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El conflicto entre China y EEUU se recrudece. Parte 2
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090510 -
Auge y decadencia de las potencias económicas -

Las respuestas de EE.UU. a la decadencia imperial: sacrificar el país para salvar el imperio
Washington ha dado al menos seis respuestas a su decadencia:


1) La respuesta a largo plazo y gran escala a su posición de decadencia dentro de la economía mundial y a su decreciente influencia política en varias regiones ha consistido en ampliar y reforzar su red de bases militares mundiales [21] . A partir de la década de 1990, convirtió a los antiguos países del Pacto de Varsovia –Polonia, Hungría, República Checa, etc.– en miembros de la OTAN, bajo el liderazgo de EE.UU. Más tarde, amplió su alcance militar con la incorporación de Ucrania y Georgia como miembros “asociados” de la OTAN. Y a esto siguió el establecimiento de bases militares en Kirguistán, Kosovo y otros pequeños estados de la ex república yugoslava. El nuevo milenio ha sido ya testigo de una serie de prolongadas guerras e invasiones militares, en Iraq y Afganistán, que culminaron en la construcción de enormes bases militares y el reclutamiento de ejércitos mercenarios y policía locales. Además, la Casa Blanca consiguió siete bases militares en Colombia, amplió su presencia militar en Paraguay y Honduras, y firmó tratados militares bilaterales con Perú, Chile y Brasil, aun cuando EE.UU. fue expulsado de su base militar en Manta [22] (Ecuador). Mientras ampliaba su presencia militar global en Asia y América Latina, China tomó su lugar como principal socio comercial de Brasil, Argentina, Perú y Chile [23] . Mientras EE.UU. financiaba un enorme ejército mercenario en Iraq, China se convertía en el principal mercado de exportación del petróleo de Arabia Saudí. La expansión militar global estadounidense no se ha traducido en un aumento paralelo proporcional de su poder económico global; por el contrario, con la expansión de lo militar, la economía ha seguido decayendo.

2) La segunda respuesta de la Casa Blanca a su declive económico mundial ha sido una campaña muy activa y bien financiada de creación de regímenes satélites. La mayor parte de este esfuerzo consiste en financiar a élites locales, ONG, políticos de oposición maleables y ex patriotas residentes en Estados Unidos, y con conexiones en Washington y sus agencias de inteligencia. Las llamadas revoluciones de colores en Ucrania y Georgia; la rebelión de los tulipanes en Kirguistán; la desintegración étnica de Yugoslavia; la partición de facto de Iraq y el establecimiento de una república kurda; la promoción de los separatistas tibetanos y uigures en China, y de oligarcas en el oriente de Bolivia; y el refuerzo militar gradual de Taiwán pueden considerarse parte de este esfuerzo por extender el dominio político frente a la crisis económica mundial. Sin embargo, la construcción global de espacios clientelares ha sido un fracaso por dos razones. Por una parte, los gobiernos satélites han saqueado la economía y el erario público y han empobrecido a la población, lo que en algunos casos ha llevado a su derrocamiento por la fuerza o por las papeletas de votos [24] . En segundo lugar, los gobiernos satélites suponen un costo de préstamos y donaciones del Tesoro de EE.UU., en lugar de contribuir a las aspiraciones económicas globales de este país. La construcción de costosas clientelas y el apoyo a sátrapas locales socava la construcción del imperio económico. Mientras tanto las inversiones chinas en la industria y su demanda resultante de nuevos materiales y productos alimentarios han llevado a una mayor y más rentable presencia, incluso en estados satélites de EE.UU. Mientras los estados satélites estadounidenses surgen y desaparecen en rápida sucesión, la presencia china, de tipo económico, experimenta un crecimiento constante.

3) Bajo la dirección de una elite altamente militarizada, entre la que se cuentan influyentes políticos sionistas, Washington se ha empantanado en múltiples guerras de ocupación, a un costo de muchos billones de dólares, en Oriente Próximo y Asia Meridional, en la suposición errónea de que estas demostraciones de fuerza intimidarían a los países nacionalistas e independientes y reforzarían la presencia económica de EE.UU. En cambio las guerras han disminuido la influencia de EE.UU. y han incrementado el nacionalismo local y el rechazo panislámico, a la luz del respaldo incondicional de Washington al colonialismo israelí. Más que cualquier otro movimiento destinado a reforzar el imperio, las guerras coloniales prolongadas han asignado erróneamente enormes recursos económicos a gastos militares no productivos. Estos recursos, en teoría, podrían haber revitalizado la presencia económica global de EE.UU., y han potenciado la posición competitiva global de China.

4) Las guerras coloniales de restauración del poder imperial fueron, como hemos señalado, una opción fallida de las potencias europeas al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Del mismo modo EE.UU., debilitado internamente por el saqueo perpetrado por Wall Street de la economía productiva, por las transferencias al extranjero de un gran volumen de capital y por la deslocalización de la producción –principalmente a China e India– está en peor situación para restaurar y sacar provecho de la construcción imperial. La ironía es que hace medio siglo EE.UU. optó por el dominio del mercado frente al modelo colonial europeo de construcción imperial. Ahora es al revés: europeos y chinos persiguen la hegemonía por la via del mercado, mientras que EE.UU. adopta el modelo militar colonial en su construcción del imperio.

5) Las operaciones clandestinas, es decir, el fomento de los golpes de Estado, se ha convertido en un método preferente para revertir los regímenes nacionalistas populistas en América Latina, Irán, Líbano y otros lugares. En todos los casos, Washington no consiguió restaurar sus regímenes satélites, y en cambio provocó un efecto boomerang: los gobiernos afectados han radicalizado su política, han aumentado su apoyo y se han arraigado con más fuerza. Por ejemplo, un golpe de Estado con el apoyo estadounidense en Venezuela fracasó, el presidente Chávez fue repuesto, y luego procedió a nacionalizar las grandes transnacionales y a estimular la oposición de América Latina a los acuerdos de libre comercio y las bases militares [25] . Del mismo modo el respaldo de EE.UU. a la invasión israelí de Líbano y la efectiva defensa posterior de Hizbulá reforzó la presencia de este partido en el gobierno pro estadounidense de Hariri.

6) El apoyo incondicional de EE.UU. al Estado colonial militarista y racista de Israel como su principal aliado y acompañante en las guerras coloniales de Oriente Próximo, ha tenido, de hecho, el efecto contrario y ha conseguido alienar a 1.500 millones de ciudadanos islámicos, erosionando el apoyo de antiguos aliados (Turquía y Líbano) y fortaleciendo a los promotores de la política sionista de abrir un “tercer frente militar”: una guerra contra Irán, país que cuenta con dos millones de personas en sus fuerzas armadas.

Las estrategias para socavar, debilitar y excluir a China como potencia imperial emergente

Ante los primeros signos del potencial de China como competidor global, Washington promovió una estrategia económica liberal con la esperanza de crear una relación de dependencia. Posteriormente, cuando se vio que la liberalización no conducía a la dependencia, sino que más bien favorecía un crecimiento acelerado de China, Washington recurrió a políticas más punitivas.

Durante los años ochenta y noventa, Washington alentó a China a ejercer una política de puertas abiertas a las corporaciones transnacionales de EE.UU. y a proporcionar los incentivos fiscales que alentasen a éstas a “colonizar” sectores estratégicos de crecimiento de China. Washington promovió con éxito la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC), con la idea de que el libre comercio jugaría a favor de sus transnacionales en la captura de los mercados chinos. La estrategia fracasó: China sujetó las transnacionales a su propia estrategia exportadora y se hizo con los mercados de EE.UU.; obligó a las transnacionales a integrarse en empresas mixtas, que aceleraron la transferencia de tecnología y propiciaron el aprendizaje industrial de China de desarrollo de su propia capacidad productiva. El acuerdo de la OMC minó las barreras estadounidense al comercio y facilitó el flujo de capitales estadounidenses a los sectores productivos chinos, al tiempo que erosionaba la base productiva de EE.UU. y socavaba su competitividad. Con el tiempo las empresas chinas, estatales y privadas, superaron en parte su dependencia, y asumieron un mayor control de las empresas mixtas, a la vez que desarrollaban sus propios centros de innovación, marketing y finanzas [26] .

La estrategia liberal de crear una relación de dependencia fracasó; fue China quien acumuló un superávit comercial y, posteriormente, asumió el papel de acreedor, a la vez que EE.UU. se convertía en un estado deudor. La liberalización puede haber sido efectiva para EE.UU. en América Latina y África, en situaciones de Estados débiles dirigidos por gobernantes corruptos supervisores del saqueo de sus propios países (materias primas, privatizaciones y desnacionalizaciones ruinosas de las empresas estratégicas, salida masiva de beneficios). Pero en China, sus gobernantes amarraron las transnacionales a sus propios proyectos, garantizándose el control sobre el proceso dinámico de acumulación de capital. Sacrificaron unos beneficios extraordinarios a corto plazo para conseguir el objetivo a largo plazo de ganar mercados, conseguir know-how y proceder a la ampliación y profundización de nuevas líneas productivas a través de “normas sobre contenidos” y transferencias de tecnología. La liberalización favoreció el auge de las exportaciones chinas de mercancías, mientras que la economía ganó en autonomía, con la mejora del ciclo del producto.

China ha mantenido las riendas del sector financiero, bloqueando la toma de control por parte de los sectores estadounidenses líderes en finanzas, medios de comunicación, bienes raíces y seguros [27] . Al limitar la penetración, la especulación y la volatilidad, China ha evitado las crisis periódicas que afectaron a EE.UU. en 1990-1991, 2000-2002 y 2008-2010. La versión china de la puerta abierta no fue una repetición de la primera versión, que llevó a la dominación extranjera de los enclaves costeros. Más bien, las propias transnacionales extranjeras se convirtieron en islas de crecimiento vinculadas al fomento de la expansión exterior, controlada por el Estado chino.

En los primeros años del nuevo milenio, Washington se dio cuenta de que la estrategia liberal no había conseguido bloquear el ascenso de China a potencia mundial, y cada vez más se inclinó hacia una estrategia punitiva.

Las estrategias para socavar y debilitar a China como potencia mundial emergente
EE.UU. ha desarrollado una estrategia detallada, compleja y multifacética para socavar el ascenso de China al primer plano mundial. La estrategia implica medidas económicas, políticas y militares destinadas a debilitar el crecimiento dinámico de China y contener su expansión hacia el exterior.

Estrategias económicas


Washington, con el respaldo de la principal prensa financiera, y la mayoría de los economistas y “expertos”, fomenta la intervención en la política económica interna de China en busca de medidas destinadas a desarticular su modelo de crecimiento dinámico. La exigencia más generalizada es que China revalúe su moneda, a fin de erosionar su ventaja competitiva y debilitar sus dinámicas industrias exportadoras [28] .

En el pasado, entre 2000 y 2008, China revalorizó su moneda en un 20% y aun así duplicó su excedente de exportación con EE.UU [29] . Lo consiguió mediante aumentos de la productividad, reducción de las tasas de ganancia y mejora del control de calidad. Cabe decir también que el problema de los saldos comerciales negativos estadounidenses es crónico y mundial: EE.UU. tiene saldos negativos con más de 90 países, entre otros Japón y la UE [30] .

La coalición anti China, encabezada por el complejo Washington-Wall Street, ha seguido presionando insistentemente a Pekín para que liberalice su sector financiero, a fin de facilitar la toma de control de los mercados financieros de China, basándose para ello en “infracciones comerciales y de inversión”. La Casa Blanca considera que el poderoso sector financiero es el único medio efectivo para conseguir una situación dominante en la economía de China, mediante fusiones y adquisiciones. Esta campaña perdió fuerza frente a la crisis financiera de 2008-2010, inducida por la actividad especulativa de Wall Street. El sistema financiero chino apenas se vio afectado gracias a su estructura reguladora pública y a los obstáculos a la entrada de los bancos estadounidenses.

Washington ha impuesto medidas proteccionistas, contrarias a las directrices de la OMC, en forma de aranceles a las exportaciones chinas de acero y neumáticos, y el Congreso estadounidense ha amenazado con imponer un arancel general del 40% a todas las exportaciones chinas a EE.UU., lo que constituye una llamada a la guerra comercial.

Estados Unidos ha bloqueado varias grandes inversiones chinas y también algunas adquisiciones de compañías petroleras, empresas tecnológicas y otras. En cambio, China ha permitido que las transnacionales estadounidenses invirtieran decenas de miles de millones y que subcontrataran en los más diversos sectores de la economía china. Como potencia mundial en ascenso, confía en que su dinámica economía vincule las transnacionales a su continuo crecimiento. Por contra EE.UU., ante una posición constantemente deteriorada, teme cualquier aceleración de las adquisiciones chinas, un temor nacido de la debilidad económica, que tipifica y disfraza con la retórica de que constituye una amenaza a su seguridad.

Washington alentó a los fondos de inversión soberanos y los inversores exteriores chinos a que se vincularan a las empresas estadounidenses dedicadas a actividades especulativas, con la esperanza de fortalecer las salidas de capitales hacia EE.UU. y crear una cultura de la especulación en China para debilitar la fuerza del capital productivo en la planificación estatal.

Washington ha aumentado sus amenazas de ejercer represalias económicas a fin de socavar y excluir el dinámico sector exportador de China, y lograr concesiones que comprometan la situación política interna de sus gobernantes, tan pronto adopten los dictados de Washington. Los líderes políticos chinos que permitan que Washington determine sus políticas económicas provocarán la oposición interna de las empresas y los trabajadores perjudicados por esas políticas. Una vez comprometidos y debilitados, y frente a una opinión pública nacional inflamada, los líderes chinos se enfrentarían a presiones internas y externas, amenazando la estabilidad del país.

Washington ha puesto en marcha una campaña concertada en los medios de comunicación internacionales, el FMI y la UE con el objetivo de debilitar el modelo industrial nacional chino, culpando a la potencia emergente de su propia decadencia. Desde las columnas principales de la prensa financiera “seria” hasta la prensa amarilla de gran circulación, desde los líderes políticos en el Congreso hasta los altos funcionarios ejecutivos, los líderes de industrias no competitivas y los burócratas sindicales de un movimiento obrero moribundo, se ha orquestado una campaña destinada a “plantar cara” a China ante una larga serie de delitos y pecados que van desde la competencia desleal, los bajos salarios y los subsidios estatales, hasta la mala calidad y poca seguridad de sus productos.

Académicos, economistas, expertos en inversiones y expertos incrustados de Estados Unidos y El Reino Unido alientan a sus homólogos chinos, así como a los inversores y los responsables políticos extranjeros a que propaguen políticas en consonancia con las exigencias de Washington de un cambio de política. El objetivo es facilitar una mayor penetración de EE.UU. y limitar la expansión dinámica de China en ultramar.

Día tras día, “expertos” y economistas estadounidenses descubren nuevas razones para anticipar una crisis inminente en China: la economía se está desacelerando o crece demasiado rápido; una burbuja en el sector inmobiliario está a punto de estallar [31] ; los bancos están sobrecargados de deudas de dudosa recuperación, poniendo el sistema financiero en peligro de colapso; la inflación está creciendo fuera de control; las inversiones en el extranjero siguen los habituales patrones coloniales; la economía está desequilibrada, demasiado dependiente de las exportaciones y no del consumo interno; su competitividad exportadora es un factor clave de desequilibrio del comercio mundial; sus crecientes lazos económicos con otros países de Asia ponen en peligro su seguridad nacional, etc. Estos y otros numerosos artículos propagandísticos envasados y presentados como serios análisis de graves problemas económicos en el Financial Times, The Wall Street Journal y The New York Times están diseñados para responsabilizar a China de las debilidades y decadencia de la competitividad económica de EE.UU. en el mundo. El objetivo es influir y presionar a funcionarios chinos potencialmente maleables o acomodaticios para que modifiquen sus políticas. Igualmente importante, estas críticas están diseñados para unificar las élites de los negocios, la banca, políticos y militares, y justificar acciones agresivas contra China. El problema básico con estos expertos diagnósticos es que han sido repetidamente refutados por la realidad del continuo crecimiento dinámico chino. La capacidad de este país de gestionar y regular los préstamos financieros para evitar burbujas financieras; la creciente acogida positiva por sus anfitriones africanos de nuevas inversiones, debido a unos préstamos relativamente generosos y unos proyectos de infraestructura que acompañan a las inversiones en sectores extractivos [32] . Más recientemente Washington ha presionado a India y Brasil para que se unan al coro contra China por sus desequilibrios comerciales, una alianza muy peligrosa.

Ofensiva política

Los imperios establecidos y en decadencia, como EE.UU. hoy, tienen un repertorio de recursos diseñado para desacreditar, seducir, aislar y contener las potencias mundiales emergentes, como China, y ponerlas a la defensiva.

Una de las estratagemas políticas clásicas de Washington son las campañas de propaganda de los derechos humanos, que destacan las violaciones que tienen lugar en China a la vez que ignoran sus propias reiteradas violaciones y disculpa las de sus aliados, como por ejemplo el Estado judío de Israel. Al desacreditar la política interna de China, el Departamento de Estado espera amplificar la autoridad moral de EE.UU., desviar la atención de sus propias violaciones de los derechos humanos, en todo el mundo y a gran escala, que acompañan a su construcción del imperio mundial y a la formación de una coalición anti China.

Si bien la propaganda de los derechos humanos sirve de vara para golpear y hacer retroceder el avance económico de China, Washington intenta también inducir la cooperación de este país para desacelerar su propia decadencia. Los diplomáticos estadounidenses destacan este enfoque, haciendo hincapié en “tratar a China como a un igual”, reconocerla como una “potencia mundial” que tiene que “compartir responsabilidades” [33] . Detrás de esta retórica diplomática hay un esfuerzo por forzar a China a seguir una política de colaboración y de aceptación de las estrategias estadounidenses como socio menor, a expensas de los propios intereses económicos de China. Por ejemplo, mientras que China ha invertido miles de millones en empresas mixtas con Irán y ha desarrollado una creciente y lucrativa relación de comercio, Washington le exige que apoye su política de sanciones para debilitar y degradar a Irán e incrementar el poder militar de EE.UU. en el Golfo [34] . En otras palabras, China debería renunciar a su expansión económica impulsada por el mercado para compartir la “responsabilidad” de ser la policía del mundo de la que EE.UU. es el jefe superior. Del mismo modo, si traducimos el significado de la exigencia de la Casa Blanca de que China “asuma la responsabilidad de reequilibrar la economía mundial”, éste se reduce a decir a Pekín que reduzca su dinámico crecimiento, a fin de permitir que EE.UU. obtenga ventajas comerciales que le permitan reducir –“reequilibrar”– su déficit comercial.

Alternando con positivos gestos simbólicos, como las referencias a EE.UU. y China como el G-2, es decir, las dos potencias determinantes en el mundo, la Casa Blanca ha promovido un “frente unido” con la UE contra supuestas prácticas desleales de China, como su “proteccionismo”, “manipulación monetaria”, etc. [35]

En las reuniones internacionales como la reciente Cumbre sobre el Cambio Climático de Copenhague, la reunión de la OMC sobre la liberalización del comercio, o la reunión de la ONU sobre Irán, Washington trata de satanizar a China como el principal obstáculo para llegar a acuerdos globales, desviando la atención de hechos como el cumplimiento chino de normas superiores a EE.UU. [36] en materia de clima, su oposición al proteccionismo y la búsqueda de una solución negociada con Irán.

Con el tiempo esta ofensiva imperial destinada a desacelerar su decadencia ha provocado una respuesta cada vez más agresiva, a medida que China gana confianza en su capacidad de proyectar su poder.

Estrategias para hacer frente a las potencias imperiales establecidas
La respuesta más formidable y efectiva que puede dar una potencia económica emergente ante los esfuerzos de los poderes establecidos por bloquear su avance es seguir creciendo a un ritmo que duplique o triplique el de su adversario en declive. Nada desafía tanto la propaganda lanzada por los expertos incrustados como por ejemplo el dato de que en 2010 China crecerá un 12%, seis veces el crecimiento previsto de EE.UU [37] . La política de China ante los ataques y amenazas estadounidenses fue reactiva y defensiva, en lugar de proactiva y ofensiva, sobre todo durante la primera década de su avance hacia el estatus de potencia mundial.

China afirmó que sus tipos de cambio son un asunto interno, pero accedió a las demandas de EE.UU. y revalorizó su moneda (2006-2008) en un 20%. Después China respondió señalando que todo el guirigay en torno a su moneda tenía poco que ver con el déficit comercial de EE.UU., que indica debilidades estructurales en la economía de este país: a saber, su bajo nivel de ahorro, la formación de capital y la pérdida de competitividad.

Inicialmente, China se limitó a protestar por los ataques de EE.UU. en materia de derechos humanos, ya sea negando las acusaciones o alegando que eran asuntos internos. En 2010, sin embargo, China pasó a la ofensiva con la publicación de su propio inventario documentado de las violaciones de derechos humanos en Estados Unidos [38] . Cuando Washington protestó por la violación de China de los derechos humanos de los tibetanos y separatistas uigures, China rechazó la interferencia de Washington en los asuntos internos de China y amenazó con tomar represalias, lo que condujo a Washington a abandonar su cruzada.

Pekín ha animado a las transnacionales estadounidenses a que inviertan en China y exporten su producción a EE.UU. Dado el crecimiento general de China, la penetración de estas empresas no potencia el poder de EE.UU. sino que ofrece a China un lobby en Washington contra las medidas proteccionistas.

China hace poco para restringir directamente la expansión imperial de EE.UU. –dado que Washington hace un buen trabajo de autodestrucción– sino que se centra en mejorar su propia estrategia económica basada en el aumento de sus inversiones en el extranjero, los préstamos de tecnología y la actualización de sus industrias de alta tecnología. China, a pesar de la presión de Washington, se niega a unirse a su campaña de sanciones contra Irán y desarrolla sus vínculos inversionistas con Afganistán al tiempo que la ocupación militar cuesta miles de millones de dólares, y aleja de EE.UU. a la mayoría de los afganos, incluido su gobierno satélite [39] . China se niega a prestar apoyo a los militares de Obama, cuya estrategia está orientada a reforzar el imperio. Aunque asiste a cumbres y conferencias bilaterales, se niega a hacer concesiones que perjudiquen sus mercados exteriores, sin por ello enfrentarse directamente a la misión militar promovida por Obama.

Lo que resulta más sorprendente en Asia es que los países más dinámicos han ignorado las advertencias de Washington respecto a China acusándola de ser “una amenaza a la seguridad”, y han ampliado sus relaciones comerciales y económicas con su vecino. Con el paso del tiempo, Asia está reemplazando a EE.UU. como socio comercial cada vez más importante de Pekín. Más recientemente, en abril de 2010, India expresó su preocupación por los desequilibrios comerciales con China, e inició negociaciones para aumentar sus exportaciones.

En general, la estrategia imperial de EE.UU. para frenar su declive y bloquear el crecimiento de China como potencia mundial ha fracasado. Los responsables de las políticas de la Casa Blanca y los detractores financieros de Pekín han ignorado los formidables fundamentos de la construcción del imperio chino y su capacidad para rectificar los desequilibrios internos y sostener una expansión dinámica.

Los pilares del poder global

Como la mayoría de las anteriores potencias mundiales, China ha buscado –en su caso con éxito y sin recurrir a la fuerza y la conquista– sentar las bases de un imperio económico sostenible. La estrategia incluye una compleja mezcla de elementos internos y externos:

1. inversiones extranjeras para garantizar los recursos estratégicos, especialmente energía, metales y alimentos [40];

2. alto nivel de inversión nacional en el desarrollo de la capacidad industrial, con la introducción de tecnologías avanzadas para mejorar el valor añadido y reducir la dependencia de las importaciones de piezas fabricadas; niveles altos y sostenidos de inversión necesarios para mantener la competitividad de las exportaciones;

3. gran impulso para mejorar la educación de la fuerza de trabajo y lograr la supremacía industrial, en particular ingenieros, científicos y gerentes industriales en lugar de especuladores en bolsa, bancos de inversión y abogados; sin embargo, los esfuerzos de China por modernizar su fuerza de trabajo no tendrán éxito a menos que reconozca e integre los 200 ó 300 millones de trabajadores migrantes, cuyos hijos están actualmente excluidos de la educación superior pública en las grandes metrópolis [41] ;

4. inversiones multimillonarias en infraestructuras: docenas de nuevos aeropuertos, ferrocarriles de alta velocidad y vías fluviales mejoradas que unan las regiones costeras con el interior, potenciando el crecimiento dinámico de la industria, con el resultado de una menor migración a los centros fabriles establecidos en la costa, que en algunos casos provoca escasez de mano de obra, lo que a su vez ha dado lugar a un aumento significativo de los niveles salariales y menores desequilibrios geográficos entre los antiguos polos de desarrollo y los nuevos;

5. a medida que la mano de obra cualificada comienza a sustituir la mano de obra no cualificada y que un crecimiento dinámico avanza la escala de producción hacia productos de mayor valor añadido, también lo hacen los niveles salariales y la conciencia social, lo que lleva a la presión por disminuir las abiertas desigualdades de clase;

6. como resultado de las presiones de clase por la base, con más de 100.000 protestas, huelgas y manifestaciones anuales, el Gobierno ha procedido lentamente a reducir las tensiones de clase, en parte, con inversiones en bienestar social y un mayor gasto social. China está pasando de comprar bonos del Tesoro de EE.UU. a invertir en subvenciones a la salud pública y la educación en las zonas rurales; al volver a prestar atención al desarrollo social, en lugar de confiar en un mercado que ha demostrado ser muy ineficiente, el Estado chino está mejorando la mano de obra rural con vistas a prepararla para procesos de producción modernos.

En resumen, los pilares del dinámico impulso de China como potencia mundial descansan en el reequilibrio de la economía, la modernización de su base productiva, la expansión de su mercado interno, la búsqueda de crecimiento con estabilidad social y el aumento máximo de su acceso a materiales estratégicos esenciales para la producción.

La versión china del reequilibrio económico: las nuevas contradicciones

El reequilibrio que está realizando China de su economía interna se acompaña de un cambio relativo en sus relaciones económicas con EE.UU. Teniendo en cuenta la postura abiertamente hostil adoptada por los líderes del Congreso, y el estancamiento del mercado estadounidense, China ha incrementado su comercio y sus inversiones en Asia por el alto crecimiento de la región y para disminuir su dependencia del mercado de EE.UU. y reducir el riesgo de enfrentar una restricción proteccionista [42] . China, que sigue siendo un acreedor de EE.UU., está desplazando el uso de sus excedentes comerciales hacia inversiones más productivas y lucrativas. No todas las nuevas iniciativas chinas en el extranjero han tenido éxito, y algunos de sus gestores de inversiones educados en las prácticas occidentales han perdido varios miles de millones de dólares en inversiones en Blackstone y otras firmas de inversión.

El dinámico reajuste de crecimiento de China basado en consolidar las bases para una nueva fase de expansión exterior se enfrenta a mayores peligros en el interior que fuera de sus fronteras. Dentro de China algunos cambios en la estructura de clases interna pueden poner en peligro la estabilidad del sistema, como ha sido el caso en otros imperios establecidos. El gran impulso expansivo en el extranjero ha creado un poderoso y nuevo segmento de nueva clase social dominante pública-privada, que ignora la necesidad de desarrollar el mercado interior, especialmente de invertir en desarrollo social. En segundo lugar, toda la clase política y la élite gobernante, a la vez que afirma de boquilla la necesidad de mejorar la cualificación del trabajo, mediante la creación de una red de seguridad social en las zonas rurales y la extensión de los derechos sociales a la salud y la educación para los trabajadores migrantes, se niega a aumentar los impuestos a pagar por ello, ofrece resistencia a las políticas redistributivas y defiende sus privilegios familiares, creando las condiciones para mayores tensiones y conflictos.

Igualmente perjudicial para las bases de la futura expansión exterior de China es el surgimiento de una poderosa clase especuladora, especialmente en el sector inmobiliario, la banca y las élites políticas locales, que tiende a practicar la burbuja económica, poniendo en peligro el sistema financiero [43] . Mientras que el Gobierno, por medio de su control sobre la política monetaria y el sistema financiero, adopta políticas destinadas a desinflar la burbuja, no hace nada que pudiera afectar estructuralmente este sector de la clase dominante. Por otra parte, la especulación en bienes raíces aumenta el costo de la vivienda, poniéndola más allá del alcance de la mayoría de los trabajadores, mientras que el precio del suelo, inflado, conduce al despojo arbitrario de los propietarios de viviendas por parte de funcionarios locales y regionales vinculados a los especuladores de bienes raíces, alimentando desórdenes populares y en algunos casos violentas protestas.

El crecimiento del poder de los importadores, los especuladores financieros y los multimillonarios de bienes raíces podría proporcionar una oportunidad para el sector más importante del imperialismo estadounidense: las clases dirigentes ligadas a las finanzas, los bienes raíces y los seguros. Hasta ahora, la inestabilidad y las crisis repetidas inducidas por estos sectores en 1990-1991, 2000-2002, y 2007-2010, han socavado su capacidad de penetrar en la economía china.

Dado el continuo crecimiento de China, especialmente evidente en la actualidad con un 9% en 2009 y un 12% previsto para 2010, mientras que EE.UU. chapotea alrededor de crecimiento cero, ¿quién tiene más que perder en caso de que Washington decida recurrir a la guerra comercial?


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