Del
Foro participaron más de 80 mil personas. Alrededor de 53 mil de manera
individual, 19 mil como delegados de las más diversas organizaciones y
el resto como periodistas, colaboradores y voluntarios. Las delegaciones
de Venezuela, Brasil y Colombia fueron las más numerosas.
Un
nuevo contexto internacional
La participación creciente
de movimientos sociales y organizaciones norteamericanas es un dato
nuevo de los foros y parece expresar el nuevo clima político anti-belicista
que emerge en el país del norte. Su símbolo, Cinthia Sheehan, la madre
de un soldado muerto en Irak que acampó frente al rancho de Bush en
señal de protesta, tuvo una presencia destacada en Caracas. El
contingente norteamericano, entre los que se encontraban las
organizaciones sociales y políticas organizadoras de los movimientos y
manifestaciones antiguerra, vuelve a conectar las luchas y rebeliones de
los países dependientes y oprimidos con las aspiraciones pacifistas de
crecientes porciones de la sociedad norteamericana.
Durante las jornadas del
Foro, una nueva escalada diplomática tuvo lugar entre Venezuela y EEUU,
cuando el gobierno local descubrió acciones de espionaje que
involucraban a altos jefes militares y decidió expulsar al agregado
naval norteamericano, mientras EEUU replicó anunciando una medida
similar contra la jefa de gabinete del embajador venezolano en
Washington. Aunque una intervención militar hoy es prácticamente
imposible, no habría que subestimar las declaraciones de Rumsfeld cuando
comparó a Chávez con Hitler o las del General James Hill, comandante de
las FFAA estadounidenses para la zona sur cuando dijo "estamos ante una
nueva amenaza emergente en América Latina, que se observa en Venezuela y
Bolivia. Al lado del narcoterrorismo, de la guerrilla, etc. aparece
ahora el populismo radical. Y esto es una amenaza para los intereses de
EEUU". O las afirmaciones recientes de la secretaria de Estado
Condoleezza Rice, que llamó hoy a la comunidad internacional a crear "un
frente unido" contra el presidente venezolano Hugo Chávez, al que
presentó como "un desafío para la democracia" y un "peligro" para la
región por sus relaciones con Fidel Castro.
Estas declaraciones
pretenden crear el terreno ideológico y político para una eventual
ofensiva sobre el continente, aunque posiblemente sus esfuerzos
inmediatos no estén dirigidos a una intervención directa sino a la
creación de fuerzas locales de oposición (al estilo de la contra
nicaragüense) o de sostenimiento moral y financiero de las derechas
electorales para recomponer sus filas hoy maltrechas, tanto en Venezuela
como en Bolivia.
Pero la reacción histérica
de la administración norteamericana revela que su accionar de conjunto
en la región adopta rasgos defensivos, si se la compara con las últimas
décadas de dominio indiscutido y la preponderancia de las relaciones
carnales con las camarillas políticas locales durante los años ’90. El
nuevo contexto, entonces, está marcado por el giro a la izquierda de las
masas, rebeliones populares y nuevos gobiernos en algunos países que se
muestran independientes del imperialismo, sobre todo el de Chávez y
habrá que ver en el futuro el alineamiento de Evo Morales. De este modo
América Latina es hoy un laboratorio de experiencias y debates que han
vuelto a colocar el imaginario socialista y la capacidad de transformar
la sociedad, luego de las derrotas y las frustraciones del experimento
stalinista y de la hegemonía indiscutida del discurso neoliberal. El
nuevo contexto parece propicio para adicionar al famoso No, ese grito de
rebelión y rechazo, el Si de una alternativa real y efectiva capaz de
oponerse al capitalismo.
Los
gobiernos de centroizquierda en América Latina
Chávez comete un error
fundamental: confunde las necesidades diplomáticas con las
caracterizaciones políticas. En su discurso a la Asamblea de los
Movimientos Sociales en el Poliedro de Caracas llamó a Lula “gran
compañero” y dijo que es preciso ‘apoyarlo’ porque estamos en un
proceso”. Generalizando su teoría de las circunstancias afirmó que “No
se puede pedir a Chávez que haga lo mismo que Fidel. No se puede pedir a
Lula que haga lo mismo que Chávez. O a Evo, lo mismo que Kirchner.
Estamos todos en un mismo proceso aunque cada uno en sus
circunstancias”.
En Venezuela es común oír
sobre la existencia de un “frente antiimperialista continental”, aunque
difícilmente pueda ser compatible con la política exterior que ejercen
desde la Casa Rosada en Argentina o el Planalto en Brasil. Parece
difícil creer que la participación en las tropas de intervención de la
ONU en Haití, la distancia y nula colaboración con Cuba o la
intervención en Bolivia en concordancia con los deseos norteamericanos
de estabilización regional, puedan ser compatibles con la participación,
incluso implícita en algo semejante a un “frente antiimperialista
continental”. Es evidente que existen profundas diferencias entre las
políticas implementadas por los gobiernos de Uruguay, Brasil o Argentina
(y no sólo en política exterior) de las medidas adoptadas por Venezuela.
Cualquier confusión al respecto podría colocar, como ya ha hecho con
importantes dirigentes del movimiento social y de los derechos humanos
en Argentina, a los movimientos de lucha en el campo de los explotadores
y sus representantes políticos, que aplican, sino en su totalidad en su
núcleo fundamental, lineamientos de continuidad con los gobiernos
neoliberales.
Jerarquías y diversidad
Hace un año, en el marco
del V Foro realizado en Porto Alegre, Ignacio Ramonet, así como François
Houtart[1], figura destacada en el Consejo Internacional del Fórum,
entre otros líderes del movimiento, alertaron de que el evento corría el
riesgo de volverse “turismo revolucionario”, reuniones “folklóricas”,
que la fragmentación de los debates en miles de propuestas dejaría sin
jerarquía ni capacidad de decisión al foro y que se debían escoger
acciones prioritarias y llevarse acabo por todos los participantes. Al
igual que otros intelectuales ellos vieron en las acciones de gobierno
como el de Venezuela las vías para concretizar los anhelos y utopías de
las asambleas ciudadanas. Hugo Chávez en su discurso a la asamblea de
los Movimientos Sociales que realizó el viernes 27 en el Poliedro de
Caracas retomó el hilo conductor de Ramonet alertando sobre los mismos
problemas (folklorización, turismo) y proponiendo acciones conjuntas a
nivel global contra el imperialismo y su jefe “Mr. Danger”.
Evidentemente la incapacidad del foro para establecer agendas
prioritarias ha impedido hasta ahora acciones comunes antiimperialistas
de carácter mundial, sistemáticas y efectivas, que hundan sus raíces en
las luchas de los pueblos coordinadas globalmente. Para Antonio Martins[2],
integrante de ATACC- Brasil, el foro ha sido un espacio abierto y
laboratorio de ciencia social donde se reelaboran permanentemente
teorías de la transformación. Coloca en contacto a diversas teorías y
escuelas sociales y no lo hace desde el punto de vista académico o sólo
de cúpulas partidarias, sino que rompe las barreras entre la ciencia y
la militancia, poniendo en diálogo a intelectuales y activistas de todos
los continentes, a diversas teorías y experiencias en un mismo ámbito de
debate. En ese contexto el foro se ha vuelto una referencia mundial para
gobernantes y representantes políticos de todas partes. Hay cosas
realmente ciertas en esto. Las grandes insurrecciones en las calles
desde Seattle a fines de 1999 fueron un impulso decisivo para la
emergencia de este fenómeno nuevo. En los hechos, la existencia de un
espacio donde se practica el libre debate de ideas y el intercambio de
experiencias es una novedad del movimiento de lucha social
anticapitalista favorecido por las nuevas condiciones internacionales
abiertas hacia fines de los ‘90. Incluso ha permitido el conocimiento y
la articulación de nuevas organizaciones y redes de acción internacional
que hubieran sido imposibles sin este espacio. Las mismas organizaciones
revolucionarias que somos una pequeña minoría en el foro, donde
predominan las expresiones políticas e ideológicas reformistas, los
programas redistributivos, hemos podido avanzar, gracias a este espacio,
en intentos de reagrupamiento político y organizativo, oponiéndonos
periódicamente a las visiones no-clasistas del mundo globalizado, las
omisiones mayoritarias a toda propuesta de ruptura radical con la
sociedad existente, los modelos neo-keynesianos, las relaciones
preferenciales que muchos líderes del foro conservan con los gobiernos
social-liberales de Europa o Latinoamérica o las visiones angelicales
sobre las reformas necesarias en el terreno de las finanzas
internacionales, la ONU, o la paz mundial. Aún así el espacio de Forum
se enfrenta a una crisis que es un producto combinado de su crecimiento
numérico y político y de sus debilidades ideológicas.
Detrás de la opinión de
que “no hay sujetos sociales “históricos”, más capaces que otros para
encabezar la transformación del mundo” y que por lo tanto “no hay
campañas que sean, a priori, más relevantes que las demás”, que no hay
“direcciones ni partidarias ni intelectuales autorizadas a definir estas
campañas en nuestro nombre, fuera de nuestros espacios de diálogo”[3],
se ha rechazado campañas y definiciones comunes concretas, puesto que
los Forum sólo pueden ayudar a “construir actores colectivos, lugares de
encuentro e intercambio” pero no son la “instancia más adecuada para
tomar decisiones”. Así, bajo la supuesta “lucha contra las jerarquías”
los referentes del Foro se incapacitan para definir los puntos
fundamentales de una agenda de lucha mundial inmediata, basada en la
oposición a la guerra imperialista en Irak y la “guerra preventiva”
ideada por la administración Bush, que hoy se continúa mediante la
ofensiva sobre aquellos países a los que considera “ejes del mal” como
Irán, Venezuela, Siria o Corea del Norte, o sobre movimientos y partidos
como el Hamas o las Farc. La idea de que no cabe tomar decisiones a
nombre de otros suena algo paradójico, puesto que no se deja de hacerlo:
rechazar la puesta en práctica de formas democráticas de toma de
decisiones para ejecutar planes globales de lucha concretos y efectivos.
Al mismo tiempo la apelación a la diversidad y la igualdad de
problemáticas oculta el núcleo y los fundamentos de los males que
atraviesa la sociedad contemporánea, regada de injusticias, guerras,
degradación social y moral y catástrofes ecológicas en nombre de la
democracia y el mercado. La preocupación legítima por las cuestiones de
género, ecológicas o de otra índole no se subestima ni se menosprecia
cuando se las incorpora a la lucha más vasta y abarcadora contra el
imperialismo guerrerista y el capitalismo depredador.
La pasividad y la
abstención, le sirven de manera directa a los señores de la guerra,
o indirectamente a sus aliados diplomáticos que ejercitan un
discurso pacifista pero son cómplices y hasta socios comerciales de
la guerra, como Alemania, Francia y otros países “civilizados”.
Muchos líderes del Foro, que mantienen estrechas relaciones con este
tipo de gobiernos social-liberales pretenden mantener a los mismos
como lugares de debate, de intercambio cultural y artístico y así
evitar pronunciamientos y medidas que puedan comprometer o poner en
serios apuros a sus socios. Nadie puede rechazar algunos de los
logros que los dirigentes del foro mencionan, pero ellos podrían
servir como una plataforma superior para la lucha antiimperialista.
Todo lo que no progresa termina por estancarse, e incluso retrocede.
Samir Amin apuntaba a este desafío cuando sostuvo en el marco del
Foro en Caracas que “así como la naturaleza, la política tiene miedo
al vacío. Los cambios en el mapa de América Latina, y la creciente
situación de inestabilidad en Irak y Medio Oriente, abren un nuevo
espacio de actuación para las fuerzas que se oponen a la actual
lógica de dominación mundial comandada por EEUU”. Por último, más
paradójico aún resulta ser el hecho de que los dirigentes del la CUT
y el PT, o de la socialdemocracia europea, que son tan influyentes
en el foro, no puedan mostrar en sus prácticas habituales ese
desapego tan consecuente hacia las jerarquías y toma de decisiones
“en nombre de otros” que practican en el FSM.
Entre la autonomía y el estado
El foro social desde
su primera iniciativa en el 2001 incluyó un gran componente
autonomista. No se trataba sólo de mantener la autonomía del foro
frente a los distintos gobiernos y partidos, sino fundamentalmente
de la convicción de que los cambios esenciales en las relaciones
sociales provenían de lo que comúnmente se denomina la “sociedad
civil” y no del estado. Allí estaban como testimonio las
experiencias fallidas y el posterior derrumbe tanto del estalinismo
como del estado benefactor y el estatismo practicado y proclamado
por la socialdemocracia. La idea del “poder constituyente” como
elemento comunista subversivo y creador frente al “poder instituido”
cosificador de las relaciones sociales y opresor de Tony Negri, o la
teoría del “anti-poder” en Holloway se volvieron sentido común para
los movimientos sociales de resistencia en casi todo el mundo, sobre
todo en el período en que la oleada asfixiante de gobiernos
neoliberales que inundaba el mundo ni siquiera permitía pensar la
acción estatal como factor de cambio y liberación. En ese sentido
los autores autónomos hicieron época, reflejando un período marcado
por la deserción absoluta del estado y la mercantilización de toda
la vida social, como las pensiones de retiro, los servicios públicos
esenciales y hasta el tiempo libre.
Ahora el estado volvió
por sus fueros, aquí y ahora, y su capital es Caracas. El estado fue
nuevamente asumido como el instrumento fundamental de cambio y ahora
la supina idea de “tomar el mundo sin cambiar el poder” parece,
luego de un par de años, un grito disonante, ingenuo, un recuerdo de
cómo fue colocado el movimiento popular a la defensiva, sin
capacidad real de maniobra en la lucha de clases. Aunque ese eco no
desapareció ni mucho menos del escenario mundial, por lo menos en
América Latina parece haber quedado fuera de moda.
Emir Sader, Ramonet y
otros intelectuales encabezan la exigencia de que se tome en cuenta
a los gobiernos latinoamericanos cuando se piensa en que “otro mundo
es posible”. Para Sader “fracasaron también los movimientos sociales
que pretendieron mantenerse en la esfera de la lucha social,
sustituyendo la lucha política o intentando prescindir de ella.
(...) En la propia Venezuela, los participantes en el FSM
encontrarán un proceso político en el que efectivamente se promueve
la prioridad de lo social, se limita la libre circulación del
capital financiero, se opone a la hegemonía imperial belicista, se
promueve activamente la integración latino-americana, tanto en los
planos político y económico general, como en aspectos decisivos como
el energético y la democratización de los medios de información”[4].
Así estamos, mientras
unos exigen mirar el siglo pasado para superar los límites del
reformismo estatista, el populismo y su culto al estado, con sus
promesas, mitos y desencantos, otros exigen ver más allá de las
“resistencias sociales” y pasar al terreno de los proyectos
políticos si se pretende superar la intrascendencia.
Entre las tendencias
ideológicas autonomistas y los renovados impulsos keynesianos y
estatistas que comienzan a brillar en el firmamento latinoamericano,
hay más cosas en común de lo que están dispuestos a admitir
cualquiera de sus integrantes. Baste con recordar la cuestión
fundamental: su oposición a las experiencias de rupturas
revolucionarias radicales. Ya sea porque el poder instituyente se
vuelve, al estilo Foucoultiano, es decir por la naturaleza misma del
poder, un nuevo Leviatán opresor, o bien porque las rupturas
radicales terminan eventualmente en dictaduras estalinistas, las
vías revolucionarias para la transformación social del mundo han
sido declaradas obsoletas y peligrosas. Las coincidencias teóricas
han tenido su correlato en acuerdos políticos concretos, como el
apoyo al Si en el referéndum sobre la Unión Europea en Francia o el
apoyo al gobierno de Lula en Brasil.
La experiencia venezolana
Para los estatólatras
como Sader -que han seguido defendido al PT incuso cuando el barco
ya estaba hundido-, sin el estado no hay posibilidad de cambios.
Pero se hace caso omiso del tipo de estado que puede efectuarlos. La
Meca se mudó de Brasil a Venezuela. En parte es comprensible. El
gobierno venezolano ha mantenido una política exterior
independiente. Chávez ha sido valiente en sentarse junto a Fidel
Castro, comerciar y establecer relaciones con Irán, Rusia, China o
con quién sea, aunque le moleste a Norteamérica. En ese sentido
Kirchner, Lula o Tabaré Vázquez no les llegan ni a los talones. Es
real también que los últimos años del gobierno venezolano, sobre
todo luego del golpe fallido y sobre todo de derrota del paro
petrolero, ha adquirido una dinámica social que ha operado cambios
importantes. Las misiones, las reformas en salud, el combate al
analfabetismo, son indicadores de una nueva política social, que ha
recibido el apoyo de la inmensa mayoría de los pobres del campo y la
ciudad. Pero por supuesto, esto no modifica el carácter de clase del
estado.
El proceso
revolucionario en Venezuela tiene pendiente un camino claro en la
ruptura con la propiedad privada de los medios de producción
estratégicos, los medios de comunicación que han sido la cuna del
golpismo imperialista, y la reforma agraria, instrumentos
indispensables e insustituibles para reemprender un proceso de
reindustrialización y recuperación productiva de la renta petrolera.
El socialismo del siglo XXI sólo puede abrirse paso si se parte de
estas medidas básicas. Y esto por supuesto exige profundizar el
proceso revolucionario, asimilando las lecciones de todo el siglo XX,
en el que movimientos de transformación tantos o más profundos han
tenido lugar en Argentina, Perú, Brasil o México sin que a la larga
sean modificadas las relaciones sociales fundamentales.
En segundo lugar el
tipo de estado al que aspiramos los socialistas desde Marx, es aquel
que se construye con la fuerza y participación desde debajo de la
inmensa mayoría de los explotados, y que en parte comienza desde que
se hace efectiva esa participación, a volverse un no-estado, un
aparato que va disolviendo y entregando sus potestades políticas,
que son reabsorbidas por la sociedad de la que había estado separada
e incluso enfrentada irreconciliablemente. En Venezuela el estado lo
es todo, (o casi todo) mientras que la sociedad es débil. Esta
característica histórica construyó relaciones desiguales entre el
poder estatal y las masas, introdujo elementos cesaristas y
caudillisticos permanentes y le otorgó rasgos autoritarios y
represivos permanentes al sistema democrático bipartidista de adecos
y copeyanos. La potencia del caudillo sólo puede surgir de la
voluntad popular, pero para que el mito perdure, esa voluntad debe
ser entregada al jefe. Cuanto más se refuerza esa autoridad, incluso
si este adopta, como Chávez, medidas progresistas y
antiimperialistas, menos capacidad adquieren las masas para el
auto-gobierno. Llega un punto en que el gobierno de un hombre, un
cesarismo progresivo frente al poder imperialista, se vuelve una
traba para el desarrollo de la polis moderna, del gobierno
democrático de las masas. El caudillo no tiene control ni
contrapeso. Los partidos pueden ser mediadores de las demandas
presidenciales, pero nunca pueden limitar o controlar, y menos aún
rechazar su poder.
La consecuencia de la
debilidad histórica de lo que puede denominarse la “sociedad civil”
ha hecho que las masas hayan intervenido en momentos específicos y
determinados del proceso revolucionario, como el golpe del 2002 o el
paro del 2002-2003, pero la gran mayoría de las iniciativas
permanentes de organización y participación de masas han sido
adoptadas desde el gobierno y el estado. Las misiones, los círculos
bolivarianos, los consejos comunales. Incluso la formación de la UNT
fue apadrinada desde arriba, aunque su formación fue catalizada por
la participación obrera en la lucha contra el paro. Pero existe una
dialéctica de organización-cooptación, basada en la ampliación del
espacio de influencia partidista, que al mismo tiempo genera una
tendencia dinámica autónoma y de autogobierno en el que han crecido
organismos, y núcleos autónomos en comunidades, en el campo y los
movimientos indígenas, y a su vez una dependencia estatal y
subordinación política de las mismas. Es un movimiento
contradictorio y un proceso vivo que está aún en desarrollo. La
cogestión obrera, reducida a pocas empresas, fue lograda gracias al
protagonismo de los trabajadores contra el look out patronal, e
incluso en su momento apoyada desde el gobierno, pero luego
estancada e incluso desmantelada en PDVSA, o congelada en el sistema
eléctrico. Mientras el estado se arroga representar a los
trabajadores, algunos de ellos exigen participar en la gestión de
las empresas. Las denuncias sobre la corrupción del aparato estatal,
el rechazo masivo a los “partidos del cambio” oficiales, e incluso
el boicot de gobernantes, alcaldías o funcionarios respecto a las
medidas que el pueblo exige, demuestran hasta qué punto el aparato
estatal le es ajeno a la población, un agente clasista sobre ella,
jerárquico, sostenedor de un sistema heterónomo de relaciones
sociales. No es casualidad que sólo la figura presidencial sea
convocante y respetada, sin la cual el proceso no avanzaría. La
relación bonapartista del ejecutivo con las masas expresa la
debilidad y no la fortaleza del proceso, y convoca al desarrollo de
organizaciones autónomas de la clase trabajadora, los campesinos y
el pueblo pobre para desarrollar y facilitar el poder popular y el
auto-gobierno de las masas. La experiencia del “socialismo real” en
los países del este debería ser lo suficientemente aleccionadora
sobre los riesgos de alentar y justificar el burocratismo, el
sustitucionismo y la toma de decisiones de corte verticalista,
incluso de aquellas medidas progresivas que se hacen en nombre del
antiimperialismo o del socialismo del siglo XXI. Sería irónico que
pudiéramos extraer conclusiones adecuadas en el este, pero incapaces
de mantener una línea socialista consecuente e independiente en
América Latina. La urgencia por colocarse en el margen correcto en
la lucha contra el imperio, no debería ser la excusa para otorgar un
cheque en blanco al nacionalismo de izquierda venezolano ni al
socialismo de estado cubano, con todo el valor y la valentía (y la
simpatía y el apoyo que nos merecen) tener que enfrentarse con un
poder imperialista mil veces superior. Al revés, una concepción
libertaria, genuinamente socialista, tal como lo formulara, más allá
de sus puntos débiles, Lenin en El Estado y la revolución, podría
servir mil veces más al socialismo tanto en Cuba como en Venezuela
que un seguidismo acrítico y una concepción estatista y burocrática
del mismo.
En resumen, se trata
de superar la antinomia entre el autonomismo o el estatismo burgués.
El primero carece de proyección política estatal sin la cual es
imposible derrotar al imperialismo y dar paso en la transición al
socialismo. Esta comienza a ser la lección fundamental que puede
dejar la experiencia de más de diez años de lucha de los zapatistas
en México, que luego de errores fundamentales en su estrategia
autónoma se encaminan a ensayar alternativas de organización
política a nivel nacional; o la de Ecuador, donde los movimientos
indígenas y campesinos entregaron su propio poder a militares y a
políticos veletas que significó una derrota que aún hoy los
movimientos sociales están pagando. O finalmente, la experiencia
Argentina, donde pareció que las prácticas autónomas y experiencias
barriales o productivas podían sustituir con éxito la construcción
de herramientas políticas anti-capitalistas, aunque la recomposición
del estado y de la clase dominante recondujo esas experiencias con
relativa facilidad e incluso cooptó a muchos de sus integrantes.
El segundo caso, el
estatismo reformista, niega la superación de la propiedad privada,
la socialización de los medos de producción y la gestión directa y
democrática de todos los asuntos públicos por parte de las masas,
única posibilidad de crear un nuevo tipo de estado que inaugure el
camino a la sociedad comunista. Por eso sus partidarios se
encandilan con más mínima medida que algún gobernante de
centroizquierda pueda tomar con la esperanza de que sean dos o tres
milímetros más izquierdistas que los Menem, Cardozo o Battle, o
recrean la ilusión de un transito “por arriba” entre el nacionalismo
de izquierda y el socialismo y hacen un culto al poder emancipador
del estado.
Hay una tercera
variante que es necesario recuperar de acuerdo a la nueva época en
que vivimos. Se trata de volver a ubicar como centro de una
estrategia socialista la transformación revolucionaria de la
sociedad y la transición hacia un no - estado, asegurado por la
extensión de nuevas relaciones sociales al interior de las
sociedades más desarrolladas. Ni apoliticismo ingenuo en nombre de
un falso antiautoritarismo, ni fetichización del estado capitalista
o burocrático. Hay que pensar las vías hacia una ruptura radical del
estado capitalista y el poder económico, social y cultural de la
clase dominante, y las formas de transición estatal mediante la
acción conciente y participación directa de las masas, única manera
en que puede entenderse hoy en día el socialismo.
[1] La mundialización
de las resistencias y de las luchas contra el neoliberalismo,
François Houtart.
[2] Que outro mundo é
possível, Martins Antonio, 2006.
[3] Idem.
[4] Foro Social
Mundial: de la resistencia a la lucha por un mundo posneoliberal o
la intranscendencia. Emir Sader, enero 2006.
Jorge Sanmartino
es integrante del EDI (Economistas de Izquierda) y de Corriente
Praxis