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Honduras, o la hora de la espada de un país hundido en la pobreza
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130709 - América latina no encuentra salida para el cada vez más oscuro laberinto hondureño. El presidente depuesto, Manuel Zelaya, busca volver al poder con el apoyo de la comunidad internacional, mientras el gobierno de facto de Roberto Micheletti amenaza con enviarlo a la cárcel si regresa. Todos hablan en nombre de la Constitución, en un país donde nadie la respeta.

Enviado por PERFIL, Lanata se sumergió en esta tragedia caribeña para retratar una realidad que repite lo peor de nuestra historia latinoamericana. Diálogo con el obispo Oscar Rodríguez Madariaga, auspiciante del golpe.

El primer golpe de Estado del siglo XXI es un golpe en el que se pelean las palabras: la ultraderecha habla de libertad,los políticos corruptos de complot, el Departamento de Estado de “transferencia inconstitucional” y deseos de “restoration”, el depuesto Manuel Zelaya de plebiscito que luego fue “consulta” y terminó en “encuesta”,todos están tan preocupados por la Constitución que violan a diario que parecen ciudadanos atenienses en plena polis: la Constitución por su lado mantiene artículos “pétreos”, el taxista con sobrepeso y la camisa abierta que pasa junto a nosotros mientras Santiago Cichero fotografía un retén de soldados armados hasta los dientes no habla de nada, simplemente detiene su marcha para gritarnos:
—Váyanse, ¿qué hacen acá? ¡Acá no pasa nada!

Y luego les tira, como en un desfile de belleza, un beso volador a los soldados:

—¡Los amo!

Y se pierde en el embotellamiento de Tegucigalpa.

Como quienes pelean son las palabras, parece éste un golpe pacifista: el piquete de soldados es casi una excepción limitada a algunos sectores del centro comercial, el edificio militar donde estuvo guardada “la cuarta urna” (otra de las palabras en disputa) y el inmenso Hotel Marriot, toda una metáfora del país: se levanta al lado de la Casa Presidencial. Y cuando digo “al lado” quiero decir al lado: a menos de veinte metros. Bien podría, desde la suite del Marriot, asesinarse al sucesor del golpe o a los mismos golpistas, claro. Toda la atención está puesta ahora en Costa Rica, donde el presidente depuesto y el okupa se negaron a reunirse cara a cara y dejaron el futuro a manos de sendas comisiones sin recordar aquella sentencia del General: “Un camello es un caballo armado por una comisión”. No pregunten, por favor, de qué general se trata.

A la noche las palabras se suspenden por el toque de queda, que ya lleva una semana. La máquina de hacer rumores funciona a pleno durante el día: que se esperan detenciones a la noche, que ya hubo trescientas, que el interior está peor, que el gobierno tiene una lista de seiscientas personas.

—¿A usted le parece, señor? –se lamentaba una persona por la radio durante un talk show de la tarde–. Se llevaron al muerto. Se llevaron al chofer y al muerto. Estaban trasladándolo a la cochería y los agarró el toque de queda.

—¿A la noche? No, a la noche nada entre las once y las cinco –dijo el recepcionista del Hotel Clarión apenas llegados al check in.

—Si salen pueden estar… desaparecidos –dijo el muchacho con tono grave, y sin saber que también participaba de la batalla de las palabras en Honduras.

Banco de pruebas.

Este país tiene la mayor tasa de natalidad de América Central, la población más joven y la mayor cantidad de pobres. Tiene, también, frontera hacia todos los Estados y costas en ambos océanos; es el narcotrampolín hacia la ruta norte y fue –hace doce mil años– el paso obligado de los mamuts, aquellos dulces elefantitos vegetarianos de diez metros que comían los inmensos helechos que aún hoy crecen en la zona. El salario mínimo es de unos 200 dólares cobrados en lempiras, la moneda local, homenaje a un cacique que resistió a los españoles durante la conquista. La canasta básica es de 700 dólares sin contar gasto alguno en vivienda. La pobreza es atroz: 64% el índice oficial y 82% el que informan los organismos internacionales: ocho de cada diez hondureños son pobres, y el 37% de esos ocho viven con menos de un dólar por día. El 90% de los hondureños son mestizos, 6% amerindios, 2% negros y 1% de raza blanca. Varias generaciones emigraron casi completas a Estados Unidos y las remesas son parte sustancial de una economía demasiado débil: en 2006 entraron al país 2.359 millones de dólares enviados por familiares del exterior.

“Un diputado de Honduras cuesta menos que una mula”, se afirma en los archivos de la United Fruit correspondientes a 1929. Honduras es también otra palabra: Banana Republic, creada por O’Henry (norteamericano, humorista y autor de cuentos cortos) en Cabbages and Kings, publicado en 1904.O’Henry lo escribió entonces porque los relatos transcurrían en Centroamérica y aludían también al pintoresquismo de las dictaduras.En los comienzos del siglo XX la United Fruit y la Cuyamel Fruit Company, ambas norteamericanas, entraron al mapa mundial del comercio gracias a la exportación de bananas de Honduras, Guatemala y Costa Rica; las tres sufrieron el mote de “repúblicas bananeras” ahora en desuso y transformación: “Banana Republic” devino en una marca de ropa informal de venta masiva en los Estados Unidos aunque continúa atada a su destino de Tercer Mundo: la mayoría de sus prendas se cosen en “maquilas” de Centroamérica o Filipinas.Ya United Fruit como Cuyamel participaron de la vida política local, apoyando a gobiernos liberales o nacionalistas hasta que United compró Cuyamel en 1929 y se convirtió en la mayor propietaria del país, un verdadero “Estado dentro del Estado” con su propia flota naviera (la White Fleet), unas 400 mil hectáreas de tierras cultivables y más de 1.400 kilómetros de líneas férreas. La influencia de la bananera fue tal que ingresó al lenguaje coloquial: en la época se la llamaba “Mamá Yunay” (“yunay” por “united”, claro).Esta influyente madre gringa no se privó de criar a su prole con mano dura: United apoyó y depuso dictaduras locales, llevó adelante la Masacre de las Bananeras en Colombia en 1928 y en 1954; cuando Jacobo Arbenz intentó imponer una ley por demás moderada para aumentar los tributos de las grandes propiedades (a las que se proponía indemnizar con bonos a largo plazo), fue depuesto por Washington con la participación de Allen Dulles, director de la CIA y abogado de la United Fruit.

Mamá Yunay fue comprada en 1969 por Zapata Corporation, una empresa vinculada a George Bush, que luego cambió su razón social a Chiquita Brands. En 2007, Chiquita fue condenada en Estados Unidos por financiar grupos paramilitares en Colombia.

–¿No seremos un banco de pruebas, una zona de experimentación? –se preguntó con cierto desánimo ante PERFIL– Manuel Torres Calderón, un prestigioso periodista local. Manuel formula su pregunta retórica en la tierra de las bananeras, la misma en la que se planea la invasión a Guatemala o abastece de armas a la Contra en Nicaragua, tierra de alumnos de tortura de la Escuela de las Américas, compañeritos de banco de militares argentinos. El rápido repaso de la historia reciente de los hondureños hecho por Torres potencia la paranoia de su interlocutor: fin de la Guerra Fría, desarme del ejército, supresión del servicio militar, aumento geométrico de la corrupción, vaciamiento del sentido democrático, agotamiento del bipartidismo (aquí liberal-nacionalista), aumento de la grieta social, democracia de creciente baja intensidad.

—¿Hablás de Honduras, no? –le pregunto.

—Sí, de Honduras –sonríe Manuel antes de poner una frutilla sobre el helado: en la década del 80 votaba aquí el 80% del padrón electoral. En 2006, Zelaya ganó con el 28% de los votos válidos. En la última elección, noviembre de 2008, votó sólo el 36% de los ciudadanos.

—Y eso que acá el voto es obligatorio, pero nunca pasa nada.

—Sí, ya sé cómo es –la imagen es la de dos periodistas, a la hora del toque de queda, hablando en la noche de Honduras de la única conducta permanente y en aumento en la democracia argentina: la abstención electoral.

La conversación se transforma en un espejo que me resisto a mirar:

—Acá hay también alguien muy parecido a... a ese represor de ustedes…. Astiz –dice así, “Ástiz”, acentuado sobre la A.

—“Astíz” –lo corrijo.

—“Astíz”, sí. Micheletti lo puso ahora como asesor del gobierno. Se llama Billy Hoya.

Al día siguiente vi una pintada cerca del mercado: “Billy Hoya: el pueblo no olvida”.

En 1977 Viola y Massera, durante la Conferencia de Ejércitos Americanos realizada en Managua garantizaron apoyo incondicional a la enclenque dictadura somocista: el GTE (Grupo de Tareas Exterior) creado por el Batallón de Inteligencia 601 para sus operaciones en Miami, donde actuaba encubierto, estableció su sede en Guatemala y luego en Honduras; los grupos de tareas de la ESMA que participaron de los Escuadrones de la Muerte en El Salvador y, junto al Ejército, en el narcogolpe de julio de 1980 en Bolivia. Varios oficiales argentinos –Lenny Sánchez Reisse, Alfredo Mingolla, entrenados por los israelíes entrenaron a su vez al Batallón 316 en Honduras en una historia que da de lleno en el caso Irán-contras y varios operativos de narcotráfico. El jefe de la FUSEP, servicios de inteligencia hondureños, egresó del Colegio Militar argentino clase 1961. La lista es interminable. Los argentinos proveyeron de aviones ligeros a las fuerzas de la Contra hasta que la CIA decidió instalar, en Honduras, la Base Aérea de Aguacate. Las bases americanas aquí llegaron a tener una dotación de 1.500 soldados rotativos cada tres meses y albergan ahora a unos cuatrocientos con la pista más grande del continente: 2.666 metros de largo por 50 de ancho, donde se levanta el Cuartel General de la Fuerza de Tarea Bravo de los Estados Unidos.

Aquí, en el banco de pruebas, alguien quiso modificar la Constitución. Y pensó que el Ejército iba a apoyarlo.

La fuga.

 —Es que… –dice la mujer, y da un largo soplido de cansancio– Estoy tratando de ubicar a mi hijo...

La mujer es Xiomara Castro de Zelaya, esposa del presidente depuesto. Lleva casi dos semanas de clandestinidad en Honduras: estuvo asilada en la embajada norteamericana, de la que salió para hablar en un acto a favor de su marido (una vez que se sale se rompe la posibilidad diplomática del asilo) y luego en domicilios particulares. Ibamos a vernos en la mañana del viernes pero alguien le dijo que el gobierno estaba buscando a su hijo para detenerlo, y ahora Xiomara sólo piensa en sacarlo hacia El Salvador, en sacarlo de acá. Fuentes confiables me dicen que gran parte de los hechos de corrupción en los que se lo involucra son del todo verdaderos. Pero la voz que me devuelve el teléfono es la de una mujer desesperada:

—Antes estaba Mel –me dice, casi disculpándose –ahora tengo que arreglar todo yo sola.

Todos, aun quienes acusan a su familia, reconocen que el trabajo social realizado por Xiomara fue importante. “La primera dama llegó a lugares a los que nadie llegaba. Sólo nosotros”–comentó a PERFIL el cardenal Oscar Rodríguez Madariaga (ver entrevista aparte), quien firmó un sorpresivo comunicado de apoyo al golpe como titular de la Conferencia Episcopal. Rodríguez Madariaga fue mencionado como “papable” luego de la muerte de Juan Pablo II, encabezó el movimiento mundial de condonación de la deuda externa y tiene una larga trayectoria progresista.

La máquina del rumor está recién aceitada: los golpistas dicen que guerrilleros nicaragüenses y venezolanos entran al país por la frontera sur u organizan marchas pro Zelaya en las ciudades. A la vez, los partidarios del gobierno dan cifras de heridos imposibles de chequear. La batalla de la “acción psicológica” funciona a pleno.

—Mire –me acerca el obispo una tira de fotografías “levantada” de Internet–, el 24 de junio el ministro de la Presidencia sacó de la bóveda del Banco Central 40 millones de lempiras en efectivo. (2.114.000 dólares)

El 2 de julio el gobierno golpista canceló la tarjeta de crédito oficial del presidente en el exilio con un gasto de 80 mil dólares durante los tres días que llevaba en Costa Rica. Zelaya argumentará en su descargo que fue echado de su país en pijamas, hecho del todo cierto.

—¿Las denuncias por corrupción son ciertas o forman parte de la campaña golpista? –preguntó PERFIL a Doris Gutiérrez, diputada por el Partido de Unificación Democrática, aliada a Zelaya desde la izquierda.

—Algunas son ciertas. Hubo mucha “repartición” (sic) de dinero. Esto es un secreto a voces. Igual que el tema del narcotráfico, que es muy delicado.(…) Con lo de la cuarta urna se repartió mucho dinero, mucho dinero. No sé de dónde lo sacaron. Yo no he tocado ni un peso. A los activistas les daban entre 3 y 5 mil lempiras según la gente que movieran, y más a los coordinadores de departamentos para que movieran la militancia o levantaran firmas.

Para continuar con los paralelos, Zelaya también tuvo sus amigos inconvenientes (y argentinos): Marcelo Chimirri Castro fue detenido hace dos días, acusado de haber recibido sobornos a cargo de la empresa de comunicaciones Hondutel. Chimirri es, en la imaginación popular, quien le provee chicas al presidente cuando éste decide sacarse el pijama. “Ya van a aprender a respetar al presidente –advertía Chimirri en una de sus últimas entrevistas–, están acostumbrados a mangonear y amenazar al presidente”.

—¿Quiénes?

—Los medios de comunicación y los círculos de poder. Los que han estado tantos años manipulando a los gobiernos.

—¿Por eso Zelaya aumenta sus comunicaciones en cadena?

—¿Por qué no? Si no, hay una veda para el pueblo, para que la gente no pueda enterarse de lo que el presidente está haciendo. Más bien Mel (así llaman familiarmente a Zelaya) es demasiado benevolente. Si yo fuera presidente, estaría todo el tiempo en cadena nacional…

Chimirri se reconoció en la entrevista como usuario habitual de los medios de transporte presidenciales. “Mel me presta su avión o los aparatos de la Fuerza Aérea”, dijo en el mejor “Guillermo Moreno style”.

—Usted se enorgullece de tener ascendencia siciliana, que tienen fama de mafiosos…

—Sí, porque ahí nació la mafia. Hay mafias buenas y mafias malas. Yo soy mafioso de lo bueno, porque quiero beneficiar al pueblo.

Chimirri fue denunciado por el ex secretario de Estado adjunto para América Latina Otto Reich durante una entrevista con el Miami Herald: Reich reveló que una corte de Miami había condenado a la empresa Latin Node por pagar sobornos por 1.900.000 dólares a tres funcionarios de Hondutel, y que tanto Zelaya como Chimirri estarían involucrados.

La Justicia local investiga otras denuncias contra la administración Zelaya, y al presidente depuesto, en 18 causas penales: por sobreprecios en la compra de material escolar, revalidación ilegal de licencias de pilotos venezolanos y peruanos, compra de 150 megavatios de energía a una empresa guatemalteca, tráfico de influencias, proveedores fantasma de materiales para el Estado, etc.

La decisión de Mel.

“¡Mire, allá! –advirtió, prudente, el taxista que avanzaba lento entre los manifestantes–. Esos son los comunistas”, dijo, señalando a un grupo de chicos con poleras rojas y gorras de beisbol.

El “anticomunismo” hondureño recuerda los viejos tiempos del Reader’s Digest y la guerra fría: los rusos no quieren ni a sus hijos. Quienes apoyan a Micheletti repiten, como en un credo, que los comunistas llegarán para quitarles todo, incluso la patria potestad. Y Zelaya, claro, es comunista. Como Evo Morales, Rafael Correa, Hugo Chávez y Daniel Ortega.

Para el Cardenal la llegada del Anticristo tiene, incluso, fecha exacta: “Fue en agosto –dice, y su voz se vuelve cavernosa como en los cuentos infantiles cuando llega el lobo–. En agosto este hombre dio un vuelco”.

Roberto Micheletti, el golpista, y Mel Zelaya, el golpeado, bien podrían ser primos, y frecuentarse los fines de semana. Ambos pertenecen a la aristocracia hondureña, en este país donde cinco familias manejan todos los medios de comunicación que importan. Micheletti egresó de la carrera militar y llegó a cadete de la Guardia de Honor. Luego dedicó su tiempo a las empresas de transporte, comunicaciones y a la ganadería. También Mel nació en una familia terrateniente y en su caso la tierra lo persiguió como una maldición: su padre fue responsable de la Masacre de los Horcones, donde 14 personas que se manifestaban demandando adjudicación de tierras fueron asesinadas por Manuel Zelaya y un grupo de militares que fueron condenados a veinte años de prisión y amnistiados un año después.

En 2006, a poco de asumir la presidencia, Mel dictó las leyes complementarias del Acuerdo de Libre Comercio con Estados Unidos y mantuvo una dura pelea con el gremio docente –que hoy, por paradoja, apoya su vuelta– con el saldo de más de ochenta heridos. En los comienzos de la administración el interés de Zelaya por mejorar la relación con Venezuela no fue correspondido: aunque hubo quienes operaron para lograrlo, Chávez no asistió a la ceremonia de asunción de Mel. Se encontraron recién en la Cumbre de Presidentes de Santiago de Chile en 2007, y la empatía fue inmediata: Chávez propició el ingreso de Honduras al cartel de Petrocaribe (formado por 16 países a los que Venezuela vende petróleo en condiciones de pago preferencial). De hecho, en los últimos días la empresa anunció que cortará la provisión de 20 mil barriles diarios al país hasta que se restituya en el cargo al mandatario democrático.Pero el punto de inflexión que la ultraderecha local no toleró fue el ingreso al ALBA. Peor: la lista de invitados que se hizo presente en el evento. Chávez, Correa, Ortega, Morales.

—Lo de Chávez no es ningún amor –dicen que decía Zelaya a sus íntimos–. Necesitamos el dinero de Venezuela.

Honduras lleva varias décadas quebrada. Aun cuando le condonaron 1.400 millones de su deuda externa el país no pudo librarse de la espiral de créditos para financiar su propio presupuesto anual. Hay quienes sostienen que Mel advirtió, antes de asumir, que el bipartidismo local estaba en agonía y que era necesario armar un movimiento de mayor participación popular. En cualquier caso, lo que Zelaya necesitaba era tiempo. Tiempo para quedarse y tiempo para lograrlo. Sin vicepresidente (renunció para presentarse en 2010 como candidato opositor), con minoría en el Congreso (recuérdese que obtuvo el 28% de los votos), y con el Poder Judicial en contra, Zelaya buscó refugio en los últimos mohicanos: las Fuerzas Armadas. Mel duplicó el presupuesto militar, acordó el nuevo ministro de Defensa, les entregó el “negocio” de armar una base aérea civil en Palmerola, la base militar americana, y sólo esperó, a cambio, que le devolvieran un favor: repartir una urna en la próxima elección, la “cuarta urna” (que se sumaba a las urnas para presidente, gobernador y autoridades locales) en la que se consultaba al pueblo por SI o NO a una reforma de la Constitución. Fue lo último que hizo.

“A Mel lo ilusionaron con quedarse siempre, pobrecito”

“El iba a ganar por un millón de votos. Imagínese, esos votos ya estaban preparados.” Lo dice convencido, a media voz, con el tono confesional de los obispos. Sabe que con su pronunciamiento sorprendió a propios y extraños y tal vez la idea le divierta. Oscar Rodríguez Madariaga, cardenal hondureño, no sólo fue uno de los más firmes “papables” en el último Concilio del Vaticano, también es piloto, toca el saxo y habla cinco idiomas. Fue presidente de la CELAM hasta 1999 y sus propios colegas lo ven como “demasiado amigo” de la Teología de la Liberación. Hay quienes creen que, justamente, su pensamiento, unido a sus 62 años, fueron los que terminaron de alejarlo del humo blanco en el cielo romano.

—Me enteré del golpe el mismo domingo 28, cuando regresaba de Roma. Soy presidente de Cáritas Internacional y salí el 21 porque tenía una reunión con Cáritas de Italia. Yo venía muy tranquilo y en el aeropuerto de Houston me dicen: “Tal vez no hay vuelo”. “¿Qué pasa, hay mal tiempo?” “No, hay un golpe de Estado.” Créame que para mí fue como una patada en el estómago.Imagínese que hemos vivido eso desde 1962 durante décadas.

—Y la posición de la Iglesia siempre fue crítica.

—Siempre.

—Por eso desconcertó que ahora lo apoyaran.

—Es que nosotros no apoyamos un golpe. La clave está aquí (señala el artículo 239), es automático.

La Constitución de Honduras, sancionada en 1982, sostiene en su artículo 239 que la reelección presidencial está prohibida: “El que quebrante esta disposición o proponga su reforma –dice–, así como aquellos que lo apoyen directa o indirectamente, cesarán de inmediato en sus respectivos cargos y quedarán inhabilitados por diez años para el ejercicio de toda función pública”.

—A Mel yo lo quiero –susurra el Cardenal–, aun con todo lo que ha pasado. El fue mi alumno en el colegio salesiano. Era un chico buenísimo, que siempre me manifestó mucho cariño. Pero (aquí pone la voz de un cuento para chicos) desde agosto del año pasado el presidente cambió, completamente. Yo antes lo he apoyado: cuando peleó contra las petroleras, por ejemplo; el plan de la primera dama hacia los sectores marginales fue excelente, ellos por primera vez llegaron a sectores donde nadie llega, donde sólo la Iglesia llega.

—¿Y qué le paso a Mel en agosto?

—Qué vino Hugo Chávez aquí. Y Mel dio un cambio de ciento ochenta grados. Yo ya había escuchado con preocupación a una señora uno o dos meses antes, una señora del Partido Liberal, Patricia Rojas, que luego fue nombrada canciller. Ella fue la primera que dijo que aquí había que cambiar la Constitución. La idea era que el mismo domingo 28, luego de proclamarse ganador por el millón de votos se abolía el Congreso, abolía la Corte Suprema y convocaba a la Constituyente. A Mel lo ilusionaron con quedarse siempre, pobrecito. Hace un tiempo tuvimos una reunión de 3 horas con él, y nos dijo: “Miren, yo no soy chavista, yo no quiero una Venezuela aquí en Honduras, pero a mí me sirve el dinero de Chávez. Los gringos me cerraron las cuentas y yo necesito dinero”. Mientras nicaragüenses y venezolanos pagados dicen aquí “Que vuelva Zelaya”, el pueblo, la mayoría del pueblo se pregunta: ¿cómo vamos a recibir a este ladrón? Yo me rompi la cara buscando el perdón de la deuda externa por comisión de Juan Pablo II, de la deuda de este país y de los más pobres. Fueron nueve años de trabajo.Michel Camdessus me dijo: “Ni pienses, no hay espacio para eso, que paguen, que es lo mejor que pueden hacer”. Y terminamos en el 2004 cuando le perdonaron al país 1.400 millones toda la deuda externa con tal de que los intereses fueran usados para la reducción de la pobreza. Uno ve esto, ¿y cómo cree que yo me siento?

“Esto” es una serie de fotos publicada en Internet que el obispo ahora exhibe:

—Mire, el 24 de junio el ministro de la Presidencia saca de la bóveda del Banco Central 40 millones de lempiras en efectivo (2.144.000 dólares).

—Monseñor, esto es Zelaya, pero esto también es Micheletti...

—Exactamente. Dios quiera que salgamos de esta en paz y luego que los políticos cambien o ya no tienen nada que decir. Ahora, con el ALBA y la “cuarta urna”, le habían dado una esperanza a los pobres de este pueblo, pero lo triste es que se trataba de una esperanza vacía. Tenemos que proponer un auténtico alivio a la pobreza.

*Desde Tegucigalpa, Honduras.

 


 

 

 

 

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