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El conflicto entre China y EEUU se recrudece. Parte 1
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090510 -
Auge y decadencia de las potencias económicas -
 

¿Desembocará inevitablemente en una conflagración mundial la intensificación del conflicto entre EE.UU. y China? Si consideramos la historia reciente como un indicador fiable, entonces la respuesta es un rotundo sí. Las guerras más destructivas del siglo XX fueron consecuencia de los enfrentamientos entre las potencias imperiales establecidas y las potencias imperiales emergentes. Las prácticas y las políticas de las primeras sirven de guía para las segundas.

La explotación colonial que el Reino Unido infligió a la India, a sus mercados, hacienda, materias primas y mano de obra sirvió de modelo para la guerra y conquista que Alemania intentó en Rusia [1] . La enemistad entre Churchill y Hitler tuvo tanto que ver con sus visiones imperiales comunes como con sus puntos de vista contradictorios de la política. Del mismo modo el pillaje colonial de Europa y EE.UU. realizado en el sudeste asiático y las ciudades costeras de China sirvió de modelo para la ofensiva colonizadora y explotadora de Japón en Manchuria, Corea y China continental.

En cada caso, el conflicto entre las potencias imperiales establecidas, pero estancadas, y las nuevas potencias imperiales dinámicas de desarrollo tardío condujo a guerras mundiales en las que sólo la intervención de otra potencia imperial en ascenso, Estados Unidos (junto a la proeza militar imprevista de la Unión Soviética), hizo posible la derrota de las anteriores potencias dominantes. EE.UU., establecida después de la guerra como la potencia imperial dominante, desplazó a las potencias europeas, subordinó a Alemania y Japón y se enfrentó al bloque sino-soviético [2] . Con la desaparición de la URSS y la transformación de China en un país capitalista dinámico, el escenario estaba preparado para un nuevo enfrentamiento entre el poder imperial establecido –EE.UU. y sus aliados europeos– y China, la potencia mundial emergente.

El imperio de EE.UU. cubre el mundo con cerca de 800 bases militares [3] , alianzas militares multilaterales (OTAN) y bilaterales, y una posición dominante en las denominadas instituciones financieras internacionales (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional) y los bancos transnacionales, firmas de inversión e industrias de Asia, América Latina, Europa y otros lugares.

China no ha desafiado ni copiado el modelo de EE.UU. de construir el imperio basándose en la capacidad militar. Y todavía menos el enfoque japonés o alemán de cuestionamiento de los imperios establecidos. Su dinámico crecimiento está impulsado por la competitividad económica, las relaciones de mercado guiadas por un estado de vocación desarrollista y la voluntad de pedir prestado, aprender, innovar y expandirse interna y externamente desplazando la supremacía estadounidense en los mercados regionales y nacionales de América Latina, Oriente Próximo y Asia, así como dentro de EE.UU. y la Unión Europea [4] .

Las potencias imperiales establecidas

Las guerras mundiales y regionales, en la medida en que participaron las potencias dominantes (por mediación de los propios estados o a través de otros subordinados), fueron resultado de los esfuerzos de éstas por mantener posiciones privilegiadas en los mercados establecidos, el acceso a las materias primas y la explotación del trabajo a través de acuerdos bilaterales y multilaterales. Con frecuencia, unos acuerdos territoriales vinculaban al país imperial con los estados y regiones dependientes, y excluían a los competidores potenciales. Las bases militares eran una imposición añadida sobre las zonas económicas imperiales controladas, mientras que redes de clientelismo político favorecían a los países imperiales.

Dado el privilegiado y temprano establecimiento de sus dominios imperiales, las potencias imperiales tradicionales presentaban a las nuevas potencias imperiales como agresores que amenazaban la paz, es decir, su posición hegemónica. Al igual que las primeras, las nuevas potencias seguían un mismo patrón de conquista militar de estados satélites coloniales y no coloniales antes en manos de los estados imperiales establecidos, seguida por su saqueo [5]. A falta de redes, sátrapas y clientes, las nuevas potencias se apoyaban en el poder militar, los movimientos separatistas y quintas columnas (movimientos locales leales a la naciente potencia imperial). Los nuevos poderes alegaban que su “legítima” aspiración a una parte del poder mundial se veía bloqueada por boicoteos económicos ilegales en su acceso a las materias primas, y por sistemas mercantiles de tipo colonial que les cerraban sus mercados potenciales. La derrota de las nuevas potencias (Alemania y Japón) a manos de las anteriores potencias coloniales [6] , con el apoyo esencial de la URSS y EE.UU., sentó las bases de un nuevo conglomerado imperial que competía y entraba en conflicto, sobre nuevas bases. La Unión Soviética creó un grupo de países satélites de carácter militar-ideológico limitado a Europa oriental en el que el centro imperial subvencionaba económicamente a sus clientes a cambio de su control político. La potencia estadounidense sustituyó a las potencias coloniales europeas a través de una red mundial de tratados militares y de la penetración forzada en los antiguos estados coloniales mediante un sistema de dependencia neocolonial [7] .

El colapso del imperio soviético y la implosión de la URSS abrió inmediatamente nuevas perspectivas en Washington en favor de un imperio unipolar sin competidores o rivales, una pax americana [8] . Esta visión, basada en un superficial análisis unidimensional de la supremacía imperial militar estadounidense ignoraba varias debilidades cruciales:

1.) la disminución relativa del poder económico de EE.UU. frente a la dura competencia de la UE, Japón, los países de reciente industrialización y, desde principios de los años noventa, de China;

2.) los frágiles cimientos del poder imperial estadounidense en el Tercer Mundo, basado en gobiernos satélites colaboradores altamente vulnerables, cuyas economías, objeto de pillaje, no eran sostenibles;

3.) la desindustrialización y la financiarización de la economía de EE.UU., que provoca una disminución del comercio de mercancías y una creciente dependencia de los ingresos por servicios financieros. El carácter especulativo casi total del sector financiero llevó a una gran volatilidad y al saqueo de bienes productivos como garantía de la deuda pendiente.

En otras palabras, la cara externa de un imperio unipolar oculta la podredumbre interna y la profunda contradicción entre la mayor expansión exterior y el creciente deterioro interno. La rápida expansión militar de EE.UU. en sustitución del Pacto de Varsovia con la incorporación de los países de Europa del Este a la OTAN creó la imagen de un imperio dinámico incontenible. El saqueo y la transferencia de riqueza de Rusia, Europa Oriental y las ex repúblicas soviéticas dieron la apariencia de un dinámico imperio económico.

Este punto de vista plantea varios problemas, en la medida en que el saqueo fue un golpe de suerte que sólo sucede una vez. Éste enriqueció principalmente a gángsters oligarcas rusos y las empresas públicas privatizadas en su mayoría pasaron a manos de Alemania y otros países de la Unión Europea. El imperio estadounidense cargó con el gasto de promover la caída de la URSS, sin por ello ser el primer beneficiario económico; sus ganancias fueron, en su mayor parte, militares, ideológicas y simbólicas.

Las fatídicas consecuencias a largo plazo de las victorias militares de EE.UU. posteriores a la caída de la URSS se produjeron durante las presidencias de Bush padre y Clinton, a principios y mediados de 1990. La invasión estadounidense de Iraq y el aplastamiento a fuego rápido de Yugoslavia dieron un enorme impulso a la construcción del imperio estadounidense basado en el poder militar. Las rápidas victorias militares, la posterior colonización de facto de Iraq septentrional y el control de su comercio y presupuesto revitalizó la idea de que el dominio imperial a través de la colonización era un proyecto histórico viable. Del mismo modo, el establecimiento de la entidad de Kosovo (tras el bombardeo de Belgrado) y su conversión en una gran base militar de la OTAN reforzó la idea de que la expansión militar global era la ola del futuro [9] . En una consecuencia aún más desastrosa, la primacía militar sobre la economía dio lugar al ascenso de los ideólogos militaristas de la línea dura, profundamente embebidos de la metafísica militar israelí-sionista de interminables guerras coloniales [10] . Como resultado de ello antes del comienzo del nuevo milenio todos los elementos –político, militar e ideológico– estaban listos para el lanzamiento de una serie de guerras impulsadas por el militarismo y el sionismo, que contribuirían a minar aún más la economía de EE.UU., profundizar su déficit presupuestario y comercial y abrir el camino al surgimiento de nuevos imperios basados en unas economías dinámicas [11] .

A diferencia de anteriores potencias imperialistas, China se ha basado desde el principio en el desarrollo de sus fuerzas productivas nacionales, sobre la base de los logros fundamentales de su revolución social. La revolución social ha creado un país unificado, libre de enclaves coloniales, y dotado de una fuerza de trabajo educada y sana, y una infraestructura y una industria básicas. Los nuevos dirigentes capitalistas dirigieron la economía hacia el exterior e invitaron al capital extranjero a aportar tecnología, mercados exteriores abiertos y capacidad de gestión capitalista, manteniendo el control sobre el sistema financiero y las industrias estratégicas. Lo que es más importante, su agricultura semiprivatizada creó una fuerza de trabajo de millones de trabajadores de bajos salarios e intensa explotación en las plantas de montaje de la costa. Los nuevos gobernantes capitalistas eliminaron la red de seguridad social sanitaria y educativa básica y gratuita, obligando a utilizar el alto nivel de ahorro para cubrir gastos médicos y de enseñanza y aumentando los índices de inversión a niveles astronómicos. Al menos inicialmente, China, en contraste con anteriores potencias imperiales, intensificó la explotación de su propia fuerza de trabajo y sus recursos, en lugar de participar en conquistas militares en el extranjero y practicar el saqueo de recursos y la explotación de trabajo forzado.

La expansión exterior de China estuvo impulsada por el mercado sobre la base de una triple alianza de capital estatal, extranjero y nacional, en que, con el tiempo, el papel de cada uno de los tres ha variado según las circunstancias políticas y económicas y el realineamiento de las fuerzas internas del capitalismo.

Desde el principio, se sacrificó el mercado interior en la búsqueda de mercados externos. El consumo masivo se pospuso en favor de las inversiones, beneficios y riquezas de las élites estatales y privadas. La rápida y masiva acumulación amplió las desigualdades y concentró el poder en la parte superior del nuevo sistema de clases híbrido de capitalistas y Estado [12] .

En contraste con las potencias imperiales del pasado y de EE.UU. en la actualidad, China, como nueva potencia imperialista, subordinó los bancos a la financiación de la industria manufacturera, en particular los sectores de exportación. A diferencia de aquéllas, China renunció a un gran gasto militar de grandes bases en el extranjero, guerras coloniales y costosas ocupaciones militares. En su lugar, sus productos penetraron los mercados, incluidos los de las grandes potencias. Ha sido una evolución sui generis basada en tomar prestadas la tecnología y la técnica de comercialización de las transnacionales imperiales, y luego darles la vuelta y utilizar las competencias adquiridas para elevar el ciclo productivo, de la planta de ensamblaje a la manufactura, luego al diseño y por fin a la creación de productos de alto valor añadido [13] .

China aumentó sus exportaciones de mercancías mientras limitaba considerablemente la penetración de los servicios financieros, la nueva fuerza motriz de las potencias clásicas. El resultado, al cabo de un tiempo, fue un ascenso rápido en el déficit comercial de mercancías, no sólo con China, sino con casi 100 países de todo el mundo. La preeminencia de la élite imperial líder en finanzas y fuerza militar inhibió el desarrollo de mercancías de alto nivel tecnológico, capaces de penetrar en el mercado de las potencias emergentes y reducir así el déficit comercial. En cambio, el retroceso en un sector manufacturero subdesarrollado y poco competitivo impidió competir con los productos chinos, de salarios más bajos, y condujo, junto con unos cuadros sindicales sobrerremunerados y nostálgicos, a denuncias de competencia desleal y de infravaloración de la moneda china. Se pasa por alto el hecho de que el déficit de EE.UU. es resultado de la configuración económica nacional y de los desequilibrios entre las finanzas, los fabricantes y los productores. Un ejército de escritores de temas financieros, economistas, expertos, peritos y otros especialistas ideológicos vinculados al capital financiero dominante han proporcionado el barniz ideológico a la campaña ideológica contra China y su potencia imperial de raíz económica [14] .

En el pasado, las potencias imperiales organizaron una determinada división del trabajo. En el modelo colonial, se dependía de las materias primas de las colonias y de los productos manufacturados importados terminados de la potencia colonial. En el primer periodo postcolonial, la división del trabajo consistía en la producción de bienes intensivos en mano de obra en los países de reciente independencia a cambio de bienes tecnológicamente más avanzados de las potencias tradicionales. Una tercera etapa en la división del trabajo fue propagada por los ideólogos del capital financiero, en la que las potencias imperialistas tradicionales exportarían servicios (financieros, tecnológicos, entretenimiento, etc.) a cambio de bienes manufacturados de mano de obra intensiva y más avanzados. Las ideologías de la división del trabajo en su tercera fase suponen que los ingresos derivados de los ingresos invisibles repatriados del capital financiero “equilibrarían” las cuentas externas de la balanza de mercancías. El monopolio financiero de Wall Street y la City de Londres garantizaría unos ingresos suficientes para mantener un superávit de la balanza de pagos. Esta errónea suposición se basa en el modelo anterior colonial y postcolonial, en el que los países de producción agro-minera y los países manufactureros no controlaban su propia financiación, seguros y transportes de mercancías nacionales e internacionales. Hoy no es así. Incapaz de dominar los mercados financieros de países de fuerte comercialización de mercancías, como China, el capital financiero especulativo ha intensificado su actividad especulativa interna e intraimperial. Lo cual ha conducido a una espiral de crecimiento de la economía ficticia, a su inevitable colapso y al crecimiento de la deuda externa y los déficit comerciales.

En cambio China expande su sector industrial equilibrando las importaciones de productos semiacabados para el montaje con la tecnología para configurar su producción de fabricación propia; y el capital vinculado a empresas de propiedad nacional con las ventas de productos terminados a EE.UU., la UE y el resto del mundo. A través de los bancos estatales, China controla el sector financiero, con lo que disminuye el flujo de salida de “ingresos invisibles” pagado a las potencias tradicionales.

Éstas practican el gasto a gran escala, improductivo e ineficiente, (con miles de millones de dólares de exceso de coste) de los gastos militares y las guerras coloniales de alto costo sin “ventajas imperiales” [15] . En cambio una nueva potencia como China vierte cientos de miles de millones en la construcción de su economía interior, como trampolín para la conquista de los mercados exteriores. Las brutales guerras imperial-coloniales de las potencias tradicionales arrancan grandes sumas de los pueblos conquistados, pero a costa de la desacumulación de capital. En cambio países como China explotan duramente a cientos de millones de trabajadores migrantes, en el proceso de acumulación de capital para la reproducción ampliada en los mercados nacionales e internacionales. A diferencia del pasado, son las potencias tradicionales las que recurren a la agresión militar para conservar los mercados, mientras que los nuevos países se expanden en el extranjero por medio de la competitividad del mercado.

La “enfermedad económica” de las potencias establecidas es su tendencia a excederse en su sector financiero y cambiar sus políticas de fomento de la industria y el comercio por las actividades especulativas y otras igualmente nefastas que se retroalimentan y autodestruyen. En cambio las nuevas potencias trasladan su capital bancario de la financiación de manufacturas nacionales a garantizar las materias primas exteriores para su industria.

Diferencias entre centros imperiales y diásporas

Hay diferencias importantes entre los países imperiales pasados y presentes y sus diferentes diásporas. En el pasado, los centros imperiales, en general, dictaban la política a sus dependencias de ultramar, de las que reclutaban mercenarios, soldados y voluntarios para sus guerras imperiales y obtenían altos rendimientos para sus inversiones y unas relaciones comerciales favorables. En algunos casos, los asentamientos de colonos, a través de sus representantes en los parlamentos, influían en la política imperial, llegando a conseguir algún tipo de descentralización del poder. Además, en algunos casos los colonos repatriados recibieron el apoyo político del centro imperial y compensaciones financieras por las propiedades expropiadas. Sin embargo, el centro imperial siempre hizo caso omiso de la resistencia de sus colonos en el extranjero a la hora de configurar un pacto con las ex colonias que preservase los grandes intereses económicos y políticos del centro [16] .

En cambio, el estado imperial de EE.UU. paga un tributo de miles de millones de dólares y se somete a las políticas de guerra dictadas por Israel –un país que aparenta ser su “dependencia”– como resultado de la penetración de la configuración del poder sionista en la formulación de políticas estratégicas. Tenemos la extraordinaria circunstancia de que la “diáspora” de un Estado extranjero (Israel) prevalece sobre los intereses económicos estratégicos (industria petrolera), y sobre los altos mandos militares y las agencias de inteligencia del centro imperial en el establecimiento de las políticas en Oriente Próximo [17] . A diferencia de cualquier potencia anterior, en EE.UU. todo el aparato de propaganda de los medios, la mayoría de los centros académicos, la mayoría de los think tanks, ricamente subvencionados, producen cada año miles de programas, publicaciones y documentos de política que reflejan una visión israelí-sionista de Oriente Próximo, y que censuran, elaboran listas negras y purgan a cualquier disidente, o lo obligan a retractarse sumisamente.

Las potencias imperiales emergentes, como China, no tienen este tipo de dependencia “hegemónica”. En contraste con el desleal papel de la configuración de poder sionista, que sirve como un instrumento político-militar de Israel, la diáspora china es un aliado económico del Estado chino. Los chinos de ultramar proporcionan oportunidades de mercado a los grupos empresariales del continente y participan en empresas mixtas dentro y fuera de China, pero no definen la política exterior del Estado en que residen. La diáspora china no actúa como una quinta columna en contra de los intereses nacionales de sus países de residencia, a diferencia de los sionistas estadounidenses, cuyas organizaciones de masas colaboran con toda su fuerza en el único objetivo de subordinar la política de EE.UU. para maximizar las políticas coloniales de Israel.

Las diferencias en las relaciones entre los centros imperiales pasados y presentes y sus diásporas externas e internas tienen enormes y diversas consecuencias en el contexto competitivo del poder global. Vamos a enumerarlos someramente:

· Las potencias europeas sacrificaron las exigencias de sus diásporas coloniales de continuar con la forma racial-colonial del imperialismo, en favor de una transición negociada a la independencia, y del mantenimiento y ampliación de sus lucrativas inversiones a largo plazo, de sus vínculos comerciales y financieros y, en algunos casos, incluso de sus bases militares. Los colonos fueron sacrificados para promover un nuevo tipo de imperialismo.

· En estos momentos China no está constreñida por unos colonos racistas, por lo que puede promover sus intereses económicos en cualquier parte del mundo, particularmente en las regiones y países y entre los pueblos amenazados por la quinta columna sionista “incrustada” en su potencia rival, EE.UU [18] .

· China tiene colocados en Irán más de 24.000 millones de dólares en inversiones lucrativas, y es su principal comprador de petróleo; EE.UU. tiene cero inversiones y cero comercio. China ha desplazado a EE.UU. como principal importador de petróleo saudí y es el principal socio comercial de Siria, Sudán y otros países musulmanes donde las políticas sionistas de sanciones han minimizado o eliminado la actividad económica estadounidense [19] . Mientras las políticas chinas, movidas por sus intereses mercantiles nacionales, han sido la fuerza motriz para mejorar su situación económica en el mundo, EE.UU., trabado por las necesidades propias de una potencia colonial tributaria, es un claro perdedor económico. Igualmente significativo, mientras que la diáspora china está estrictamente interesada en ampliar los vínculos económicos, la diáspora israelí –la configuración de poder sionista– está rigurosamente conectada con la militarización de la política de EE.UU., participando en guerras prolongadas extraordinariamente costosas, y enemistándose con casi todos los principales países de población islámica con su retórica escandalosamente islamofóbica.

El giro hacia una política exterior militarizada y totalmente desequilibrada, promovida en nombre de Israel, ha trastornado por completo la relación entre la política militar de EE.UU. y sus intereses económicos ultramarinos. Paradójicamente, la quinta columna israelí ha contribuido poderosamente a facilitar la relegación de EE.UU. en beneficio de China en los principales mercados mundiales. El que había sido históricamente definido como un pueblo sin estado (formado por ciudadanos de estados seculares no judíos) y conocido principalmente por su capacidad empresarial, ha sido redefinido por sus principales líderes como el principal defensor de la doctrina de guerras ofensivas (guerras llamadas preventivas) vinculadas a Israel, el país más militarizado del mundo [20] . Como resultado de esta influencia, y en alianza con la extrema derecha, Washington ha abandonado importantes oportunidades económicas en favor del uso de la fuerza militar.

Reacción de los imperios ante la decadencia: pasado y presente

Al igual que EE.UU. hoy, en su decadencia los imperios del pasado adoptaron diversas estrategias para minimizar las pérdidas, unos con más éxito que otros. En general las políticas menos exitosas y más costosas fueron los intentos de hacer retroceder los movimientos antiimperialistas de masas e intentar restaurar la dominación colonial. En un período de declive del poder económico mundial, las políticas coloniales restauracionistas siempre han fracasado. La estrategia no militar fue la menos costosa y la de mayor éxito, al menos a la hora de permitir una cierta apariencia de presencia imperial. El éxito se basó en las transiciones a la independencia negociadas, en la que la supremacía económica permitió continuar la hegemonía imperial en alianza con una burguesía colonial emergente.

Históricamente, las potencias imperiales decadentes recurrieron a cinco estrategias, o alguna combinación de ellas:

1) Intentar recuperar colonias o neocolonias mediante ofensivas militares. Después de la Segunda Guerra Mundial, Francia en Indochina y Argelia, o el Reino Unido en Kenia pagaron un alto precio económico y político al tratar de restaurar el régimen colonial, y, en última instancia, fracasaron.

2) Negociar un acuerdo neocolonial. El Reino Unido, gravemente debilitado por las pérdidas durante la Segunda Guerra Mundial, y frente a un movimiento de independencia de millones de personas, asumió que lo más razonable sería negociar y conceder la independencia a la India con el fin de mantener una apariencia de comercio imperial y vínculos de inversión, así como una influencia política indirecta por mediación de los funcionarios civiles y militares del país, de formación británica.

3) Ceder la posición de liderazgo a un poder imperial emergente superior. Al convertirse en socio menor, este planteamiento pretende al menos obtener una pequeña parte de los beneficios económicos y la influencia política. Ante el movimiento de resistencia griego, masivo y antifascista, liderado por los comunistas, el Reino Unido dio un paso atrás y desempeñó un papel secundario dejando que EE.UU. asumiera el papel de gendarme político y potencia dominante en una Grecia satélite. El Reino Unido mantiene una esfera de influencia reducida en los Balcanes y el Mediterráneo. Del mismo modo Bélgica intentó derribar al gobierno nacionalista del Congo, dirigido por el presidente Patrice Lumumba, para luego ceder el lugar de honor al régimen títere de Mobutu, respaldado por EE.UU.

4) Ceder el dominio político a gobernantes indígenas dispuestos a preservar los mecanismos económicos y financieros de la época colonial. La retirada del régimen colonial británico del Caribe disminuyó de hecho los gastos administrativos y policiales destinados a proteger y promover la privilegiada posición comercial y las inversiones en el período post colonial. La “preferencia imperial” fue defendida por medio de una red amiguista de “viejos camaradas” locales, educados y adoctrinados por El Reino Unido, y siempre impresionados por la pompa y el ceremonial de una sociedad elitista. Sin embargo, con el tiempo la dominación del mercado por medio de las “doctrinas de libre comercio” sustituyó a estas redes clientelares del pasado y abrió la puerta a la hegemonía de EE.UU.

El rápido colapso de un imperio competidor puede dar nueva vida a un imperio que experimenta un declive más lento y prolongado. El colapso repentino y total del sistema de países satélites comunistas y la desintegración de la URSS supusieron una oportunidad excepcional para EE.UU. de extender su imperio de bases militares y de reclutar a mercenarios para pelear sus guerras imperiales. Las principales potencias europeas sintieron revivir sus momentos imperiales al apoderarse de los sectores industrial, de servicios, transportes, bienes raíces y finanzas de Europa oriental, los países bálticos y los Balcanes, en una sustitución del dominio ruso “directo” por la dominación del mercado y de la ideología.

Las experiencias recientes de cómo las clases dirigentes imperiales manejaron su decadencia son de interés en relación con las respuestas de los gobernantes imperiales estadounidenses.

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