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030906 -

Entre los valores folklóricamente aceptados entre la gente de las fronteras nacionales hacia adentro, está el ser gaucho y practicar gauchadas, es decir concretar aquéllos actos no del todo legales que permiten ayudar a un amigo en una circunstancia determinada.
  
 El gaucho era un ser libre, fiel a su guitarra y a su caballo. Como la literatura no abunda en ejemplos en contrario, se debe suponer que también a su china. Estos tres valores, por otra parte, son destacados especialmente en una estrofa del Martín Fierro.
  
 Las tendencias vernáculas referidas, son semillas de personalidad que hacen al ciudadano actual, que cambió de habitat,  pero de alguna manera se sigue sintiendo libre y resiste a las leyes que pretenden cambiar su unilateralmente establecido estilo de vida.
  
 El hábito de fumar fue apreciado socialmente en sus comienzos. Era ser hombre de mundo tener cigarrillos a mano para fumarlos o para ofrecerlos. Pero un día se comenzó a suponer que podía hacer daño a la salud, se investigó y finalmente se demostró. Con las pruebas a la vista, se llegó a la necesidad de prohibir fumar en lugares de concurrencia pública, locales cerrados y también oficinas públicas, todo en resguardo de un sector de la población que hasta entonces no era tenido en cuenta, y luego fue considerada enemiga por los sucesores de los gauchos: la que no fumaba y, como no comprendía la necesidad imperiosa que se siente de consumir un cigarrillo cada tanto tiempo, debía aguantarse el humo ajeno y vecino, aunque ahora también con el peligro de contraer las mismas enfermedades que el fumador.
  
 ¿Cuál fue la respuesta a la ley?  Reaccionar. Y de distintas maneras.
  
 Primero mediante la resistencia pasiva: los fumadores decidieron ignorar la prohibición. Hubo quienes llegaron a acusar a los que no fuman, de discriminadores. Hoy no se ha logrado aún el pleno cumplimiento de la ley, pese a su más que justificado fundamento.
  
 El gaucho se sentía dueño de la pampa y andaba de un lado a otro, sin avisar cuando iba a doblar y estacionando su caballo en cualquier árbol. Muchos conductores de hoy, a los que no detiene ningún semáforo en rojo, circulan con la mirada perdida en la lejanía, toman las veredas como vía de circulación habitual y además, inventando una manera de transgresión que el gaucho no llegó a conocer: imponerse con la fuerza de la velocidad en las esquinas a los que ya llegaron mucho antes (y a veces ya están pasando) al cruce. Otras veces salen a la caza de los peatones, acelerando cuando están lejos de las esquinas para cruzar antes que ellos, sin darles jamás la prioridad de paso que tienen en las esquinas.
  
 Estas actitudes individualistas, son muy peligrosas.
  
 Por el riesgo en que se pone a la salud y a la vida.
  
 Por la intolerancia que significa esa resistencia, que en algunos casos es agresión.
  
 Porque quienes no quieren cumplir las disposiciones fundadas en el bien común, atentan contra la necesaria convivencia civilizada.
  
 Porque nos alejan cada vez más de la búsqueda de la excelencia, que  en este caso no es otra cosa que tener presente que no viven solos en una isla.

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