|
080408 - El
conflicto del campo abrió una serie de interrogantes: ¿las
retenciones redistribuyen la riqueza?, ¿la estructura impositiva
argentina es progresiva? Pero la política fiscal no se compone
sólo de impuestos. Después se abre la discusión sobre el destino
de esos recursos.
Desde el gobierno nacional se repitió hasta el cansancio en
estos días la afirmación de que 'había un sector que no quería
compartir sus superganancias con el resto de la población'. Se
colocaba a un instrumento fiscal, las retenciones a las
exportaciones, como la panacea del impuesto redistributivo.
Siempre es bueno hacer un poco de historia.
Durante el primer gobierno peronista (1946-1955), donde, más
allá de otro tipo de valoraciones, hay un acuerdo entre todos
los historiadores económicos acerca de que se produjo una
transferencia de riqueza desde el sector agropecuario al
industrial, no existieron las retenciones. El mecanismo
utilizado fue una suerte de monopolio del comercio exterior,
ejercido por un organismo llamado IAPI (Instituto Argentino de
la Promoción del Intercambio). Contradictoriamente, las
retenciones al agro hicieron su ingreso en la política económica
argentina durante la dictadura de Onganía, implantadas por su
ministro de Economía, el ultraliberal Adalbert Krieguer Vasena.
Luego se mantuvieron durante gobiernos tan disímiles como los de
Cámpora, Lastiri, Perón, Isabel, Videla, Viola, Galtieri,
Bignone y Alfonsín. Van a desaparecer en la década menemista,
claro que simultáneamente con un tipo de cambio subvaluado (la
Convertibilidad) que le quitaba toda rentabilidad a los
exportadores.
¿Para qué sirven?
En estas páginas hemos afirmado en reiteradas oportunidades que
es correcto cobrarle fuertes impuestos a los que más ganan y a
los que detentan mayor riqueza. Esta es una condición necesaria
para cualquier política redistributiva. Que se complementa con
la utilización de lo recaudado para efectivamente atender las
más urgentes necesidades populares, el equilibrio regional y el
diseño de una política de desarrollo. Traducido: sirve recaudar
si eso se destina a más salud, más educación, más viviendas, más
políticas específicas para erradicar la pobreza, menos desempleo
y mejores sueldos y jubilaciones para todos. Sirve, además, si
existe un real federalismo fiscal, donde lo recaudado vuelva a
las regiones postergadas, a través de caminos, redes de gas
natural, apoyo a las zonas inundables, y otras obras de
infraestructura. Y sirve, por último, si los créditos y
subsidios se aplican a los pequeños productores, las
cooperativas y el trabajo unipersonal, en vez de aumentar la
concentración de la riqueza.
Empecemos entonces, por la herramienta en discusión hoy: las
retenciones. Decididamente no sirve como herramienta de
redistribución de la riqueza, primero y principal porque no
discrimina entre el grande y el pequeño productor, siendo
funcional a la concentración monopólica de la tierra que se
viene dando en los últimos años. Los grandes del campo protestan
porque se les recorta un poco las superganancias, pero se
muestran dispuestos a negociarlas a cambio de algún nuevo
subsidio. Los pequeños productores, en cambio, saben que van
camino a la quiebra, o sea a tener que venderle la tierra al
gran terrateniente.
Estructura monopólica
El Ministro de Economía Lousteau incorporó otro argumento en
juego en su defensa de las retenciones. Sostuvo que 'sin
retenciones se pagaría el pollo, la carne, la leche y el aceite
cuatro veces más', porque las empresas venderían los bienes a
los mismos precios de exportación. Y que las retenciones
garantizan que se vendan más barato. Esto es absolutamente
falso. La carne, los lácteos, el pan, y en general, todos los
bienes que consume la clase trabajadora vienen subiendo
fuertemente desde la devaluación a esta parte, antes del paro
del campo. Tan falso es el planteo de Lousteau, que no puede
explicar cómo es que, para 'bajar' los precios de los alimentos,
no sólo no sube las retenciones al trigo -un producto que incide
en el costo del pan, vía la harina-, sino que las baja, subiendo
las de la soja y el girasol, que se exportan en su totalidad.
El aumento de los precios tiene un motivo claro: la estructura
monopólica de la economía argentina, que se reforzó en estos
últimos años. Los precios de la carne los aumentan los grandes
frigoríficos y los de los lácteos son decididos monopólicamente
por Sancor y la Serenísima. Y todo eso sin contar la estructura
oligopólica de la venta final, en manos de supermercados como
Carrefour, Jumbo o Coto.
Hagamos un simple ejercicio. El trigo en 2002 estaba a 380
dólares la tonelada, ahora subió a 580 (un 52%). El costo de la
harina en el precio del pan incide en un 15% del total. ¿Por qué
entonces el pan subió de 2 a 4 pesos el kilo? Respuesta: en el
medio 'alguien' (los grandes molinos, las panificadoras, los
supermercados) se quedaron con la diferencia. Podríamos hacer el
mismo ejercicio con la carne: acá los grandes ganadores son los
frigoríficos y (otra vez) las cadenas de supermercados.
Presión tributaria
Pero las retenciones son apenas el 15% del total de impuestos
recaudados en nuestro país. Analicemos por un instante la
estructura impositiva en su conjunto. Nadie puede sostener
seriamente que está redistribuyendo la riqueza sin hacer nada
frente al hecho más escandaloso e irrefutable: nuestro país
tiene una de las estructuras impositivas más regresivas del
mundo. Los impuestos indirectos (y en particular el IVA)
provocan una presión del 8% del PBI. Mientras tanto, otros
países capitalistas como Estados Unidos, Japón y Australia pagan
de impuestos similares una proporción del 2% del PBI, Alemania
el 3%, Canadá y Suecia el 4% y el Reino Unido (el más
inequitativo) apenas el 5%.
Si ahora miramos, por el contrario, los impuestos directos,
tenemos la relación exactamente inversa. Analicemos el impuesto
a las ganancias: en nuestro país su presión tributaria es del 4%
del PBI, en Estados Unidos y Japón del 9%, en Alemania del 11%,
Australia y el Reino Unido del 14%, Canadá del 18% y Suecia del
21%. Y si nos ponemos a 'leer' la letra chica de nuestros
impuestos directos, encontramos situaciones escandalosas, como
el hecho de que todas las ganancias de las transacciones
financieras están exentas y no tributan un peso. La paradoja
mayor: un despedido cobra su indemnización con un cheque y paga
el 'impuesto a los débitos bancarios', mientras que un
especulador que hizo una millonada especulando entre bonos y
acciones no tiene que abonar absolutamente nada.
La coparticipación
El otro problema que agudiza la injusticia de nuestro sistema
impositivo es la relación entre la Nación y las provincias. Hace
más de diez años que se tendría que haber discutido una nueva
Ley de Coparticipación Federal. Era una obligación que se
desprendía de la reforma constitucional de ese año. No sólo
nunca se llevó a cabo, sino que se viene profundizando el
'unitarismo fiscal': cada vez más y más impuestos van
directamente a la caja nacional, sin ser coparticipados por las
provincias. Más aún, desde el 2001 se vota año a año la
continuidad de la llamada 'emergencia económica', que le permite
al Poder Ejecutivo definir los impuestos a cobrar sin siquiera
tener que tomarse el trabajo de discutirlo en el Congreso. En
este marco se dan los aumentos a las retenciones que,
recordemos, son absoluta y totalmente no coparticipables. O sea
que se 'recauda' en el interior y luego eso no vuelve ni en un
centavo a las diferentes regiones del país que produjeron esa
riqueza.
¿A donde van los recursos?
Discutir 'política fiscal' y no sólo impuestos significa salir
de la mentalidad meramente recaudatoria. Es debatir a fondo que
se hace con los fondos. Y acá, los números le dan un mentís
clarísimo al gobierno. Hace más de cuatro años que se vienen
obteniendo recaudaciones récords y el Banco Central se ufana de
tener más de 50.000 millones de dólares de reservas. Sin
embargo, las escuelas, particularmente en el interior del país,
se siguen cayendo a pedazos, los hospitales siguen
desabastecidos, continúa la desnutrición infantil, cada par de
meses nos enteramos de un nuevo desastre por culpa de
inundaciones perfectamente previsibles... y así podríamos seguir
hasta el infinito.
La contrapartida es que desde el 2003 para acá nos encontramos
con una política económica que tiene el récord de pago 'cash' de
deuda externa de la historia argentina. Y que los subsidios y
créditos, pomposamente anunciados, terminan siempre favoreciendo
a los sectores más concentrados de la economía. Para poner un
ejemplo, veamos los famosos 'subsidios al campo' de los que
tanto se habla en estos días. En el año 2007 se distribuyeron
1.502 millones de pesos: los recibieron los cinco molinos más
grandes de la Argentina (366 millones), las lácteas Sancor y La
Serenísima (319 millones), las grandes aceiteras y en particular
Aceitera General Deheza (279 millones) y las grandes faenadoras
de pollos (279 millones). En síntesis, 20 empresas controlando
el 81% del total de los subsidios 'al campo'.
En conclusión: bienvenida sea la discusión sobre los
instrumentos para redistribuir la riqueza. Pero la realidad es
que las herramientas fiscales que pone en juego el gobierno no
van en ese sentido, ya sea que las miremos desde el lado de la
recaudación como del destino de los recursos.
José Castillo es economista. Profesor de Economía Política y
Sociología Política en la UBA. Miembro del EDI (Economistas de
Izquierda).
|