo centrado en
Israel. O, como lo expresa Novick, volver a una conciencia social más
amplia que fue el sello distintivo de los judíos estadounidenses de mi
juventud. Los judíos israelíes que en los últimos años protestaron por
que se pegara a los palestinos en la Intifada y que se manifestaron
contra la invasión de Líbano demostraron esta toma de conciencia más
amplia.
Para otros, ya sean armenios, o personas originarias estadounidenses,
africanas, bosnias o de donde sea, esto significa utilizar sus propias
historias sangrientas no para ponerse a ellos mismos contra otros, sino
para crear una solidaridad más amplia contra quienes tienen la riqueza y
el poder, contra los perpetradores y contra los horrores que están
teniendo lugar de nuestro tiempo
El Holocausto puede servir para un propósito poderoso si nos lleva a
pensar el mundo de hoy como la Alemania de la época de la guerra, donde
millones de personas morían mientras el resto de la población acudía
obedientemente a sus tareas. Es una idea aterradora que los nazis en su
derrota salieran vencedores: hoy Alemania, mañana el mundo. Esto es,
hasta que abandonemos nuestra obediencia.
*N. de la t.: Actualmente Jordania, Egipto y Mauritania mantienen
relaciones diplomáticas oficiales con Israel. Pero a raíz de una intensa
campaña por parte de Israel para “normalizar” relaciones con los países
árabes, las relaciones no oficiales existen al menos con casi todos los
países árabes musulmanes del Golfo además de con Marruecos, con Túnez y
con Argelia a través de oficinas “de interés” -
ZNet Commentary
- Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos
**N de la t.: Los hermanos Scottsboro eran nueve hermanos de raza negra
acusados de violar a dos mujeres sin hogar blancas en 1931, en plena
época del segregacionismo estadounidense.
*** Paul Farmer es autor de un libro sobre Haití que se ha convertido en
un clásico, Haiti para qué, Hondarribia, Hiru, 2002 ( 2ª edición).