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en un Poema de Safo Jorge Tobías Colombo jorge@avizora.com |
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Hablar de Safo es convocar sentimientos intensos vinculados con el amor y el erotismo Todos los que disfrutan de su poesía, lo saben. Safo es una poetisa griega de la antigüedad que vivió una vida, casi de leyenda, en la isla de Lesbos que está cerca de la costa turca En la ciudad de Mitilene dirigía una escuela para muchachas aristocráticas; en este ambiente combinaba la pedagogía con la sensualidad, y en él apareció su poesía Con respecto a su vida amorosa se han comentado muchas cosas anecdóticas y triviales A nosotros, a más de dos mil años, nos place evocarla a través de sus versos, concebidos a partir de la observación de la naturaleza humana, con ausencia de artificios morales Es posible que Safo, transgresora, padeciera más de un disgusto e incomprensión Los contadores de la literatura estiman que escribió alrededor de 14000 versos, de los que nos quedan, apenas, unos 600 La sinceridad amorosa expresada en sus palabras y la generosidad con que abre su alma, han conmovido a través de los siglos. Además del placer de su belleza, sus palabras movilizan reflexiones acerca de nuestra propia conducta afectiva. A pesar de que nuestra vida debiera ser una rica aventura en procura de afectos, conjura de soledad y vindicación del amor (del amor, aquel que en las bocas arde, como dijo Borges), no pocas veces retaceamos caricias, nos avergonzamos de nuestras inclinaciones naturales, ocultamos nuestras lágrimas porque el contexto las descalifica y condenamos el amor porque no se ajusta a determinadas reglas. Oponemos lo concreto a lo abstracto, como si el pensamiento abstracto fuera una debilidad. Y, lo que suele ser más grave, devaluamos nuestros sueños La precisión con que Safo, en el poema que leerán más abajo, describe la actividad de todos nuestros recursos sensoriales, identifica los atributos que todo enamorado manifiesta y padece, dulcemente, frente a la turbadora, inquietante, enigmática presencia del ser amado Igual parece a los eternos dioses Quien logra verse frente a ti sentado: ¡Feliz si goza tu palabra suave, Suave tu risa! A mí en el pecho el corazón se oprime Sólo en mirarte: ni la voz acierta De mi garganta a prorrumpir; y rota Calla la lengua Fuego sutil dentro mi cuerpo todo Presto discurre: los inciertos ojos Vagan sin rumbo, los oídos hacen Ronco zumbido. Cúbrome toda de sudor helado: Pálida quedo cual marchita hierba Y ya sin fuerzas, sin aliento, inerte Parezco muerta (Traducido por Marcelino Menéndez Pelayo, la perfección de este poema de Safo, como dice Octavio Paz, expresa la concentrada ansiedad del deseo) |
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