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Consideraciones sobre el actual estado de la lectura
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070707 - No es poca la gente que se asombra ante la sola mención de mi carácter de escritor. “¿Escritor?”, me preguntan, casi sin entender. Y no solamente gente tradicional y habituada a la figura del escritor anciano y misántropo; sino también gente joven, que debería tener -supongo- un pensamiento más abierto y el hábito de entenderse con los escritores de la nueva generación.

Pero no es así. Muchas de las personas con las que me cruzo en mi diario peregrinar de escritor, considerando su actitud frente a la lectura y la literatura, ni siquiera deben conocer a los primeros, los llamados “clásicos”. Tal vez, apenas conozcan algunos nombres de oído, tengan alguna vaga referencia de sus libros, sin saber, por ejemplo, que “Rayuela” fue escrita por Julio Cortázar, o que al afamado Borges, que lleva la figura del ciego eterno, tanto como la eterna sordera de Beethoven, su ceguera lo afectó mucho después de que escribiera bastantes de sus mejores obras.

¿Cuál es, entonces, el estado actual de la lectura en este bello país que sobrevivimos cada día? No hace mucho, en una Clínica de Obra a la que asistí, oí el comentario más apocalíptico al que pueda enfrentarse un escritor. “No es cierto que cada vez se lee menos. La verdad es que nunca hubo una masificación de la lectura. La lectura siempre fue de unos pocos”, dijo, no un empleado, ni un abogado, ni alguien ajeno al ambiente cultural. Esta afirmación salió de los labios de un escritor de Rafaela. De un escritor, alguien que tendría que buscar el mayor número de lectores posibles, y sentirse orgulloso de eso.

Pero, para no entrar en un terreno cenagoso y ya agotado por muchos autores, voy a referirme simplemente a la crítica situación que observo todos los días, no en el barrio, ni en la ciudad, sino en mi propia escuela, con mis propios compañeros, con los demás estudiantes que asisten a la Escuela de Enseñanza Media Nº 428. A estos lares no llegó masivamente el fenómeno Potter, tan popularizado a lo largo de los últimos años, ni se conoce el término “hábito de lectura”. ¿Alguien habla de esta terrible falencia? Solamente en estadísticas, claro. Es lo único que vale en la generación del marketing, de los números, de las ventas. Son los números terribles los que venden, pero no vienen con ideas de regalo, para solucionarlos.

Y no hablo desde la posición de los adultos. Tengo diecisiete años, y aunque rayo con la adultez (desde el punto de vista legal), todavía puedo esgrimir argumentos contra las actuales posturas de la literatura y la cultura en general, como adolescente.

Actualmente, los adolescentes parecen ser el grupo más afectado por la epidemia de falta de lectura general. No hablo siquiera de literatura, sino de lectura en general. Pareciera que nos cansara leer un simple cartel. Ahora bien, ¿es cierto eso? De ser así, yo personalmente lo creo, ¿por qué es tan complicado hacernos leer? ¿Qué nos pasa, nos da miedo la lectura?

La Razón

Creo que estamos atravesando una época en la que los grandes medios de comunicación audiovisual han clavado sus garras con mayor presteza sobre nuestro mercado, porque es así como llaman al conjunto de seres humanos que se encuentra entre los 12 y los 30 años de edad: el mercado joven. Vivimos, o sobrevivimos en una sociedad altamente estimulada por las pantallas constantes, que no dejan casi de desfilar frente a nuestros ojos durante todo el día. Desde la computadora, del trabajo para algunos, clases de computación para otros, o similares, hasta la televisión, que es el aparato electrónico que más tiempo promedio lleva encendido en un hogar después de la heladera, estamos rebasados de imágenes.

Esas imágenes ofrecen un sentimiento de relajación, de pasividad, porque el televidente está frente a la pantalla recibiendo incesantemente los estímulos sin necesidad de responder. La serie que estamos viendo no se va a parar para preguntarnos si la entendimos. Sigue, sin escucharnos ni ayudarnos a hacer un mínimo esfuerzo para lograr comprensión. Que además, en la mayoría de los casos no hace falta, porque la recepción justamente se basa en ese cúmulo incesante de imágenes, lo suficientemente simples y atrapantes, como para que el televidente no cambie de canal. Si no fuese así, probablemente los documentales y los programas de debate, que en general tiran las cartas para que el televidente se quede pensando, serían los más vistos de la televisión, y los agentes de marketing gastarían una fortuna en colocar la publicidad en esos horarios.

Creo que este fenómeno de la televisión se debe, sobre tod0, a la brillante filosofía que nos han legado los poderosos a la generación joven del siglo XXI, la ya desvalorizada Ley del Menor Esfuerzo. A pesar del poco efecto que tiene esta frase en muchos, cansados de escucharla en cada rincón posible, creo que, sin embargo, puede expresar muy bien el terrible problema que sufre esta época.

Los jóvenes de hoy no leen justamente porque prima el no trabajar, el no esforzarse. Pero creo sinceramente que el esfuerzo no falta si consideramos la energía con que a veces los chicos buscamos la ropa para salir, o caminamos a veces kilómetros para ir a un boliche, y los casos siguen… El punto, obviamente, es que ese esfuerzo que dicen que no tenemos, está,  mal direccionado. Seguramente un buen derrotero, daría a esa energía excelentes resultados, pero hay que dárselo.

Simplificar

Tal vez la salida a todo este lío de la falta de lectura sea el tema de la simplificación. Compleja idea por cierto, la de simplificar, pero no por eso equivocada. Muchas veces, se entiende la idea de la simplificación como una maldición que aterroriza a los tradicionalistas, un martirio de esta nueva generación que lleva a arruinar todo lo hecho a lo largo de la historia, para llevarlo a una terrible corrupción anárquica, la de lo “fácil”.

Pero más allá de este temor absurdo a lo sencillo que tienen los románticos y los tradicionalistas, me parece que se podría comenzar a tener en cuenta esa posibilidad para llegar a los jóvenes. “Comunicar al nivel del lector”, es la idea central de simplificar, comunicar a un nivel no mínimo, sino común, en el que los dos caminos, el del lector y el del escritor, se encuentren. No es destruir lo estético por lo utilitario. Es encontrar valor estético en lo simple, en lo accesorio, y si no se puede, no realizar un trabajo de corrupción que va a ser inútil, porque si no se conserva lo estético en la versión sencilla, en lo “fácil”, no sirve. De nada sirve facilitar el vacío, la falta de contenido. Porque la idea es llevarle ese enorme valor estético al lector.

Solamente así los jóvenes se acercarán a la lectura. Hay que quitar la idea de que es un esfuerzo sin sentido, una pérdida de tiempo, para empezar a considerarla como una inversión, un pasatiempo simple pero profundo que nos hace crecer con cada página que atravesamos. Si en ese camino llegaran a encontrar una palabra desconocida, ya no será un trabajo, un esfuerzo. Averiguarán su significado para no perder el hilo de una historia que les interesa, y van a seguir leyendo.

A esa conclusión llegué en un texto experimental que escribí: Los jóvenes, cuando se los trata de igual a igual, y no en una relación de arriba hacia abajo, se sienten cómodos con la lectura, y quieren leer. Como ya dije, se puede violar la Ley del Menor Esfuerzo. Es un crimen mayor en la actualidad, pero la condena será una cadena perpetua de entendimiento y comprensión.

 

Jonatan Lipner es escritor y tiene 17 años. Es alumno de la Escuela de Enseñanza Media Nº 428 de la ciudad de Rafaela, provincia de Santa Fe en la República Argentina. Cursa el último año de sus estudios secundarios en la modalidad Comunicación Arte y Diseño.
 


 

 

 

 

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