101209 - Representantes de todos los
países del mundo
se
reúnen en Copenhague (Dinamarca) del 7 al 18 de diciembre en el
marco de la Conferencia de las
Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, con el objetivo de evitar
que, de aquí a 2050, la temperatura media del planeta aumente en más de
dos grados. Si la Tierra fuese un balón de fútbol, el espesor de la
atmósfera sería de apenas dos milímetros... Nos hemos olvidado de la
increíble estrechez de la capa atmosférica y consideramos que ésta puede
absorber sin límites cualquier cantidad de gases nocivos. Resultado: se
ha creado, en torno al planeta, un sucio envoltorio gaseoso que captura
el calor del sol y funciona como un auténtico invernadero.
El calentamiento del sistema climático es una realidad inequívoca. Unos
2.500 científicos internacionales, miembros del Grupo Intergubernamental
de Expertos sobre la Evolución del Clima (GIEEC) (1), lo han confirmado
de modo indiscutible. Su causa principal es la actividad humana que
produce un aumento descontrolado de emisiones de gases, sobre todo
dióxido de carbono, CO2, producto del consumo de combustibles fósiles:
carbón, petróleo, gas natural. La deforestación acrecienta el problema
(2).
Desde la Convención del Clima y la Cumbre de Río de Janeiro en 1992, y
la firma del
Protocolo de Kioto en 1997, las emisiones de CO2 han progresado más
que durante los decenios precedentes. Si no se toman medidas urgentes,
la temperatura media del planeta aumentará por lo menos en cuatro
grados. Lo cual transformará la faz de la Tierra. Los polos y los
glaciares se derretirán, el nivel de los océanos se elevará, las aguas
inundarán los deltas y las ciudades costeras, archipiélagos enteros
serán borrados del mapa, las sequías se intensificarán, la
desertificación se extenderá, los huracanes y los tifones se
multiplicarán, centenares de especies animales desaparecerán...
Las principales víctimas de esa tragedia climática serán las poblaciones
ya vulnerables de África subsahariana, de Asia del sur y del sureste, de
América Latina y de los países insulares ecuatoriales. En algunas
regiones, las cosechas podrían reducirse en más de la mitad y el déficit
de agua potable agravarse, lo que empujará a cientos de millones de
"refugiados climáticos" a buscar a toda costa asilo en las zonas menos
afectadas... Las "guerras climáticas" proliferarán (3).
Para evitar esa nefasta cascada de calamidades, la colectividad
científica internacional recomienda una reducción urgente del 50% de las
emisiones de gases de efecto invernadero. Único modo de evitar que la
situación se vuelva incontrolable.
En esa perspectiva, tres son los temas centrales que se abordan en
Copenhague: 1) determinar la responsabilidad histórica de cada Estado en
la actual degradación climática, sabiendo que el 80% de las emisiones de
CO2 son producidas por los países más desarrollados (que sólo reúnen el
20% de la población mundial), y que los países pobres, los menos
responsables del desastre climático, padecen las consecuencias más
graves. 2) fijar, en nombre de la justicia climática, una compensación
financiera para que aquellos Estados que más han degradado el clima
aporten una ayuda significativa a los países del Sur que permita a éstos
luchar contra los efectos de la catástrofe climática. Aquí se sitúa uno
de los principales desacuerdos: los Estados ricos proponen una suma
insuficiente, cuando los países pobres reclaman una justa compensación
más elevada. 3) definir con vistas al futuro un calendario vinculante
que obligue política y legalmente a los actores planetarios -tanto a los
países desarrollados como a las otras potencias (China, Rusia, la India,
Indonesia, México, Brasil)- a reducir progresivamente sus emisiones de
gases de efecto invernadero. Ni Estados Unidos ni China (los dos
principales contaminadores) aceptan esta perspectiva.
Además de esta agenda, un fantasma recorrerá las mesas de discusión de
Copenhague: el del necesario cambio de modelo económico. Existe en
efecto una grave contradicción entre la lógica del capitalismo
(crecimiento ininterrumpido, avidez de ganancias, explotación sin
fronteras) y la nueva austeridad indispensable para evitar el cataclismo
climático ( léase, p. 32, el artículo de Riccardo Petrella ).
Si el sistema soviético implosionó fue, entre otras razones, porque
descansaba sobre un método de producción que valoraba principalmente el
beneficio político de las empresas (creaban obreros) y no su coste
económico. De igual modo, el sistema capitalista actual únicamente
valora el beneficio económico de la producción, y no su coste ecológico.
Con tal de obtener un beneficio, no le importa que un producto tenga que
recorrer miles de kilómetros, con la emisión de toneladas de CO2 que eso
supone, antes de llegar a las manos del consumidor. Aunque ello ponga en
peligro, a fin de cuentas, a toda la humanidad.
Por otra parte, es un sistema despilfarrador que agota los recursos del
planeta. Actualmente la Tierra ya es incapaz de regenerar un 30% de lo
que cada año consumen sus habitantes. Y demográficamente éstos no cesan
de crecer. Somos ya 6.800 millones, y en 2050 seremos 9.150 millones...
Lo que complica el problema. Porque no hay recursos para todos. Si cada
habitante consumiese como un estadounidense se necesitarían los recursos
de tres planetas. Si consumiese como un europeo, los de dos planetas...
Cuando no disponemos más que de una Tierra. Una diminuta isla en la
inmensidad de las galaxias.
De ahí la urgencia en adoptar medidas que detengan la huida hacia el
abismo. De ahí también, ante el cinismo de muchos líderes mundiales, la
rabia de los miles de militantes ecologistas que convergen de todo el
planeta hacia la capital danesa gritando dos consignas: "¡Cambiad el
sistema, no el clima!" y "Si el clima fuese un banco ¡ya lo habrían
salvado!".
Se cumplen diez años de las grandes manifestaciones de la "batalla de
Seattle" que vieron nacer el movimiento altermundialista. En Copenhague,
una nueva generación de contestatarios y activistas, en nombre de la
justicia climática, se dispone a abrir un nuevo ciclo de luchas
sociales. La movilización es enorme. La pelea va a ser grandiosa. Está
en juego la supervivencia de la humanidad -
Le Monde diplomatique
Notas:
(1) Recompensado colectivamente, en 2007, con el Premio Nobel de la Paz
por sus informes sobre los cambios climáticos.
(2) Los árboles, las plantas y las algas de los océanos absorben y
neutralizan el CO2, y producen oxígeno; de ese modo ayudan a combatir el
efecto invernadero.
(3) Léase Harald Welzer, Les Guerres du climat. Pourquoi on tue au XXIe
siècle , traducido del alemán por Bernard Lortholary, Gallimard, París,
2009.