Identidad y unidad de clase
La cuestión es la
siguiente: ¿cómo es posible que trabajadores que permanecen bajo
relaciones sociales de explotación, pero que se encuentran en distintos
lugares de producción, que vivencian una disputa permanente entre ellos
por la venta de su fuerza de trabajo, que son puestos en competencia
mediante el escalafón y las categorías, que pertenecen a ramas de
producción y servicios completamente distintas, que están divididos por
el nivel de sus ingresos, sus posiciones de producción y
responsabilidad, sus calificaciones y competencias, que en muchos casos
poseen culturas y tradiciones distintas, que provienen de diferentes
geografías e idiosincrasias, llegan a pensarse y a organizarse como una
clase? Si remitiéramos esta pregunta a las mismas relaciones sociales de
explotación comunes estaríamos dando vueltas en un círculo vicioso,
porque volveríamos exactamente a donde habíamos partido, la existencia
sociológica de un porcentaje nunca visto históricamente de asalariados
en el mundo, que son su presupuesto. El campo de la infraestructura sólo
nos habilita a pensar una referencia material, pero nos exige volver
nuestra mirada sobre los procesos que se encuentran en las mismas
relaciones sociales antagónicas, a comprenderlas como relaciones en
conflicto, es decir, nos exige concentrarnos en las experiencias y las
luchas que los trabajadores se ven obligados a librar. E. M. Wood
rescatando el concepto de formación de clase planteado por E. P.
Thompson sostiene que “las determinaciones objetivas no se imponen por
sí mismas sobre una materia prima en blanco y pasiva, sino sobre seres
históricos, activos y concientes. Las formaciones de clase surgen y se
desarrollan ’a medida que los hombres y las mujeres viven sus relaciones
productivas y experimentan sus situaciones determinadas, dentro del
conjunto de relaciones sociales’, con su cultura y expectativas
heredadas” . Lejos de separar la estructura y la historia, es necesario
articularlas de modo que las formaciones de clase puedan definirse, como
un proceso estructurado. Hay un caso que puede servir de ejemplo. Una
visión obrerista va a tender a rechazar cualquier identidad de clase que
no sea inmediatamente estructural, en los hechos a negarle el carácter
proletario o a subestimar su influencia y propósitos por no poder “parar
la producción”, como ha ocurrido con ciertas corrientes obreristas en
nuestro país respecto al movimiento de desocupados. Pero en un sentido
el movimiento piquetero fue mucho más “centralizador” clasista que los
trabajadores ocupados de la industria. Fueron capaces incluso de
articular una alianza social anunciada como “piquete y cacerola”. Como
la historia no es un reflejo condicionado de la estructura, sino que
participa activamente “modificando las circunstancias” lo que tenemos de
específico en nuestro país es que un sector de clase puesto al margen de
las relaciones de explotación directas, se ha colocado durante más de 5
o 6 años en el centro de la vida de una sociedad compleja y moderna como
la Argentina. Con todas sus particularidades, límites y potencialidades,
un sector de la clase sociológicamente marginal se constituyó en
políticamente central. Un marxismo pobre no podría asimilarlo.
Los límites del obrerismo espontaneísta
Como vimos, la
identidad y unidad proletarias no nacen automáticamente de la
posición estructural, que son sólo su presupuesto material. Un
ejemplo que nos es familiar es el del corporativismo sindical. Las
conquistas sindicales de un sector de la clase trabajadora pueden
resultar en la división y ruptura de la solidaridad de clase, que es
funcional a la reproducción de las relaciones sociales de
producción. Tal es el caso de los acuerdos obrero-patronales frente
al consumidor. El sindicalismo deviene en muchas ocasiones en anti-socialismo,
es decir en un instrumento burgués contra el conjunto del
proletariado. Rosa Luxemburgo polemizó con Berstein y Schmidt al
respecto. “Por otra parte, el intento de los sindicatos de fijar la
escala de la producción y los precios de las mercancías es un
fenómeno reciente. Recién ahora hemos sido testigos de intentos
semejantes. Y fue nuevamente en Inglaterra. Por su naturaleza y
tendencias, dichos intentos se asemejan a los que describimos más
arriba. ¿Para qué sirve la participación activa de los sindicatos en
la fijación de la escala y costo de producción? Sirve para formar un
cártel de obreros y empresarios contra el consumidor y, sobre todo
contra el empresario rival. Su efecto en nada difiere del de las
asociaciones comunes de empresarios. Fundamentalmente ya no tenemos
un conflicto entre el capital y el trabajo sino la solidaridad del
capital y el trabajo contra el conjunto de los consumidores. Desde
el punto de vista de su valor social, parece ser un movimiento
reaccionario que no puede constituir una etapa en la lucha por la
emancipación del proletariado porque es lo opuesto a la lucha de
clases”. Como se ve la lucha que nace naturalmente del metabolismo
de la reproducción capitalista en torno al valor de la fuerza de
trabajo puede dirigirse por caminos divergentes. De uno u otro
depende la dispersión o la capacidad dirigente de masa del
proletariado. En Argentina la lucha por el salario -a veces incluso
muy radicalizada- incluyó una aceptación de los términos en que la
clase dominante encuadró al movimiento obrero en sindicatos
estatizados y el partido peronista . Aquí puede verse la relevancia
del planteo de Lenin exigiendo que las luchas económicas no sean
libradas a sí mismas y se las eleve a la “lucha política
sociademócrata”. Lenin sostuvo que “La clase obrera espontáneamente
gravita hacia el socialismo; pero la ideología burguesa que está muy
extendida (y revive continuamente y de diferentes maneras)
espontáneamente se impone sobre el obrero en un grado todavía mayor”
. Es decir, mientras que la base estructural puede facilitar por la
misma vivencia de la explotación una posición clasista en los
trabajadores (y sólo en ese sentido Lenin dice que “tienden al
socialismo”), sin embargo las conclusiones que se saquen de dicho
conflicto están mediadas por las condiciones políticas e ideológicas
imperantes en la sociedad capitalista, aquellas que son según Marx
las ideas de la clase dominante. No sólo por la capacidad estatal y
los recursos culturales de la burguesía, sino también porque las
relaciones sociales aparecen en el capitalismo fetichizadas como
relaciones entre cosas, así como se oculta bajo un contrato
comercial entre compradores y vendedores de mercancías la
desigualdad de base que se opera en las relaciones de producción.
Incluso cuando estos mecanismos llegan a ser cuestionados por los
explotados, la clase capitalista es capaz de imponer nuevas
conclusiones políticamente falsas: aquellas que desvían el objetivo
hacia los inmigrantes, las minorías o bien a la naturaleza
inevitable de la explotación, generando la desmoralización u otros
sentimientos de impotencia y resignación. Por todos estos factores
es que a pesar de que las relaciones productivas materiales
favorecen espontáneamente las ideas socialistas en los trabajadores
que vivencian la explotación, sin embargo los resultados pueden ser
opuestos, reforzando la dominación y la subordinación. Ahí está el
valor actual del planteo leninista, porque la oposición y superación
de las “ideas de la clase dominante” que se imponen cotidianamente a
la clase obrera exigen ser procesadas en el mismo nivel en que la
clase capitalista impone las suyas: en el de las concepciones e
ideas que forman la conciencia de los hombres. Esto requiere de un
esfuerzo de carácter político e ideológico que es la única garantía
de preservar la identidad y la unidad más allá de los vaivenes de la
lucha. No se trata de reproducir la separación espacio-temporal
entre la conciencia y la espontaneidad o entre los ámbitos
epistemológicos del sujeto y el objeto, sino de ponerlos en
movimiento dialéctico en el que ambos son momentos de un mismo
proceso. Como lo dice Alan Shandro: “Sin embargo, la tesis de Lenin
resiste cualquier identificación simple con la distinción entre
espontaneidad y conciencia, con la distinción entre base y
superestructura. En el curso de su argumento, la vanguardia
conciente es convocada tanto a fomentar el movimiento obrero
espontáneo como a combatirlo. La ambivalencia aparente de esta
posición está basada en una valoración de la espontaneidad misma
como embrión de la conciencia socialista y (al mismo tiempo, N. de
R.) repositorio de la ideología burguesa” . Lenin parte de que hay
una profunda asimetría en el juego de correspondencias entre las
posiciones estructurales y la conciencia política. Las últimas
décadas vieron este proceso llevado al paroxismo, registrando una
expansión global sin precedentes de las relaciones capitalistas y de
las cuales podía inferirse un crecimiento correspondiente de la
conciencia y la organización de clase, aunque fueron el resultado y
al mismo tiempo la causa de desmoralización, crisis y retrocesos.
Del siglo XIX a la crisis mundial
Hemos sostenido que la
unidad y la identidad de clases no devienen de una correspondencia
directa con la posición estructural. Es verdad que Marx había
sostenido que las tendencias inherentes al desarrollo capitalista
creaban un progresivo crecimiento del proletariado, un permanente
impulso a la proletarización de las clases medias, una tendencia a
la miseria creciente. Ya desde el Manifiesto Comunista Marx había
anticipado que la burguesía, mediante la expansión de la industria
creaba al mismo tiempo a su propio sepulturero, el proletariado.
Incluso en su concepción de lo que debía ser un partido de la clase
trabajadora creía que se constituiría en una “representación
política” del conjunto de la clase, la cual conquistaría primero en
los sindicatos -tal como en Inglaterra- una trinchera económica
masiva. La tendencia a la homogeneización social del proletariado
estaba asegurada por la lógica intrínseca del movimiento del
desarrollo capitalista. Hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX
esto parecía extenderse a los derechos sindicales y políticos de la
clase trabajadora, en los que crecía exponencialmente, sobre todo
desde 1890 con el fin de la crisis y la anulación de las leyes
antisocialistas en Alemania, las tasas de sindicalización y los
derechos laborales, así como el crecimiento de los partidos
socialistas. Fueron estas condiciones sociales particulares las que
llevaron a los socialistas europeos de la segunda generación,
alistados en la II Internacional, a tomar unilateralmente las
tendencias descritas como elementos unificantes del desarrollo
capitalista. Así, parecía que los países avanzados mostraban el
itinerario inexcusable por el que deberían pasar los más atrasados,
como producto de los efectos inevitables de leyes necesarias del
desarrollo capitalista. Las conquistas económicas debían seguir
generalizándose eternamente, los derechos políticos expresarían este
crecimiento, y la unidad y conciencia de clase iría progresando
conforme se irían reforzando con el crecimiento permanente y la
expansión de la industria y el comercio capitalista. Esta visión era
compartida, en general tanto por el ala ortodoxa de Kautsky como la
revisionista de Berstein. Para el primero la creciente concentración
de la riqueza simplificaba la diversidad y complejidad de los
sectores de clase, unificando la identidad clasista y su expresión
política, el partido socialista. Si las tendencias económicas
espontáneas homogeneizaban y polarizaban la lucha de clases el
crecimiento orgánico de la clase trabajadora no era más que la
expresión de las “leyes de hierro” de la necesidad histórica, de la
cual se deducía la inevitabilidad del socialismo. En la segunda
variante, las tendencias económicas y la estructura del estado
tendían a complejizarse (lo que más tarde Hilferding llamaría
“capitalismo organizado”), aunque en su totalidad la clase
trabajadora podía conquistar gradualmente posiciones políticas
estables. Berstein sintetizó su planteo antirrevolucionario con la
célebre frase “el movimiento lo es todo, el fin no es nada”. El
revisionismo acompañaba la misma creencia en que el crecimiento
orgánico del capitalismo llevaría a una posición automáticamente
cada vez más independiente y relevante a la clase obrera, aunque en
el primero la conclusión era revolucionaria y en el segundo
reformista. Ambos estaban abandonados a la creencia muy fuertemente
arraigada del evolucionismo social. El sentido de un progreso
ascendente estuvo profundamente arraigado en las condiciones
sociales y en la experiencia del momento. En el campo filosófico
esto se expresó en un marxismo de fuerte contenido positivista,
expresión en la creencia en leyes sociales ineluctables inherentes
de la historia y de la economía. La catástrofe de la guerra mundial,
la crisis y parálisis del movimiento obrero, la debacle
social-patriota de la mayoría del socialismo alemán y europeo
demostraba que no había linealidad progresiva en la historia y que
el hiato entre la expansión de las relaciones productivas y la
capacidad clasista de resolverlas no eran idénticas, ni el segundo
un reflejo del primero. ¿Había sido el mismo Marx responsable de
este materialismo mecanicista? En definitiva fue el joven Marx quién
había formulado en términos filosóficos la idea que el proletariado
poseía una esencia revolucionaria y que ella debía a la larga
reunirse con su realidad aparente. Pero ¿posee verdaderamente el
proletariado una esencia? Evidentemente los términos feuerbachianos
en los que formula el problema exigían algún medio para que esencia
y apariencia coincidan: allí estaba la historia, ese viejo topo,
para reunirlas definitivamente. Pero si ni la historia ni ninguna
otra personificación hacían nada (La sagrada familia) que no
hiciesen los hombres por sí mismos, es la política, no la filosofía,
el camino para reunir a los trabajadores con sus tareas históricas
concientes. Rechazando implícitamente la idea de una clase esencial,
de una dimensión revolucionaria intrínseca a su condición
estructural un Marx que podría ser denunciado por ‘hiperbolchevista’
afirma que “En su lucha contra el poder unido de las clases
poseedoras, el proletariado no puede actuar como clase más que
constituyéndose él mismo en partido político distinto y opuesto a
todos los antiguos partidos políticos creados por las clases
poseedoras” . Marx rechaza la existencia objetiva de la unidad
clasista, que sólo se impone gracias a la mediación de la
conciencia, y sólo gracias a ella cobra existencia efectiva. Esto ha
sido censurado vehementemente por el amplísimo campo antileninista,
que denunció la más mínima distinción entre la clase y el partido a
la que consideraba como una operación de exteriorización de éste
respecto a la clase, una dualización y una ‘rigidización’ de los
polos que en Marx estaban en movimiento . Esta visión sesgada
unilateraliza el planteo de Marx que es como mínimo complejo y
circunstanciado.
Lenin y Rosa Luxemburgo
Las tendencias que
nacen de las condiciones del desarrollo capitalista son
profundamente contradictorias, como lo son las mismas relaciones
sociales de producción. Mientras en un lado tenemos una tendencia a
la homogenización social, por el otro tenemos la recreación
constante y permanente de la fragmentación y la división social. La
clase obrera se divide, se separa en múltiples fragmentos y
sectores, con una diversidad fatal de intereses, representaciones e
identidades. Rosa Luxemburgo atacó el principio evolucionista e
ingenuamente unitario de Kautsky a raíz del debate sobre la huelga
de masas. Para ella en épocas de paz social, cuando las condiciones
no son revolucionarias, el proletariado se encuentra separado y
dividido. “En Alemania ocurren todos los años y todos los días
choques violentos y brutales entre obreros y patrones sin que la
lucha traspase los límites de un distrito o una ciudad, o incluso
una fábrica (...) Ninguno de estos casos cambia súbitamente a una
acción de clase mancomunada”. La cuestión cambia abruptamente en los
períodos revolucionarios, en los que las luchas económicas aisladas
confluyen en un torrente revolucionario general. “Por el contrario,
solamente en el período revolucionario, cuando los cimientos y los
muros sociales de la sociedad de clases se ven sacudidos y sometidos
a un constante proceso de descomposición, cualquier acción política
de clase del proletariado puede hacer emerger de su pasividad a
sectores enteros de la clase obrera” . En Alemania cualquier lucha
convocada por los “jefes del comité ejecutivo del partido”
arrastrará sólo a las capas sindicalizadas. La huelga de masas
espontánea unirá a los trabajadores sindicalizados con aquellos
sectores más sumergidos que “en épocas normales se abstienen de
participar en la lucha sindical”. Esta conclusión no es tanto
política como estructural: “en el curso pacífico y ‘normal’ de la
sociedad burguesa la lucha económica se fragmenta y se disuelve en
una multitud de luchas individuales en cada rama de producción y en
cada empresa” . Para Rosa Luxemburgo sólo las situaciones
revolucionarias pueden imponer a los trabajadores una perspectiva
general del movimiento de la clase, en la que cada lucha particular,
local y aislada, es vista por las masas movilizadas como parte
integrante del torrente revolucionario. Sólo la lucha revolucionaria
generalizada puede unificar y constituir una conciencia de clase
unitaria y colectiva. La huelga de masas obliga a “salir del taller,
la mina y la fundición, y superar la atomización y la decadencia a
las que se ve condenado el proletariado por el yugo cotidiano de la
explotación del sistema” . Pero Rosa adolecía de una falla
espontaneísta fatal, igual que Trotsky antes del ’17 en el que el
partido revolucionario podía ser a lo sumo un acelerador del
proceso, o en tiempos de paz, un educador. Para ella lo que unifica,
le otorga identidad y forja la conciencia de clase colectiva del
proletariado es la acción revolucionaria espontánea de las masas. De
ahí que ningún partido como el que quería Kautsky, ninguna
organización socialdemócrata que acumulara y preservara su aparato
conservador podía unifica a la clase, sólo la huelga general de
masas tal como se había dado en la revolución de 1905 en Rusia. Ese
es el motivo por el cual la revolucionaria polaca denunció la
táctica de la “guerra de desgaste” kautskiana, en la que el
crecimiento del partido y los sindicatos, y la preservación de ellos
como conquistas de todo el proletariado se había erigido en el
principio fundamentalmente conservador puesto que cualquier acción
les resultaba a los dirigentes socialdemócratas una amenaza, con el
peligro de que el gobierno los declare ilegales o les cierre sus
diarios, desafuere a sus diputados y clausure sus centros
culturales. El aparato lo es todo, la acción revolucionaria nada.
Rosa denuncia la falsa unidad de clase impuesta por un aparato
conservador desde arriba y exige que se mire a Rusia, donde la
espontaneidad de la huelga de masas unificó y le dio un sentido
clasista revolucionario a toda la lucha económica dispersa que la
clase obrera venía dando aisladamente. Las conquistas de la clase
las consigue mil veces mejor esas acciones que el aparato de los
partidos y los sindicatos mediante las batallas pacíficas y
cotidianas. Pero ¿cómo actuar, cómo asegurar el advenimiento de la
huelga de masas? En definitiva, ¿quién asegura la recomposición
revolucionaria de la unidad de clase del proletariado fragmentado y
disperso? La respuesta de Rosa Luxemburgo está en el advenimiento
inevitable y necesario de la crisis capitalista, cuya consecuencia
es la huelga revolucionaria de masas. En ella cada huelga, como en
la Rusia de 1905, es parte del todo revolucionario, sobrepasando el
estrecho marco económico-reivindicativo. En ese sentido el
partido-proceso característico de Luxemburgo y del Trotsky previo al
’17 revela limitaciones semejantes al economicismo ruso criticado
por Lenin. Mientras que Rosa Luxemburgo libra la batalla fundamental
contra el reformismo y el conservadurismo solapado de Kautsky,
unilateraliza la acción espontánea, que no puede ofrecer una
continuidad sustancial y sobreponerse a los vaivenes inevitables de
la lucha de clases. ¿Cómo sobreponerse a las alzas y las bajas
inevitables de la acción de masas? ¿Cómo aglutinar las lecciones del
pasado y forjar la unidad clasista del futuro? Lenin posee en este
punto una claridad superioridad sobre Rosa. Puesto que el punto de
partida de la recomposición revolucionaria es la estrategia, y sólo
una clara perspectiva socialista puede reconstruir teórica y
programáticamente la unidad clasista que no puede encontrarse en las
relaciones sociales de producción ni consolidarse en el flujo
inestable de la situación revolucionaria de masas, sólo puede ser
reconstruida en una dialéctica constante y concreta entre las luchas
ideológicas y políticas y el movimiento espontáneo revolucionario de
las masas, que nutre y se nutre del partido. El espontaneísmo de
Luxemburgo obliga a depositar en las leyes inexorables de la
causalidad histórica la reconstrucción de la dispersión de intereses
de clase, mientras que en Lenin sólo la acción estratégico-política
pueda lograr que la unidad espontánea de la situación revolucionaria
se constituya en unidad teórica y programática, es decir en la
superación política conciente del capitalismo. Por eso a Rosa le
falta, como reflejo de la subestimación partidaria, el momento de la
insurrección como arte, que no es un fruto directo de la situación
revolucionaria, sino una expresión de la capacidad socialista
conciente coagulada en partido. Trotsky resuelve en 1905 la
contradicción entre la tarea democrático burguesa de la revolución y
la clase portadora de una solución eficiente. Incluso va más allá de
la fórmula bolchevique y sostiene en base al desarrollo desigual y
combinado específico de la sociedad rusa, la posibilidad de la
dictadura del proletariado. Ella no deviene como en la ortodoxia
socialdemócrata de una correspondencia entre el desarrollo orgánico
del capitalismo y su conclusión lógica en el crecimiento
correspondiente de los intereses clasistas, sino en las
deformaciones y las rupturas, los quiebres y las desigualdades que
constituyen la arena de la lucha de clases rusa. Pero en el modelo
de 1905, igual que Luxemburgo, el campo de la recomposición unitaria
de clase parecía nacer directamente de la situación revolucionaria.
El “partido-proceso” de Trotsky podía acelerar los ritmos, no mucho
más. En esto paradójicamente se acercaba fatalmente a la visión de
Plejanov. Mientras que el proceso objetivo parecía estar dominado en
Trotsky por el desarrollo desigual que imponía un desplazamiento de
las tareas de una clase en otra (y esa es la diferencia sustancial
con el menchevismo y su lógica fusión posterior con el bolchevismo),
en el terreno de la recomposición política partidista se mantenía al
revés en una correspondencia mecánica entre la clase de conjunto y
su representación política. Lenin tiene una respuesta distinta,
porque la unidad política exige constituirse estratégicamente
mediante el partido que defiende los intereses históricos de la
clase trabajadora. Lenin no subestima la acción espontánea de masas,
la unidad revolucionaria de la clase en la acción, no ve en el
soviet un peligro “a lo Kautsky”. Al revés su conclusión es que el
soviet se ha demostrado no sólo en la más formidable demostración
del espíritu y la organización revolucionaria de las masas, sino
también embrionariamente en un contrapoder revolucionario al poder
capitalista. Lo que exige Lenin es que no se deje librado el
movimiento revolucionario a las vicisitudes de la lucha espontánea.
Mientras Rosa pone énfasis y denuncia el anquilosamiento burocrático
de la socialdemocracia alemana, Lenin exige que se reconozca que la
lucha económica espontánea no alcanza a superar la parcelación,
dispersión, el localismo y el provincianismo de la lucha económica.
Los intereses históricos de la clase obrera sólo pueden expresarse
mediante el conocimiento de las contradicciones sociales en su
conjunto, lo que requiere un reconocimiento de las variadas luchas
del conjunto de las clases de la sociedad, del papel del estado, y
un entrenamiento político por parte de los sectores obreros
avanzados. “La conciencia de la clase obrera no puede ser una
conciencia política si los obreros no están acostumbrados a hacerse
eco de todos los casos de arbitrariedad y opresión, de violencia y
abusos de toda especie, cuales quiera que sean las clases afectadas;
a hacerse eco, precisamente desde el punto de vista socialdemócrata,
y no desde ningún otro (...) Quien oriente la atención (...) y la
conciencia de la clase obrera exclusivamente, o aunque sólo sea con
preferencia, hacia ella misma, no es un socialdemócrata, pues el
conocimiento de si misma, por parte de la clase obrera, está
inseparablemente ligada a la completa nitidez no sólo de los
conceptos teóricos -o mejor dicho, no tanto de los conceptos
teóricos como de las idas elaboradas sobre la base de la experiencia
de la vida política- acerca de las relaciones entre todas las clases
de la sociedad actual” . Ese y no otro es el sentido de la
“conciencia desde afuera” de Lenin, tergiversada hasta el cansancio.
En los hechos el espontaneísmo revolucionario de los soviets
conciliadores (Alemania) no contradice el planteo de la “conciencia
desde afuera” de Lenin, sino que lo somete a una prueba rigurosa
incluso en las condiciones extremas de la revolución alemana, donde
la espontaneidad de masas es capaz de desplegar capacidades
creativitas inimaginables en períodos de paz. Pero el partido
orgánico que le representaba como “expresión política” de la “unidad
de clase” ahogó los soviet y los subordinó a la República de Weimar.
La incapacidad de los trabajadores de superar espontáneamente al
aparato reaccionario de la socialdemocracia que ellos mismos
construyeron es el que favorece a Lenin por sobre Luxemburgo,
consolidando la importancia estratégica del campo de fuerzas de la
política partidista, puesto que aunque la revolución alemana puso
frente a frente a los trabajadores ante el desafío de reconstruir
las bases de la sociedad desde un punto de vista de clase, es decir
exigió del proletariado asumirse como unidad revolucionaria, el
momento decisivo hizo estallar esa unidad estratégica en mil
pedazos. Mientras tanto, en Rusia, liderados por los bolcheviques,
el proletariado logró una insurrección victoriosa y con ello
consolidó la unidad de intereses que la revolución de febrero había
puesto al alcance de las manos.
La unidad hegemónica en Lenin y Gramsci
Pero la situación del
proletariado ruso y de la estructura social atrasada le exigió a
Lenin pensar también en otra dirección el problema de la unidad
revolucionaria. Es verdad que Lenin explica en El desarrollo del
capitalismo en Rusia la tendencia inevitable a la descomposición de
la sociedad precapitalista en Rusia y al desarrollo acelerado del
capitalismo, incluso donde los populistas veían que las
particularidades rusas facilitaban el acceso al socialismo basado en
la comuna campesina sin necesidad de pasar por una etapa de
desarrollo burgués. Pero en Lenin esto no constituía un pase libre
para borrar las especificidades, los segmentos no capitalistas, o
las contingencias políticas, “a mostrar que éstas no son otra cosa
que formas aparienciales o contingentes de una realidad esencial: el
desarrollo abstracto del capitalismo, por el que toda sociedad debe
pasar” . Para Lenin la caracterización de la dinámica capitalista de
Rusia le era útil para entender la dinámica capitalista y su
influencia destructiva de las viejas relaciones de producción. No
afirma lo que “inexorablemente debe venir”, más bien sólo lo que va
a desaparecer. Para Lenin ninguna fórmula remplaza el análisis
concreto de la situación concreta. La dinámica es capitalista, pero
la burguesía no es capaz de barrer con los vestigios del viejo
régimen. Lo que decide es la política. La conclusión de Lenin no es
la misma que la de Kautsky o Plejanov: la dinámica capitalista no
instaura el dominio capitalista, sino la “dictadura de los obreros y
los campesinos”. No facilita contemplar un supuesto proceso
económico de homogenización proletaria y de polaridad clasista a la
europea, como lo pensaba Parvus , sino que le exige actuar política
y estratégicamente sobre un suelo desparejo y quebradizo. Su gran
habilidad consistió justamente en comprender el proceso complejo y
la exigencia de lograr una alianza no económica, sino política,
difícil, contradictoria por sus tendencias estructurales, con el
campesinado. En Lenin la práctica política no era un reflejo pasivo
de las tendencias económicas inexorables, sino la arena fundamental
en el que desplegar un campo de acción cuyo desenlace sólo lo decide
la lucha. Como decía Gramsci “En realidad se puede prever
‘científicamente’ sólo la lucha, aunque no los momentos concretos de
ésta”. Socialmente se trataba de un problema más simple que en
occidente: el nuevo proletariado fabril parecía ser
indiscutiblemente el sector social más homogéneo, más revolucionario
y el llamado a liderar la revolución. Se trataba de no transformar
las luchas económicas en un conducto secreto hacia el liberalismo,
lo cual exigía elevar la conciencia tradeunionista a conciencia
política socialista. El problema de Lenin era sobre todo asociar al
proletariado al resto de las clases explotadas de Rusia, en primer
lugar el campesinado. Lenin se enfrentó a una particularidad que
desafiaba cualquier correspondencia aparentemente evidente: el
desplazamiento de una tarea de clase por otra clase distinta. Como
es sabido los marxistas ortodoxos establecían una correspondencia
directa entre las tareas de la revolución con la clase que estaba
llamada a liderarla. Por ese motivo los padres del marxismo ruso,
creyeron que al proletariado sólo podría corresponderle un papel
auxiliar en la revolución democrático burguesa, obligadamente
dirigida por los liberales burgueses. El planteo obrerista del
menchevismo en la revolución de 1905 expresó esta “división de
tareas” entre el proletariado organizado independientemente pero
encapsulado en sus propios intereses y la burguesía liberal, llamada
a dirigir la revolución democrático burguesa. Para el menchevismo el
soviet de Petrogrado debía transformarse en una coalición obrera, un
parlamento obrero “autogobernado”. “La idea de un congreso obrero,
como fue presentada por el teórico Menchevique, P.B. Axelrod, daría
cuerpo a la auto-actividad proletaria. El congreso estaría
constituido por delegados de asambleas obreras para ‘adoptar
decisiones específicas concernientes a las demandas inmediatas y al
plan de acción de la clase obrera’. (...) Los mencheviques esperaban
que tales propuestas, proveyendo un forum para la auto-actividad de
la clase obrera, pudieran culminar en la formación de un partido de
masas del trabajo. Lo que estaba en juego fundamentalmente en la
institución del soviet era entonces la relación entre la clase
obrera y su partido político más que la agenda, más inclusiva, de la
revolución democrática” . Para Lenin y su fracción, por el
contrario, se trataba ante todo de asegurar la dirección del
proletariado en la revolución, lo que exigía establecer una política
hegemónica. Era estratégica la alianza obrera y campesina y por ese
motivo los soviets no debían ser exclusivamente obreros, ni
proponerse autogobernarse sino por sobre todas las cosas encabezar
una alianza de las clases explotadas. Esta era la concepción
estratégico revolucionaria de Lenin que le exige al proletariado
salirse de sí mismo para alcanzar una eficacia política que no está
determinada por alguna necesidad histórica sino que entre en el
campo específico de la historia concreta, del juego mediado de la
decisión política correcta, del acuerdo, los pactos, la transigencia
en el programa agrario, siempre inestable y siempre cambiante. El
concepto de hegemonía fue luego trasladado al campo europeo donde
los partidos comunistas luego de la revolución de octubre y del
período de estabilización capitalista se vieron reducidos a una
minoría y volvieron su mirada a las grandes organizaciones
sindicales y sociales de la clase trabajadora y las masas
explotadas. Se trataba de asegurar mayoría a pesar de los intentos
del comunismo de izquierda europeo de lanzarse a la insurrección
prematuramente. “El proletariado se convierte en clase
revolucionaria sólo en la medida en que no se restringe al marco de
un corporativismo estrecho, y actúa en cada dominio y manifestación
de la vida social como el guía del conjunto de la población
trabajadora y explotada ... el proletariado industrial no puede
resolver su misión histórica mundial, que es la emancipación de la
humanidad del yugo del capitalismo y la guerra, si se limita a sus
propios intereses corporativos particulares y a esfuerzos por
mejorar su situación” . En la época imperialista los sindicatos
estarían sometidos a la presión de los gobiernos a una integración
mayor de sus estructuras, asociándolos a la explotación del mundo
colonial. La dirección abiertamente reformista y social patriota de
los líderes sindicales expresaba también una división social en el
proletariado, consecuencia política de un problema social: la
existencia de una aristocracia obrera, separada por sus intereses
materiales de la gran mayoría del proletariado. Esto exigía que los
comunistas ganasen influencia en los grandes sindicatos y entre las
masas populares socialistas contra los jefes sindicales. Se imponía
la política del frente único. Gramsci retoma estas tesis en la
cárcel, cuando debe enfrentar teóricamente el planteo
ultraizquierdista de Stalin en su “tercer período”, el que igualaba
al fascismo y la socialdemocracia, a la que denominaba
“social-fascismo”. Para Gramsci, por el contrario, el frente único
“representaba la necesidad de un trabajo político e ideológico
profundo y serio entre las masas, desprovisto de sectarismo antes de
que la toma del poder pudiera incluirse en el orden del día” . Es
conocida la distinción que hace Gramsci entre Oriente y Occidente.
En cualquier caso parte del proceso de complejización social y
estatal de las sociedades europeas en comparación con Rusia, en el
que la sociedad civil es “gelatinosa”, mientras que en occidente
prevalece, haciendo una analogía con el arte militar, la guerra de
posiciones, pues cuando se ataca al estado, detrás de él existe todo
un complejo sistema de sociedad civil capaz de resistir la embestida
de la “guerra de movimiento”. Lo que viene a agregar es que la
complejidad de la sociedad de clases en occidente, la fragmentación
y dispersión estructurales de las posiciones de clase del
proletariado, exigen no sólo la alianza obrera y popular, tal como
la tercera internacional había sentenciado como lección de la
revolución rusa, sino la hegemonía en un sentido más amplio todavía,
donde se exige la expansión de la ideología y las concepciones
socialistas a los distintos sectores de la clase trabajadora como
también a los campesinos y demás clases explotadas. Es lo que
Gramsci denomina la dirección intelectual y moral por parte de la
clase trabajadora. Efectivamente constituye una expansión desde una
alianza política hacia el liderazgo político-ideológico,
contrapuesta a la capacidad hegemónica de la clase dominante y el
estado moderno sobre las clases potencialmente aliadas a ella.
Partía de la insuficiencia de las crisis sistémicas o incluso de
crisis orgánicas de las instituciones burguesas, que en Rusia habían
facilitado el acceso al poder por parte de los bolcheviques, y de la
capacidad resistente de las sociedades más complejas de Europa y
América. Esta hegemonía capitalista exigía algo más que movimientos,
necesitaba una hegemonía proletaria plasmada en una “voluntad
colectiva” de mayor grado, un bloque histórico contrahegemónico. Las
posiciones dispersas de luchas e intereses exigen una voluntad
colectiva común que las unifique en un bloque histórico, y les
provea una concepción común . El proceso de recomposición de clase
pasa, sí, por la capacidad del proletariado de hegemonizar al resto
de las clases subalternas. Pero también de reconstituir mediante la
estrategia comunista la unidad de la identidad clasistas de los
trabajadores. Se exige el paso de la posición corporativa, una etapa
primitiva de la conciencia de clase, al campo de la acción
hegemónica, el grado más elevado de su conciencia. Después de
analizar el campo de las relaciones de producción (al que denomina
correlación social de fuerzas) apunta al segundo nivel, el de la
correlación de fuerzas políticas, es decir “la valoración del grado
de homogeneidad, de autoconciencia y de organización alcanzado por
los diversos grupos sociales. A su vez, este momento se puede
analizar y dividir en varios grados, que corresponden a los diversos
momentos de la conciencia política colectiva, tal como se han
manifestado hasta ahora en la historia. El primero y más elemental
es el económico-corporativo (...) Un segundo momento es aquel en que
se llega a la conciencia de la solidaridad de los intereses de todos
los miembros del grupo social, pero todavía en el terreno meramente
económico (...) Un tercer momento es aquel en que se llega a la
conciencia de que los propios intereses corporativos en su
desarrollo actual y futuro superan el círculo corporativo de grupos
meramente económicos, y pueden y deben convertirse en los intereses
de otros grupos subordinados” . Este texto parece utilizarse como un
“etapismo de la conciencia”. Sin pasar por el primero no
alcanzaremos el segundo. En períodos de retroceso de las luchas
obreras, se está tentado de perseverar en el primer nivel para
asegurar el paso seguro al segundo. Pero como lo había expresado
antes Lenin en su polémica con el economicismo, estas nacen de los
propios conflictos en el que se desenvuelve la venta de la fuerza de
trabajo. Toda manifestación de lucha económica, siempre es un grado
del pulso vital de la clase trabajadora, pero exige, desde el punto
de vista socialista, su superación. Por otra parte sólo en la
superación de ellos y en su nivel más elevado la unidad clasista
puede ser alcanzada. No por casualidad Gramsci habla del grado de
homogeneidad, que sólo puede conferirla una conciencia globalmente
anticapitalista. En esto Lenin y Gramsci parecen librar batallas
semejantes. Polemizando contra las posiciones positivistas de
Bujarin, Gramsci expuso la exigencia de pasar de la esfera
economicista en filosofía al concepto de hegemonía. En Gramsci la
unidad de las posiciones heterogéneas y fragmentadas no se da a
priori, depositadas inevitablemente en las posiciones estructurales.
Ellas eran presupuestos materiales. Tampoco puede darse en la
situación revolucionaria espontánea, no por lo menos en su forma
acabada, es decir estratégica.
Desgarramiento entre la estructura y las relaciones sociales
Hemos tratado de
defender una posición no determinista en la constitución de la
unidad y la identidad clasistas. Hemos rechazado las concepciones
sociologistas que nos remiten la identidad unitaria de clase a las
posiciones estructurales directamente, sin mediaciones, las cuáles
reflejarían, tarde o temprano, la unidad clasista, y la “posición
estratégica” en la sociedad que corresponden con su posición
productiva. En definitiva rechazamos otorgarle un estatus
ontológicamente clasista a las posiciones estructurales, una
trascendencia socialista más allá de la historia y la lucha concreta
a los proletarios de carne y hueso. Estas posiciones cumplen el
papel inverso de aquellos que le han negado al proletariado un papel
relevante en la constitución de un sujeto unitario revolucionario.
Así por ejemplo André Gorz tomaba como adversario fácil a un
marxismo sociológico simplón. Mientras sostiene correctamente que
“el progreso técnico no conduce a la formación de un proletariado
masivamente calificado y cultivado, sino a nuevas diferenciaciones y
polarizaciones, que reconstituyen a la masa de los no calificados,
los excluidos y la gente en situación precaria de todo género” su
conclusión es definitiva: “el aumento de la potencia de los obreros
profesionales no habría sido más que un paréntesis”. Para Gorz el
problema no estaba, como para Laclau y el posmarxismo en las raíces
de la teoría marxista, sino justamente en las posiciones
sociológicas del proletariado. Las modificaciones que se operaron en
su interior han sido tan profundas que ya no es posible admitir la
“ontología” emancipatoria del proletariado atribuidas por Marx a una
supuesta esencia revolucionaria a la que sólo hace falta darle
tiempo para madurar. La raíz de ello está en las constantes
dispersiones, precarización y subordinación al capital inherente al
carácter alienado de la explotación capitalista. La solución
leninista, es para Gorz la vía autoritaria ya ensayada en Rusia
donde una burocracia estatal se apropia de los títulos que no le
corresponden y habla en nombre de un trabajador colectivo, resultado
de la incapacidad material, social, de la unidad clasista. “La clase
como unidad es el sujeto imaginario que opera (...) pero este sujeto
es exterior y trascendente a cada individuo, a todos los proletarios
reales”. Bensaíd se opuso correctamente a una traspolación
injustificada y ahistórica de la burocracia estalinista con el
partido de vanguardia e incluso con el proyecto de Marx. “Que la
clase haya devenido este fetiche autómata, en nombre del cual las
burocracias reclaman un piadoso juramento de fidelidad, es un hecho.
Imputarlo a Marx quien denunció con constancia a la
sociedad-persona, a la historia-persona y a todas las
personificaciones y encarnaciones míticas, en otras palabras, a
todas las trascendencias en las que se aniquila la irreductible
interindividualidad, no es serio. Arrastrado por su impulso, Gorz
termina por denunciar en el poder del proletariado ‘el inverso
simétrico del poder del capital (...) el burgués está alienado por
‘su’ capital (y) el proletario, igualmente, estará alienado por el
proletariado (...)’. La cosificación del poder por la burocracia
constituye, sin embargo, un abuso de autoridad social e histórico
atestiguado por los millones de víctimas de la contrarrevolución
estaliniana”. Incapacitada de transformar la identidad
interindividual de los productores expropiados de sus medios de
producción en identidad clasista, el proyecto político del
socialismo estaría condenado. Mientras que un burdo marxismo
sociologista sólo puede defender el proyecto socialista desde un
esencialismo estructural (“tarde o temprano la clase obrera saldrá y
se unificará porque está en la base de las relaciones de producción,
en la dinámica inmanente de la acumulación de capital, y por sus
potencialidad como productor de mercancías”), Gorz impugna esa tesis
en el mismo campo de juego. Para éste el “circulo de hierro” del
capital impide la unidad clasista, para el primero el círculo se
rompe por sus propias contradicciones. ¿Quién apuesta más? Lo que
está ausente es la mediación fundamental de la experiencia, la lucha
y la política, allí donde las referencias materiales mudas y
abstractas se vuelven históricas y concretas. “Romper el círculo de
hierro del capital no deriva de la dialéctica formal de la opresión
y de la liberación por el trabajo, dice Marx, sino de la irrupción
política” . En la segunda posguerra una porción no menor de
intelectuales se vieron impelidos a abandonar cualquier punto de
vista marxista al encarar una oposición política y filosófica al
estalinismo, asimilando el ‘socialismo de estado’ burocrático con
cualquier representación y unidad política clasista. Fueron los
casos de C. Castoriadis y C. Lefort. Pero una oposición radical a
una trascendencia espuria los condujo a negar cualquier postulado
teórico e ideológico. ¿En nombre de quién se interpreta los
‘intereses históricos’ del proletariado? ¿Qué unidad teórica puede
concebirse más allá de la misma experiencia de la clase trabajadora?
No es casualidad que el repudio a una falsa representación llevada a
cabo en términos inmanentistas y empiristas termine en un
cuestionamiento a todo ‘trascendentalismo’, en nombre de una
auténtica y espontánea clase obrera. Empezando por Trotsky, la
emprendió con Marx, luego con Hegel y llegó hasta ¡Aristóteles! Pero
si la unidad y la identidad de clase son imposibles teórica y
políticamente, no hay unidad posible. La fragmentación del mundo
social y del propio proletariado puede adquirir grados infinitos,
pues depende de un imaginario social siempre disperso. La
reconstrucción del mundo es una ficción. De ahí a la fragmentación
pos-estructuralista había sólo un paso, que otros intelectuales
franceses darían en los años 70 y 80. Mientras el valor de la fuerza
de trabajo está determinado por la cantidad de trabajo incorporado a
las mercancías necesarias para la producción y reproducción del
obrero, esto exige incluir un componente de tradiciones, un
“componente moral” dice Marx, determinado también por las relaciones
de fuerza y la lucha de clases. No es una determinación caprichosa
que escape a toda lógica intrínseca al capital, como creía
Castoriadis , pero obviamente el conflicto y la lucha son
componentes que no están separados o alejados espacialmente de las
relaciones productivas. El conflicto y la historia son un momento,
igual que la dinámica de la las relaciones de producción, del
proceso dialéctico del desarrollo capitalista. Está claro que ha
sido históricamente el conflicto de clases quien ha modelado,
frenado o acelerado los cambios productivos y tecnológicos, que no
pueden considerarse neutros y ascéticos, sino que están atravesados
por el conflicto. Su máxima expresión fue la imposición hacia
principios del siglo XX del Taylorismo. Para Marx el capital es por
sobre todo una relación social de explotación. Esto implica que la
acumulación inherente al movimiento del capital sólo puede estar
asegurada mediante actos políticos de dominación. El régimen de
empresa constituye antes que nada un acto político de opresión y
sujeción, un cooperativismo despótico sin el cual es imposible
ningún proceso de acumulación. Como lo ha señalado Braverman , la
extracción de plusvalor en el que descansa la reproducción del
capital se apoya sobre la tiranía en la empresa, despojando a la
masa de obreros de sus capacidades de decisión, favoreciendo la
opresión patronal, ejercida con el concurso del estado, aunque al
omitir las luchas de resistencia al método taylorista, separó la
política (despotismo patronal) de la política proletaria
(resistencia y muchas veces triunfo sobre el sistema taylorista) e
incluso de los procesos de acumulación de capital, que imponen
regularidades y mecanismos a los que debe adecuarse . Las posiciones
obreristas responden más a una concepción feuerbachiana que al
materialismo histórico. Porque sólo pueden alcanzar a comprender la
posición material de clase en su forma muda, abstracta, mientras que
las ideas y concepciones de clase sólo pueden figurarse como
reflejos pasivos de dichas posiciones estructurales. En cambio el
punto de vista de Lenin y Gramsci exigen establecer las mediaciones
históricas concretas por las cuales el proletariado vive su
experiencia como clase, es decir experimenta a través de sus
organizaciones, cultura, práctica política, etc. una concepción
clasista, constituida en la lucha y no mediante la determinación
refleja y abstracta de la infraestructura.
De la crisis de la posguerra a la contraofensiva capitalista
La expansión
capitalista sin precedentes que siguió a la salida de la segunda
guerra parecía reconstruir, igual que a la salida de la crisis de
1890 la capacidad sistémica de una evolución orgánica hacia reformas
sociales cada vez más profundas. El pacto fordista había trocado la
amenaza revolucionaria por el acceso al consumo. Se fortalecían las
tendencias reformistas en los países centrales sostenido por el
americanismo gramsciano de entre guerras que se consumó con el boom
y el triunfo norteamericano. Parecía reconstruirse la perspectiva
gradualista de una clase cada vez más homogénea, que ahora se hacía
mayoritaria en todas las sociedades avanzadas. Desde los años ’50
una clase trabajadora cada vez más calificada y socialmente poderosa
y mayoritaria impuso en la agenda el debate sobre la potestad
patronal a las decisiones sobre la producción, la autogestión en la
empresa, la alienación en el trabajo. El planificacionismo, junto
con el reformismo de izquierda volvía a reciclar poderosamente las
ilusiones en el productivismo y el evolucionismo social, erradicando
al mismo tiempo el peligro revolucionario, confinado a las
sociedades agrarias y atrasadas del tercer mundo. Pero el estallido
de fines de los sesenta y principios de los setenta disipó
definitivamente las ilusiones tecnocráticas y socialdemócratas, cuyo
programa no trascendió la planificación estatal y el capitalismo
organizado y cuyo objetivo de máxima no fue más allá, igual que el
eurocomunismo, de disfrutar de una integración mayor a las
sociedades de consumo y al sistema político. El optimismo de
posguerra no pasó la prueba de la crisis. Frente a la ilusión de un
poder creciente de la fuerza laboral en el procesos del trabajo
Braverman insistió, quizá unilateralmente, en la tendencia
capitalista a generalizar el taylorismo e imponerlo de manera
irreversible y homogénea: la descalificación sistemática de la
fuerza laboral, mediante la simplificación permanente de los métodos
de trabajo y un disciplina laboral reforzada aumentando la sumisión
real del trabajo al capital. A pesar del valor del texto de
Braverman escrito en 1974, las tendencias actuales del proceso de
trabajo siguieron un curso mucho más contradictorio. Si al mismo
tiempo la descalificación laboral fue un proceso continuo y
permanente frente a las rebeliones obreras y estudiantiles hasta
mediados del ’70 y explican muchas de las tendencias actuales del
neoliberalismo imponiendo la flexibilidad laboral, la precarización
y el control patronal que contribuyeron a retomar el poder en la
fábrica, los resultados globales en el procesos de trabajo son mucho
más polivalentes. Porque lo que vimos durante los años ’80 y ’90 fue
un proceso profundo de dualización laboral, de descalificación
masiva de trabajadores precarizados y sin derechos laborales o
sindicales pero por el otro una capa de trabajadores bien pagos y
recalificados que responden a las tendencias tecnológicas más
modernas. Al mismo tiempo el trabajo calificado o semi-calificado
está rodeado de trabajo precarizado, segmentando y resquebrajando
más aún los principios unitarios de la identificación clasista.
Junto al trabajo a tiempo parcial percibimos una tendencia, sobre
todo en los países de la periferia al aumento del sobretrabajo. El
desempleo de masas es la contracara de la superexplotación. Como
dijimos al comienzo, el proceso de relocalización fabril taylorizada
que se traslada a la periferia (maquiladoras mexicanas, talleres del
sudor en el sudeste asiático, conviven con el involucramiento
productivo e intelectualización y exigencias de mayor conocimiento.
A su vez un taylorismo brutal convive y se complementa con un
trabajo complejizado que requiere mayores capacidades intelectuales.
El proceso de dualización laboral no corta transversalmente a los
países entre ricos y pobres, sino que también se da entre los
diferentes segmentos de la mano de obra asalariada al interior de
los países. Este proceso no lo podemos ver sino como una respuesta
capitalista al auge revolucionario de los’70, pero también como una
consecuencia de las derrotas políticas y la imposición de parámetros
en las relaciones de producción exigidas por el proceso de
valorización capitalista, que ahondan la división y dispersión de la
clase. Causa y consecuencia, la ilusión de una correspondencia
interior entre proceso estructural y conciencia clasista se ha
disuelto definitivamente. Homogenización y segmentación son dos
procesos complementarios que indican la extensión del mundo
asalariado a escala global; pero al mismo tiempo una fuerza laboral
profundamente fragmentada. En Argentina el proceso de pauperización
y asalarización de un lado, y una marcada dualización del mercado
laboral eran dos procesos contradictorios e integrados. Los
servicios estratégicos pasaron a cumplir un papel central al
controlar el sistema nervioso y sanguíneo del capitalismo, pero en
los cuales no es preponderante el obrero manual, sino que crecen los
sectores técnicos, trabajadores calificados con estudios terciarios,
ingenieros y el trabajo informático y comunicacional. En algunos
sectores de la industria más concentrada y moderna, el trabajo del
obrero calificado es cada vez más de preparación técnica, operativa,
de adaptación, que de producción misma. Todas estas tareas se
intelectualizan progresivamente y eso ha elevado a un sector de
obreros industriales claves en las automotrices, siderúrgicas,
petróleo, a transformarse en técnicos, que requieren preparación de
nivel terciario. Por otro lado conviven amplias franjas de
asalariados paupérrimos, descalificados, con sueldos por debajo de
la línea de pobreza e incluso de indigencia, muchos de los cuales
son parte de la masa del 45% de trabajadores precarizados y sin
aportes a la jubilación y la seguridad social. Y obviamente un
desempleo de masas que no se reduce sustancialmente con el ciclo
económico. No sólo estamos observando desde hace décadas la
proletarización del trabajo intelectual y la asalarización de lo que
antes eran profesiones liberales, sino que cada vez más estos
sectores establecen lazos con el proletariado muy distintos a los
que en el pasado cumplieron los ingenieros de empresas, donde se
consideraba que “saltaban la trinchera” cuando se pasaban al campo
de la clase obrera, como en los Consejos de fábrica de Turín en la
Italia de los años ’20. Así se da el proceso donde el técnico y el
ingeniero se proletarizan y el proletariado más estratégico debe
intelectualizarse. En la actualidad se mezclan los sectores
precarizados y peor remunerados con los elementos sindicalizados y
de mayor experiencia. La desventaja de la fragmentación tiene la
contra cara de la educación a saltos. En la lucha de clases futura
el nuevo proletariado joven puede aprender sin tener que recorrer
todas las etapas de la vieja clase obrera. En los lugares de
tradición el contratado puede asimilar fácil y rápidamente los
métodos de la asamblea, el cuerpo de delegados, la huelga o el
piquete. Lo que hemos visto en pequeño y lo que veremos en el futuro
próximo en grande será la “hibridación” de diversas capas
proletarias, de distinto nivel cultural y social, combinándose para
dar un resultado original y novedoso. El proceso combinado de
tendencias contradictorias no puede saldarse en las relaciones de
producción. Tampoco las tendencias de la situación revolucionaria
puede asegurar la constitución unitaria a un nivel social y político
más estable que los vaivenes de la lucha de clases. Una combinación
siempre específica de ambos sólo puede pensarse como preparación
ideológica y expansión del “campo de la estrategia” leninista y de
la “voluntad colectiva” gramsciana. Después de años de retrocesos
una perspectiva sociológica posee la tendencia fatal a una espera
milagrosa de una irrupción espontánea clasista capaz de conquistar
una “centralidad” estructural apolítica. Se postra ante cualquier
retroceso y desprecia cualquier existencia novedosa, como el
movimiento piquetero, sospechosa de agregar impurezas a una clase
metafísica y pura. La “norma” idealista está por sobre todas las
cosas, como una categoría muerta e inmutable que no cambia con la
historia y la lucha. Pero una norma equivale ante todo a una
categoría universal abstracta y muerta, es decir inexistente, se
aleja del materialismo histórico y se acerca al idealismo
filosófico. Nos remite a un universo imaginario y nos aleja de la
lucha de clases prosaica y material que nos rodea. Hemos comenzado
este artículo sospechando que dicha solución cae inexorablemente en
el campo del sindicalismo y en general del obrerismo, porque se le
otorga una capacidad unitaria a su sola existencia y se desconfía de
su capacidad hegemónica. Lo extraordinario sin embargo es que el
sindicalismo, que ha sido tributario del estado interventor, ha
debilitado sustancialmente su capacidad de dirección y consenso en
la clase trabajadora. La tarea estratégica no nos remite a un
recitativo sobre las potencialidades materiales, sino a la arena de
la lucha política e ideológica para darle existencia e identidad
clasista al movimiento de recomposición de la clase trabajadora.
1.Ver Nuevas
radicalidades políticas en América Latina, H. Ouviña, Cuadernos del
Sur 37.
2.Para una relación
entre esta caracterización y su relación con los movimientos
feministas y de derechos civiles, Capitalismo contra democracia,
Cap. 9, E. M. Wood, Siglo XXI, 2000.
3.Ideología, Terry
Eagleton, Editorial Paidós Básica, pág. 260.
4.Idem. Pag. 267.
5.Para un panorama de
la expansión del mundo del trabajo La clase trabajadora en el siglo
XXI, Chris Harman.
6.De ahí que en las
posiciones más dogmáticas los docentes o los trabajadores de la
salud que no son, según algunas interpretaciones, directamente
productivos, sean ubicados en un estatuto inferior al obrero de la
industria, interpretando a la clase trabajadora según los mismos
parámetros y modelos que a la clase obrera rusa de principios de
siglo XX.
7.Capitalismo contra
democracia, pág. 110, E. M. Wood, Editorial Siglo XXI.
8.Lo observamos en la
década del ’70 en Argentina, donde los jefes sindicales tuvieron un
éxito parcial en bloquear desde los grandes sindicatos la
confluencia del movimiento obrero con el movimiento estudiantil
desde la resistencia a la dictadura de Onganía partir del ’66, que
sin embargo se dio en los sectores independientes de las burocracias
dirigentes.
9.¿Qué hacer?, Lenin.
Ediciones Nuestra América.
10.Lenin y la
hegemonía: los soviets, la clase trabajadora y el partido en la
revolución de 1905, Alan Shandro, Razón y Revolución Nº 9.
11.Estatutos Generales
de la Asociación Internacional de los Trabajadores, K. Marx, Londres
1871.
12.Isac Johsua
denuncia esta rigidización leninista del movimiento entre la clase y
el partido repitiendo el argumento ya suficientemente rebatido sobre
la supuesta separación y oposición entre la clase y la conciencia.
Retour vers le futur, Critique communiste Nº 173.
13.Huelga de masas,
partido y sindicatos, Rosa Luxemburgo, Obras escogidas, pag. 221,
Ediciones Pluma.
14.Idem. Pag. 245.
15.Idem. Pag. 239.
16.¿Qué Hacer?, Lenin,
pag. 123. Ediciones Nuestra América.
17.Ernesto Laclau
muestra en Hegemonía y estrategia socialista a Lenin como un
determinista obtuso para ocultar que es posible la acción política
hegemónica si romper amarras con las determinaciones sociales
capitalistas, y para consolidar su rechazo del marxismo polemizando
para ello con las corrientes más deterministas, como la escuela
inglesa del marxismo analítico.
18.Para una
comparación de las posiciones de Parvus y las de Lenin y Trotsky
véase En los orígenes de la revolución permanente, Alain Brossat,
edición Siglo XXI 1976.
19.Lenin y la
hegemonía: los soviets, la clase trabajadora y el partido en la
revolución de 1905, Alan Shandro, Razón y Revolución Nº 9.
20.I Congreso de la
internacional comunista. Editorial Pluma.
21.Las Antinomias de
Gramsci, Perry Anderson, pag. 99, Editorial Fontamara.
22.Gramsci nunca
separó la guerra de movimiento de la guerra de posición, y recetando
la occidente sólo la segunda variante, lo que equivaldría a la
renuncia directa a la lucha por el poder. Sin embargo las
ambigüedades de los textos de la cárcel permitieron interpretaciones
reformistas de sus tesis, muy de moda en la revisión de los partidos
comunistas europeos en las décadas del 60 y 70. Para el debate de
estas posiciones Las antinomias de Gramsci, P. Anderson.
23.Análisis de
situaciones. Correlaciones de fuerzas. Gramsci, La política y el
estado moderno, página 112 de la compilación de la Editorial
Planeta-Agostini. 1985.
24.Marx Intempestivo,
cap. 6, Daniel Bensaíd. Ediciones Herramienta.
25.Sobre el tema ver
artículos de Socialismo o Barbarie en La experiencia del Movimiento
obrero, C. Castoriadis, ediciones Tusquest 1979.
26.Para un desarrollo
del concepto Dilución y mutación del trabajo en la dominación social
local, A. Bialakowsky, revista Herramienta Nº 23.
27.Trabajo y capital
monopolista: la degradación del trabajo en el siglo XX, Harry
Braverman, México, Nuestro Tiempo, 1983.
28.Un balance de los
aportes de Braverman en Teoría del control patronal, balance de una
discusión, C. Katz.