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1006 - Cuando hablar
de los derechos del hombre y el ciudadano era, más que una utopía, una idea
absolutamente impensada, quedaron consagradas las monarquías.
Se basaban en que el ejercicio del poder era ilimitado. Se heredaba de
padres a hijos o a otros parientes, si no los había.
Llegaban incluso a modificar signos de escritura. Se cuenta que uno de los
últimos Luises franceses diseñó un reloj poniendo el número cuatro en romano
así “IIII”. Muchos cultos de la corte advirtieron el error, pero no se
atrevieron a sugerirle al rey que corrigiera la equivocación. Uno de estos
curiosos relojes estuvo en la Cámara de Diputados de la Nación.
La figura monárquica se constituyó en el símbolo de un tiempo determinado y
dio también para que Mel Brooks en “La loca historia del mundo” mostrara a
un rey gordo y poco agraciado, paseando por esplendorosos jardines y
provocado por sensuales cortesanas, que sacaba como conclusión, que era una
cosa muy buena ser rey.
Por entonces su duración en el poder no estaba limitada por constituciones
ni leyes, sólo por los años que pudiera vivir; pero, a juzgar por las
intrigas que había en los palacios, no era ninguna garantía de larga
permanencia.
La propia Francia fue la que colocó la bisagra.
El ciudadano pasó a tener importancia.
De esta forma, el viejo modelo griego de la democracia, tomó una nueva forma
y se reglamentó una nueva forma de ejercer el poder por medio de una
división del mismo en tres sectores interrelacionados y con,
fundamentalmente, el control de los gobernados que, como siempre, siguieron
aportando los fondos con el compromiso de que aquéllos elegidos para que los
representen, los tengan en cuenta al momento de tomar decisiones.
Pero, como en el tango de Gardel (la letra, aclaremos, es de Alfredo Le
Pera), la ambición siguió trabajando: buscó nuevas formas de prolongar los
períodos gubernamentales creando la posibilidad de una reelección, algo
lógico en su momento porque un período de cuatro años muchas veces no
alcanza para concretar obras importantes de interés público necesarias para
el bienestar futuro.
No pareció suficiente.
Se buscaron nuevas posibilidades de reelección, significando a veces tres
períodos consecutivos de gobierno, ésto con relativo éxito por suerte para
la democracia, que pretende sabiamente una alternancia en el poder para que,
cuando un gobernante no demuestre la eficacia que necesariamente se requiere
para defender el bien común sea, voto popular mediante, reemplazado por otro
que represente mejor los intereses de la gente que, no debe olvidarse, es el
objetivo fundamental del sistema.
En todo este contexto no cabe la idea de reelecciones indefinidas: la idea
se acerca al principio que sostenía las monarquías.
Debemos recordar además que no es cierto que los reyes recibieran la
autoridad por legado divino. |
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