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120906 - Siempre estamos mirando televisión, aunque el aparato esté apagado. Somos esencialmente espectadores, reservándonos el derecho de aplaudir o criticar, pero nunca dejamos de ver. Nos parece que todo transcurre ajeno a nosotros, como si no fuéramos parte y no nos comprometieran las acciones que vemos. Miramos el accionar de los políticos como si fuera una ficción y tomamos partido muchas veces guiados más por impulsos emocionales, que por trayectorias personales y coherencia de los mensajes. El rating en política se expresa en estadísticas. Del mismo modo que tenemos tendencia a mirar un programa con anunciado alto nivel de audiencia aunque sepamos que no va a satisfacer nuestras expectativas de calidad, cuando se trata de elegir los que representen nuestros intereses en el gobierno, pensamos también en sus posibilidades de ganar. Hay quienes siguen su convicción y los que no quieren perder su voto dándoselo a un supuesto perdedor preanunciado; porque también imaginan que si gana no va a poder gobernar. Se sabe que no existen estadísticas perfectas, todas expresan siempre la opinión de un sector. También es cierto que el único voto perdido es el que se emite sin convicción. El derecho de elegir libremente es un logro fundamental para el ciudadano. La responsabilidad, al expresarlo con la colocación de una boleta, es irrenunciable. El elegido, (la mayoría de las veces con rating previo favorable), dirigirá la economía de todos y las consecuencias no son las mismas que cuando un programa de televisión no nos conformó: en política, los programas de televisión votados duran mucho más que una hora o dos. |
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